Hogar universal

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando se cruza la puerta de un Centro del Opus Dei, en cualquier lugar del mundo, se reconoce, inmediatamente, un inconfundible aire de familia: un ambiente grato, donde la unidad y el afecto son alfombra que suaviza la vida de todos.

Por eso, en una tertulia numerosa celebrada un domingo de junio de 1974, en Argentina, el Padre puede sostener este diálogo con uno de sus hijos. La voz le habla desde el patio de butacas de un salón de conferencias:

-«Mi madre está muy contenta con mi vocación, lo que pasa es que ella a veces se preocupa, y piensa qué va ser de mí cuando sea viejo... Dice que no voy a tener familia... Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique (...) que tenemos familia».

Y el Padre responde:

-«Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ¡Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! ¡A ver quién dice por ahí esto! (...). ¡Es el mejor sitio para vivir y el med or sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!(6) » .

Pero esta unidad y afecto de familia han tenido que ser defendidos muchas veces en la historia de la Obra. A causa de estas circunstancias adversas, en la vida del Opus Dei hay costumbres que han nacido «con naturalidad, como brota el agua del manantial». De cada situación surgieron las Consagraciones de la Obra, que -como decía el Prelado del Opus Dei, don Alvaro del Portillo-, «han sido como arrancadas por Dios Nuestro Señor, al atravesar (...) momentos muy duros de incomprensión, de calumnia, de soledad: de soledad humana, porque siempre hemos estado todos tan pegados a nuestro Padre y nuestro Padre tan pegado a Dios (...), que nunca nos hemos sentido solos»(7).

Se refiere a momentos en los que el Fundador del Opus Dei vuelve a poner en manos de la Providencia la totalidad de su tarea. Su vida y la de aquellos que le han seguido. Y con él, unánimes, todos los miembros de la Obra.

La primera Consagración tendrá lugar el 14 de mayo de 1951. El Fundador quiere poner, bajo la mirada protectora y amable de Jesús, María y José, a las familias de los miembros del Opus Dei, para que logren participar de la alegría y la paz de la Obra. Para que Dios les conceda un gran cariño por la vocación de sus hijos.

Es una etapa difícil, y la contradicción pesa. Las falsas interpretaciones han surgido ya en España; pero, en Roma, centro de la Iglesia, toman con facilidad el camino de la Curia y de la Santa Sede. Algunas familias de los primeros miembros italianos de la Obra se angustian ante las opiniones de personas a quienes conceden amplio crédito.

El Fundador, que tiene un afecto sincero por los padres de sus hijos, sufre por la duda y el temor que puede asaltar el ánimo de estos hogares. Y también por las dificultades injustas que algunos ponen a la fidelidad de las vocaciones italianas.

Por eso, este día de mayo, en un oratorio todavía en construcción dentro de Villa Tevere , superando la prisa de su fe al esfuerzo realizado por los encargados de las obras, hace el Padre la Consagración de todas las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret. Una pintura de escuela italiana del siglo XVII que representa a la Sagrada Familia será el futuro retablo.

Esta Consagración, que se renueva anualmente, ha quedado grabada en una lápida de mármol, con la fecha de su primer ofrecimiento. En ella quiere hacer partícipes a todas las familias del espíritu del Opus Dei, del calor de su propia vida, de la grandeza y la paz de esta llamada divina. Les desea la felicidad, en la tierra y en el Cielo, junto a aquellos, hijos que se han entregado generosamente para andar, en la Obra, los caminos de Dios.

Suele repetir el Fundador a los miembros de la Obra que deben el noventa por ciento de la vocación a sus padres. Tan alta responsabilidad les concede.

Y, años después, seguirá insistiendo ante un grupo de familiares:

«No habéis terminado vuestra misión; tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos, una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos con vuestra oración (...), con vuestra vida profesional; poniendo en cada momento la última piedra»(8).

En este día romano de 1951, el Fundador pone la serenidad de cada hogar en manos de María y José. Porque ellos velaron y supieron entregar, para que cumpliera su destino, al Hijo de Dios hecho Hombre entre los hombres.