En la ciudad de Logroño

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La mayor parte de la ciudad de Logroño se acomoda en la margen derecha del Ebro. El encuentro entre este río y el Iregua ha dado origen a un terreno de aluvión enormemente fértil y que ha matizado la vida económica y social de esta ciudad desde sus comienzos. Es una capital de extensión media, edificada con gran generosidad de espacios y salpicada, como toda urbe abrazada por un río, de alamedas, paseos y sorpresas verdes que suavizan el rigor de las construcciones de piedra y hormigón. Los monumentos históricos están bien cuidados y, cada atardecer, sus fábricas se reflejan en el espejo del agua que pasa a pocos metros. Tiene Logroño dos puentes para cruzar el Ebro: el de piedra, que fue reconstruido en 1884 y que tiene siete arcos sobre 189 metros de longitud; y el de hierro, que se construyó en 1882. Este último posee once tramos rectos sobre pilares circulares de piedra revestidos de hierro, con andenes laterales y tránsito central. Su longitud es de 330 metros y sirve como prolongación de la calle de Sagasta. De las murallas que la circunvalaban en el siglo XII apenas queda un lienzo para exhibir como recuerdo histórico. En cambio, y pese a las transformaciones de esta ciudad ribereña, el Espolón, paseo central, sigue conservando su primio tivo encanto señorial, pacífico y romántico. Los álamos, que ya describiera Jovellanos en 1795, los castaños y acacias, prestan una grata y reposada sombra a los antiguos bancos de talla y hierro. Hay juegos para los niños, toboganes, columpios, pérgolas; y un quiosco que se anima con la banda de música en las mañanas domingueras.

Por la calle Muro del Carmen, se llega a la plazoleta del Instituto. Este es un gran edificio de finales del siglo XIX, construido con espacios suficientes para acoger holgados planes docentes.

Sobre Logroño se yergue la más primitiva de todas las flechas góticas de España: Santa María del Palacio, antigua sede residencial de la Orden del Santo Sepulcro en tiempos de Alfonso VII. Después, y en orden cronológico, se pueden anotar la iglesia de San Bartolomé, la de Santiago y Santa María la Redonda, con sus agudas torres gemelas.

Establecida en un punto confluente de fronteras naturales, debe su expansión a ser incluida en la ruta o camino de Santiago. En ella se neutralizan las fuerzas de atracción de dos ciudades poderosas: Zaragoza y Bilbao. Apoyada en un terreno fértil, Logroño vive de sus industrias vinícola y conservera. El valle del Ebro ofrece a los agricultores una exquisita colección de frutas que podrán recoger y enviar a toda España. Ello explica la alta inscripción de comerciantes que integran su población desde hace muchos años.

La docencia se imparte en el Instituto de Enseñanza Media, y cuenta también con la Escuela Normal del Magisterio, Escuelas de Comercio y de Peritos Industriales, promovidas a lo largo de diversas décadas del siglo. Hay un Seminario Diocesano y una iglesia Colegiata: Santa María la Redonda.

En los primeros meses de 1915 llega a Logroño don José Escrivá, para sacar adelante a la familia después de la quiebra de su negocio en Barbastro. Es de suponer que la dedicación anterior al comercio textil le ha permitido establecer relaciones que podrán, ahora, servirle de respaldo y garantía. Estos conocimientos le encaminan hacia la más importante tienda de tejidos existente, en este tiempo, dentro de Logroño. Tiene el nombre de «La Gran Ciudad de Londres», y su dueño es don Antonio Garrigosa.

Conociendo su limpia trayectoria, así como la motivación que le ha llevado hasta Logroño, Garrigosa no duda en aceptar a don José Escrivá entre los colaboradores de su empresa. Y así, en septiembre de este mismo año, puede venir a la ciudad toda la familia. Don José ha buscado un piso en la céntrica calle de Sagasta. Es el número 18 -hoy, número 12-, cuarto piso; le preocupa el exceso de escaleras, pero es lo mejor que ha podido encontrar para los suyos. Desde las ventanas se puede llegar a ver el Espolón y la estructura horizontal que forma sobre el río el gran puente de hierro. Este último piso de la casa tiene encima solamente la buhardilla: durante tres años sentirán el riguroso clima de Logroño.

Carmen se ha matriculado en la Escuela Normal y sigue sus estudios de Magisterio. Josemaría presenta su instancia, fechada en abril de 1916, para examinarse del cuarto año de Bachillerato como alumno no oficial del Instituto de Logroño. Ha cursado los otros tres en los Institutos de Huesca y Lérida, como hacen tradicionalmente los alumnos del Colegio de los Escolapios de Barbastro(1). Sus notas demuestran -antes y después del traslado a Logroño- una buena aptitud tanto para las Ciencias como para las Letras, ya que alternan los Premios o Matrículas de Honor en Aritmética y Geometría con los de Preceptiva, Derecho y Composición.

Garrigosa se da cuenta de la situación económica de la familia Escrivá y quiere suavizar, en lo posible, lo que ha de significar para ellos el traslado, la pérdida del negocio, la soledad de una ciudad desconocida en la que aún no tienen amigos. Hay en «La Gran Ciudad de Londres» un empleado de toda confianza: se llama Antonio Royo. El y los suyos ayudan a ambientarse a los recién llegados y les brindan su amistad. Don José lo agradece y comparte sus años de Logroño con esta familia, aunque hace una vida profundamente hogareña y sus salidas son escasas(2).

Nadie le oirá un comentario amargo o desalentado. No pierde la simpatía especial que le caracteriza y que no le impide manifestar, de vez en vez, su rotundo ser aragonés. Su educación y conocimientos revelan otro origen y otra posición, aunque él jamás toca este asunto. Es un hombre metódico, cumplidor de su deber, trabajador serio y responsable. Su puntualidad es proverbial: todos los días llega al comercio tres o cuatro minutos antes de abrir. Previamente, ha pasado por la encuadernación de Antonio Larios que está en la calle del Mercado, llamada popularmente Portales. Una espontánea afinidad se ha establecido entre don José y Larios; se saludan, unos momentos antes del trabajo, por la mañana y por la tarde.

Algunas veces, a la salida, se reúnen en una pequeña tertulia en la que se habla de casi todo, pero muy en especial de lo que preocupa las vidas y las mentes en Europa entera: la Primera Guerra Mundial, que ha estallado en agosto de 1914. Francia, Inglaterra, Rusia e Italia se enfrentan a Alemania, Austria y Turquía. Mueren los hombres en los campos de batalla y las ciudades son bombardeadas. La inflación económica se hace sentir en todos los países y niveles sociales. Y las gentes se preguntan hasta dónde va a proseguir y a qué nuevos lugares puede comprometer la conflagración.

Don José opina y escucha. Dice una frase amable y se interesa por todo y por todos, mientras juega, en un gesto muy habitual, con su anillo. Flotan aires de irreligiosidad; se habla de la Iglesia con despego. Sin embargo, su persona impone en los demás un profundo respeto a sus creencias.

Manuel Ceniceros tiene entonces doce años. Se encarga de limpiar las lunas de los escaparates, barrer la tienda y de una multitud de pequeños recados y servicios que le ocupan todo el día. Siempre recordará la amabilidad de don José, un señor que no daba órdenes, sino que pedía las cosas por favor; que era capaz de poner una broma oportuna sobre el trabajo para que resultara más grato. Que llevaba en su pitillera de plata, perfectamente alineados, los seis cigarros, liados a mano en casa, que se fumaría durante toda la jornada(3).

Doña Dolores y Carmen también han tenido que acomodar su vida a la nueva situación. Ellas deben llevar a cabo el trabajo de la casa: ya no tienen quien ayude. Sin embargo, todo sigue igual,, con el mismo detalle de siempre.

Mientras tanto, Josemaría continúa sus estudios. Ha logrado ser admitido como alumno no oficial en el Instituto de Logroño, del que es director don Joaquín Elizalde. Por las tardes, bastantes muchachos están libremente adscritos por sus padres a un colegio

privado, en el que estudian y repasan para adelantar y dominar las asignaturas. Dos grandes Centros de Enseñanza Media tiene la ciudad en este tiempo: uno que rigen los HH. Maristas y otro, llevado por seglares, cuyo director es don Bernabé López Merino, farmacéutico de Alfaro y que, posteriormente, llegará a ganar la Cátedra de Ciencias. Este último se llama Colegio de San Antonio.

Josemaría es alumno del San Antonio. Allí empieza a ir todos los días por la tarde; en el camino, le alcanza y se le une Julián Gamarra, que viene desde la calle Carnicerías, contigua a la de Sagasta. Juntos, llegan hasta el colegio, en la calle del Marqués de Murrieta, aunque su entrada se abre a la contigua Avenida de Portugal. Se encuentran también con otros muchos: Francisco Lapeña, Gabino Gómez Arteche y Antonio Urarte Balmaseda... Cerca de la puerta de entrada hay un rincón que los chicos han bautizado con el nombre de «El Casino». En ese pequeño reducto charlan cada día unos minutos antes de que llegue, inexorable, la hora de entrar en las aulas. Josemaría es uno más, aunque destaca por sus notas y por su carácter serio, pero sonriente.

Los domingos se le puede ver por la carretera de Laguardia, que sirve de prolongación a la calle de Sagasta y al Puente de Hierro. Camina cerca de sus padres y de su hermana Carmen, mientras habla animadamente con los hijos de la familia Royo. Suele llevar un traje de color gris, pantalón corto y medias oscuras hasta la rodilla. Incluso acostumbra a calarse una boina pequeña al estilo de los hombres de la Rioja. Sus amigos dicen que tiene una simpatía contagiosa y que es muy comunicativo.

Pero también es un adolescente reflexivo y observador, que sufre hondamente por la situación de la familia; aunque, por temperamento, no cede ante las dificultades. Tal vez, si algo no entiende aún, es la paz con que don José ha aceptado las contradicciones. Tendrán que pasar algunos años para que sepa calibrar, en honda magnitud, toda la dignidad con que actuaron sus padres.

Porque su modo de ser, desde niño, se ha revelado fuerte. Cuando se irrita, su madre suele decir afectuosamente: «Josemaría, ¡pones una cara!... »(4).

Cursa sus estudios con facilidad. Le gusta ampliarlos leyendo a los clásicos; también dedica bastante tiempo a escribir. Sin embargo soporta mal el latín, aunque lo aprueba holgadamente. Piensa que esta lengua está bien para los curas y frailes, sólo para ellos. Si en este año de 1916 alguien hubiera dicho a Josemaría que acabaría siendo sacerdote, probablemente le habría contestado con una carcajada. Nunca ha pensado tal cosa. Ha recibido una profunda formación religiosa en su hogar, pero ni es clerical el ambiente en que se mueve, ni ha considerado jamás la posibilidad de conducir su vida por esos caminos. Admira y ama, además, la unidad y devoción que se profesan sus padres.