Cristo en la cumbre

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Agosto de 1931. El verano dispersa a las gentes fuera de la capital, y las calles se despejan con el calor que inunda esta mañana de domingo. Don Josemaría acude a celebrar la Santa Misa en el recogimiento de una iglesia madrileña y, de camino, reza por el proyecto que ocupa todos los instantes de su mente.

«¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla?» (8).

El mismo dejará constancia, en unas notas, de la profundidad sobrenatural de su oración de ese día:

«7 de agosto de 1931: hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la ex-Corte... y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda al Amor misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “ et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum ”(lo 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ ne timeas ”!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»(9).

Un altar del Santuario de Torreciudad quiere recordar aquel momento de comunicación divina, que sobrecogió y emocionó el alma de un sacerdote dándole, también, una gran paz. En la capilla del Santísimo, enmarcado por mármoles de estilo neoclásico, hay una imagen de Cristo crucificado, obra del escultor Sciancalepore, que siguió en su trabajo las indicaciones de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo más sugestivo de esta obra -de bronce dorado- es el gesto vivo, la conexión inmediata con el fiel que se coloca ante su mirada. No es un Cristo absorto, inmerso en la trascendencia de su muerte; es el Hombre-Dios que emerge del dolor para mirar al frente. Para dar un mensaje, mezcla de emoción y exigencia, de amor e instancia a la tarea que deja a sus amigos por delante. Es el Cristo del: “ ut eatis !”... (¡Qué vayáis!), duc in altum ! (¡Mar adentro!), sitio! (¡Tengo sed!), y de tantas urgencias como la Cruz tiene para los cristianos.

A ambos lados del altar hay dos cartelas doradas. En la derecha se puede leer: “ Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum ”(10): Y Yo, cuando sea exaltado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.

La otra, situada a la izquierda, recoge la frase de Pedro junto al mar de Galilea, que repara la triple negación de su amistad con Cristo en la trágica noche que precede a la Crucifixión: “ Domine, tu omnia nosti; tu scis quia amo Te ”(11): Señor: Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo.

Son palabras de contrición, de amor y de humildad. El reconocimiento de la propia nada ante la grandeza del Cielo y la manifestación sincera de amor a Cristo. Por alta que sea la misión humana encomendada a un hombre, siempre estará mediatizada por el cero de sus propias limitaciones y por el infinito de Dios.

El propio Fundador escribirá en un viejo papel: «Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capítulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza... 2 de octubre de 1928. 14 de febrero de 1930»(12).

Colocar a Cristo en la cumbre de las actividades humanas no es llevar a Dios sólo a las actividades cumbre. El matiz es muy importante, porque Monseñor Escrivá de Balaguer exigirá de sus hijos una seria humildad, y repetirá que la presencia de Dios está en lo más alto del esfuerzo, de la intencionalidad, del amor que cada ser pone en su tarea cotidiana, y no precisamente en el éxito humano, en el brillo personal o en el triunfo de un profesionalismo.

Esta dedicación lleva implícito un empleo a fondo de la voluntad y de las cualidades, pocas o muchas, en el cumplimiento generoso del deber. Un empeño por las cosas de cada día que tenga raíz sobrenatural y que supere el desgaste inherente a lo humano; un detalle en el trabajo que lo termine de modo cabal, que lo haga amable y propicio para ser holocausto, ofrenda continua en el servicio a Jesucristo. Al margen de lo que, en el terreno humano, pueda considerarse triunfo o derrota.