En la Legación de Honduras (marzo - octubre 1937)

"La fundación del Opus Dei". Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En enero de 1937, González Barredo encontró asilo en la Legación de Honduras, gracias a un amigo del yerno del cónsul. La legación ocupaba dos pisos que habían sido la residencia del representante del Cónsul General de Honduras, que gozaba de una limitada inmunidad diplomática. Teniendo en cuenta que en diciembre de 1936 se habían invadido algunas embajadas, una simple legación, encabezada por el cónsul de un pequeño país, podía ser mucho menos respetada. En cualquier caso, ofrecía mayor seguridad que la clínica.

Al principio, las gestiones de González Barredo para que otros miembros de la Obra pudiesen reunirse con él fueron infructuosas. El cónsul estaba bien dispuesto, pero la casa estaba ya llena de refugiados. Por fin, el 13 de marzo, del Portillo fue admitido en la legación. Al día siguiente, Zorzano fue con un coche de la legación a recoger a Escrivá y a su hermano Santiago. En el camino de regreso, les detuvieron tres patrullas diferentes, pero no hubo problemas para seguir su camino. A los pocos días se les unió Eduardo Alastrué.

Vallespín, que servía en el ejército republicano, aprovechó un breve permiso en marzo de 1937 para ir a Madrid. Con barba y un uniforme de la milicia, fue a ver a Zorzano, quien le llevó inmediatamente a visitar a Escrivá y a los demás en la legación. Vallespín consideró la posibilidad de quedarse allí, pensando que podía ser evacuado por canales diplomáticos, pero decidió volver a su unidad y buscar una oportunidad de cruzar el frente. Dos meses más tarde, en mayo de 1937, lo consiguió.

Jiménez Vargas se unió al grupo de la legación el 7 de abril de 1937. Con la convicción de que Escrivá y los demás le necesitaban en Madrid, había desertado de la milicia en la que había estado alistado y volvió a la capital. A pesar del peligro que representaba dar asilo a un desertor, Zorzano le acogió inmediatamente y fue corriendo a casa de Jiménez Vargas para llevarle ropas civiles. Después de arreglar que Jiménez Vargas pudiera quedarse con los demás miembros de la Obra en la Legación de Honduras, Zorzano volvió a su casa y quemó su uniforme.

Aunque lejos de ser completamente segura, la legación reunía bastantes ventajas. Tenía menos riesgos que la clínica. Además permitía a unos cuantos miembros de la Obra estar juntos. Y, lo más importante, había una cierta posibilidad de que el cónsul consiguiera evacuar de España a todos los refugiados de la legación a través de canales diplomáticos.

La legación estaba abarrotada con casi cien refugiados, la mayor parte hombres, unas pocas mujeres y un niño. La mayoría eran médicos, abogados e ingenieros, pero había también sacerdotes, profesores, oficiales del Ejército y un artista. Lógicamente, la legación era completamente inadecuada para albergar a tanta gente. En el piso donde se alojaban Escrivá y su grupo había sólo un cuarto de baño para treinta personas. La comida era muy escasa: básicamente algarrobas, a menudo infestadas de insectos.

La mayor parte de los refugiados no hacían más que esperar el fin de la guerra, preocupados por la posibilidad de que en cualquier momento los milicianos invadieran la legación y se los llevaran. Sobre todo se dedicaban a lamentarse por lo que habían perdido. Uno de los miembros de la Obra escribe: “Tras de la larga noche en el camastro, había que esperar turno para pasar al cuarto de baño, cuyo uso estaba minuciosamente reglamentado. No recuerdo que, seguidamente, se distribuyese desayuno de ninguna clase; la mañana aparecía entonces (para los demás) como un camino sin objeto que se recorría lentamente, charlando, soñando o durmiendo de nuevo, pues muy pocos eran los que leían o estudiaban. Después de una mísera comida, que se servía a mediodía en la destartalada mesa del salón, comenzaba la inacabable tarde que llenaban con mismas tediosas tareas de la mañana. La cena, tan pobre como el almuerzo, se distribuía a última hora del día y tras de ella se retiraban los refugiados en espera de una jornada tan gris y vacía como la pasada” [1] .

Los nervios estaban al límite y las discusiones estallaban frecuentemente. Alastrué recuerda: “Algunos pasaban el tiempo rumiando en silencio su desaliento y su desdicha; otros se desahogaban comentando con amargura las desventuras presentes y pasadas; otros lamentaban sin descanso sus desventuras familiares, su carrera o su negocio perdidos, o su futuro incierto y amenazado. A estos sentimientos se mezclaba el miedo despertado por los sufrimientos y persecuciones pasadas, miedo que hacía considerar el mundo exterior a nuestro asilo como un ambiente inhabitable. En algunos casos, se asociaba a este miedo el odio hacia los adversarios, odio impotente por el momento, pero que esperaba satisfacerse algún día en la revancha” [2] .

Al principio, Escrivá y su grupo estaban dispersos por la legación, pero pronto el cónsul les dio una habitación para los seis.. Medía alrededor de 10 metros cuadrados. Su única ventana daba a una chimenea de ventilación, que proporcionaba escaso aire y tan poca luz, que la mayor parte del día había que mantener encendida la desnuda bombilla que colgaba del techo. Los muebles no eran más que cinco largas y delgadas colchonetas que, enrolladas y apiladas junto a la pared durante el día, servían de asientos. Por la noche desenrollaban cuatro de las colchonetas, y con ellas cubrían totalmente el suelo donde dormían.

Debido a los miedos de los demás refugiados, la mayor parte de los sacerdotes escondidos en la legación raramente decía Misa, pero Escrivá no se dejó intimidar. Al principio, la celebraba en el vestíbulo y reservaba el Santísimo Sacramento en una caja de plata que se guardaba bajo llave en un un armario. Sin embargo, otros refugiados protestaron porque lo consideraban peligroso y el cónsul indicó a Escrivá que dejase de hacerlo. Desde entonces, dijo la Misa en su pequeña habitación. Unas maletas apiladas sobre cajas de cartón vacías hacían de altar, y una copa de cristal servía como cáliz. El Santísimo Sacramento quedaba reservado en una cartera que custodiaban por turnos.

[1] AGP P03 1981 p. 246

[2] Ibid. p. 247