Educar en la verdad

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A once kilómetros de Bilbao, en el Municipio de Lejona, está enclavado el Colegio Gaztelueta. El escudo exhibe una cartela en la que se puede leer: «Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no». Sencillez enseñada por Jesús en el Evangelio que exige un recio acoplamiento a la verdad: una honradez que ha de ponerse al descubierto y educarse desde los primeros años de la vida.

Insistentemente, unas cuantas familias vizcaínas habían pedido a Monseñor Escrivá de Balaguer la creación de un centro de segunda enseñanza dirigido por personas del Opus Dei. Su respuesta no se hizo esperar:

-«Es cosa vuestra; si hacéis vosotros el colegio, nos haríamos cargo de él»(32).

A partir de este momento, el colegio figurará como obra corporativa del Opus Dei. Y la Obra responde ante los padres que han de erigir y mantener el centro docente, de que la formación integral que se dará a los alumnos habrá de ser idónea en cuanto a preparación humana y cultural pero, especialmente, orientada según los principios del espíritu cristiano.

Inmediatamente se formará una comisión de padres de futuros alumnos. Se inician las gestiones de solar y construcción. Y luego, se pone en marcha un sistema de aportaciones para lograr una pronta dotación. La primera fase del colegio se acondiciona en un chalet edificado en lo más alto de una pequeña colina y con todo el aire de un caserío del País Vasco. Tiene, además, espacios para zonas de deporte.

Gaztelueta contará con un puñado de profesores preparados intelectualmente e ilusionados con la labor educativa que se les avecina. Hay entre estos primeros dos químicos, dos Doctores en Filosofía, un profesor de Bellas Artes y un Doctor en Derecho. Algunos serán de la Obra; otros no pertenecerán al Opus Dei. Antes de llegar conocen, de modo personal, por propia comunicación del Fundador', la importancia de su tarea:

«Hacedlos leales, sinceros, que no tengan miedo a deciros las cosas. Para eso, sé tú leal con ellos, trátalos como si fueran personas mayores, acomodándote a sus necesidades y a sus circunstancias de edad y de carácter. Sé amigo suyo, sé bueno y noble con ellos, sé sincero y sencillo»(33).

Durante el verano de 1951 varios miembros de la Obra que son profesores residen en Bilbao, en la calle del Correo número 12. Allí, con muchas horas de trabajo y dedicación, elaboran el programa de estudios, de acuerdo con la legislación vigente. En agosto se da a conocer el colegio a las familias de Bilbao. Desde el principio se prevé también el acceso a las clases de alumnos que tienen necesidad de trabajar la jornada completa, o que han alcanzado la edad adulta sin opción a las posibilidades de la cultura. Los estudios nocturnos se iniciarán más tarde, con idénticos medios y profesores cuidadosamente preparados. De nueve de la mañana a diez de la noche, Gaztelueta permanecerá en actividad.

La inauguración tiene lugar el 15 de octubre de 1951. A pesar del intenso aguacero que cae sobre la zona, se superan los obstáculos a fuerza de entusiasmo. Todos, desde el Director hasta el jardinero, Miguel Goti, y el conductor del autobús, Josemaría Aurtecoechea, están «al pie del cañón» para solucionar cualquier contratiempo. Medio centenar de alumnos van a iniciar la formidable tarea de hacerse hombres, personas, en toda la dimensión de la palabra. El verde de los árboles añosos y recién lavados por la lluvia parece enmarcar las palabras que han oído, tantas veces, al Fundador de la Obra: la educación debe formar «hombres y mujeres íntegros (...), capaces de vivir en el mundo su aventura divina».

Educar consiste en realizar una espléndida siembra de verdad: «El error no sólo oscurece las inteligencias, sino que divide las voluntades. Sólo cuando los hombres se acostumbren a decir y a oír la verdad, habrá comprensión y concordia»(34).

Monseñor Escrivá de Balaguer visitará por primera vez “Gaztelueta” en octubre de 1953. Llega, con don Alvaro del Portillo, para permanecer en el colegio veinticuatro horas. Cuando los alumnos están haciendo deporte, se asoma a la balconada lateral de la casa, frente a la Ría. Y al ver aquella muchachada que juega y ríe a la sombra de sus maestros y amigos, les envía su bendición, de Padre y de sacerdote, desde aquella panorámica privilegiada. Piensa, sin duda, en estas vidas jóvenes que son germen para llenar de sentido divino la historia del mundo.

En dos años, 1951 y 1952, ha puesto el Fundador la semilla de dos Centros que cubren los extremos de la docencia: Gaztelueta y la Universidad de Navarra. Serán el comienzo de una larga lista en España y en el mundo: México, Kenia, Estados Unidos, Italia, Inglaterra, Irlanda, Alemania, Portugal, Guatemala, Colombia, Venezuela, Francia, Ecuador, Argentina, Perú, Chile, Japón, Filipinas...

Las ideas del Fundador cristalizarán en el trabajo de algunos miembros de la Obra que, junto a otras muchas personas ajenas al Opus Dei, pondrán en marcha sociedades y cooperativas de padres, para promover y dirigir centros de enseñanza. A la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, una de estas instituciones contaba con más de veinte colegios masculinos y femeninos, por los que habían pasado ya miles de alumnos.