Guadalupe Ortiz de Landázuri, la beata que compaginó ciencia y religión

Científica y desde hoy también beata, la madrileña Guadalupe Ortiz de Landázuri es una de las muchas españolas olvidadas por la Historia que contribuyeron a cambiar el rol femenino desde el ámbito académico y, en su caso, también el religioso por su labor pionera dentro del Opus Dei.

EFE (La Vanguardia) Guadalupe Ortiz de Landázuri, la beata que compaginó ciencia y religión

La Iglesia católica ha beatificado hoy a esta madrileña, que nació en 1916 en el seno de una familia de firmes convicciones cristianas, de padre militar y que creció en un ambiente intelectual, siendo una de las cinco únicas mujeres de una clase de 70 en la carrera de Ciencias Químicas de la Universidad Central de Madrid.

Pasó parte de su infancia en Tetuán, donde su padre fue destinado en el año 1926 y allí estudió en colegios masculinos, donde ejercitó distintos deportes, como la natación o el tenis, algo poco frecuente en la educación femenina del momento, y gracias a lo cual se forjó un carácter abierto y aventurero que le llevó incluso a practicar la aviación.

En el año 33 comienza sus estudios en Química, que se ven frustrados por el inicio de la guerra civil, contienda en la que pierde a su padre, que fue fusilado en el año 36, y al fin de la misma consigue acabar la carrera.

La escritora y doctora en Ciencias de la Información e Historia contemporánea Mercedes Montero destaca, en declaraciones a Efe, la gran vocación investigadora de Guadalupe que, tras impartir clases en el Liceo Francés y el colegio de La Bienaventurada Virgen María, comienza su tesis en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Autora de "En Vanguardia", biografía de Ortiz de Landázuri, Montero explica que no es hasta que cumple los 27 años cuando, al salir un domingo de misa, Guadalupe "siente algo que la impacta" y pide a un conocido que le recomiende un sacerdote.

Así es como conoce a Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, que la introdujo en la Obra y en 1950 le encarga la misión de llevar su mensaje a México.

"A partir de ese momento, ella, además de su vocación, tiene una motivación más alta para hacer lo que hace", señala Montero, que destaca su labor con la educación de las mujeres indígenas y su empeño por convencer a las mexicanas de trabajar y no pensar sólo en el matrimonio.

A su vuelta a España, con más de 40 años, retoma la química y empieza a trabajar en su tesis doctoral con la científica Pilar de la Cierva -que introdujo en España los rayos X- y consigue el prestigioso Premio Juan de la Cierva.

En el aspecto religioso, Ortiz de Landázuri sigue su andadura en el Opus Dei en Madrid y en Bilbao y posteriormente, en 1956, se traslada a Roma, donde colabora con san Josemaría Escrivá, antes de volver definitivamente a España en 1958.

"Me gusta comparar a Guadalupe con las 77 mujeres que entre los años 1872 y 1910 accedieron a la Universidad a pesar de que estaba prohibido. Ellas consiguieron que el Ministerio de Educación reconociera que las mujeres podían estudiar una carrera", mujeres como María de Maeztu o María Goyri, explica Montero.

Destaca que a lo largo de toda su vida, apoyó a numerosas mujeres para que se dedicaran a su vocación, estudiaran y trabajaran, "todo ello en una época en la que la mujer era considerada una eterna menor de edad, dependiente del padre y del marido".

Guadalupe murió en Pamplona, en 1975 como consecuencia de una afección cardiaca que padecía desde hacía años.

La nueva beata sube hoy a los altares al atribuírsele la curación "instantánea, completa, permanente y sin explicación científica" en 2002 de un hombre, Antonio Sedano, que padecía un carcinoma basocelular en un ojo y que, el día previo a la operación, rezó a Guadalupe por su curación y despertó sin el tumor.