Italia de norte a sur

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En Italia muchas personas se van acercando a la Obra y empiezan a surgir nuevos Centros en Roma, Palermo y Milán.

En noviembre de 1950 se abre otro Centro romano: en Via Orsini esquina a Pompeo Magno. El oratorio será bendecido el 9 de enero de 1952, cuando el Padre cumple cincuenta años de edad. Y en él celebrará don Álvaro, en 1954, su cuarenta aniversario.

En el Año Santo de 1950, Roma es una confluencia de peregrinos que invaden sus viejas y sólidas Basílicas. En Villa Tevere , las obras avanzan. Cada día sorprenden cosas nuevas: una escalera, un arco, una puerta... obreros que van y vienen incesantemente.

La Sección de mujeres participa de toda la actividad que se respira en la Villa . En cuanto se termina el edificio de la Administración, son las primeras que se trasladan desde el reducido espacio independiente que ocupaban en el Pensionato . Se instala, provisionalmente, un oratorio con los muebles que había en el de Cittá Leonina . Y cobra nuevo impulso la labor apostólica de mujeres italianas. Llegarán, de la mano de Dios, las primeras vocaciones: Gabriela Filippone, Carla Bernasconi, Gioconda Lantini. Se hacen también frecuentes viajes a Turín, Nápoles y Palermo. En esta última ciudad, entre el tipismo de sus mercados, los carros pintados de colores brillantes, los borricos enjaezados y las calles de puerto abigarradas de artesanos, quedarán sembradas las primeras esperanzas e ilusiones.

En la Sede Central no suele haber dinero ni para pagar gastos elementales. Pero la expansión continúa apoyada en el hecho, subrayado por el Padre, de que «la riqueza del Opus Dei es que sepamos vivir pobres... ». Esta escasez es compatible con un ambiente limpio, acogedor, de buen gusto. El Fundador quiere y pide este mismo clima para los Centros que comienzan; ayuda a instalar casas en muy diversos enclaves. Pero en todas pone la ilusión de la primera vez y cuida cada detalle, de lejos o de cerca, como si fuera la única que hubiese de montar.

«Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos»(31).

En este espíritu de magnanimidad, trabajo y desasimiento le seguirán sus hijas e hijos por todos los caminos. A cada tarea sabrán darle su auténtica dimensión, ya que la categoría «está en la persona, no en el trabajo». A las que se ocupan de atender la Administración de los distintos Centros, les dice que él ha realizado, muchas veces, estos quehaceres: ordenar las habitaciones de los residentes, organizar las comidas, atender la limpieza. Y que lo hacía sabiendo que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista...

Dejará, esculpido en piedra y en hierro, el grito de: «Vale la pena, vale la pena... » como resumen teológico. Se trata de dar a Dios la vida entera, sin espectáculo ni regateo, sin categorías que no arranquen de la única importante dimensión: el amor que engrandece cualquier índole de actividad humana.

Cuando parten los primeros miembros de la Obra hacia Palermo y Milán, dos ciudades que abarcan Italia de norte a sur, el Padre se dirige a ellos con cariño y exigencia:

«Tened una gran fe: sed niños con el Señor, pero hombres recios y fuertes con todos los demás. No vais allí a trabajar por vuestro gusto, sino por Dios. Sed fieles; rezad para que continúe este milagro de la vocación que es el milagro más grande. Vocaciones sólidas. Fidelidad: no traicionéis este camino luminoso (...). Dentro de una decena de años comenzaréis a daros cuenta de la maravillosa novela que estamos escribiendo y de las extraordinarias aventuras que vivimos»(32).

También Milán estrena Centro el 16 de diciembre de 1949. Este grupo de hombres jóvenes no acaba de creer que está -¡al fin!- en su casa. Porque la prehistoria de la Obra en la ciudad tiene acumulados muchos viajes y esfuerzos del Padre y de don Alvaro antes de conseguir el primer inmueble. En el mes de febrero de 1949, don Alvaro ha estado rezando en la iglesia de San Rafael, a dos pasos del Duomo.

En noviembre de este mismo año, han pasado por Milán camino de Centro Europa el Fundador y don Alvaro, y deciden una parada para estar con un puñado de hijos suyos, jóvenes, que esperan impacientes una casa donde reunirse desde hace más de un año. El Fundador les cita en una habitación de la Pensión Cordusio, situada en un lugar muy céntrico, en la zona comercial de la ciudad. Allí les ha recordado el motivo que ha de empujar su actividad: la santidad personal.

El primer piso que ocupan en Milán, en la Vía B. Bixio, es de dimensiones minúsculas. Faltan enseres elementales, pero los chicos, que han esperado muchos meses para conseguir una casa, hacen gestiones para lograr, poco a poco, lo necesario a su hogar. Y aunque el futuro comedor está vacío, los pocos dulces comprados para festejar la llegada de la Navidad hacen buen efecto sobre las maletas colocadas, provisionalmente, en medio de la habitación.

En un cuaderno en el que se escribe el diario de la casa, permanecen las líneas que pusiera Monseñor Escrivá de Balaguer al enviarles a abrir nuevas rutas por Italia:

Consummati in unum!... semper in laetitia et paupertate . ¡Unidos! en pobreza y alegría`. En un ejemplar de «Camino» consta la siguiente dedicatoria:

«A esos hijos míos, que empiezan la labor junto a la Madonnina, con mi bendición y un abrazo. -Roma, Inmaculada Concepción 1949»(34)

En efecto, desde la más alta aguja del Duomo, la Madonnina sonríe.