III Conferencia de las Artes Josemaría Escrivá de Balaguer en el Colegio Mayor Moncloa

El poeta y profesor Carmelo Guillén Acosta ha participado en la III Conferencia de las Artes San Josemaría Escrivá de Balaguer. Estas Conferencias, organizadas por la Fundación Moncloa 2000, en las que han intervenido en anteriores ediciones los escritores Carlos Pujol y Blanca García-Valdecasas, tienen como fin convocar a reconocidos artistas que hayan destacado por la calidad de su obra literaria y por el sentido cristiano y humano que la inspira.

San Josemaría, el Colegio Mayor Moncloa y los artistas

San Josemaría promovió la puesta en marcha del Colegio Mayor Moncloa en 1943, como continuación de la Residencia de estudiantes de Jenner, que había iniciado su andadura en 1939, y de la Residencia de universitarios de la calle Ferraz. Movilizó a muchas personas y sobre todo rezó e hizo rezar por la labor de formación que allí se haría. Gracias a su influjo, la vida en Moncloa estuvo marcada desde el principio por la búsqueda de la santidad y la unión con Cristo a través del estudio, el buen humor y la altura humana y cultural.

San Josemaría impulsó y siguió muy de cerca los comienzos del Colegio Mayor Moncloa , germen de otras muchas instituciones universitarias en todo el mundo, como centro donde muchos jóvenes universitarios se formaran en un clima de libertad y excelencia académica y de trabajo bien hecho para servir mejor a la sociedad, cultivando una gran sensibilidad para todo lo verdaderamente humano, como base para un confiado trato con Dios.

Desde el principio, se formaron y pasaron por Moncloa un buen número de artistas, escritores y poetas como Bartolomé Llorens o Carlos Bousoño . El patio del Colegio Mayor fue escenario de exposiciones de Eduardo Chillida y otros artistas; destacan en el Colegio los murales y cuadros marineros del pintor Pepe Alzuet y de ciudades de Fernando Colomo, los murales vanguardistas del arquitecto Ignacio Vicens y del artista Javier Viver y los conciertos de la Orquesta Académica de Madrid.

III Conferencia de las Artes San Josemaría Escrivá

El poeta Juan Meseguer , Accésit del Premio Adonais y Premio de Poesía Arcipreste de Hita, presentó al poeta sevillano Carmelo Guillén Acosta , Catedrático de Lengua Castellana y Literatura de Enseñanza Media desde 1979, Director de la colección Adonais de Poesía, y Presidente del Jurado del Premio Adonais, el premio para jóvenes poetas más longevo de nuestro país, y de gran prestigio porque ha sabido descubrir y premiar muchos de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del s XX, cuando todavía eran muy jóvenes: Rafael Morales, José Antonio Muñoz Rojas, Vicente Gaos, Pablo García Baena, José Manuel Caballero Bonald, Carlos Murciano, María Victoria Atencia, Angel García López, Luis López Anglada, José Gerardo Manrique de Lara, Claudio Rodríguez, José Hierro, Francisco Brines, José Angel Valente, etc.

Autor de siete poemarios por los que ha obtenido diversos reconocimientos: Accésit del Adonáis, Primer Premio Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, Premio Tiflos, etc.

Destacó Juan Meseguer el poder subversivo de la obra de Carmelo Guillén para cambiar el mundo, que va unido a su concepción del amor: frente a la fuerza violenta de los poderosos, él reivindica la fuerza pacífica del amor-entrega; así comienza un poema suyo: “Nadie como el que ama mejora tanto el mundo”. La poesía concebida como un modo de querer a los demás se convierte así en poesía preformativa, capaz de incidir en el mundo, de herir los corazones y provocar cambios para el bien.

Subrayó Juan Meseguer en su presentación las tres características que definen en su opinión la poesía de Carmelo Guillén Acosta: es una poesía magnánima, cordial y luminosa. Trata temas cotidianos, pero dice cosas relevantes sobre la condición humana: sobre el amor, la amistad, el dolor, la muerte o la esperanza. Su poesía es cordial, hondamente humana y compasiva, por su concepción cristiana de la piedad, que no tiene nada que ver con la “moral de esclavos” de la que hablaba Nietzsche, pues esa piedad, esa predisposición constante hacia los que sufren, requiere tal energía que sería sencillamente impracticable para los supuestos débiles miembros del rebaño imaginados por Nietzsche. Y es una poesía luminosa, que desborda alegría de vivir, también cuando trata de los aspectos más dolorosos de la existencia, como en su poemario La vida es lo secreto.

Carmelo Guillén Acosta comenzó su intervención definiendo la creación poética como una cuestión de ritmo y de amor-entrega: el poeta pone el ritmo en su condición de poeta y el hombre que hay en él, su entrega. De esta manera, escribir se convierte en un trabajo gustoso, por emplear la expresión de Juan Ramón Jiménez, con el que uno procura dar lo mejor de sí mismo, lo más auténtico a los demás: la poesía se transforma en el mejor modo que tiene un autor para querer a los demás… En una ocasión, a García Lorca le preguntaron para qué escribía y él contestó que para que le quisieran. Es verdad, todas las personas necesitan que les quieran, yo también, pero igual que otros se arriman a la escritura poética para conocer, yo lo hago para darme cuenta de que amo, para acercarme a los demás, para ponerme en contacto con los que necesitan de mí. Cada poema mío pretende ser una conversación, un encuentro de amistad, una celebración compartida de felicidad. Escribo fundamentalmente para querer. Este poema es un ejemplo:

Nadie como el que ama entiende tanto el mundo ni a nadie como a él se le abren más puertas tan clara es su mirada como de estar atento pues lo que ven sus ojos es amor y él lo anuncia amor ése es su sino y por eso convence. Nadie como el que ama gusta tanto en el mundo conforme se levanta se ducha se perfuma y al día se le ve marcharse alegre mente qué gozo quien lo encuentra pues lo tiene de amigo y así cualquiera puede aguantar lo que venga Y nadie como él sabe estar en el mundo que llega a su trabajo y dice buenos días se remanga los puños y atiende a sus colegas y como cualquier otro es igual de importante y se rasca la oreja y se retira al baño Nadie como el que ama puede tanto en el mundo le es fiel a su amor y si ama otras cosas si ama a quien lo encuentra es porque está seguro de que lo suyo es suerte y se ve que no humilla se ve que tiene el don de estar siempre aprendiendo Nadie como el que ama mejora tanto el mundo ni nadie como él nos hace tanta falta tan fácil es querer a quien nos quiere bien que luego ya se sabe produce sus afectos y claro son de amor las obras que se siguen Y nadie como él es tan libre en el mundo que vuelve al fin a casa tan libre cada día tras cada día de amor de como el que no quiere regresa y es su casa lugar apetecido y todo porque tiene a diario a quien amar

Con la nostalgia y la melancolía apenas me llevo bien. Los versos publicados a raíz del fallecimiento de mis padres y de mi hermano no son de tristeza –aunque desprendan dolor─, ni de amargura, ni de desesperanza –aunque traigan jirones de carne entre sus imágenes─. Una chispa de luz los ha compuesto. Es lo que siempre he querido de la poesía: que me proporcione una chispa de luz. ¡No me convence lo que no transmite ganas de vivir, por muy correcta que esté escrita!, pues si entiendo la escritura como un acto de amor, es lógico que, con mis palabras, no me agrade apesadumbrar a nadie.

En este ámbito, mi poesía trae muchas experiencias de amistad, de encuentro gozoso con otras personas, de arraigo, de vínculo. Cada uno de mis textos no nace de la sensiblería ni la melosidad, sino de una experiencia de amor. Por esta razón, la edición completa de mi poesía se ha recogido bajo el título de Aprendiendo a querer. Por ejemplo, esta experiencia se transparenta en este poema:

De amigos ando bien y me gusta enseñarlos en álbumes de fotos y hacerlos coincidir y que se den sus números de teléfono, que tengan entre ellos un trato. De amigos ando bien y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo que vienen a mi vida y me cogen el peine, y se peinan, y me ponen los versos perdidos de afecto, y se resbalan en este corazón que es su casa. De amigos ando bien, si no yo de qué iba a dármelas, de qué, si ellos suelen mostrarme a las visitas y hacerme coincidir con sus otros amigos, y andan ocupados en mí, en si me peino, en si estoy cómodo, si salgo en mangas de cariño o si llevo o no el cuello rozado de quererlos. De amigos ando bien y me noto importante, tal vez algo más gordo de ser feliz, por eso me quedan las camisas estrechas y me sale el brillo en la mirada sólo porque de amigos ando bien, si no vedme sentado a dos asientos o intentando alcanzarles la luna, que me son leales y culpables de todo: de peinarme así, como más guapo, y perderme en mis versos e irme de teléfonos y fotos y visitas y dármelas de qué; no sé, culpables, ellos, mis amigos. ¡En serio!

Simultáneamente, considero la poesía como una cuestión de ritmo porque es lo esencial al poema. Con León Felipe distingo que el poeta auténtico es el poeta del ritmo. Sin ritmo no hay poesía. El don del ritmo le es dado a pocos. Lo mismo, por ejemplo, que un cantaor flamenco o un tenor nacen, el poeta nace con un sentido lírico del ritmo que debe cultivar. La poesía es un modo de aprehender el tiempo, que eso es el ritmo. Antonio Machado decía que la poesía es la palabra esencia en el tiempo. En mi caso, la mía representa mi propio tiempo vital, mi propio ritmo vital, el ritmo de una persona que vive la vida moderna como un itinerante o un romero que saborea positivamente su paso por este mundo. Y el ritmo de la mayor parte de mis poemas es el del verso alejandrino, o de catorce sílabas. El ritmo lo expreso a veces también en la superposición de endecasílabos (once sílabas) con el alejandrino, o superponiendo estructuras métricas tradicionales, como las seguidillas, o con las pausas o encabalgamientos… Otros recursos que utilizo son el uso del lenguaje corriente, las preguntas retóricas, eslóganes de publicidad…

Por supuesto, mi poesía trae mucho del mundo literario: San Juan de la Cruz sobre todo, Garcilaso de la Vega, Quevedo, Jorge Manrique, Ionesco, Juan Ramón Jiménez, y de la lírica popular.

Y en los últimos años se ha abierto a otro tema ligado al mundo de lo invisible, el de la gracia, el mundo de la gratuidad de todo lo creado, y este camino me llevó a la idea de la capacidad del hombre de ser redimido, sanado, y me trajo la de la expiación. Para quienes conocen mi obra poética, este acercamiento a la gracia puede suponer una auténtica novedad; para mí lo ha sido y lo sigue siendo. Poemas positivos cargados de transparencia y luminosidad. La luz es la auténtica protagonista, símbolo de la gracia que lo circunda todo. Estos poemas los recojo en mi nuevo libro en ciernes, Donde no supe. Y aunque este poema es de una época anterior, puede servir para hacerse una idea de lo que digo:

Y aquí de qué me sirve abrir los ojos, darme al goce del instante, al ancho mirador del mundo, disfrutar de todo cuanto alcanza la vista, me pregunto; de qué me sirve, estando como estoy a tu aire, dónde más paisaje que tú, en quien habito cuando cierro los ojos, me da por recorrerte, geografía total, y no hallo más límites que tu amor y tu luz.

La III Conferencia de las Artes San Josemaría Escrivá de Balaguer terminó con varias preguntas de los numerosos artistas y estudiantes asistentes sobre el estado de ánimo del poeta al escribir, a la que contestó Carmelo Guillén Acosta que él huye de la tristeza y de la melancolía al escribir, o la poesía huye de él: en su poesía siempre ha querido cantar al amor y a la vida, y esto no quiere decir que no aborde el dolor en sus poemas, sino que la mirada a todo lo humano siempre es de luz, no de oscuridad. A otra pregunta, destacó como sus principales maestros a Claudio Rodríguez y Juan de la Cruz. A una última pregunta sobre cómo reza el poeta, Carmelo Guillén Acosta destacó el don de su fe en Cristo como un don inmerecido, como un gran regalo.