La guerra civil

Capítulo de "El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido"

El 19 de julio de 1936, día en que se produjo la insurrección militar, fue para Escrivá el comienzo de una serie de penalidades. Desde aquel día fue buscando refugio en casa de amigos y conocidos, con el peligro de ser detenido –tanto él como los que le acogían- por su condición de sacerdote [1] . Esa detención llevaba aparejada habitualmente la pena de muerte. El 14 de agosto, tras los incendios de las iglesias y los asesinatos de miles de sacerdotes, declaró el Papa Pío XI: “Se diría que un plan satánico ha reavivado, en nuestra vecina España, y de forma cada vez más viva, un incendio de odio y de persecución abiertamente declarado, que parece dirigido hacia la Iglesia y la religión católica” [2] .

El Fundador tuvo que refugiarse en los lugares más insospechados: desde una clínica psiquiátrica, en la que tuvo que hacerse pasar por enfermo mental, hasta una legación extranjera, como la de Honduras. Cuando llegaban a la Legación las noticias de las victorias bélicas de las tropas nacionales los refugiados solían prorrumpir en grandes manifestaciones de júbilo. Pero Escrivá no participaba en ellas: no olvidaba en ningún momento a los que fallecían en la contienda, fueran del signo que fueran; y se le oía decir en voz baja: “Es horrible, es una tragedia”. Durante ese tiempo rezó intensamente y ofreció duras penitencias pidiéndole a Dios el don de la paz.

En aquellos momentos, en los que la guerra parecía arrasar por completo todos sus afanes y proyectos apostólicos, seguía confiando plenamente en Dios: “ Don Manuel –decía en una carta, escrita en clave para burlar la censura, en la que denominaba al Señor con ese nombre- sabe más ”. Esperaba contra toda esperanza.

No se encuentra comentario político alguno en los escritos de esta periodo. En sus cartas y anotaciones late constantemente una idea: el fin del Opus Dei es sobrenatural y saldrá adelante, por grandes que sean los obstáculos. “A través de los montes –decía, citando el salmo 103- las aguas pasarán”.

Y explicaba: “Ni antes ni después de 1936 he intervenido directa o indirectamente en la política: si he tenido que esconderme, acosado como un criminal, ha sido sólo por confesar la fe, aun cuando el Señor no me ha considerado digno de la palma del martirio” [3] .

En agosto de 1937, cuando pudo abandonar la Legación de Honduras gracias a unos documentos que le permitían salir a la calle con unas mínimas garantías –aunque seguía estando en peligro por su condición sacerdotal- siguió ejerciendo su ministerio. Forzado por las circunstancias, atendía a las gentes de forma clandestina: recorría de un cabo a otro las calles de Madrid, vestido de paisano, confesando de forma disimulada y llevando el Santísimo Sacramento junto a su corazón, en una pitillera, para dar la Comunión a quienes la necesitaran.

Los obispos españoles habían publicado una carta colectiva en la que denunciaban la situación de la Iglesia en España. Esa carta tuvo un gran eco en la prensa internacional, y eso hizo la presión persecutoria pareciese disminuir a los ojos de otros países. Pero de hecho se volvió mucho más artera y solapada. Todas las iglesias continuaban cerradas y la vida religiosa seguía desarrollándose en un clima de catacumbas.

En diciembre de 1937 el Fundador decidió atravesar los Pirineos catalanes a pie hasta llegar a Andorra. Desde el Principado alcanzó la otra zona en conflicto, en la que pudo ejercer libremente de nuevo, al fin, su ministerio sacerdotal. Desde Burgos siguió atendiendo espiritualmente a muchos de los jóvenes universitarios que había tratado en Madrid antes de la guerra. Para poder hablar con ellos hacía largos viajes hasta los frentes de guerra a los que habían sido destinados, en condiciones penosísimas y en medios de transportes lentos e incómodos.

En la capital castellana terminó de componer Camino , una colección de consideraciones nacidas de su trato con Dios y con las almas que llevaba escribiendo desde hacía muchos años. Muchas de ellas habían sido publicadas antes de la guerra, en 1934, con el título de Consideraciones Espirituales . En los 999 puntos de ese libro sólo se encuentran, y de pasada, dos alusiones a la guerra, de carácter puramente ascético: en una de ellas alude a la purificación interior que suponía aquella prueba, y en la otra, a la necesidad de entregarse a Dios por entero.

En los puntos de Camino se habla de oración, vida eucarística, piedad mariana, abandono en la voluntad de Dios, lucha interior, infancia espiritual, amor a la Iglesia, etc. En esas consideraciones Escrivá alienta a la comprensión mutua y a la visión universal; y hace una llamada a los laicos para que hagan un apostolado sin fronteras. Todo esto está en las antípodas del clima de exaltación política en el que vivía el país y de la estrechez de miras del entorno que le rodeaba.

Esto no significa, en modo alguno, que lo que estaba sucediendo en España le dejara indiferente: al contrario, sus cartas y sus escritos íntimos revelan el terrible sufrimiento interior y el profundo desgarrón moral que le produjo aquella guerra fratricida. Ante tanta violencia y tanta sangre derramada su único afán era reparar ante Dios por aquel cúmulo de ofensas, mediante la oración y la penitencia.

“¡Tengo unas ganas de que se acabe esta guerra! -le escribía a uno de los estudiantes que trataba apostólicamente-. Entonces comenzaremos, recomenzaremos, otra quizá más dura, pero más nuestra. Y pienso que quizá haya que volver a vivir aquellos años terribles de penuria. No importa: el Señor, con nuestro esfuerzo al máximo también, nos sacará de todo antes, más y mejor de lo que podemos soñar” [4] .

Soñaba con poner en marcha, en cuanto finalizara la contienda, una nueva residencia en la que los universitarios pudieran formarse humana, cultural, profesional y cristianamente. Su sueño se hizo realidad, primero en España y más tarde en numerosos países.

“Oración, oración y oración –escribía- : es la mejor artillería [5] . “Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es Optimismo .

Es verdad que la revolución comunista destruyó nuestro hogar y aventó los medios materiales, que habíamos logrado al cabo de tantos esfuerzos.

Verdad es también que, en apariencia, ha sufrido nuestra empresa sobrenatural la paralización de estos años de guerra. Y que la guerra ha sido la ocasión de la pérdida de algunos de vuestros hermanos...

A todo esto, os digo: que —si no nos apartamos del camino— los medios materiales nunca serán un problema que no podamos resolver fácilmente, con nuestro propio esfuerzo: que esta Obra de Dios se mueve, vive, tiene actividades fecundas, como el trigo que se sembró germina bajo la tierra helada” [6] .

Al término de la guerra el Fundador regresó a Madrid, donde se reunió con los fieles del Opus Dei. Les exhortó a perdonar a todos, a olvidar las penalidades y padecimientos que habían sufrido, con alma generosa y grande, sin clasificar a los demás en “rojos” y “nacionales”, poniendo sus afanes en recomenzar cuanto antes el trabajo apostólico con jóvenes estudiantes. Y empezó a dar los primeros pasos para la expansión del Opus Dei por los cinco continentes.

[1] Vid sobre este particular, entre otros, Alfaya, José Luís , Como un río de fuego , Madrid 1936 , Ediciones Internacionales Universitarias, Barcelona 1998; Cárcel Ortí, Vicente, La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939), Madrid 1990; Montero Moreno, Antonio, Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939 . Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1961, 1999; Gondrand, François, “Le Fondateur de l´Opus Dei dans la guerre d´Espagne”, en “Nouvelle Revue Théologique”, tomo 127, nº 1, enero-marzo 2005, p. 47 y ss; traducido al castellano en la web josemariaescriva.info.

[2] Cfr. “L´Osservatore Romano”, 15 de agosto de 1936.

[3] Carta del 31 de mayo de 1943, n. 45, en A. Vázquez de Prada, vol II, Ibid., p. 141

[4] Ibid., p. 280

[5] Ibid., vol III, p. 336.

[6] Ibid., pp. 337-338