Curso 1930–1931, último del trabajo de don Josemaría en el Patronato de Enfermos

San Josemaría entre los enfermos de Madrid (1927-1931)

Don Josemaría solamente conservó dos documentos correspondientes a este curso. En el primero, el 75, fechado el 2 de enero de 1931, le ruegan que el domingo día 18 dé en el patronato una charla a unas chicas de la Obra de Perseverancia.

El segundo, n. 76, es de fecha muy tardía, tanto que prácticamente corresponde al siguiente curso escolar63. Se trata del último recado recibido por el capellán para atender a una enferma, en vísperas de dejar de trabajar en el Patronato de Enfermos. En nuestro estudio esta pequeña nota tiene el valor añadido de ratificar documentalmente que don Josemaría no dejó de hacer visitas a los enfermos mientras ejerció su ministerio en el patronato. El vacío documental que encontramos en este último curso, queda compensado, sin embargo, con algunos breves relatos que se encuentran en sus Apuntes íntimos . En efecto, algunas de las visitas a enfermos correspondientes al curso 1930–1931, pueden documentarse por esta nueva fuente documental. Los Apuntes íntimos amplían nuestra documentación y, sobre todo, abren una interesante panorámica en nuestro trabajo. Pero conviene tener en cuenta que, según el mismo don Josemaría explicó, “los fines de estas catalinas, son la Obra y mi alma”64. Por tanto, el propósito con que fueron redactados los pasajes seleccionados en este apartado, no fue reflejar por escrito anécdotas de su labor de asistencia a los enfermos, sino conservar la memoria de algunas luces y gracias que le concedió el Señor para sacar adelante el Opus Dei, recibidas con ocasión de hacer determinadas visitas.

Podría decirse que estos relatos escritos a vuela pluma, pertenecen a un género literario peculiar. Cada uno constituye de por sí una pieza literariamente sugerente y bella. No pueden considerarse breves apólogos, aunque siempre se desprende de ellos una enseñanza. Tampoco los podemos clasificar como pasajes costumbristas, por más que recojan con gran realismo naturalista perfiles del paisaje urbano y de la vida madrileña de estos años. El primero de estos episodios se sitúa en el barrio de las Peñuelas, en septiembre de 1930. Don Josemaría podía conservar todavía en su memoria un recuerdo de tres años antes, aproximadamente de noviembre de 1927, cuando en la misma zona había tenido que atender a la niña Tiburcia Alejandro, que vivía en Ercilla, n. 14, hija de Tiburcio Alejandro (vid. Apéndice II, doc. 16). Ahora la visita la hizo a un tísico moribundo cuya hija jugaba sana por la calle. Y quedó removido su corazón al constatar, en la actitud hostil de un niño de doce años ante el crucifijo que sacó de su bolsillo, el deterioro progresivo que se iba produciendo en las costumbres cristianas de los barrios extremos de Madrid. Hoy, en las Peñuelas, salía de confesar a un tísico moribundo: llamé, en la calle, a una hija del enfermo. Vinieron también otros niños. Y, cuando les di a besar al Señor, uno de ellos, como de doce años, me dice muy decidido: –¡Yo no beso!– ¿Por qué no, hijo mío?, le pregunté. No quiso contestarme.

Seguí hablando con ellos afectuosamente y, al terminar, insistí: –¡Anda, besa a Nuestro Señor! Y repitió: –¡Yo, no! Entonces, con verdadera pena, le dije: –Pues ya lo besaré yo por ti65.

Documentamos a continuación dos visitas diferentes, facilitadas por algunas de las primeras damas apostólicas. Los textos que reproducimos corresponden a algunos párrafos entresacados de un largo texto de los Apuntes íntimos , fechado el día 6 de diciembre de 1930, sábado. Aparte de su contenido, ofrecen el interés de darnos a conocer que, al menos durante el curso 1930–1931, el capellán seguía recibiendo recados para visitar enfermos a través de algunas de las más antiguas damas apostólicas. Aparecen nombradas Dolores Martínez Carrillo de Albornoz y Amparo de Miguel Reina que, como ya dejamos dicho, formaron parte del grupo de las primeras novicias de la Congregación de las Damas Apostólicas. También se citará a Concha Giménez, una de las damas auxiliares que don Josemaría había conocido en los comienzos de su trabajo en el patronato.

Primera visita: en la calle del Cardenal Cisneros, viernes 28 de noviembre de 1930. El enfermo visitado en esta ocasión era un miembro del Partido Socialista que vivía en el distrito de Chamberí. La semana pasada (creo que fue el viernes [día 28]) hube de visitar a un enfermo de quien sabía lo siguiente: Dª Dolores [Martínez Carrillo de Albornoz] me advirtió que estaba fuera de razón, pero que quizá se pudiera hacer algo. En la noche del jueves Dª Amparo [de Miguel Reina] me indicó también que el moribundo era de los más movidos de la Casa del pueblo66; me lo avisaba –dijo– por si me recibía mal (de darse cuenta), pues no quería nada con curas...

Cuando el viernes nombrado, iba yo hacia la casa de este pobre hombre, en su calle (Cardenal Cisneros) recordé cómo, al darme la nota del enfermo, protesté, diciendo: es tonto creer que voy a poder hacer nada. Si está delirando, ¿va a dar la coincidencia de encontrarle en condiciones de confesar? En fin, iré y le absolveré sub condicione 67.

A pesar de que “es tonto creer que voy a poder hacer nada”, siguiendo su costumbre de ir rezando a la Virgen María al visitar a un enfermo, recitó un Acordaos pidiendo que el moribundo pudiera ser absuelto normalmente, sin condición. Ya en la casa, los vecinos le avisaron que nada podría hacer: poco antes se había presentado allí un sacerdote de la parroquia, que se marchó sin confesarle porque el enfermo no había recobrado el conocimiento. Don Josemaría, sin desanimarse se aproximó a la cama del enfermo y le llamó por su nombre:

–¡Pepe!

Me respondió enseguida muy acorde.

–¿Quiere Vd. confesar?

–Sí; me dijo.

Eché a la gente fuera. Se confesó, ayudándole yo mucho, como es natural. Y recibió la absolución.

Por cierto que podría contar muchas bondades y justicias de Dios, vistas por mí en las visitas de enfermos68.

Esta última frase, “podría contar muchas bondades y justicias de Dios, vistas por mí en las visitas a enfermos”, parece desvelar la razón última de haber incluido este hecho en sus Apuntes . Por esas fechas reflexionaba profundamente sobre el fenómeno que se estaba produciendo ante su vista: el aumento de la agitación social.

Le daba pena ver esas muchedumbres en las que un creciente enfriamiento en la fe multiplicaba sus manifestaciones de hostilidad hacia la Iglesia. Pero los hechos de vida presenciados en sus visitas a los enfermos, le ponían de manifiesto el derroche de bondad de Dios y de gracia sobre aquellos a los que se acercaba, y le confirmaban en su convicción de que, a pesar de todo, debía seguir haciendo con generosidad lo que estuviera a su alcance en cada caso69.

Segunda visita: una semana después, día 5 de diciembre de 1930, atendió a otro enfermo que vivía en la Ronda de Segovia, n. 13, en el barrio Imperial del distrito de la Latina. El relato viene a confirmar lo que en general decíamos más arriba acerca del género literario de estos relatos: sin ser cuadros costumbristas, lo son. Con buen humor, don Josemaría hace una reflexión divertida y llena de visión sobrenatural acerca de la sensibilidad de su olfato.

Solamente diré algo sucedido ayer [día 5], primer viernes de diciembre, y a lo que no di ninguna importancia de momento. Sin embargo, creo que la tiene.

Concha Giménez me habló de un tísico, que padecía muy frecuentes vómitos de sangre. Fui a la Ronda de Segovia 13, donde tiene su domicilio. Pregunto, en el patio de la casa, por el enfermo, y una vecina me dice: Suba Vd. conmigo: soy su mujer. Pasamos al cuarto de esta familia. Se adelanta la mujer del enfermo y me detiene: “no entre ahora, porque está haciendo sus necesidades” (sic). Salió la pobre mujer del cuarto del enfermo, tapando con su delantal el vaso de noche... Entré en la reducida alcoba inmediatamente, decidido, como quien hace una hombrada...

Pues, bien, yo aseguro que no noté ni el más ligero mal olor; nada. Confesé al enfermo: me entretuve lo ordinario en estos casos y, como he dicho, sin percibir ningún olor repugnante. Hay que tener presente que tengo un olfato muy sensible. Ahora pienso que Dios Nuestro Señor aceptó mi pequeña mortificación y me la pagó aquí evitándomela70.

También en el mes de diciembre de 1930, concretamente el día 27, fiesta de San Juan Evangelista, tuvo lugar otra visita, según se indica en los Apuntes .

Día de San Juan Evangelista de 1930. Hoy, desde por la mañana, había ofrecido mis obras al simpatiquísimo Apóstol amado de Xto. El Señor quiso compensar la miseria miserable de mis méritos, proporcionándome un enfermito de dieciséis años tísico: cuando salí de visitarle (en el nº 11 de la calle de Canarias), le brindé esa alma de niño, que sufre, al Santo Apóstol. Y San Juan me lo pagó enseguida...71.

Como puede observarse, el recuerdo de aquel suceso quedó consignado en sus Apuntes unido al de una gracia recibida ese día. San Josemaría nunca olvidaría aquellos momentos. Efectivamente, años más tarde recordó la muerte de aquel joven enfermo cuando, estando de tertulia con miembros del Opus Dei, conversaba sobre el valor del dolor e incluso de la muerte en la labor apostólica72.

En otra ocasión se refirió de nuevo a este mismo episodio, esta vez en sentido aparentemente opuesto, esto es, haciendo ver que el amor a la labor apostólica debía anteponerse al deseo de morirse joven para ir al cielo: Es muy cómodo morirse. No es bueno ni es nuestro espíritu. La única vez que lo he deseado por unos momentos, lo conté ya: fue a la cabecera de aquel moribundo, siendo yo sacerdote joven. Le tuve envidia. Dije: ¡éste se va al Cielo! Además pensé que esas palabras le consolaban, como le consolaron efectivamente. El Señor me premió, porque fui haciendo oración desde allí abajo –aquello era un descampado– subiendo hasta Atocha y andando después hasta Santa Engracia, por la Plaza de Alonso Martínez. Probablemente los que me vieron creerían que estaba loco. Sólo me di cuenta después del camino que había hecho73.

La última narración de visitas a enfermos tomada de los Apuntes , escrita el 20 marzo de 1931, forma parte de una larga lista de favores que don Josemaría atribuía a la intercesión de Mercedes Reyna. Aparecen mencionadas de nuevo algunas de las primeras damas apostólicas, Isabel de Urdangarín y Pilar Romanillos. Desde el 19 de marzo de 1930, Isabel de Urdangarín era la superiora de la Casa de Madrid, asistida por dos profesas más: Cristina Gordon Rodríguez-Casanova y Mª Cristina Martínez Carrillo de Albornoz. Concluido el período de su noviciado el día de San José, a partir de entonces habían dado nuevo brío a las obras apostólicas74.

Un enfermo gravísimo. Vivía en la Almenara [Tetuán de las Victorias].

Doña Pilar Romanillos me habló de él con pena, porque se negaba a recibir al sacerdote y estaba grave. Me habló también del mismo pobre Dª Isabel Urdangarín. Les dije: encomendémosle al Señor, por mediación de Merceditas, esta tarde durante la bendición. Después iré a ver a ese hombre, llevando la reliquia de Mercedes en mi cintura...

Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. “Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas”... (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. “Me ha dicho que me confiese... porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!” Entonces yo: “hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse?” “A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido”. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse se había confesado.

Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose: rezó conmigo a la Sma. Virgen y me parece –no lo recuerdo bien– que también rezamos a Mercedes75.