Decisión heroica

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Otoño de 1972. Roma ilumina de rojo «matone» las fachadas en el atardecer. Desde que se clausuraron las sesiones del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha sufrido violentas sacudidas.

Monseñor Escrivá de Balaguer quema su vida en una honda tarea de fundación, conoce los entresijos de la crisis que afecta a gran parte del mundo cristiano y quisiera salir al encuentro de los que se desvían en una pérdida lamentable. Su llaneza y valentía sufren ante la ambigüedad y el silencio de tantos que debieran gritar, hoy más fuerte que nunca, la única verdad del Evangelio.

Siempre ha trabajado por la gloria de Dios, sin pretender ningún aplauso humano. Dotado de gran inteligencia y de vastísima cultura, su energía y talento teológico se vuelcan en cartas y escritos, en palabras destinadas a los miembros de la Obra de Dios, que llenan miles de páginas.

En los últimos años, al presenciar esta crisis que Dios permite en la Iglesia, piensa «lanzarse al ruedo», como se dice en el idioma castizo español. Es decir, salir al encuentro de muchas personas para hablarles de fe, esperanza y amor. Su decisión de presentarse ante millares de personas atenta contra su modo de ser, más inclinado al diálogo personal, a la reunión familiar. Se expone, al comparecer públicamente, a ser objeto de crítica y, ¿por qué no?, también de entusiasmos, de agradecimientos y de afecto. Pero todo pasa rápidamente de sus manos a las de Dios. Ni un solo instante los aplausos de una reunión se quedarán en los bolsillos de su sotana. Se transforman, por obra y gracia de la humildad y el servicio de este sacerdote, en un gran ofertorio a Dios.

A los setenta años de edad, el Fundador del Opus Dei va a librar otra batalla en servicio de la Iglesia. Durante mucho tiempo ha sufrido ante el panorama que presencia. Pero no concuerda su coraje con la congoja o el desaliento. Aquello que le afecta se transforma en fuerza para rezar, para sacrificarse, para ir a la acción como un vendaval pacífico e imparable que no puede contener la necesidad de hablar de Jesucristo.

El verbo catequizar, en su raíz griega significa algo así como «hacer sonar en los oídos». Esta resonancia apasionada es lo que el Padre va a intentar, incansablemente, en dos meses de catequesis por España y Portugal. Gritará despacio, afectuosa y libremente, las verdades viejas y nuevas del Evangelio. Una asamblea multitudinaria se convierte a su alrededor en una tertulia donde todos tienen la libertad y la confianza de exponer sus inquietudes y afectos en voz alta. En estas apariciones en público, jamás se mostrará pesimista ni agorero precursor de calamidades: todo lo contrario. Repetirá incansablemente que para los hijos de Dios, todas las cosas, aun las aparentemente más dolorosas, son para bien. Así, con este ánimo, el Padre inicia un «maratón» de fe este otoño de 1972, cuando Roma arde en uno de sus maravillosos atardeceres (1)