Diego de León

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A finales del verano de 1940 el Padre se traslada a una nueva casa que ha sido posible alquilar en la calle de Diego de León. Sigue funcionando Jenner como Residencia Universitaria, pero es necesario habilitar el nuevo inmueble como Sede Central de la Obra y como Centro para la formación de los miembros que acuden de muy diversos puntos de España. La familia de don Josemaría se traslada también para ayudar a poner en marcha este recién logrado instrumento de vida y apostolado. La casa es grande, de amplia escalera y techos altos; se trata de un edificio de tres plantas, semisótano y un pequeño jardín arbolado que la dota de cierta independencia. Ha permanecido sin alquilar durante mucho tiempo y, al entrar, acuden el frío y la humedad como dos anfitriones poco acogedores.

Durante los primeros meses del curso 40-41 el invierno dejará caer su intensidad. No hay casi muebles, y los suelos de mármol no contribuyen a caldear el ambiente. No se puede encender la calefacción por falta de presupuesto.

De 1940 a 1945, “Diego de León” va a ser testigo presencial de una sucesión de acontecimientos que ya son historia del Opus Dei, y que Monseñor Escrivá de Balaguer no dudará en llamar: historia de las misericordias de Dios. Podrían aplicarse a esta casa las palabras con que el Fundador se refiere al primer hogar de Nazaret, modelo de toda familia cristiana:

«Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención»(9).

Poco a poco se irán llenando los espacios con muebles comprados de ocasión y restaurados, después, pacientemente. El Padre podrá ocupar en octubre de 1941 su despacho-dormitorio. Junto a esta habitación, el oratorio. Primitivamente lo preside un cuadro de Nuestra Señora de los Angeles, pero en 1942 será sustituido por el retablo definitivo: Santa María rodeada por tres apóstoles y arcángeles, patronos de la Obra. Se ha pintado en el taller de los hermanos Albareda de Zaragoza y recibirá un toque final por obra de los pinceles de Fernando Delapuente.

En 1967, un cuarto de siglo más tarde, el Padre recorre la casa, totalmente reestructurada, excepto la parte antigua, que sus hijos han querido conservar intacta. Disfruta al descubrir, en cada habitación, los muebles que adquirió personalmente, con tanto cariño y sacrificio.

Durante algún tiempo tuvo una mesa espaciosa, pero de ínfima calidad, de pino barnizado. Los chicos la cambiaron por un escritorio comprado en una casa de compra-venta de muebles usados que había en la calle de Leganitos. Por su línea y volumen, el Padre la «bautizó» inmediatamente con el nombre de “la pianola”. Y comentó que aquél armatoste habría costado probablemente mucho dinero. En realidad el dispendio había sido muy corto(10).

Siempre le parece excesivo lo que se destina a su uso personal. Algún tiempo después, sobre una chimenea próxima a este mueble, descansará una «Piedad» de porcelana regalo de don Félix Granda. Cerca de sus manos tendrá también un aislador de vidrio como pisapapeles. Bromeando dirá que le recuerda la obligación de no ser aislante, de transmitir el espíritu de la Obra.

El 3 de mayo de 1968, durante otro viaje a Madrid, evoca acontecimientos vividos en el oratorio de “Diego de León” en este período que tuvo su comienzo en 1940:

«Recuerdo que allí han velado mis hijos los restos de mi madre y de mi padre. Recuerdo que allí hemos recibido muchas gracias del Señor (...). Junto a ese sagrario pobre, yo reunía a vuestros hermanos que hoy son mayores y les contaba las cosas agradables y las desagradables (...). Las grandes noticias de la historia de la Obra las he dado siempre pegado al sagrario, y, durante unos años, en esta casa»(11).