En la Legación de Honduras

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En enero de 1937, Juan Jiménez Vargas sale de la cárcel y va al sanatorio. El Padre sigue allí, aunque nota un ambiente de recelo. Hay una enfermera que sospecha, desde hace algún tiempo, que este paciente no padece enfermedad alguna. Un día se presentan los milicianos. Hay, en el establecimiento del doctor Suils, otras personas refugiadas que se hacen pasar por locos. La situación es peligrosa. Hasta que un enfermo se acerca a uno de los que amenaza con un arma y pregunta, con toda seriedad, cogiendo la metralleta:

-«¿Esto es un instrumento de aire o de cuerda?»(14)

La intervención es providencial. Los que dirigen la redada deciden que allí no hay nadie en su sano juicio y abandonan el lugar.

Sin embargo, en la clínica no hay sitio para que Juan y José María permanezcan más tiempo allí, y el Padre no quiere quedarse si no puede compartir este refugio con ellos. Es preciso encontrar otro lugar. José María González Barredo está relacionado con el Cónsul de Honduras en Madrid; a través de una cadena de amigos, trazan el plan para lograr cobijo en espera de futuros acontecimientos.

A pesar del gran número de gentes que solicitan asilo político dentro de Legaciones y Embajadas, esta vez la gestión tiene resultados positivos.

A primeros de marzo de 1937 pueden trasladarse al edificio situado en el Paseo de la Castellana número 51, muy cerca de la Plaza de Castelar. Es, en realidad, la propia casa del Cónsul de Honduras. Toda su familia se ha instalado en un par de habitaciones con los muebles y objetos de su propiedad. El resto de la vivienda, más bien destartalada y vacía, ha quedado a disposición de un grupo abigarrado de personas que huyen de la muerte. En los meses de mayor persecución llegará a pasar un número elevado de hombres y mujeres por la protección de esta casa del Paseo de la Castellana.

Nada más entrar, y a la derecha del vestíbulo, hay una puerta grande que se abre a un largo corredor; a los dos lados, varias habitaciones, cada una ocupada por un grupo de personas vinculadas por algún nexo de amistad o parentesco. A uno de estos cuartos con suelo de loseta, provisto de una estrecha ventana que da a un patio interior, llegarán el Padre, su hermano Santiago, Alvaro del Portillo, José María González Barredo, Juan Jiménez Vargas y Eduardo Alastrué, un estudiante que frecuentaba la Residencia de Ferraz. Sobre estos diez metros cuadrados, iluminados por una bombilla que cuelga solitaria del techo, se pueden ver cuatro colchones enrollados, sin ropa alguna de cama. Durante el día servirán de asientos. Por la noche, se extienden sobre el suelo y dan cabida a seis personas.

Los refugiados tienen edades, condiciones y oficios muy diversos, pero predominan los que, en tiempo de paz, dedicaban su actividad a profesiones liberales: médicos, ingenieros, profesores, artistas... Algunos han perdido a varios miembros de la familia; otros, han salido de la cárcel. Muchos, desconocen el paradero de sus gentes.

En esta situación, aislados y reducidos a una interminable espera sin plazo presumible ni resultados finales fáciles de predecir, es lógico que el ambiente sea tenso; a veces crítico. Y que la convivencia resulte difícil porque los nervios, las privaciones e incertidumbres actúan, un minuto tras otro, sobre el ánimo de todos.

En ese ambiente, contrasta y no pasa inadvertido el modo de enfocar y vivir la situación de este grupo de hombres que acaba de llegar a la Legación. Aun participando de la tragedia colectiva, a veces en una medida más colmada que los otros, mantienen la alegría y la paz, el interés por el estudio y el trabajo cotidiano, la atención por cada uno de sus compañeros, la objetividad y caridad en el trato y las conversaciones. El Padre organiza un horario. Desde el primer día, celebra la Santa Misa. Alguna vez puede hacerlo en el vestíbulo, sobre un mueble-consola de traza elegante; y utiliza, como cáliz, una taza de oro que la familia del Cónsul pone a su servicio. Pero el Cónsul y algunos de los refugiados tienen miedo a una denuncia y el Padre ha de celebrar, habitualmente, en la propia habitación en la que permanecen casi todo el tiempo. Colocan varias maletas superpuestas como un altar portátil, y con elementos improvisados, pero elegidos y tratados con el amor y la veneración del uso a que van a destinarse, tiene lugar la Misa cotidiana. El Padre recita despacio, intensamente, las oraciones del Santo Sacrificio.

Con frecuencia les prepara charlas, meditaciones, comentarios a textos evangélicos. Y anima el ambiente con una esperanza y un calor inexpresables. Organizan una tarea para cada uno. Estudian; trabajan en la medida de sus posibilidades. Alvaro del Portillo, incluso, se brinda a llevar las cuentas y gastos de la Legación porque ve abrumada a la familia por la carestía y el número creciente de personas que viven allí. El Padre visita y anima con frecuencia al Cónsul y a su mujer, que se encuentra enferma. Les lleva su sentido sobrenatural, su buen humor, la esperanza en un final más feliz. Y el agradecimiento de cuantos han salvado la vida a costa de su hospitalidad.

La apatía o el aburrimiento no hacen presa en ellos, a pesar de la lentitud con que las horas se deslizan dentro del encierro. José María González Barredo habla de sus experiencias e investigaciones científicas; a veces, salta el recuerdo de su tierra y canta «asturianadas». Juan relata sus andanzas por los frentes. Eduardo Alastrué escribe las charlas y meditaciones de don Josemaría, ayudado por una memoria de hierro que no le falla nunca. Alvaro hace observaciones sobre el ambiente, con una visión humorística que despierta la risa colectiva. Santiago disfruta con las ocurrencias de todos.

A lo largo de toda la vida recordarán aquel encierro, arduo pero también entrañable. Incluso gozoso. Guardan una imagen inolvidable del calor humano y sobrenatural de este rincón de refugiados.

Habitualmente informado de la situación del país, el Padre está atento a cuanto ocurre, aunque no se deja abatir por noticias adversas. Cuando los demás celebran victorias, él permanece callado. Este es un desastre entre hermanos y como tal le afecta. Los que comparten estas largas horas son testigos de que nunca se le oye un comentario peyorativo ni para las personas, ni para las dificultades de toda índole.

No es prudente que Isidoro Zorzano visite con exceso la Legación. Por eso, hay otros emisarios que resultan insustituibles: son los hermanos pequeños de Alvaro del Portillo, María Teresa y Carlos. Debido a su corta edad, los vigilantes de la puerta son grandes amigos. Bromean con los chiquillos y les dejan pasar sin dificultad. María Teresa y Carlos van a ver a su hermano, aunque ése es un secreto que saben mantener. Y además, llevan ocultas en los calcetines noticias que Isidoro les traspasa. El Padre les da, alguna vez, pequeños papeles escritos de modo que no puedan comprometer, que salen de la Legación de Honduras por la misma inocente valija diplomática. Los llevan hasta la casa de Isidoro en la calle de Serrano.

A los pequeños les gusta mucho ir a la Legación. Se sienten importantes y, además, lo pasan muy bien. Ven a Alvaro; juegan sobre los colchones y el Padre les hace reír de firme.

Años más tarde, recordando estas anécdotas, el Padre habla con María Teresa y Carlos:

-«¿A que siempre estábamos de muy buen humor?»(15)

Preocupa a don Josemaría no tener noticia de los que han quedado en Levante. Por eso, decide escribir desde la Legación. Pero resulta peligroso porque existe una censura de correos muy estricta: ni las propias Embajadas están a cubierto de asaltos, saqueos y fusilamientos. Sin embargo, el Padre ve la necesidad de tener un mínimo contacto con sus hijos a lo largo de estos meses. Por este motivo, en sus cartas deberá utilizar una terminología comprensible para ellos pero oscura para la investigación de los censores. De este modo, los miembros de la Obra, dispersos por la geografía de España, tendrán noticias del Fundador y de quienes le acompañan.

A pesar de su ánimo, la energía humana y sobrenatural del Padre se siente prisionera dentro de estos muros. Sigue sin documentación civil que le permita salir, pero, tras varias gestiones, consigue del Cónsul un documento que le acredita como Intendente General del Consulado de Honduras. Es muy poca protección pero, al menos, puede parar un primer golpe. Le regalan un traje que, por supuesto, no responde a sus medidas. Está delgadísimo: ha perdido más de treinta kilos durante su encierro.

La falta de alimentos es muy grave; además, el Padre se somete a una penitencia continua que le lleva a ceder parte de la exigua comida a otros refugiados y a buscar la mortificación voluntaria que añade a las penalidades del entorno. La mayor parte de los días se mantiene con un poco de sopa de arroz y algarrobas. No hay otra cosa.

Un día, doña Dolores Albás puede acudir a la Legación de Honduras para ver a su hijo sacerdote -después de muchos meses de persecución y angustia-, y no le reconoce. Tanta es su. delgadez. Sólo puede identificarle cuando la llama. El único rasgo que mantiene intacto es el tono de voz.

Desde que don Josemaría tuvo que huir precipitadamente de la casa de su madre, en agosto de 1936, ella y Carmen no le han vuelto a ver. Los miembros de la Obra que aún pueden circular por Madrid, aprovechan la menor coyuntura para acercarse a la casa de la calle de Caracas, donde la Abuela y Carmen están refugiadas. En estas dificilísimas circunstancias siguen encontrando el cariño y la atención de un hogar. Algunos recordarán siempre el día de San José de 1937. La familia del Fundador invita a almorzar a todos los que tienen posibilidad de acudir. Nadie sabe a costa de qué privaciones doña Dolores y Carmen convierten la jornada en una gratísima fiesta.

El día 31 de agosto de 1937, don Josemaría abandona este refugio definitivamente, para iniciar su actividad apostólica dentro de la ciudad en guerra. Vive en una pensión, en el ático del número 67 de la calle de Ayala, con Juan Jiménez Vargas.

Lleva con frecuencia el Santísimo consigo dentro de una pitillera de plata, con el interior dorado, envuelto en uno de los pequeños corporales que hiciera su hermana' Carmen. Una vez cerrada, la enfunda en una bolsa de tela que tiene dibujada la bandera de Honduras. El Padre la sujeta además, con unos imperdibles, al forro del bolsillo interior de la chaqueta. Dios hecho Hombre, entre los hombres que sufren, comienza a pasear las casas, las calles de Madrid, protegido por un pabellón extranjero.

Así puede asistir de cerca a la enfermedad de don Ramón del Portillo, padre de Alvaro, que muere el 14 de octubre de 1937 en una casa situada bajo la protección de la Embajada de México, en la calle de Veláquez 98. Le han ocultado a su hijo la gravedad para impedir que salga de la Legación y exponga su vida. El Padre viene todos los días con una cartera en la mano. Ante los extraños, pasa por ser el médico. Don Ramón del Portillo muere a causa de una tuberculosis imparable. El entierro tiene lugar el día 15.

En su incesante dedicación apostólica de estos meses, el Padre se pone en contacto con José María Albareda, que vive en un piso de la calle Menéndez y Pelayo. Allí conoce también a Tomás Alvira, que años más tarde será una de las primeras personas casadas que soliciten la admisión en el Opus Dei. Celebra el Santo Sacrificio en el fervor de pequeñas reuniones, y extrema su amor a la Eucaristía en esta época en la que revive la actuación y el modo de los primeros cristianos durante las persecuciones.

Incluso llega a dar unos días de retiro espiritual, dirigiendo las meditaciones en distintas casas, para no llamar la atención; reúne a unos pocos que se encuentran y separan discretamente, y que rezan, por entre la angustia y la tristeza de los peatones, la luminosa plegaria del Rosario a María, Madre de Dios y de los hombres.

En una tienda que se dedicaba, hasta que estalló la guerra, a vender objetos religiosos consigue una pequeña imagen de la Virgen. Años más tarde, el 14 de febrero de 1961, en Roma, contará cómo fue la aventura de esta adquisición:

«Me acuerdo, como si fuera ahora, de cuando compré esa imagen de la Virgen, en plena guerra civil de España. Fue en la plaza del Angel, en una tienda donde venden marcos, estampas y, sobre todo, espejos. Se asustaron cuando les pedí una imagen de Nuestra Señora. Saqué mis documentos, y la trajeron desde la trastienda, muy a escondidas.

Luego la tuvimos en el piso donde estuve refugiado con Juan: un piso que nos dejaron. Al día siguiente de irnos, cayó allí una bomba.

A mí me gusta mucho esta imagen, porque me recuerda un poquico a mi madre. No es que se le parezca, pero tiene algo de ella»(16)

El cuadro es una reproducción de L'Addolorata de G. B. Salvi, llamado el Sassoferrato, un pintor italiano del siglo XVII.