La obediencia, sello de autenticidad

“Huellas en la nieve”, biografía del Fundador del Opus Dei de Peter Berglar

Hace cincuenta años existían en Alemania, y también en otros países europeos, los últimos impulsos de un movimiento juvenil que intentaba desarrollar un estilo de vida propio, genuino y sincero que se apartara de la podredumbre de la civilización industrial de masas y que, a la vez, se separara consecuentemente del mundo de las «personas mayores». No era un movimiento de adultos que hiciera propaganda entre los jóvenes para ganarlos, tratando de captarse sus simpatías, porque en aquellos tiempos no existía ese culto a la juventud por parte de los mayores que se da ahora. En todas partes se aconsejaba más bien «un porte grave», una seriedad y dignidad visibles.

La juventud de Mons. Escrivá de Balaguer era un don de Dios necesario ante la magnitud de la empresa que tenía ante los ojos. Siempre, hasta sus últimos días, mantuvo esa juventud por dentro, entendida como no-anquilosamiento, como flexibilidad interior, como capacidad del alma para amar, y vio en esta actitud casi un criterio para la vocación al Opus Dei. Por otra parte, había recibido de Dios el encargo de poner en marcha dentro de la Iglesia un movimiento espiritual de grandes dimensiones; para ello necesitaba irradiar dignidad y autoridad. Estas cualidades -que sin duda tenía ya en su juventud- llevaban aparejadas ciertas formas exteriores de comportamiento. Por este motivo, y por ningún otro, solía pedir en su oración «ochenta años de gravedad». Por este motivo llevó también, durante bastante tiempo, un amplio solideo negro que le cubría casi toda la cabeza y del que, más tarde, solía decir, en broma, que era «como un cilicio». Y también por la misma razón procuraba que su andar fuera especialmente digno y pausado. Teniendo en cuenta que tenía un temperamento muy vivo, hay que suponer que esto le costaría un esfuerzo considerable. El actual Prelado del Opus Dei recuerda que, en 1935, se sorprendió «cuando un día le vio ir más deprisa, con paso ligero» (65), por el largo pasillo de la primera Residencia universitaria de la Obra en Madrid. Estaba en casa y no necesitaba moderar su vitalidad natural. Casi treinta años más tarde, durante su viaje a América en 1974, el Fundador volvió a hablar de los motivos por los que actuó así en aquellos tiempos: «Tenía veintiséis años, y pedía al Señor (...) aquella gravedad sacerdotal que era ordinaria en los sacerdotes de aquella época. Además tuve miedo de mí mismo, y pedí al Señor otra cosa: ocultarme y desaparecer (...) Yo necesitaba vejez, años; y el Señor me empujaba a comprender: mira, la vejez debes buscarla por otro lado. Super senes intellexi quia mandata tua quaesivi! (Ps 118, 100). Busca, cumple los mandamientos míos, sé fiel a mis inspiraciones, y la vejez, la gravedad que te interesa, te la daré Yo. Porque si por viejos vamos a ser doctos y sabios y prudentes, todos los carcamales serían los siete sabios de Grecia. De otro lado, ¿por un solideo iba yo a parecer más respetable y persona de más edad? Era una tontería» (66).

Uno puede sonreírse con el relato de estas pequeñeces, pero no dejan de tener su importancia: el que desea ganar almas para Cristo procura apartar de su camino cualquier obstáculo, por pequeño que sea, que impida avanzar a esas almas en sus primeros pasos; lo contrario sería una falta de caridad y de prudencia. Si las costumbres, en una época determinada, exigen que el sacerdote, también fuera de las funciones litúrgicas, marche acompasadamente, ¿por qué no va a marchar acompasadamente? Lo que en último término se exige siempre es una sincera humildad que, por amor, sabe prescindir gustosamente de ver en el propio yo la norma y en las propias inclinaciones la medida de las cosas. Y don Josemaría se dejó guiar, en lo grande y en lo pequeño, por esta humildad. «Nuestra vida de entrega -escribía en 1930-, callada y oculta, debe ser una constante manifestación de humildad... La soberbia y la vanidad pueden presentar como atrayente la vocación de farol de fiesta popular... Aspirad más bien a quemaros en un rincón, como esas lámparas que acompañan al Sagrario en la penumbra de un oratorio...; y, sin hacer alarde, acompañad a los hombres -vuestros amigos, vuestros colegas, vuestros parientes, ¡vuestros hermanos (en la Obra)!- con vuestro ejemplo, con vuestra doctrina, con vuestro trabajo y con vuestra serenidad y con vuestra alegría» (67). Y esto no sólo lo predicó, sino que lo vivió.

Don Pedro Casciaro, que se dedica en la actualidad a su ministerio sacerdotal en México, recuerda cómo, en 1935 –siendo un joven estudiante de arquitectura-, conoció a don Josemaría en el primer Centro del Opus Dei, una Residencia de estudiantes en Madrid: «Recuerdo haber visto al Padre... preparar en la cocina el desayuno para los residentes, lavar los platos, sacar brillo a las manzanas con un paño y muchos otros servicios humildes, pero los residentes no suponían quiénes hacían esos trabajos» (68). Y otro, que también era estudiante por aquel entonces, añade que el Fundador del Opus Dei limpiaba los suelos -eran doce habitaciones-, hacía las camas (veintitantas) o se preocupaba de preparar la comida, sin que los estudiantes, que en su mayoría no pertenecían al Opus Dei, lo advirtiesen (69).

La humildad tiene una hermana gemela: la obediencia. Y se puede probar muy fácilmente si ambas actitudes son genuinas cuando se materializan y concretan. Si uno, absorto en sus pensamientos, exclama: «Oh, ¡cuán pequeño se siente el hombre cuando contempla el cielo estrellado!», no está haciendo un acto de humildad, sino de cursilería; y si dice lapidariamente: «¡Sólo a mi Dios y Señor sigo!», o (en una versión más popular): «Yo sigo sólo a mi conciencia», no está sometiéndose a la obediencia, sino huyendo de ella.

En una carta del año 1954, Monseñor Escrivá decía que «nos sentimos libres y comprendidos a la hora de obedecer, con la espiritualidad de la Obra: porque nos mandan, teniendo en cuenta que somos gente con inteligencia, con mayoría de edad, con responsabilidad personal, que han de poner en la obediencia activamente su entendimiento y su voluntad, y que aceptan la responsabilidad consiguiente en cada acto de obediencia» (70). «La obediencia en la Obra -así había escrito nueve años antes- favorece el desarrollo de todos vuestros valores individuales y hace que, sin perder vuestra personalidad, viváis, crezcáis y adquiráis una mayor madurez, siendo la misma persona a los dos años que a los ochenta y dos» (71).

Un síntoma absolutamente seguro de que una persona lleva una vida santa es su humildad y su obediencia precisamente en los puntos en los que, vistas las cosas de modo humano, no serían estrictamente necesarias, o en aquellos otros que cuestan especialmente. Todos los santos de la Iglesia tienen en común que, en lo disciplinar y en lo doctrinal, vivieron sujetos a sus pastores, a veces en medio de duras luchas interiores y amargos sufrimientos. A menudo aventajaban en mucho a sus superiores o a sus directores espirituales (en gracia, en, conocimientos, en virtudes), pero precisamente por eso su obediencia y su humildad fueron especialmente gratas a Dios. Conocemos a este respecto detalles preciosos de la vida de Santa Isabel de Hungría, de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz y de muchos otros.

De seguro que don Josemaría Escrivá se sabía instrumento de Dios, pues, en muchas ocasiones, el Señor le concedió su luz directamente. Ahora bien, en ningún momento de su vida, desde que alcanzó uso de razón, dejó de tener un director espiritual; y en sus decisiones procuró contar siempre con la autoridad de la Jerarquía de la Iglesia (72).

En Logroño primero, cuando todavía era estudiante de bachillerato, y después en Zaragoza y en Madrid, josemaría se confió a la dirección espiritual de un sacerdote. Esto significaba no sólo que se confesaba con regularidad, sino que, en una charla confidencial, no le ocultaba al confesor nada de lo que le movía: le hablaba de las gracias místicas y de las inspiraciones divinas y las sometía a su juicio; no tenía rincones ocultos en su corazón. Un religioso fue el primero que supo del «nacimiento de la Obra», reconociendo y confirmando que era de Dios. Cuando Josemaría comunicó a su confesor que en la Santa Misa del 14 de febrero de 1930 el Señor le había encargado la fundación de la Sección de mujeres del Opus Dei, éste le contestó: «Esto es tan de Dios como lo demás» (73).

Fue precisamente en 1930 cuando su confesor, refiriéndose a su actividad sacerdotal, le preguntó: «¿Cómo va esa obra de Dios?»... ¡Obra de Dios! Esa era la denominación más breve y más exacta: el nombre. Un nombre no buscado, ni pensado: ofrecido, como un don. El buen confesor ni siquiera se pudo dar cuenta de que, con su pregunta, había introducido en la historia de la Iglesia y del cristianismo, como de pasada, un nombre que ya no volvería a desaparecer; dos palabras que eran como el grave sonido de una campana que se escucharía en todo el mundo y a la que se podría aplicar la inscripción de aquella campana que canta Schiller: «Vivos voco - mortuos plango - fulgura frango» - «Llamo a los vivos - lloro a los muertos - rompo los rayos» (74).