En la ciudad de los Papas

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La nueva etapa que comienza es decisiva. En el oratorio de Cittá Leonina , el Padre prolonga muchas veces su oración por el Papa hasta la madrugada, junto a las ventanas desde las que pueden verse encendidas las luces del Palacio Apostólico. Es. un modo de mostrar su intenso amor al Pontífice, su absoluta oediencia y disponibilidad ante la decisión de la jerarquía, su fe inquebrantable en que las obras de Dios no tienen más remedio que abrirse camino en el corazón de la Iglesia.

Pero el Fundador de la Obra no ha improvisado esta fe y este amor en el momento crucial de su llegada a Roma. Desde sus tiempos de sacerdote recién ordenado, en su múltiple labor asistencial cerca de las camas de enfermos y moribundos, en las catedrales y ermitas, y en las breñas del Pirineo con una roca por ara de altar, siempre ha sorprendido por su fe, su enorme piedad y confianza. En especial cuando reza las palabras del Credo, durante el Sacrificio de la Misa: aquellas que confiesan irrevocablemente la adhesión a una Iglesia y a un Pontífice, la fidelidad al representante único de Cristo entre los hombres.

«Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu "romería", "videre Petrum", para ver a Pedro»(12).

Este cariño, enraizado en la más honda convicción sobrenatural, refleja un modo afectuoso de sentir, de hacer entrañable y humana su devoción por la figura del Vicario de Cristo:

«Durante años, por la calle, todos los días, he rezado una parte del Rosario por la Augusta Persona y por las intenciones del Romano Pontífice. Me ponía con la imaginación junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa, y, -al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús Sacramentado.

No os extrañe que me den una santa envidia aquellos que tienen la fortuna de estar cerca del Santo Padre materialmente, porque pueden abrirle el corazón, porque pueden manifestarle la estimación y el cariño»(13)

Esta fidelidad irá siempre unida a la representatividad como Vicario de Cristo, más allá de una personalidad humana concreta. San Pío X es uno de los santos invocados constantemente como intercesor en el Opus Dei. Cuando se termine de construir la Sede Central, en el oratorio donde el Padre va a celebrar habitualmente la Santa Misa, habrá un reclinatorio muy sencillo, de madera de nogal pulimentada y gastada por el paso de los años. San Pío X lo utilizó mientras fue Patriarca de Venecia. Una pequeña placa de plata, adscrita al frontal del reclinatorio, da constancia de este hecho: “ Ab anno 1894 ad annum 1903 híc orabat Ioseph Card. Sarto, Patriarcha Venetiarum, Pius Papa X ”(14)

La familia de este Pontífice, conocedora del cariño que la Obra siente por su persona y por sus hechos, decidió regalarlo la víspera de la Epifanía de 1972. Cuando el mueble llegó a su poder, el Padre lo besó piadosamente y lo mandó colocar en el oratorio de la Santísima Trinidad, frente al sagrario. Esta reliquia, que fue testigo mudo de tantas oraciones, había de ser también observador, a partir de entonces, del amor y devoción del Fundador por la cabeza visible de Cristo en la tierra.

De las relaciones filiales con los Pontífices que ha conocido personalmente a lo largo de su vida, dejan constancia estas palabras del Padre:

«No puedo olvidar que fue S. S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía a más de uno una herejía; como tampoco se me olvida que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini. Tengo también muy grabado el encanto afable y paterno de Juan XXIII, todas las veces que tuve ocasión de visitarle»(15).

El 16 de julio de 1946, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido por Pío XII en una primera entrevista oficial para hablar, con todo detalle, de este camino que Dios le ha inspirado. Una vocación divina que desea la bendición del «dulce Cristo en la tierra», como diría Catalina de Siena, para servir a la Iglesia por todos los países del mundo.

Años más tarde, S. S. Pío XII comentará ante el Cardenal Norman Gilroy, de Sidney (Australia), que estaba profundamente impresionado por una reciente visita de Monseñor Escrivá de Balaguer: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo»(16).

El 5 de marzo de 1976, el Sumo Pontífice Paulo VI dirá a Monseñor Alvaro del Portillo que considera al Fundador del Opus Dei como uno de los hombres que ha recibido más carismas y ha correspondido con más generosidad a esos dones. Durante muchos años, Pablo VI había usado «Camino» para su propia meditación personal.

Y el Cardenal Albino Luciani, que cruzará las cancelas de la Capilla Sixtina para ser nominado Papa con el nombre de Juan Pablo 1 el 26 de agosto de 1978, había escrito acerca del Fundador de la Obra:

«¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuerpo limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los 73 años (...).

Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes (...). La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario: sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad»(17).

Y hombres de la Curia Romana, como el Cardenal Sebastiano Baggio, que fue Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos:

«A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su Fundador -o quizá por eso mismo-, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histórico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucionaria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de la Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos -y así debe ser- como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo»(18).

Es el lógico decantamiento histórico sobre los hombres y los hechos que han permanecido inquebrantables en su lealtad a Dios y a la jerarquía de la Iglesia.

Pero hoy, en la pequeña terraza de Cittá Leonina, el Padre rompe la madrugada con su oración esperanzada, junto al Vicario de Cristo.