Dios, Padre de infinita misericordia

Javier Echevarría, 'Itinerarios de vida cristiana', Editorial Planeta, 2001. (Cap. 1). El Prelado del Opus Dei reflexiona sobre la filiación divina.

Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad. (...)

Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana.

Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. 

"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos".

Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido. Nuestra biografía personal está armónicamente entrelazada con la providencia amorosa de nuestro Padre Dios. En realidad, ninguna criatura humana a lo largo de la historia ha transitado a solas, porque Dios ha permanecido siempre al lado de sus hijos.

Se dan ciertamente situaciones difíciles, que no podemos entender con nuestra inteligencia. Pero tampoco entonces cabe dudar del amor de Dios; en esas circunstancias, con la seguridad que presta la fe, es preciso mirar a Jesús. Para eso envió Dios a su Hijo al mundo, para que fuésemos también nosotros sus hijos en el Hijo; y para que, contemplándolo, conociéramos la magnitud de su amor. 

El Padre manifiesta su paternidad a través de las palabras y de la vida del Hijo eterno, que entró en la historia humana al asumir nuestra naturaleza. Cristo, con sus obras y sus palabras, nos revela al Padre y nos da a conocer su Amor infinito.