En busca de la libertad

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de julio de 1936, Pedro Casciaro está de vacaciones en Alicante. Vive con sus abuelos, que tienen nacionalidad británica, circunstancia que les pone a cubierto de toda persecución. El resto de la familia está adscrita, ideológicamente, al Gobierno de la República. Su seguridad, por tanto, está protegida, pues allí no ha triunfado el alzamiento. Después de ser movilizado por el ejército de Levante se le destina a Valencia, y en la ciudad va a encontrarse, una vez más, con Paco Botella. Este se ha trasladado con su familia desde Alcoy a Valencia, y vive en un piso de la Avenida del Marqués del Turia.

También José María Hernández de Garnica, que ha estado a punto de ser fusilado en Madrid, es conducido a la cárcel de Valencia y, por fin, puesto en libertad.

Hasta aquí les llegan cartas y postales escritas frecuentemente por el Padre. Vienen firmadas con el nombre de Mariano, que consta en la fe de Bautismo de Barbastro, y que adopta ahora para no comprometerles si la censura llega a sospechar su procedencia. Otras veces es Isidoro Zorzano quien transmite las ideas del Padre traducidas a un lenguaje, en clave familiar, con el que se han llegado a entender perfectamente.

A pesar del riesgo que supone y de la zozobra constante que rodea la vida del Fundador en estos meses, no ha dejado de esforzarse para seguir ayudando y dirigiendo a sus hijos, que se encuentran esparcidos por el peligro de frentes, cárceles, embajadas y ciudades.

A primeros de octubre de 1937, llega a Valencia la gran noticia: un grupo de personas conocidas, entre las que se encuentra el Padre, llegará a la ciudad en breve plazo. No se precisa fecha. Pedro y Paco no aciertan a explicarse cómo han podido obtener los pasaportes o salvoconductos necesarios para salir de Madrid y viajar a otra provincia. Es un trámite difícil y arriesgado.

Una de las muchas tardes de este otoño, Pedro, concluido su servicio en la Dirección General de los Servicios de la Remonta, llega hasta la casa de la familia Botella. Abre la puerta la madre de Paco y le dice que unos señores de Madrid le están esperando en la salita. Al entrar en la habitación, iluminada a contraluz por el atardecer, distingue a un hombre delgado, vestido de gris oscuro y que, apenas le ve, se acerca con los brazos abiertos:

«Perico, ¡qué alegría de volver a verte!»(1).

Es la voz del Padre. Al sentir su abrazo, Pedro no puede contener la emoción y ha de pasar un buen rato hasta que logra tranquilizarse. Aprecia los cambios que se han operado desde que le vio por última vez, en Madrid. Parece tener más edad; está enormemente delgado; su mirada sigue siendo penetrante y afectuosa tras unas gafas de montura gruesa. No han cambiado su palabra y su acento.

El Padre explica que han tomado la resolución, después de haber rezado mucho, de cruzar la frontera catalana a través del Pirineo. Lo que no les dice, en ese momento, es cuánto le ha costado tomar esta decisión, y cuántos argumentos han tenido que emplear los que le acompañan para hacerle huir del peligro de Madrid. Mientras quede uno solo de sus hijos expuesto a la persecución, se niega a abandonar la ciudad ante la remota, casi imposible, oportunidad de ayudarle. Tienen que emplear toda clase de dialéctica para que abandone una situación cada vez más comprometida. Sólo la necesidad de seguir realizando el Opus Dei, la convicción de que es preciso hablar libremente de aquello que Dios ha puesto en su alma, le harán plegarse a las razones de quienes le rodean. También deja en la capital de España a su madre y a sus hermanos.

Se han trasladado en coche hasta Valencia. El viaje ha sido largo, con repetidas paradas en controles de milicianos y constantes situaciones de riesgo. Cae el sol, cuando llegan a la ciudad del Turia. Acompañan al Padre José María Albareda, Tomás Alvira y Manolo Sáinz de los Terreros. Es el 8 de octubre de 1937. Les ha precedido Juan Jiménez Vargas, que ha demostrado a lo largo de todo este tiempo una infatigable capacidad de resolver dificultades y hallar recursos que protejan la vida del Fundador.

Unos días antes, paseando por la Avenida del Marqués del Turia, Juan transmite a Pedro y a Paco las ideas que ha oído al Fundador a lo largo de estos meses: todo cuanto sucede es trascendental para la Obra; resulta necesario armarse de madurez humana y de gran valor sobrenatural. El llamamiento de Dios es lo primero, y exige superar todo temor, todo pretexto de juventud; es preciso tener la convicción de que el Opus Dei ha de salir adelante; para esto, hay que ceder planes y compromisos por muy acuciantes que parezcan.

Apenas un mes antes, José María Albareda, el que habría de ser durante largos años uno de los motores de la investigación científica en España, ha pedido su admisión en el Opus Dei. En el estallido de la guerra, ha pagado ya su trágico denario de sangre en las personas de su padre y un hermano fusilados en Caspe. Es la familia de Albareda la que ha encontrado los enlaces precisos, en Cataluña, para intentar el paso del Pirineo y la entrada en zona nacional.

Al día siguiente, el grupo que ha llegado de Madrid se reúne con Pedro y Paco en la mayor discreción posible; caminan hasta una modesta fonda, en la parte vieja de la ciudad. Pedro conoce bien el lugar y sabe que no suele presentar ningún peligro. Y, sin embargo, hay un momento difícil: cuando están comenzando el almuerzo, entra un grupo armado pidiendo documentación. Pedro, al darse cuenta, palidece. El Padre le dice en voz baja, al notar su preocupación:

«Quédate tranquilo; encomiéndalo a los Custodios»(2).

Al llegar a la mesa que ocupan, los milicianos sólo piden la documentación a Pedro Casciaro, que está rigurosamente en regla.

Ese mismo día, por la tarde, acuden a la estación para tomar el tren camino de Barcelona. Los andenes, bajo la estructura de hierro, acogen una multitud abigarrada: soldados, milicianos, gentes con indumentarias indescriptibles, actitudes vociferantes o gestos furtivos de recelo. Maletas de madera, cestos, fusiles, humo y suciedad en vagones repletos. Pedro y Paco, que han venido a despedirles, observan al Padre, en medio de aquella confusión. Querrían acompañarle. Sin embargo, antes de que el tren emprenda la marcha, es don Josemaría quien les infunde ánimo, enviándoles una sonrisa optimista desde la ventanilla. Al arrancar el convoy introduce su mano dentro de la chaqueta y hace allí la señal de la Cruz, bendiciéndoles.

La pitillera de plata, que continúa oculta en el bolsillo interior, lleva Formas Consagradas. Durante este tiempo, muy cerca del corazón del Padre, es el único sagrario de la Obra.

El viaje es lento, con paradas imprevistas e interminables. Todavía no ha roto el alba, cuando el Fundador decide consumir la Eucaristía, por reverencia. La mayor parte de los viajeros duermen en los asientos, en el suelo de los pasillos, apoyados en las paredes; pero algunos grupos hablan y blasfeman a grandes voces.

Nunca olvidará el Padre esta noche. Ni otras muchas que ha pasado en oración pidiendo y reparando por una multitud de almas enajenadas para las que Dios se ha ocultado, igual que la luz, en la tarde de este día.

Al llegar a Barcelona, se distribuyen por diversas casas. Y rápidamente se inician las gestiones para conectar con los guías que han de pasarles a través del Pirineo. Sin embargo, todo es lento y peligroso. Los periódicos publican el asesinato de un grupo numeroso de refugiados que intentaban huir y han sido descubiertos por la vigilancia armada cerca de la frontera. Esto supone un retraso, porque es necesario esperar a que la situación adquiera nueva calma.

Cuando apenas hace una semana que han llegado a Barcelona, Pedro Casciaro recibe un telegrama en su pensión de Valencia: dice que le esperan en la Ciudad Condal.

Ni por un momento duda en afrontar las consecuencias y los peligros de este viaje. Está militarizado; no es posible obtener un permiso de desplazamiento; tiene que desertar de su puesto. Tampoco pone en la balanza de intereses la opinión que su familia -que continúa viviendo en Albacete- pueda formar acerca de esta determinación.

Al día siguiente toma el tren. Cuando llega a la estación terminal de Barcelona, le esperan el Padre y Juan. Como es muy temprano, en la casa donde se alojan tienen todo preparado para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Pedro se conmueve, después de tantos meses, viendo la piedad, la serenidad del Padre que recita las oraciones litúrgicas. No hay ornamentos. Todo es improvisado. Todo menos el amor de la Consagración, del retorno de Cristo vivo hasta los hombres. Hay un momento en que la memoria y el cariño le transportan al primer y querido oratorio de la Residencia de Ferraz.

En Barcelona se entera de que el Padre sufre constantes vacilaciones en su idea de cruzar el Pirineo. No quiere dejar atrás a los que, de algún modo, quedan expuestos al peligro, y al mismo tiempo ve la necesidad de extender la Obra. Le ha llamado para que conozca los trámites que han puesto en marcha para salir de España. El Fundador quiere que, en una próxima expedición, otro grupo pueda seguir sus pasos. Pero aunque la angustia de dejar atrás algunos hijos suyos hace presa en su ánimo repetidas veces, no se trasluce en su gesto ni en su porte. Está alegre con todos. Sigue sembrando buen humor.

Durante un día entero, Pedro disfruta de la compañía del Padre en Barcelona. Pero ha de tomar el tren de regreso a Valencia. En el andén, el Fundador y Juan Jiménez Vargas le despiden. Cuando llega a su acuartelamiento en la ciudad del Turia, el coronel que manda el regimiento ha sido informado de la desaparición del soldado Casciaro. Causa verdadero estupor verle aparecer, un día más tarde, alegando un viaje indispensable para el que no tuvo posibilidad de solicitar permiso.

Gracias a que su conducta siempre fue correcta, y a la suerte, Pedro sale bien parado de esta huida. Sólo van a castigarle con quince días de arresto.

Apenas olvidado el percance, llega JuanJiménez Vargas desde Barcelona. El Padre no desea irse de España si no les acompañan Pedro y Paco. Juan ha emprendido el arriesgado viaje para volver con ellos. También se va a incorporar al grupo Miguel Fisac. Una semana después, llegan por la ruta Valencia-Barcelona. Según consta en sus documentaciones, falsas, se trata de soldados de Servicios Auxiliares que gozan de permiso por asuntos de familia.

En efecto: el Padre y varios hermanos les esperan en Barcelona para resolver importantes asuntos de familia. Es, y esto ya no puede constar en ningún salvoconducto, una familia de vínculo sobrenatural que ha de luchar pacíficamente para seguir haciendo, sin bandos ni prejuicios, con la libertad de los hijos de Dios, el Opus Dei sobre la tierra entera.