El verano de 1944

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

En junio hice un viaje muy breve a Barcelona para tomar posesión de la cátedra en la Universidad. Al Decano de la Facultad de Ciencias, Dr. Pardillo, y a mí mismo, nos pareció preferible que no examinara yo en junio ni en septiembre a unos alumnos a los que no había dado clase. Por eso, seguí viviendo durante el verano en Madrid, junto al Padre. Por ser tiempo de vacaciones, nos quedamos en Diego de León muy pocos.

La Pililla. El Padre tenía gran ilusión en que La Pililla sirviera ya ese verano como lugar de formación y descanso de sus hijos de Madrid y de otras ciudades, por lo que se hicieron en la casa unas pequeñas obras de adaptación y acondicionamiento. No se disponía de teléfono ni de energía eléctrica, y se utilizaban sencillos quinqués de petróleo. Las tareas domésticas estaban a cargo de Tía Carmen. Yo pasé allí del 8 al 22 de julio, con unos pocos más entre los que se encontraba don José Luis Múzquiz, que nos atendía ya como sacerdote. Hasta finales de agosto, fueron pasando por La Pililla otros grupos reducidos, durante periodos de unas dos semanas. Cuando al regreso nos veía el Padre con el buen color del sol y del aire del campo, físicamente repuestos y bien alimentados por Tía Carmen, se llenaba de alegría.

La finca era amplia, y contaba con un pequeño depósito de agua alimentado por un exiguo manantial. El valle del Tiétar, donde está emplazada, es de clima seco y soleado y la vegetación declara la benignidad de la temperatura en el invierno. Con el calor del verano, la fauna, con abundantes artrópodos terrestres y alguna que otra culebra dentro y fuera del recinto, se mostraba suficientemente rica para entretenimiento de un biólogo. Las principales dificultades para edificar allí eran entonces, además de la habitual carencia de recursos económicos, la escasa disponibilidad de agua y, sobre todo, la amenaza del posible paso de una vía férrea por medio de la finca, para la que se había preparado el trazado. Para buscar más agua se acudió a los servicios de varios expertos, desde algún zahorí a hidrogeólogos, con resultados esperanzadores. Pero lo del ferrocarril bloqueaba cualquier proyecto serio de edificación: hubo que esperar bastantes años a que se despejara ese problema.

Recuerdo que en una de las visitas del Padre con don Álvaro, les acompañaba yo por la finca. El Padre le hablaba a don Álvaro -ya sacerdote-, de algunos aspectos de nuestro espíritu que habría que cuidar, para que nuestros sacerdotes nunca pudieran ser confundidos con religiosos. Le decía que no utilizaran abreviaturas en sus tarjetas de visita, publicaciones, u otros impresos detrás de su nombre para indicar su pertenencia al Opus Dei, y que evitaran el uso de apelativos colectivos, corrientes entre los religiosos. Aunque estoy moralmente seguro de que don Álvaro habría escuchado eso mismo al Padre en otras ocasiones, vi que tomaba nota enseguida para evitar cualquier olvido.El Campamento de La Granja. En aquel verano, como en otros anteriores, unos cuantos estudiantes del Opus Dei inscritos en las Milicias Universitarias permanecieron durante unos tres meses en el Campamento Militar cercano a La Granja de San Ildefonso, en la provincia de Segovia. Desarrollaban una buena labor apostólica entre sus compañeros y les visitábamos desde Diego de León o algún otro centro de Madrid. El Padre, acompañado de algunos más, fue también bastantes veces para pasar con ellos unas horas, charlar con unos y otros y dirigir un rato de oración por la tarde. Que yo recuerde, fue al menos tres veces en julio y otras dos o tres en agosto. A mediados de agosto, con ocasión de uno de los permisos generales que les concedían, aprovecharon para estar en Madrid con el Padre, que dirigió para ellos un retiro espiritual en la residencia de la Moncloa.

Algunos paseos vespertinos con el Padre. Los calurosos veranos de Madrid convertían la casa de Diego de León, sobre todo a partir del mediodía, en algo parecido a un horno. El Padre, metido en el trabajo en su despacho-dormitorio o en la Secretaría, pasaba mucho calor. Por eso, cuando al avanzar la tarde bajaba un tanto la temperatura exterior, solía salir con alguno al jardín; y la tertulia de la noche de los pocos que estábamos, muchas veces con el Padre, solíamos tenerla en el jardín. Alguna tarde, Ricardo o algún otro conductor procuraba sacar al Padre en coche para dar un corto paseo por las afueras de Madrid, hacia la Sierra, donde corría un poco de aire; el Padre invitaba en ese caso a algunos de sus hijos más jóvenes a que le acompañaran.

Pude disfrutar varias veces de esos paseos, que eran una verdadera delicia. Ese verano padeció ya el Padre las duras consecuencias de la diabetes, por lo que se encontraba muy cansado, sobre todo al final del día. Pero en esas salidas en coche sacaba fuerzas de flaqueza y era la alegría personificada. Le gustaba cantar con nosotros canciones populares, bromeaba con unos y otros, nos contaba anécdotas, hablaba de temas apostólicos o de asuntos de la Obra. En alguna ocasión, pensando en nosotros, le dejaba caer a Ricardo o a don Álvaro que no habíamos merendado, que nos vendría bien tomar algo fresco, que quizás nos podía invitar. Nos sentábamos entonces unos minutos en algún sitio a tomar algo, aunque el Padre casi nunca aceptaba otra cosa que un sorbo de agua. Si el regreso se retrasaba, nos dirigía la oración en el coche. Entonces las carreteras tenían poco tráfico.

El coche era más bien viejo y achacoso, con neumáticos recauchutados, y el firme de las carreteras estaba bastante defectuoso, por lo que no eran raros los pinchazos o averías. Recuerdo que en una de esas salidas del Padre en un histórico Plymuth sufrieron varios pinchazos, y tuvo que ir a recogerles Ricardo en otro vehículo, porque se habían quedado tirados en la carretera. En uno de los paseos en que íbamos hacia el Castillo de Manzanares el Real, tuvimos más suerte, sólo un pinchazo, y Ricardo, que conducía, cambió con gran profesionalidad y rapidez la rueda. Pero estos pequeños percances tenían siempre su lado bueno, gracias al excelente buen humor del Padre.

Un día, quizás fuese ya en 1945, me invitó el Padre a ir con él: podría conocer la finca de Molinoviejo, cuando no estaba aún disponible, ni tenía ese nombre. Venía también don Álvaro y me parece que conducía Ricardo. Me explicaron que era un lugar muy agradable, propiedad de unas parientes de Chiqui, que parecían dispuestas a facilitarlo en aceptables condiciones. Vencido el Alto de los Leones y pasado San Rafael, circulábamos por los páramos segovianos de tierra, roca y matorrales, cuando me dijo el Padre: "¡Mira, Paco, allí es!" y señaló hacia una zona próxima de ese tipo, sin árboles y sin agua. Inmediatamente me preguntó: "¿Qué te parece? ¿Verdad que es bonito este sitio?". Lo que yo veía no me acababa de resultar atractivo, pero ante la ilusión que me parecía captar en el Padre, no me atreví a contradecirle, aunque contesté de modo poco entusiasta. Al ver mi cara y oír mi respuesta, se produjo una carcajada general: había caído en la broma que me habían gastado. Muy pocos kilómetros después, al remontar una suave y corta cuesta, me señalaron el auténtico emplazamiento de Molinoviejo: un espléndido lugar, con abundancia de árboles y de agua, que nada tenía que ver con el páramo anterior.

Además de viajes cortos, en la primera quincena de agosto hizo el Padre uno más largo, con don Álvaro, Ricardo y me parece que Pedro Casciaro, por el norte de España. Fueron a Burgos y saludaron a la Abadesa del Real Monasterio de las Huelgas, a la que el Padre anunció la próxima aparición del libro que había escrito durante su estancia en la ciudad en 1938 y 1939, noticia que recibió ella con satisfacción y agradecimiento. Pasaron después por Bilbao, para estar con algunos del Opus Dei y otras personas, y por San Sebastián, en donde saludaron al Nuncio y a fieles de la Obra.

Recuerdo que hacia mediados de agosto, en la tertulia de la noche de un día particularmente caluroso, el Padre, aprovechando que no se hallaba presente ninguno de los mayores, se extendió contándonos ejemplos de su heroico comportamiento durante la guerra civil, reflejo de una fraternidad cristiana que les llevaba a jugarse la vida unos por otros sin darle importancia. Nos decía que tendríamos ocasión de conocerlo con detalle más adelante.

El anillo de Isidoro. Gran contento dio al Padre, a mediados de julio, el nombramiento de Fray José López Ortiz como obispo de Tuy-Vigo. El mismo Fray José le llamó por teléfono desde Bilbao para comunicárselo. Un mes más tarde vino a Diego de León; debió de ser en esa visita cuando le pidió, para incluirlo en su anillo pastoral, algo del oro del anillo de fidelidad de Isidoro. El Padre accedió. Esa petición de Fray José, que había conocido y tratado a Isidoro y que le atendió como confesor, sobre todo en su enfermedad, refleja lo convencido que estaba de su santidad, y que confiaba en su intercesión ante el Señor para sus nuevas funciones como obispo. A la ordenación episcopal, el 21 de septiembre, asistieron algunos mayores de la Obra.

Un bodegón para Los Rosales. Durante ese verano se estaba procediendo a la instalación y decoración del nuevo centro para mujeres, Los Rosales, en Villaviciosa de Odón, cercano a Madrid. El Padre iba por allí con frecuencia para alentar a las personas que se ocupaban de esos menesteres, darles sugerencias e indicaciones, precisar algunos detalles. Pensó en colocar un gran bodegón en un amplio lienzo de pared y Fernando Delapuente se aprestó a pintarlo. Improvisó un estudio de pintor en la galería del comedor de Diego de León y puso manos a la obra el 1º de septiembre. El Padre bajaba con cierta frecuencia para ver cómo avanzaba el cuadro y para animar a Fernando con sus comentarios llenos de buen humor. A veces le acompañábamos alguno: el Padre alababa el buen gusto de Fernando, nos hacía ver lo apetitosas que estaban las frutas que pintaba con sus pinceles, y distraía así durante unos minutos al artista, que descansaba y lo pasaba muy bien con el Padre.

Y en la segunda quincena de septiembre, dejé Diego de León y Madrid para asentarme en la capital de Cataluña, donde permanecí más de dos décadas. Me separaba físicamente del Padre, con quien había pasado mis primeros cuatro años y medio de vida en el Opus Dei. En adelante, volvería a encontrarme con él muchas veces, en Madrid, Molinoviejo, Barcelona, Pamplona, Roma u otros lugares, pero siempre por poco tiempo.