En el Corazón de Cristo

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La Obra se hace extensa. Y empieza a sonar su eco en los trabajos profesionales. No todos van a comprender la dedicación de cada uno de los miembros del Opus Dei a las tareas de su tiempo. El Padre vuelve a sufrir la crítica de minorías que no aciertan a entender la libertad de actuación que tienen los miembros de la Obra, como todos los cristianos, en el orden temporal. En 1952 parecen confabularse las dificultades. De una parte las de orden material, ya que en Roma siguen construyéndose los edificios de la Sede Central, y los apuros económicos son constantes.

Pero, sobre todo, existen otros obstáculos. El Opus Dei se abre camino fatigosamente, y determinadas personas calumnian constantemente a la Obra y al Padre. Nadie pierde la serenidad, pero parte del esfuerzo que necesitan para la expansión que les urge ha de emplearse en aventar «cortinas de humo» que impiden la visión clara del espíritu que viven.

El Padre recomienda a todos que pidan a Dios, muchas veces al día, la paz. Primero la paz interior, la paz del alma, que es el don prometido aquí en la tierra a los hombres de buena voluntad. Luego, la paz exterior, para que la Obra, superadas todas las incomprensiones, marche con paso firme, largo y seguro, por los caminos de Dios. También la paz económica, porque es constante la preocupación por las necesidades de toda índole a que deben hacer frente. Y, finalmente, la paz del mundo.

Recurre nuevamente a la protección del Cielo. Es su única respuesta. La mejor dialéctica que conoce y que practica: rezar, para conseguir la luz a los que andan a oscuras y la seguridad confiada a los que han sido elegidos por Dios. Esta vez llama en su ayuda al Corazón de Cristo. A este Dios que en el mundo de los hombres paseó su amor y su mirada por los trigos y los mares, por los quehaceres y zozobras de la existencia cotidiana, por los oficios y afanes de cuantos se cruzaron con El por los caminos de la tierra. Jesús de Nazaret, que escuchó de Pedro los azares de la pesca; de Juan, los deseos de una adolescencia limpia; de Mateo, los problemas del cambio y del impuesto; de la fiesta de bodas, la desilusión de un vino escaso... Jesús de Nazaret, que convivió las nimias grandezas del trabajo y de la tierra, será el mejor escudo para cubrir los afanes de la Obra, su quehacer habitual por todo el mundo.

«Me acordé de que, cuando estaba de director en San Carlos, había un altar lateral con una imagen del Corazón de Jesús, mística pero humana, que invitaba a rezar. Escribí al obispo auxiliar -se hallaba la sede vacante-, pidiéndole unas fotografías, y me las enviaron enseguida. Se las enseñé a un hermano vuestro, y le comenté: mira, quiero una cosa de este estilo. Puedes hacer las variaciones que creas convenientes.

Me sentaba a su lado mientras él pintaba, ¡cuántas jaculatorias rezaba ya, invocando la protección omnipotente y la paz que Dios concede a sus hijos! Quedó una imagen muy agradable: un corazón envuelto en llamas, rodeado por la corona de espinas y rematado por la Cruz; y unos Angeles con los instrumentos de la Pasión en sus manos. Es una representación agradable y devota, que mueve a la piedad»(35).

No se ha terminado de construir Villa Tevere , cuyos muros aparecen aún cubiertos de andamios. Pero el cuadro se cuelga en un oratorio en la fiesta de Cristo Rey, 26 de octubre de 1952. De pie, porque no es fácil arrodillarse en aquel recinto en obras, suena la voz firme del Padre:

«Al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor» (36).

Desde ese día repetirá, ante dificultades de todo tipo: Cor Iesu Sacratissimum, dona nobis pacem !; Corazón Sacratísimo de Jesús, danos la paz. La paz y el amor. «Para que nos dejen trabajar tranquilos», añadirá después con buen humor, «y para que sepamos dar esa paz a las personas que se nos acerquen en nuestra labor»(37).