Para servir, servir

Recuerdos de Mn. Ignasi Font, Vicario del Opus Dei para Cataluña, sobre el prelado del Opus Dei recientemente fallecido.

Opus Dei - Para servir, servir

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Conocí a Mons. Javier Echevarría en noviembre de 1972. Venía acompañando a san Josemaría y al beato Álvaro. Estaba pendiente de todo. Muy joven, después de ser ordenado sacerdote, ya fue escogido como secretario por san Josemaría que, previsoramente, preparó personalmente a sus dos sucesores. Así aprendió de primera mano qué supone la paternidad. Esto le marcó profundamente.

En septiembre de 1974 conviví con él unas semanas en Premià. San Josemaría, de regreso de un agotador viaje de evangelización por América, enfermo, necesitaba recuperarse. Don Javier —así le llamábamos— estaba en todo, siempre en un tercer plano, como correspondía a la diferencia de edad. Se notaba que san Josemaría le apreciaba mucho.

Después le he encontrado a menudo. Cuando el beato Álvaro del Portillo sucedió a san Josemaría, don Javier estuvo a su lado, inseparable e inmediato colaborador. Muchas veces oí al beato Álvaro decir: «Preguntad a don Javier, que lo recuerda todo.» Tenía una memoria fabulosa y, en efecto, se acordaba de todo. Ambos habían convivido con el fundador. Les movía llevar a cabo —en la Iglesia y en el mundo— el carisma que habían aprendido de él. Es decir, buscar la santidad personal en la vida ordinaria, especialmente por parte de los laicos, mediante el cumplimiento amoroso de los deberes profesionales, familiares, civiles, religiosos, que les corresponden. Dios urge a ello. San Josemaría hizo que irrumpiera en el mundo este mensaje «viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo», e hizo su primera expansión. Con el beato Álvaro culminó el reconocimiento del Opus Dei y continuó su expansión por todo el mundo.

Monseñor Echevarría lo ha impulsado en todo el mundo. Necesitaba poner esta levadura de amor de Dios en todas las periferias de la geografía humana. Ha muerto impulsando su inicio estable en Angola, Vietnam, Bulgaria, Cuba... En estos veintidós años en los que ha sido prelado y padre, casi me asusto de todo lo que ha llegado a hacer: viajes de evangelización, encuentros, escritos... Y hasta el final. Nunca se concedió una pausa en su servicio, ni por el cansancio, ni por la falta de salud o de tiempo.

«No puedo decirles que no», se le oyó decir al final de otro viaje, a las diez de la noche, cuando le comunicaron la muerte de un hijo suyo. Fue a velarlo. Al día siguiente tuvo que ir de urgencia al hospital: estaba muy débil. Ha vivido decididamente entregado a los demás. Sin concesiones. Aprendió de san Josemaría que «Para servir, servir». Es decir, para ser útil, hay que servir. Amaba mucho a esta tierra. Ha estado en todas partes: en Montserrat, en Tarragona, en Girona, en Lleida, en Andorra... Este mes de septiembre quiso pasar por Barcelona: fueron solo tres horas. Insistió en que la oración es la verdadera arma para toda labor de evangelización, y añadió: «Que os desviváis por todos.»

Lo resumiría con las palabras que san Pablo dijo a Timoteo: hombre de Dios. ¡Cómo obliga esto por dentro! Él lo sentía en todo momento. Se palpaba. Es lo que nos enseña Jesús: el camino de la Cruz, del sacrificio, de la donación permanente a los demás, es el camino de la fecundidad y de la alegría. Es lo que le toca ser a un pastor.