Dios no se va de vacaciones

Me llamo Almudena y acabo de terminar bachillerato. La historia de mi vida es bastante similar a la de otras chicas de mi edad, pero aún así me doy cuenta de que he tenido mucha suerte, o dicho de otra manera, que Dios me quiere mucho.

Mi (por ahora corta) vida es muy normal, soy la mayor de ocho hermanos y junto con mis padres, ambos médicos, vivimos en Madrid. He de admitir que sí que tenemos algo especial. Mi hermano Felipe, de nueve años, tiene síndrome de Down, así que podría decir que vivimos con un ángel, de ojos achinados y sonrisa permanente.

He ido siempre al mismo colegio, al que debo todo lo que sé desde el punto de vista académico pero también mi formación como persona; tengo mis amigas, con las que hago distintos planes y salgo los fines de semana; sueño con ser una buena periodista y poder aportar mi granito de arena para cambiar este mundo que en algunos aspectos parece que está al revés.

Conocí el Opus Dei un viernes cualquiera... Una amiga me invitó a un Club juvenil donde compaginaban actividades divertidas con una formación humana y espiritual , de la que se ocupa gente del Opus Dei.

Recuerdo que me lo pasé tan bien que volví desde ese día cada viernes con algunas de mis compañeras y fue allí donde conocí a varias de mis mejores amigas de otros colegios y otros ambientes. Pasó el tiempo y el Club Roca fue convirtiéndose en una parte importante de mi vida donde entre estudio, juegos y risas, fui aprendiendo a conocer y querer a Dios, a luchar por ser mejor y a disfrutar de las cosas pequeñas que no dejan de ser extraordinarias.

En verano suelo ir a los campamentos que organiza el Club y puedo afirmar esa han sido cada año la mejor semana de todas las vacaciones. Aprendí a hacer rafting, descenso de barrancos, a jugar en equipo, a tratar de tener la habitación ordenada y descubrí que Dios no se va de vacaciones, sino que se le puede tratar también en verano.

En los campamento también ayudábamos a niños, discapacitados, ancianos… experiencias también inolvidables de cómo se puede hacer que los demás lo pasen bien y disfruten, y recibiendo además la satisfacción de hacer algo que realmente vale la pena.

Un poco más mayor, me fui fijando en las mayores y como quería seguir formándome para ser buena cristiana, empecé a ir a charlas junto con varias amigas y también asistía a un rato de oración los sábados. Estos momentos eran –y son– imprescindibles en mi semana para reflexionar y volver a empezar. Además, también descubrí la importancia del estudio y la motivación de estudiar bien para luego poder prestar un servicio mejor a la sociedad.

Hace unos meses he empezado la Universidad y seguiré acudiendo por un centro del Opus Dei. Sé que la formación que allí recibo me anima a no perder las ganas de ser mejor y estar cada día más cerca de Dios. También me ilusiona poder hacer apostolado en la Universidad, poder ayudar a quien quiera a acercarse a Dios.

No sé si he sabido transmitir bien lo que explicaba al principio. Mi vida no se sale de lo común, pero en ella hay Alguien –Dios– que le da un sentido distinto, otra forma de afrontar mi realidad valorando y comprendiendo que cada minuto de mi día es una oportunidad para ganarse el cielo.