Con un siglo de anticipación

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A mediados de junio de 1946, llega a Madrid una carta de don Alvaro del Portillo para el Fundador del Opus Dei. En sus líneas, esperanzadas pero realistas, le anuncia al Padre el desenlace de los esfuerzos llevados a cabo durante estos meses para conseguir el Decretum laudis . Los organismos competentes de la Santa Sede han llegado al convencimiento de que tal concesión es, de momento, imposible. La Obra no encaja en ninguna de las formas asociativas reconocidas por el Derecho de la Iglesia. Un alto personaje de la Curia ha dicho a don Alvaro: «Ustedes han llegado con un siglo de anticipación»(3). Está claro que para salvar esta dificultad es necesaria la presencia del Padre. Sólo él, con su autoridad de Fundador, podrá conseguir lo que, visto con ojos humanos, parece una empresa imposible.

Cuando el Fundador recibe la carta está sometido a intensa vigilancia médica: ha sido diagnosticado de diabetes mellitus. El enorme despliegue de actividad que lleva a cabo le fatiga; las condiciones en que desenvuelve sus jornadas descompensan la enfermedad continuamente.

El desplazamiento no puede realizarse por avión ni por tierra. Sólo queda el mar como ruta abierta hacia Roma. Es un viaje largo -de cinco días- que ha de resultarle agotador. El médico afirma -de modo rotundo- que no responde de su vida en caso de que decida realizarlo.

Pero el Padre no duda un instante: si el desarrollo de la Obra exige su traslado, no habrá conveniencia personal alguna que lo impida. Antes, reúne a los miembros que forman el Consejo General de la Obra en Madrid, les lee la carta de don Alvaro y pide su opinión. Ellos refrendan la decisión del Fundador, aunque se queden desolados por el riesgo evidente que supone este esfuerzo.

Se cumplen todos los trámites en cuarenta y ocho horas, y el miércoles 19 de junio, sobre las tres y media, sale el Padre de la casa de Diego de León en un coche conducido por Miguel Chorniqué(4). La primera etapa es Zaragoza. Y, después, Montserrat y Barcelona. En la Ciudad Condal se aloja en un piso que los miembros de la Obra llaman familiarmente La Clínica , en la calle Muntaner. Aquí tienen su consulta médica Juan Jiménez Vargas y Alfonso Balcells. En este piso hay instalado un pequeño oratorio, con un frontal de madera y crucifijo presidiendo. Un cuadro de la Inmaculada ocupa una pared lateral. En la mañana del viernes 21 de junio, el Padre dirigirá a sus hijos, en este oratorio, una meditación que ninguno va a olvidar jamás. Se centra en una frase del Evangelio de San Mateo:

Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis ”? He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué será de nosotros?(5)

Estas palabras de Pedro al Señor reflejan fielmente sus sentimientos en esta hora, cuando se mezclan la ansiedad de hallarse ante un horizonte cerrado y la confianza entera en Jesucristo por quien tantos en la Obra han dejado su vida entera. Si el Opus Dei no puede abrirse camino jurídico en la Iglesia quedarían defraudados, habría sido como un engaño. Por eso, vuelto hacia el sagrario, le dice a Jesús presente en la Eucaristía:

«¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación? (...). No he tenido más voluntad que la de servirte»(6).

En la mañana de este día, el Padre se acercará a la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de la ciudad. Cerca del paseo de Colón, junto a los caminos del mar y al abrigo del puerto, está enclavada la iglesia. Presidiendo el altar mayor, la talla de madera policromada que Pedro Moragas dibujó con sus gubias en el siglo XIV. Tiene la Virgen de la Merced los atributos que la acreditan como Señora de la ciudad de Barcelona. Pero al margen del cetro y la corona, atrae su figura especialmente por una alegre serenidad que se escapa a través de los ojos, por su afectuoso gesto que sugiere confianza.

De rodillas ante la imagen, el Padre pone, cada vez con mayor fe, su vida y esfuerzo a la entera disposición del Cielo. Y apoya en esta advocación, liberadora de cautivos y sembradora de esperanzas, la finalidad de su viaje.

Actualmente, en un oratorio dedicado a San Miguel, en la Sede Central del Opus Dei en Roma, hay una pintura que recuerda esta primera navegación del Padre. Está representada Nuestra Señora de la Merced y las palabras del Evangelio que comentara el Fundador en Barcelona: “ Ecce nos reliquimus omnia ”..., y las fechas 21 de junio y 21 de octubre de 1946. Esta última marca la visita a la Virgen, después del retorno, para agradecer su amor, su protección a la Obra de Dios.

Años más tarde, el Fundador del Opus Dei recordaba que, en 1946, decían en Roma que el cauce jurídico de la Obra rompía todos los moldes del Derecho Canónico. Y añadía:

«La Obra aparecía, al mundo y a la Iglesia, como una novedad. La solución jurídica que buscaba, como imposible. Pero, hijas e hijos míos, no podía esperar a que las cosas fueran posibles . Ustedes han llegado -dijo un alto personaje de la Curia Romana- con un siglo de anticipación . Y, no obstante, había que tentar lo imposible. Me urgían millares de almas que se entregaban a Dios en su Obra, con esa plenitud de nuestra dedicación, para hacer apostolado en medio del mundo»(7).

«Vine a Roma, con el alma puesta en mi Madre la Virgen Santísima y con una fe encendida en Dios Nuestro Señor, a quien confiadamente invocaba, diciéndole: “ ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis ”? (Mt XIX, 27). ¿Qué será de nosotros, Padre mío?: habíamos dejado todo: la honra -con tanta calumnia encima-, la vida entera, haciendo cada uno en su sitio lo que el Señor pedía. Dios nos escuchó, y escribió en estos años romanos, otra página maravillosa de la historia de la Obra»(8).