El quinto continente

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En realidad, la historia del Opus Dei en Australia comienza con un australiano, profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sydney, y que cuenta 37 años. Está casado y tiene una familia de siete hijos. 1960 es un año sabático y lo aprovecha desplazándose a Boston, en los Estados Unidos. Cuando conoce la existencia de una Residencia universitaria católica llega, con su maleta y su buena voluntad de estudioso, a Trimount House , dirigida por miembros del Opus Dei. A pesar de su calidad de profesor, comparte la vida de los estudiantes. Procura aprender todo cuanto los Estados Unidos pueden darle en este tiempo. Encuentra también algo inesperado: la voz de Dios, que le llama en su profesión, en su familia, en su ambiente habitual de trabajo. Y pide la admisión en la Obra.

Repetidamente, el Padre ha dejado muy clara la idea de que la vocación al Opus Dei es única. Santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario, elevando a Dios las realidades temporales, es algo que no exige condicionamientos de estado. Algunos miembros ofrecen a Dios su vida entera y permanecen solteros, por razón de disponibilidad y entrega a los demás miembros de la Obra y a las tareas de apostolado. Pero hay un gran número de miembros -hombres y mujeres- que llevan adelante su vocación en medio de las obligaciones profesionales y familiares propias de su estado y condición. Estos miembros -Supernumerarios- han sido y serán columnas firmes del Opus Dei.

Con este apoyo humano, empieza el Opus Dei en Australia. En el verano de 1961, aquel profesor, Lanold Woodhead, vuelve a su patria.

Oceanía es el único continente en el que no hay aún Centros del Opus Dei. Y porque no existen distancias para los que desean abrazar el mundo en el amor de Dios, en 1963 salen, camino de las antípodas, cuatro miembros de la Obra. Han pasado unos días junto al Padre y ahora, con su bendición, su abrazo y un tríptico de la Virgen que reza : Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! , navegan los mares de Asia. El 16 de noviembre llegarán a Sydney.

Está cerca la Navidad, y las cartas con Roma menudean. Cuentan al Padre las incidencias de esta nueva tierra. Cuando llega una carta con la letra inconfundible del Fundador, se reúnen para saborear las palabras: « ¡Que Jesús me guarde a esos hijos!... El mar, el inmenso mar que rodea Australia, se vuelve corto y fácil porque esta comunión de sentimientos y motivos les une por encima de las distancias. No resulta extraño leer, en un párrafo que llega de cualquier parte del mundo: «Nunca pensé que Australia estuviera tan cerca: leyendo tu carta, me parecía que estabas aquí, entre nosotros, terminando una tertulia... » (29). Estas primeras Navidades pasarán muy deprisa, junto al belén sencillo que ponen en el Centro de Sidney.

La ciudad tiene casi tres millones de habitantes. Es una población en la que los asiáticos, a pesar de las restricciones inmigratorias, forman una gran parte del censo estudiantil. Algunas personas están interesadas y dispuestas a financiar la construcción de un College en la Universidad de Nueva Gales del Sur, que ofrezca a los estudiantes un ambiente y formación cristianos. Han tomado contacto con el Opus Dei y desean confiarle esta actividad. En la Universidad de Nueva Gales del Sur, con un aforo de dieciséis mil alumnos de diversas Facultades, existen ya ocho Colleges . Algunos pertenecen al propio estamento de la Universidad. Hay uno judío y otro dirigido por profesores anglicanos. En 1971, se inaugura el último: Warrane College , dirigido por miembros de la Obra, con servicios para ochocientos estudiantes y residencia para doscientos. Warrane es el nombre que utilizaban los aborígenes para designar la zona de Sydney Cove, donde se estableció james Cook en 1770, durante sus expediciones colonizadoras. Desde la última planta de Warrane College se podrán distinguir los rascacielos y el famoso puente de Sydney, el aeropuerto Mascot, el Centenial Park y el Showground. Todo, unido a un espectáculo natural espléndido, evidencia la riqueza de una tierra inmensa.

Cuando Warrane College se inaugure oficialmente, estarán presentes el Gobernador de Nueva Gales del Sur, el Ministro de Obras Públicas, miembros del Parlamento, el Canciller, Vicecanciller y Claustro de la Universidad. Más de cuatrocientas personalidades civiles y académicas asistirán también al acto. En su discurso de apertura, el Presidente del Comité de Promoción destacará que el College se abre, desde el principio, a personas de todas las religiones, nacionalidades, razas y estratos sociales.

La mayoría de los estudiantes procederá de familias con escasos medios económicos y acudirán con becas del Gobierno. Muchos han de compartir el estudio con un empleo remunerado. La convivencia será muy internacional: de Afganistán a Ghana, de Malasia a Turquía, de Vietnam a México, llegarán a este Centro que ofrece mucho más que un sitio donde vivir. Es también un lugar donde se respetan creencias y convicciones; en el que existe colaboración para el estudio mediante sistema de dirección tutorial; y que se brinda a un trabajo compartido y sincero.

El espíritu del College responde al modo de ser del Opus Dei. Por eso, desde su creación, es fiel a un inconformismo que aprendió de su Fundador y practica en toda latitud: dar a todas las actividades humanas su más honda y trascendente dimensión; negarse a la degradación de ideales e instituciones, lo mismo en un ambiente propicio que hostil. Warrane College será una nueva demostración de este programa.

En noviembre de 1965 llega la primera expedición de mujeres de la Obra a Australia. Toman el avión en Roma. El día 6, y en un vuelo que hace la ruta de Oriente, aterrizan en Sydney. En el pequeño grupo llegan a este nuevo país tres Numerarias Auxiliares de la Obra. Dios quiso que nacieran en pueblos pequeñitos de Galicia y Aragón para llamar luego a la puerta grande de sus corazones. Estas mujeres, jovencísimas, que han entendido perfectamente el espíritu de la santificación del trabajo -en su caso, las tareas del hogar-, no dudan en cruzar el mundo para llegar hasta una tierra en la que raza, idioma, costumbres, son radicalmente distintos. Y ahora, sobrevuelan el Pacífico para seguir extendiendo allí ese mismo espíritu.

Allí, en la pista, les esperan Margareth Horsch y varias amigas suyas. Margareth ha conocido la Obra en los Estados Unidos, siendo profesora de un Colegio de Milwaukee. Pertenece ya a la Obra, y al saber que las primeras mujeres del Opus Dei tomaban el camino de Australia, solicita el regreso a su país de origen, busca un nuevo trabajo en Sydney y comienza los preparativos para recibirlas.

Por eso se adelanta, radiante, para dar un abrazo que tiene preparado desde hace varios meses. La primera casa que van a ocupar es un pequeño chalet rodeado de jardín. Más tarde, este Centro se llamará Eremeran . En lenguaje aborigen significa roca. En la mejor habitación -reservada para el oratorio- se encuentran instalados ya la tarima y el altar que ha de acoger la presencia de Jesucristo. Dos días más tarde, una iglesia cercana les presta un sagrario. Con el dinero sobrante del viaje, se comprará lo necesario para que el Señor se quede ya en el primer Centro que abre la Sección de mujeres en el quinto continente.

Una de las señoras que acudió al aeropuerto el día de la llegada, les envía a su hija mayor para que ayude en la instalación de la casa. Años más tarde, Rosemary Mullins será la primera mujer que solicitará la admisión en el Opus Dei en Australia.

Al empezar el nuevo año académico de 1966, habrán llegado otras mujeres de la Obra, procedentes de Perú, Chile y España. Algunas promueven la apertura de Creston, una Residencia Universitaria femenina. En esta casa pedirán la admisión al Opus Dei un buen grupo de australianas.

El Padre sigue, paso a paso, los caminos de sus hijos por este continente rodeado de mar y de esperanza. Cuando María Jesús Mancisidor, una Numeraria Auxiliar, se dispone a partir hacia Australia, el Padre le pregunta si se va contenta:

La respuesta es inmediata:

-«¡Padre: ¡Me voy contentísima! »(30).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer lleva a su oración, a su conversación diaria con Dios, el agradecimiento de ver cómo sus hijos se van a las antípodas con esa alegría grande; con esa divina capacidad de realizar lo costoso con toda sencillez, sin darle mayor importancia.