En los hospitales de Madrid

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Tres son los hospitales que reciben la visita constante, la atención sacerdotal de don Josemaría Escrivá de Balaguer hasta el año 1934: el General, el de la Princesa y el llamado Hospital del Rey. El primero existe en la capital desde el siglo XVIII; su arquitecto, don José Hermosilla, fue quien trazó los planos del primitivo diseño, al mismo tiempo que acondicionó y convirtió en parque público el Paseo del Prado que, anteriormente, aparecía como un vertedero de residuos. Carlos III, «el mejor Alcalde de Madrid», abordó la tarea ingente de su construcción. El Hospital General, también llamado Provincial, ocupa una manzana limitada por cuatro calles y una plaza. Está localizado en la calle Santa Isabel, próxima a la de Atocha, popular vía madrileña, en la que comerciantes y estudiosos compiten desde las primeras horas de la mañana.

El edificio tiene seis plantas, con enormes ventanas defendidas por reja de forja vizcaína; galerías abovedadas que se apoyan en pilares de granito y amplísimas salas comunes en las que se alojan más de mil trescientas camas. El conjunto se abre a un jardín central. Muchos hitos científicos se dan cita en este Hospital: el uso del cloroformo en cirugía, la novedad del termómetro clínico, la terapéutica con suero antidiftérico y la instalación del primer aparato de Rayos X en España.

Este centro sanitario pronto resulta insuficiente para una ciudad que alcanza el medio millón de habitantes a mediados del siglo XIX. Se decide entonces crear el Hospital del Norte, próximo al parque de Monteleón, junto al paseo que venía llamándose de Areneros por los carros que bajaban a su través a recoger arena del río Manzanares. El proyecto se tramita lentamente, hasta que, el 2 de febrero de 1853, la Reina Isabel II sale ilesa de un atentado y decide, en acción de gracias, construir este centro de beneficencia bajo el nombre y patronazgo de su hija, nacida unos días antes. La Princesa de Asturias, María Isabel Francisca, será años más tarde la castiza Princesa Isabel, y el Hospital se ha de conocer, para siempre, con el nombre familiar de «la Princesa». Estuvo dotado inicialmente con ciento cincuenta camas, pero en el transcurso de la regencia de doña María Cristina el número se amplió hasta llegar a un total de dos mil enfermos ingresados.

A pesar de la importancia de tales centros, en 1925 las instalaciones sanitarias que hay en la capital de España pueden considerarse insuficientes. Al problema hay que añadir la desconfianza ancestral que el español ha sentido, hasta hace pocos años, por el tratamiento en los hospitales. Resultaba inconcebible que el manejo del enfermo por personas ajenas pudiera compararse con el que se le dispensaba en su propia casa, aunque fuese muy pobre. En los establecimientos sanitarios se hacinarán únicamente los enfermos desahuciados, variolosos, tísicos, gangrenados y tuberculosos antiguos, que prolongan su vida pero no llegan a curarse.

En estas circunstancias se inaugura en Madrid el Hospital del Rey, dirigido en su planificación general por don Gregorio Marañón. Se construye al norte de la Ventilla, cerca de Tetuán de las Victorias. Hasta esos terrenos de desmonte llegan, a diario, los traperos que vierten las basuras de Madrid transportadas pacientemente en un pequeño carro tirado por un borrico. Así, los alrededores tienen el aspecto de un enorme basurero siempre en estado de fermentación. Salpicadas entre los vertederos pueden verse casuchas de endeble y varia construcción: en ellas viven hombres y mujeres con sus hijos, mezclados con animales domésticos, que convierten el espacio casero en un auténtico corral.

Por delante del Hospital, que se encuentra a siete kilómetros del centro de Madrid, pasa la carretera de Fuencarral. Y también un ferrocarril de vía estrecha conocido con el afectuoso e irónico nombre de «la Maquinilla». Se trata de un tren lento, que hace el trayecto Madrid-Colmenar y que emplea aproximadamente una hora en llegar de Fuencarral a Cuatro Caminos. Su misión fundamental consiste en acarrear adoquines de granito para urbanizar las calles. La mayor parte de las veces se engancha un último vagón, con estrechos asientos de madera que sirven para trasladar, entre frenazos y balanceos, a los viajeros que suben. Además, existe un tranvía que hace su trayecto por la Ciudad Lineal. La compañía empleará los más modestos de todos sus vehículos disponibles, ya que esta zona se encuentra en el extrarradio. Son proverbiales los chirridos y parones de este carruaje metálico que avanza echando chispas por el trole.

El director del Hospital del Rey es, en este tiempo, don Manuel Tapia. Este Centro está dedicado exclusivamente a enfermos infecciosos. Pronto tendrá dos pabellones repletos de tuberculosos: uno del propio Hospital del Rey y otro, adyacente, inaugurado en 1917, y con autonomía de funcionamiento, denominado Victoria Eugenia. La Reina había instaurado el Patronato y era su Presidenta de honor.

Todas estas instituciones sanitarias están atendidas por médicos de gran prestigio, enfermeras e Hijas de la Caridad. Multitud de estudiantes acuden a presenciar las clases y actuaciones de científicos relevantes como Olivares, Villa, Madinaveitia, Cortezo, Morales, Blanc, Cifuentes.

Junto al dolor de los enfermos, cerca de la abnegada labor de todo el personal sanitario y entre el bullicio y la inquietud intelectual de profesores y alumnos universitarios, don Josemaría Escrivá de Balaguer va a entrar en el ambiente derrochando entrega y vocación sacerdotal.