Dios y audacia

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cae sobre Madrid el invierno de 1933. La casa de Martínez Campos se ha quedado pequeña para las reuniones del Padre, y urge buscar un local más amplio. Y en el mes de diciembre, cuando se acerca la Navidad, alquilan un departamento en el número 33 de la calle de Luchana. Es el entresuelo de un edificio situado en la confluencia de las calles Luchana y Juan de Austria. Aquí se va a instalar la Academia “DYA”, con clases programadas para estudiantes universitarios. El título sugiere la dedicación a Derecho y Arquitectura. Sin embargo, todos traducen el nombre, en privado, como «Dios y Audacia».

Falta hace esa confianza, porque los medios materiales con que cuentan para el montaje y sostenimiento del piso son prácticamente nulos. Pero la fe que comunica el Padre es absoluta. Se alquila el inmueble a nombre de Isidoro Zorzano, y unos días más tarde campea sobre la puerta una placa de bronce con el nombre de la Academia. Los chicos que acuden a ella aportarán, además de su entusiasmo y trabajo, todo objeto material que pueda resultar de utilidad. Don Josemaría se lleva algunos muebles de la casa de su madre y unas cuantas cosas más que le ha dado una buena amiga de la familia.

Cada día, cuando el Padre sale camino de Luchana, su hermano Santiago mete las manos en los bolsillos de la sotana y le pregunta: -«¿Qué te llevas a tu nido?»(4). Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer comentaría: «Eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro “nido” lo que podíamos, para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad».

Esos muebles y objetos que proceden de la generosidad de muchas familias, «contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano»(5).

A pesar de todo, las dificultades económicas son continuas. Y también los favores y oportunidades que Dios brinda a este puñado de gente joven, decidida a confiar plenamente en el apoyo sobrenatural que deshace los obstáculos.

Un día no hay dinero para el teléfono y otro, cualquiera, para el alquiler. En una de estas situaciones, es la factura de la luz la que llama, reiteradamente, a la puerta de la casa; pero no hay el menor recurso para solventarla. El Padre lo toma con la serenidad habitual. A la mañana siguiente está sentado en su despacho de Santa Isabel, revisando papeles. Hay, entre ellos, un sobre deteriorado y vacío, que rompe y tira a la papelera. Pero, en el momento de arrojarlo, parece ver que algo asoma en su interior. Recoge los dos trozos y se cerciora de que, efectivamente, hay un billete de veinticinco pesetas. Inútil explicar cómo ha podido ir a parar allí. La factura que abruma el pequeño piso de Luchana acaba solucionándose.

Esta confianza en lo sobrenatural y sus consecuencias permanentes, prende con fuerza en los que han entendido la honda raíz de fe que tiene el Padre. Y contagia el ambiente de un tesón difícil de quebrantar.

Ricardo Fernández Vallespín relata que el 5 de enero de 1934 el Fundador se reunió con dos sacerdotes y tres profesionales de la Academia “DYA”, que encontraba, una vez más, fuertes dificultades económicas. Presentó a los asistentes a la reunión posibles planes para el futuro. Los dos sacerdotes opinaron que lo mejor era cerrar el piso, ya que era una locura mantenerlo abierto sin recursos. Era como « tirarse de un aeroplano sin paracaídas». En cambio, el Padre concluyó que para el comienzo del curso 1934-35, además de la Academia, debía instalarse una Residencia de estudiantes, en una casa más grande. Por eso escribió luego en «Camino», aludiendo sin duda a ocasiones como ésta: «No hagas caso. -Siempre los "prudentes" han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!»(6)

Para hacer frente a este desembolso cuenta con algunas personas capaces de entender su tarea. En diversas ocasiones el Fundador se referirá a una mujer generosa, que regaló varios objetos para la Academia “DYA”. «Me envió un reloj para la primera labor apostólica que comenzamos, diciéndome: Padre, que no se lo coman... E hizo bien; si no, nos lo hubiéramos comido, como ha sucedido en ocasiones con otras cosas.

Teníamos una gran lucha para conseguir un reloj (...). Cuando habíamos reunido el dinero necesario para comprarlo, surgían necesidades más perentorias y debíamos gastarlo para poder comer»(7).

De la generosidad de ésta y otras personas que tuvo la oportunidad de conocer a lo largo de su actividad sacerdotal, hablará el Fundador, mucho tiempo más tarde, durante un viaje por los países de América:

«Ese sacerdote, hace muchos años, tenía que trabajar y carecía de medios; y fue a una persona muy rica, después de rezar mucho. Aquella persona lo recibió con una amabilidad extraordinaria, porque además era muy atenta y educada. Pero cuando el sacerdote sacó el “sable” -no era militar, pero tenía que dar un “sablazo” pensó: ésta se va a asustar. ¡No se asustó! Aquella santa mujer le dijo: Padre, venga. Le llevó a un salón, movió un cuadro; detrás había una caja de caudales. Abrió, sacó lo que había, se lo dio al sacerdote. Y el sacerdote -muy convencido; está tan convencido ahora de que hizo muy bien, de que salió ganando ella- le dijo: tú me has dado todo lo que tienes, en este momento. Yo te doy, ¡todo lo que tiene Dios! De rodillas. Se arrodilló: la bendición de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ti y permanezca para siempre. ¡Se quedó más contenta aquella criatura... ! Y se ha encontrado su dinero en el Cielo, multiplicado por cien... y la vida eterna»(8).

No les sorprende, por tanto, que el Fundador otorgue mucha importancia a los temas que se refieren al espíritu, y escasa, en cambio, a las dificultades materiales por insolubles que parezcan. Les pide, desde el primer día, que estén unidos en el amor de Jesucristo; que pongan esa bendita fraternidad por encima de todo interés personal, de toda cuestión opinable; se comparte cuanto afecta a la vida y opción de cada uno, pero con el infinito respeto y libertad que han aprendido del Fundador. Para recordarles siempre este precepto, en el piso de Luchana se cuelga un cartel de pergamino donde el Padre ha hecho escribir la frase evangélica: “Mandatum novum do vobis: Ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli me¡ estis, si dílectionem habueritis ad invicem”: Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros(9).

Después de la destrucción de la Residencia de Ferraz durante la guerra civil española, el Padre visitará las ruinas. Entre los escombros, junto a muy pocas cosas más, encuentra un pergamino igual que el de Luchana, que se había hecho para la nueva Residencia. Como si el Señor quisiera reafirmar así en el Opus Dei esta característica primordial del cristianismo: la fraternidad.

El piso de Luchana funciona como Centro cultural y de enseñanza. Además de las clases de temas profesionales, se organizan algunos ciclos de formación religiosa y apologética que imparte un sacerdote amigo de Monseñor Escrivá de Balaguer: don Vicente Blanco. Pronto se prestigian y atraen a un buen número de estudiantes universitarios hacia el ambiente de cordialidad, alegría y convivencia que existe en la Academia, aun en medio de la inestabilidad que sacude a todo el país.

Pero lo más importante de Luchana para los miembros del Opus Dei es la posibilidad de aumentar el trato con el Padre, ya que, a pesar de la intensa labor sacerdotal que sigue desarrollando en Madrid, pasa muchos ratos con sus hijos. Su ejemplo es ya formación. A su lado sienten ganas de ser mejores, más fieles a su vocación, más apasionados de la Obra de Dios.

El despacho del Fundador tiene una mesa-buró pequeña, una lámpara y dos o tres asientos. Sobre una pared hay una cruz de palo, sin crucifijo. Cerca, un reclinatorio. En la sala de estudio, presidiendo la habitación, el Padre ha puesto un cuadro de la Virgen confeccionado con una hoja de catecismo sucia y pisada que encontró por la calle. La misma que presidió aquella reunión con estudiantes en el asilo de Porta Coeli.

En medio de la escasez, la casa tiene el buen gusto y el aspecto acogedor que el Fundador sabe imprimir a los lugares por donde pasa. No es fácil conseguir ayuda económica en estos momentos para una Academia porque las huelgas merman la economía y hay crisis a todos los niveles. La mayoría de los que acuden al piso de Luchana son estudiantes que disponen de muy pocos medios.

El peso de la responsabilidad cae sobre el Padre, que sigue buscando ayuda entre personas conocidas, unas veces con mejor fortuna que otras. Pero, sobre todo, sostiene este pequeño comienzo del Opus Dei con oración y mortificación intensas. Llega por la tarde muy cansado pero, con afecto y paciencia, escucha a cada uno. Reparte ánimo, amor de Dios, servicio, alegría.

Todavía recuerdan aquellos hombres el apasionamiento con que les impulsa a soñar con el mundo rodeado por una red, tejida con vínculos de fraternidad, de amor, para ponerlo a los pies de Cristo. De arder en afán apostólico para pegar este fuego a todas las almas, con el ejemplo y la palabra; sin respetos humanos. Hablar de Dios a los hombres, uno a uno, preparando el camino hacia su corazón con la complicidad del Cielo, en la oración y la penitencia.

Este sacerdote que, desde antes de cumplir los veintiséis años, ha repetido la frase: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?»..., ha encontrado a los que ayudarán a propagar el incendio. Y acompaña sus palabras con noches enteras de oración, y con penitencia durísima que, a pesar de la naturalidad con que se oculta, no pasa inadvertida a quienes le rodean.