Con entraña universal

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los edificios de Villa Tevere se alza un torreón circular. Su vértice está rematado por una cruz griega que pregona a los cuatro vientos, con los brazos terminados en punta de flecha, el deseo de caminar el mundo. En los primeros escritos, el Padre dibujaba con frecuencia esta cruz. La trazaba con rasgos fuertes, a pluma, como un vector de universalidad.

«Hemos de ser ciudadanos del mundo; tener el corazón grande para querer mucho (...). Ahora está de moda abrir un brazo y el otro, no. Nosotros extendemos los dos, repitiendo el gesto sacerdotal de Cristo, para que quepan todas las almas: todas (...). Amamos a los católicos y a los no católicos. Transigimos con las personas, aunque seamos intransigentes con la doctrina, porque no es nuestra. Transigimos en todo lo que no sea ofensa a Dios y, cuando hay error, disculpamos a quienes yerran y los comprendemos. Si no los quisiéramos, si no los tratáramos, si no conviviéramos con todos, no podríamos llevarlos a Cristo: no podríamos contribuir a que tuvieran la luz de la fe. Este ha sido el fondo cierto de nuestra caridad, que no excluye a nadie, desde los primeros tiempos de la Obra»(2).

Monseñor Escrivá de Balaguer clavó en el alma de sus hijas e hijos la convicción de que la Obra es universal, católica. Y que no nacía para dar solución a problemas concretos de un país o de una situación histórica. Nacía para «decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente -y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales»(3).

De nuevo iban a decirle al mundo que ahí, en el centro de su quehacer cotidiano, sus gentes debían buscar y ayudar a los demás a encontrar la dimensión sobrenatural de la existencia. Que el espíritu del Evangelio venía de nuevo a recordar la llamada de Cristo a santificarse en su trabajo, a santificar su trabajo y a santificar a los demás con su trabajo.

La expansión de la Obra por los cinco continentes llevará a los hombres y mujeres de su espíritu a desarrollar todas sus capacidades humanas en la nueva tierra a que Dios les haya destinado. Y serán testimonios de esta vocación divina, que abarca a todos, a través de su trabajo profesional.

Pero lo impresionante es que logre transmitir esta seguridad al grupo que le sigue en los comienzos de la Obra. Personas muy jóvenes, que apenas han salido de su país y que solamente se proyectan en la visión cotidiana del ámbito familiar y profesional que les rodea, van a captar en toda su amplitud esta dimensión del Opus Dei.

Cuarenta años después de haber conocido al Padre, don Pedro Casciaro será abordado por la pregunta de un mexicano:

-«¿Se daban ya cuenta de que la Obra era universal?, ¿creían poder verla extendida por tantos países?»(4).

El interrogante cae sobre una tertulia que tiene lugar en Los Pinos , la casa de Retiros situada en el cruce de los valles del Estado de Coahuila. Allí se han reunido hombres de Monterrey, Torreón, Aguascalientes y San Luis de Potosí. Aquí, muy lejos de España. Y don Pedro Casciaro ve desfilar, en entrañable y apasionante historia, los acontecimientos que han impulsado al Padre a enviarle, como a tantos otros, más allá del mar. Recuerda aquel verano de 1935, en Torrevieja, Alicante. Frente al horizonte de plata que abre el Mediterráneo cada amanecer. Han mediado solamente seis meses desde que supo la existencia de la Obra. Su única relación, en el pequeño pueblo marinero, es una hoja de noticias escrita a velógrafo, con tinta de color violeta. Leyendo aquellas breves líneas, se siente parte indisoluble, no de un grupo circunstancial, sino de un hecho sobrenatural que ha de perdurar siempre, como patrimonio de todo el mundo. En pie, junto al mar abierto, mira los barcos que salen del puerto con rumbo desconocido. Y siente nacer en su alma la semilla de la universalidad, de disponibilidad total para cruzar los caminos enteros de la tierra. Inunda su interior la pleamar de aquella frase que ha oído al Fundador: «Soñad y os quedaréis cortos»(5).

Más tarde, ni en los momentos más duros de la guerra civil española se perderá una línea de este perfil de la Obra. En 1938, el Padre les escribirá:

«¿Por qué no aprovecháis las horas muertas -que sobran abundantemente- repasando un idioma? Un diccionario y un libro para traducir, se llevan en cualquier parte (...). ¡En Madrid mismo, hay un amigo vuestro que repasa japonés, con ánimo de meter en nuestro camino a los universitarios de Tokio! »(6).

Don Pedro es testigo de esta misma andadura del Padre en los ratos de oración de sus meses de Burgos, a la orilla del Arlanzón, por Las Huelgas, Fuentes Blancas o La Cartuja. Y también don Alvaro del Portillo, cuando camina cerca del Padre por las llanuras castellanas de Valladolid y oye sus palabras, que abren rutas universales, junto a la estatura verde de los chopos.

«¿Te acuerdas? -Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. -Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles»(7).

La Segunda Guerra Mundial retrasará la llegada de los primeros miembros del Opus Dei a París. No es posible obtener visado de residencia. Pero las dificultades no atenúan ni desalientan la urgencia del Padre para que el Opus Dei rompa las fronteras del mundo. A nivel familiar se lo recordará a sus hijos en las ocasiones más imprevistas y cotidianas.

Un día de agosto de 1947, en Molinoviejo , junto al silencio de la montaña, sus hijas, que trabajan en la Administración de esta casa de Retiros en la provincia de Segovia, recuerdan su conversación con el Padre en un pequeño patio a la sombra de la tejavana. Les cuenta cómo será en breve, al paso de Dios, la expansión de la Obra. Está sentado sobre una silla de enea; las mujeres del Opus Dei que cuidan la casa caben, todas, en un pequeño banco corrido. Y el Padre les dice con su modo convincente, que irán, para difundir el espíritu de la Obra, a los cinco continentes. Y extiende, una vez más, las líneas de su quehacer profesional: médicos, campesinas, periodistas, investigadoras... Un interminable horizonte de apostolado con gentes de toda raza y condición.

Más de una vez hacen su oración frente a un mapa del mundo. Y recorren caminos por los que no han de tardar en ir con la fe y el impulso de su Fundador. No hacen falta grandes preparativos. Marcharán a realizar su trabajo ordinario, en muchos casos el estudio, a diversos países sin más equipaje ni alforja que el Crucifijo y el Evangelio, sin otra seguridad que la de contar con el trabajo, la contradicción y el seguro apoyo del Cielo, que es quien está empeñado en que la Obra se realice. Sus hijas e hijos aportarán a esta enorme misión el contrapeso de su fidelidad. Ni un solo día Dios dejará de protegerles con grandes y menudos detalles de su providencia ordinaria. Su Presencia, y el aliento del Padre, respaldarán la alegría con que emprendieron el viaje del mundo.

Les dice lo que habrán de llevar: «El espíritu del Opus Dei, que es universal, que ama a todas las almas sin excepción, que no es nacionalista, que es alegre, que es de entrega, que es de servicio y no de triunfo; espíritu de amor... »(8).

En la entrevista concedida a Peter Forbath, del «Time», en el año 1967, y recogida en «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Fundador recordaba los hitos de la expansión del Opus Dei:

«Para mí, es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei, algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres.

Quizá quería que le hablara de los puntos cruciales cronológicos. Aunque no son los más importantes, le daré de memoria unas fechas, más o menos aproximadas. Ya en los primeros meses de 1935 estaba todo preparado para trabajar en Francia, concretamente en París. Pero vinieron primero la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que aplazar la expansión de la Obra. Como ese desarrollo era necesario, el aplazamiento fue mínimo. Ya en 1940 se inicia la labor en Portugal. Casi coincidiendo con el fin de las hostilidades, aunque habiendo precedido algunos viajes en los años anteriores, se comienza en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México»(9).

En 1976, don Alvaro del Portillo, nombrado ya sucesor del Padre, recordaba:

«El Opus Dei tuvo desde el comienzo entraña universal, católica: debía extenderse a lo largo y a lo ancho de la tierra y llegar a hombres de toda clase y condición, porque Dios lo quería para vivificar con espíritu cristiano todas las tareas y realidades humanas. Si con el trabajo apostólico, con la oración y con la mortificación de Monseñor Escrivá de Balaguer el Opus Dei creció para adentro en esos años inmediatos a la fundación, igualmente se puede afirmar que el Padre ha preparado toda su expansión apostólica.

Muchas veces le he oído hablar de la prehistoria de la labor en un determinado país. La prehistoria consistía en que, mucho antes de que se estableciera el primer Centro de la Obra en las distintas naciones, nuestro Padre, con muchísima anticipación -yo he sido testigo-, había fertilizado aquel terreno con rezos y mortificaciones; había cruzado ciudades, rogado en iglesias, tratado a la Jerarquía, visitado tantos sagrarios y santuarios marianos, para que, al cabo del tiempo, sus hijas e hijos encontraran roturado el terreno en aquel nuevo país. Roturado y sembrado, porque, como solía decir, había lanzado a manos llenas por tantas y tantas carreteras y caminos de esa nación la semilla de sus avemarías, de sus cantos de amor humano que convertía en oración, de sus jaculatorias, de su penitencia alegre y confiada»(10).

Este rastro de amor, rezando y cantando bajo las más variadas latitudes, es el que han seguido sus hijos.

La universalidad del Fundador se vio refrendada por una gran facilidad de comunicación y un don de lenguas con el que se hacía entender cualquiera que fuese la mentalidad e idiosincrasia del auditorio.

Pero ésta y otras cualidades naturales no han mitigado la dureza de su entrega a la vocación universal para la que fue llamado. El Padre ha dibujado la imagen del Opus Dei bajo la inspiración de Dios, a costa de su vida; al precio de contradicciones y fatigas. Por ello, sin duda, Dios quiso regalarle, antes de morir, la caricia de una realidad espléndida.

«¿Sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto? Porque han hecho con ella como con un saco de trigo: le han dado golpes, le han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones hambrientos de Verdad, bien dispuestos, y ahora tenemos tantas vocaciones, y somos una familia numerosísima, y hay millones de almas que admiran y aman a la Obra, porque ven en ella una señal de la presencia de Dios entre los hombres, porque advierten esa misericordia divina que no se agota»11

En verdad, sus hijas e hijos, de toda raza y condición, pueden decir que Dios puso en las manos de su Fundador la llave para abrir, de un modo nuevo, los caminos divinos de la tierra .