El Padre

Rafael Angulo escribe este obituario de Mons. Javier Echevarría, en el Diario Hoy.

Opus Dei - El Padre

Diario Hoy El Padre (PDF)

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En sus intervenciones públicas, aunque fueran numerosas tenían un tono familiar, sus respuestas eran rápidas, intensas... sus consejos breves, concretos, completos, elevando la mirada por encima de pequeñas disensiones o limitaciones.

El pasado lunes fallecía en Roma don Javier Echevarría, prelado del Opus Dei y gran canciller de la Universidad de Navarra, allá en mi querida Pamplona donde tantos aires de libertad respiré.

Junto a la pena por la pérdida de quien hacía cabeza en esta partecita de la Iglesia a la que pertenezco, de la que soy, se une el sentimiento de familiaridad que le tenía, que le tengo, no en balde con orgullo le llamaba Padre.

Puede resultar sorprendente pero la tristeza en este caso es compatible con la alegría. Creo que he tenido suerte en conocerle, soy afortunado por haberle seguido y, ahora, tengo la penita de no haber sabido darle las gracias como se merecía en justa correspondencia.

He compartido con don Javier afanes e ilusiones meditando la carta que mensualmente nos dirigía, sus consejos para darle sentido profundo a la vida atisbando las raíces profundas de las cosas. El Opus Dei es reflejo, como toda institución humana, de las personas que lo conforman, de quienes lo impulsan y, ahí me duele, de quienes se dejan llevar, pero ahora toca continuar por ese camino amplio de la Iglesia Católica donde andamos, vivimos y respiramos.

El tránsito era previsible pues los últimos años su salud era quebradiza, pero no parecía preocuparle mucho y respondía con humor que se le acababa el tiempo, una actitud positiva y esperanzada que reflejaba su sencilla manera de ser, descomplicando los hechos, con su recurrente ‘omnia in bonum’, todo es para bien, quitando importancia a lo que no respondía a su prioridad vital: convertir todos los momentos y circunstancias de su vida en ocasión de acercarse al Señor, procurando servir a Dios y a los hombres. En sus intervenciones públicas, aunque fueran numerosas tenían un tono familiar, sus respuestas eran rápidas, intensas... sus consejos breves, concretos, completos, elevando la mirada por encima de pequeñas disensiones o limitaciones.

Y mira que don Javier tenía el listón alto cuando en 1994 fue elegido prelado sustituyendo al beato Álvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría. Continuar la labor de dos santos es tarea ardua y nada fácil que él ha cumplido durante estos 22 años con intensidad, finalizando ese camino, precisamente, en la festividad de la Virgen de Guadalupe a la que tanta devoción tenemos en el Opus Dei (yo ni les cuento teniendo a uno de mis hijos en México) desde el recuerdo de una romería histórica en peregrinación de san Josemaría a la guadalupana. Momentos antes de morir, tras haber recibido la extremaunción, le preguntaron si quería que le acercaran una imagen de la Virgen de Guadalupe, que se encontraba en la habitación, para contemplarla. Don Javier dijo: «No, no hace falta, porque no la veo bien y además ya la veo en mi interior, siempre». La suya ha sido una estupenda manera de vivir... y de morir.