Junto al Pacífico

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1953, varios miembros de la Obra comienzan a vivir y a desarrollar su trabajo profesional en Guatemala, e inician la labor del Opus Dei en América Central. Nada más llegar, se alojan provisionalmente en un pequeño piso de un barrio popular.

En América Central, como en tantos otros sitios, se comienza dentro de la mayor escasez. Todos viven de su trabajo y esfuerzo personal. Pero es necesario allegar los medios para levantar los primeros Centros de la Obra en el país. Como escribe Peter Berglar:

«Cada labor apostólica también se ocupa por cuenta propia de mantenerse en lo material y en lo económico. Esto se consigue gracias a las aportaciones procedentes de los miembros de la Obra; a los medios públicos de financiación, en el caso de labores formativas; a las pensiones de los residentes, en el caso de Colegios Mayores; a las subvenciones de Patronatos y Asociaciones de Amigos fundadas con este fin, etc. Y cuando todo esto no basta (lo que sucede a menudo) hay que cubrir los "agujeros" por medio de donativos. Y como éstos no alcanzan, la preocupación urgente y constante por recabar los medios necesarios es siempre parte de las ocupaciones de un Director, que, por muy cualificado que sea en otros terrenos, también tiene que ser un "mendigo diplomado", un mendigo honoris causa , es decir, por causa del honor de Jesucristo... »(6).

La primera carta que les envía el Padre lleva fecha del 12 de septiembre de 1953. Muchas veces leerán y volverán a leer estas líneas, uniéndose a su fe inquebrantable para el apostolado que les aguarda. Las circunstancias del país son difíciles. Un sacerdote a quien explican el espíritu del Opus Dei, el ideal que les mueve, no puede menos de sorprenderse:

«Aquí fracasarán. Si no se consiguen vocaciones para el seminario ni para los religiosos, menos conseguirán ustedes esas vocaciones entre universitarios, que es por donde desean comenzar».

Cuando el Consiliario transmite este vaticinio, recibe una carta del Padre en la que reitera que lo mismo han comentado al comenzar en otros lugares; pero que, si son fieles, tendrán siempre vocaciones(7).

El Arzobispo de Guatemala está muy contento con la llegada de los primeros miembros del Opus Dei, dos de ellos sacerdotes. A estos últimos les pide que colaboren en algunas parroquias. El clero anda un poco escaso para la extensión generosa de estas tierras.

Desde septiembre, dos meses después de llegar a Guatemala, viven en una casa situada en la Octava Avenida. El 2 de octubre de 1953, XXV aniversario de la Fundación del Opus Dei, se sienten muy unidos al Padre. También Roma mantiene un cariño que supera todas las distancias para los primeros de la Obra que han abierto las puertas del mundo. Poco tiempo después, el 19 de agosto de 1954, el piso está instalado. El Arzobispo celebra la Santa Misa y deja al Señor en el nuevo oratorio. Como recuerdo de su bendición y amistad, les regala un cáliz de plata dorada, de estilo colonial, que pertenece ya a la historia entrañable del Opus Dei en Centroamérica.

El 24 de octubre de 1955 llega a Guatemala el primer grupo de la Sección de mujeres de la Obra. Vienen tres: dos mexicanas y una española. Traen la certeza interior de que Dios bendecirá su esfuerzo para sembrar un buen germen sobrenatural en tierras guatemaltecas. Esto, y las cartas que llegan de Roma con mucha frecuencia, alientan su fortaleza. Ni el “xocomil”, especie de oleaje airado que se levanta en los lagos de estas latitudes, puede amenazar la navegación de esta tripulación pequeña que hoy se ha hecho a la mar.