ERA UNA ENCEFALITIS

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Durante la segunda semana de agosto mi hermano comenzó a quejarse de mareos, al tiempo que se sentía francamente mal. Pensábamos que todo era resultado del cansancio físico y mental debido al estudio. Sin embargo, su salud empeoró rápidamente y fue cerrándose en sí mismo, sin querer hablar con nadie. Le llevamos a un médico, quien observó que decía cosas incoherentes y que su habla era dificultosa y difícil de entender. El médico llegó a sospechar una ingestión de drogas, pero no existía la sintomatología característica en estos casos. Le recetó una medicación para limpiar el sistema digestivo.

A pesar de eso, el estado de mi hermano no mejoró nada. Entonces, decidí encomendarle al Fundador del Opus Dei durante mi rato de oración diaria. En vista de que su situación empeoraba, la noche del sábado 14 de agosto le llevamos al Hospital de la Universidad. Aquí pensaron que se trataba de un problema psiquiátrico, pero después de varias pruebas no encontraron nada anormal. Sin embargo, la salud de mi hermano iba de mal en peor. Al cuarto día de su ingreso en el hospital, era incapaz de comunicarse con el mundo exterior. Pedí oraciones por él.

Un día pedí al sacerdote que le administrara el sacramento de la Penitencia. Cuando llegamos, mi hermano estaba dormido, recibiendo alimentación por un tubo. Como el sacerdote tenía que marcharse pronto, acudí a la intercesión de Mons. Escrivá para que diera señales de consciencia. En silencio, recé la oración para la devoción privada y, cuando el sacerdote se ponía la estola, mi hermano abrió los ojos. Cuando el sacerdote terminó de darle la absolución, mi hermano se quedó de nuevo inconsciente. Hacia el final del día, le administraron la Unción de Enfermos. Poco después, entró en coma.

Para entonces, los médicos habían llegado por fin a un diagnóstico preciso: encefalitis viral. Pero enseguida surgieron complicaciones: a los cinco días contrajo una pulmonía. Tuvieron que hacerle además una traqueotomía.

Esta situación hizo que nuestra familia quedara más unida. Todos los días, los compañeros de clase de mi hermano ofrecieron por él la Misa que se celebra en la Universidad. Se ofrecieran Misas y oraciones. En el hospital distribuimos estampas y Hojas Informa tivas entre los visitantes, los médicos, las enfermeras...

Una semana después de la traqueotomía mi hermano abrió los ojos. El médico nos dijo que probablemente vería imágenes, pero que éstas no serían reconocidas por el cerebro. A1 cabo de otra semana, Riehard sonrió –era su primera sonrisa– a causa de la risa contagiosa de un amigo que vino a visitarle. Lentamente, con dificultad, comenzó a mover brazos y piernas, a coger algunos objetos y a asentir con 1a cabeza a lo que le decíamos. Sin embargo, la parte derecha del cuerpo estaba paralizada.

El médico anunció que había superado la gravedad, pero desconocía si tendría alguna lesión cerebral. Poco después comenzaron sesiones de fisioterapia. Cuando le suprimieron el tubo de la tráquea pudo comer normalmente y hablar. Su memoria cubría el pasado y el presente: nos dijo que desde el momento de su ingreso en el hospital hasta que recobró el conocimiento sólo recordaba la confesión. Antes de su regreso a casa se ofrecieron Misas de acción de gracias en el Centra y en la Capilla de la Universidad. La salud de Ríc es ahora normal, gracias a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.