Enfermedad y muerte de Isidoro Zorzano

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

En los primeros días de 1943, Isidoro Zorzano, entonces el más antiguo en el Opus Dei, estuvo en los umbrales de la muerte. La gravedad fue al parecer máxima el 2 de enero y el Padre, al comentar el hecho con los del Centro de Estudios, les dijo: "Sólo quisiera tener sus mismas disposiciones cuando yo vaya a morir". En los días posteriores mejoró algo su situación, y hacia el 11 se le trasladó al Sanatorio San Fernando, más adecuado para el tipo de enfermedad que padecía.

Algo anómalo había comenzado a notarse en Isidoro poco después del final de la guerra civil española: frecuentes dolores que parecían de ciática, un prurito insoportable en el pie, fácil sensación de fatiga, dificultades para dormir y descansar, marcada pérdida de peso. Nada de esto advertíamos los que le tratábamos, sólo lo conocían sus directores y los médicos que le atendían. A finales de julio de 1941, el Dr. Alix dijo que padecía la enfermedad de Hodgkin, una linfogranulomatosis maligna, un proceso tumoral de los tejidos linfáticos que por entonces resultaba incurable y que le habría de llevar inexorablemente a la muerte en un par de años. A comienzos de otoño, ya en el centro de Villanueva, Isidoro pudo reanudar su trabajo en los Ferrocarriles y sus tareas de Administrador, y a lo largo del curso siguió tratamiento de radioterapia.

En el verano de 1942 pasó una temporada en el campo, en La Cabrera. En septiembre volvió a sus tareas ordinarias, a pesar de que su situación empeoraba. En otoño la enfermedad progresó de forma muy alarmante y se vio obligado a pedir la baja, porque le era ya imposible ir a la oficina. Todavía poco antes de Navidad le llevaron a Diego de León para hacer unos días de retiro espiritual dirigidos por el Padre, y en los últimos días del año dio algún paseo en coche; pero ya no pudo más y hubo de guardar cama. El Dr. Serrano de Pablo confirmó el diagnóstico maligno y su extrema gravedad.

Los que le conocimos antes de tener que guardar cama, contemplábamos en él a un profesional ya maduro, en torno a los cuarenta años, que llevaba en la Obra desde 1930. Era poco bullicioso, de no muchas palabras, sencillo y paciente. Procuraba no llamar la atención y quedarse en un segundo plano. Acogía todas las cosas y sucesos con mucha alegría interior y una sonrisa amable. Se podía acudir a él con toda confianza.

A mí me ayudó en muchas ocasiones. Durante algún tiempo en que debía despachar con él cuestiones económicas y asuntos de elemental contabilidad, me enseñó con mucha paciencia el modo correcto de hacer las cosas, y a revisar y descubrir errores contables; me sugería medidas para mejorar algunos aspectos. También me daba orientaciones precisas sobre cuestiones técnicas de la instalación de la casa y sobre la relación con los suministradores. Cuando tuve que preparar tablas de datos con análisis estadístico y figuras con representaciones gráficas de los resultados experimentales de mi tesis doctoral, acudí a él porque sabía de su competencia. En cuanto le empecé a esbozar el tema con la delicadeza que pude, y a pesar de que su enfermedad había progresado, se adelantó a ofrecerse para cuanto quisiera como si no tuviera otra cosa que hacer o no le representase el menor esfuerzo: "dame todo lo que sea -me vino a decir-, porque a mí no me cuesta ningún trabajo, mientras que tú tienes que escribir la tesis". Yo le daba los datos y él me entregaba los cuadros e ilustraciones realizados con un gusto y pulcritud que yo no hubiera conseguido, o sólo después de mucho tiempo. Por esta colaboración técnica a los que preparábamos tesis y oposiciones, llamábamos a veces en broma a Isidoro "el opositor".

Muy poco después de regresar de Suiza fui a verle al Sanatorio de San Fernando, donde se hallaba ingresado. Debió de ser en los primeros días de marzo de 1943. Estaba ya muy depauperado. Su enfermedad llevaba consigo fiebre alta, escalofríos, inapetencia, falta de fuerzas para todo, junto con una marcada dificultad para respirar, hablar e ingerir alimento. Sin embargo, a pesar del cuerpo macilento y exhausto que los ojos contemplaban, su espíritu estaba muy vivo, como lo reflejaba el interés de su mirada y de sus preguntas, su afán por cumplir con fidelidad las normas de piedad, el tono sobrenatural de sus comentarios y respuestas. Estuve otras veces con él en el mismo Sanatorio antes de irme a Barcelona y con ocasión de un viaje rápido que hice a Madrid en mayo; y, por último, una vez que regresé, en junio y julio, cuando ya había sido trasladado al Sanatorio de San Francisco.

A cualquiera de los que le visitábamos nos producía tremenda impresión apreciar sus fuertes padecimientos. Y mucho mayor era la compasión del Padre al contemplar en esa situación a un hijo suyo, el que más tiempo llevaba entonces en el Opus Dei, al que le unía una antigua amistad que se remontaba a los años de estudios de bachillerato en Logroño. El Padre acudía al Señor pidiendo el milagro de su curación, porque bien sabía que nada podían hacer los remedios humanos, y nos animaba a rezar para que fuera posible lo imposible, a la vez que aceptaba y amaba la voluntad de Dios. Al propio tiempo, tenía el consuelo de ver en aquel hijo enfermo la acción santificadora del Espíritu Santo, de contemplar hecho vida ejemplar en Isidoro el espíritu del Opus Dei ante la enfermedad.

Por su parte, Isidoro continuaba muy pendiente del Padre. Nos pedía que le encomendáramos para que no enfermara y pudiera trabajar. Se preocupaba por los frecuentes catarros del Padre, del frío con que tendría que trabajar en el invierno en Diego de León, y del calor que habría de soportar en el verano. En los días anteriores a su muerte, casi en agonía, preguntó con preocupación si el cine sonoro que se instalaba durante el verano frente a la casa de Diego de León perturbaba el descanso del Padre.

Un día coincidí en su habitación con otra persona que yo no conocía. Isidoro se interesó por él, por su trabajo, por su familia. Me impresionó el afecto y agradecimiento que el visitante mostraba hacia Isidoro, lo apenado que estaba al verle tan enfermo. Y cuando salió, se lo comenté al propio Isidoro. Con sencillez me dijo algo así: "Es natural, es un empleado de mi oficina. Empezó a trabajar conmigo de ordenanza, le ayudé a que mejorara en su formación profesional y es ahora delineante".

El trance de la muerte era para él muy parecido al acto de emprender uno de los muchos viajes que había tenido que hacer a lo largo de su vida. Sobre la mesilla de noche tenía un pequeño tren de juguete de muy poco valor, regalo de los Reyes Magos, y decía: "Es para entretenimiento de las visitas y para recordarme que pronto hay que emprender el viaje. Un poco pequeño es, pero así será más fácil introducirse en el Cielo". Explicaba que, como había tenido que colaborar en la instalación de diversos centros de la Obra, se ocuparía también de que en nuestra "casa del Cielo" -como decía el Padre- se encontrara todo preparado para cuando fueran llegando los demás. Dos días antes de su muerte concretaba con otro algunos aspectos de su entierro con total naturalidad, como si se tratara de otra persona. Se detuvo de pronto y mientras sonreía exclamó: "Si alguien nos oyera hablar así de mi entierro, diría que estábamos locos".

El 16 de abril el Padre le dio la Unción de los enfermos. Después de recibirla, Isidoro le dijo riendo a uno de los que se preparaban para ser ordenados sacerdotes, no sé si al mismo Álvaro: "Ya ves, tú, tanto estudiar. Y a mí me han ungido antes que a ti". La gravedad disminuyó hacia el 22 ó 23. A primeros de junio fue trasladado en ambulancia desde el sanatorio de San Fernando al de San Francisco de Asís, en la Calle de Joaquín Costa, que atendían las Hermanas Franciscanas Misioneras de María. En él pasó el resto de su enfermedad, un mes y medio.

En la tarde del 15 de julio, jueves, Isidoro se nos fue al Cielo. Fuimos por turnos a velar su cadáver, tanto por la noche como durante el día siguiente hasta la hora del entierro. Su rostro reflejaba la paz serena de siempre y esbozaba una ligera sonrisa. Aunque con el corazón dolorido por la separación física, al contemplarle se sentía uno penetrado del gozo de lo sobrenatural, contagiado por su expresión de confiado abandono en el Señor. Aquella noche, el Padre se acostó muy tarde y al día siguiente celebró la misa de la Virgen del Carmen por el alma de Isidoro. Por la tarde del mismo 16 tuvo lugar el entierro, con gran asistencia de miembros de la Obra, familiares, compañeros de trabajo, personas muy variadas a las que había tratado para hacerles bien y acercarles a Dios. Lo presidió el Padre, acompañado de Álvaro, el Padre Aguilar O.P., algunos parientes de Isidoro y el Subdirector de la RENFE. Sus restos mortales fueron sepultados en el Cementerio de la Almudena, junto a los de don José Escrivá y doña Dolores Albás, nuestros Abuelos. El crucifijo del ataúd se retiró y se guardó para la residencia de la Moncloa, aún en preparación, por la que Isidoro había ofrecido muchos de sus dolores.

Debo confesar que cuando conocí en Diego de León la noticia de la muerte de Isidoro pedí a Dios por su alma, pero no me resistí a rezar un Te Deum como agradecimiento por haber querido que dejara ya de padecer, llevándoselo consigo al Cielo. Muy poco después me encontré con Carmen, hermana del Padre, que ya se había enterado, y me dijo con gran naturalidad que la Virgen se había querido llevar a Isidoro al Cielo para que pasara la fiesta del Carmen con Ella, porque ya había sufrido bastante con su larga enfermedad.

Durante el tiempo que siguió a la muerte de Isidoro, el Padre nos recordó con frecuencia a los pocos que estábamos en Lagasca aquel verano, hechos de su vida y muestras de la eficacia de su servicio al Opus Dei. En una de esas ocasiones nos decía que para sustituir a Isidoro en las tareas que tenía encomendadas en la Obra, había tenido que buscar a tres. El 26 de julio, diez días después del entierro, algunos acompañamos al Padre al Cementerio para rezar responsos ante la tumba de los Abuelos e Isidoro. Y el 24 de agosto nos contó cómo había tenido lugar trece años antes su encuentro con Isidoro en Madrid y su rápida correspondencia a la llamada de Dios. El Padre nos animaba a acudir privadamente a su intercesión, porque estaba persuadido de que podía mucho ante el Señor.

La fama de santidad de Isidoro se extendió rápidamente. Unas biografías difundieron su personalidad y santidad de vida. En 1948 se inició en la diócesis de Madrid el proceso para la causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Isidoro Zorzano. Clausurado el proceso diocesano, la documentación se halla en estudio de la Congregación para las Causas de los Santos.