"¿Cómo puedo cambiar el mundo?"

Ashley Stratford, consultor urbanista en Manchester (Inglaterra). Tiene 39 años, está casado, es padre de cinco niños y pertenece al Opus Dei. De joven se preguntó: “¿cómo puedo cambiar el mundo?” Hoy, conoce la respuesta.

Tengo 39 años. Estoy casado, tengo 5 niños y vivo en Altrincham, cerca de Manchester. Soy consultor en la planificación de ciudades, y me gusta el cine, los deportes (¡especialmente la Fórmula 1 y el fútbol!), estar con los amigos, y los coches italianos (pertenezco al club de propietarios de un Alfa Romeo).

ASÍ CONOCÍ EL OPUS DEI

Nací en una familia católica. En la adolescencia, comence a hacerme las típicas preguntas: ¿quién soy? ¿a dónde voy? ¿cómo puedo cambiar el mundo?

Fue a los 20 años cuando oí hablar del Opus Dei (la Obra). Un gran amigo mío –fraile del Oratorian Church de Birmingham- me ayudaba mucho en aquellos años, era como mi hermano mayor, y poco a poco me enseñaba a tratar a Dios.

Un día me dio un ejemplar de ‘Camino’, libro de san Josemaría Escrivá, y me recomendó que leyese algunas frases de meditación cada día y pensara sobre ellas. Fueron –y siguen siendo- una gran ayuda para mi vida interior. 

Una tarde, algunas personas del Opus Dei, entre ellas el actual vicario regional Father Nick Morrish, vinieron a Birmingham para dar una conferencia sobre la vocación a la santidad de los laicos (las personas que no son frailes ni sacerdotes). Aquello era nuevo para mí.

Entendí que no sólo los consagrados o los sacerdotes sirven a Dios con su vida. Alguna vez, se me había pasado por la cabeza lo de ser sacerdote, pero sabía que lo mío era casarme y formar una familia. El espíritu del Opus Dei me pareció que encajaba con mi vida, ya que quería servir a Dios en la vida ordinaria.

MIS PRIMERAS IMPRESIONES

Quedé gratamente impresionado por las personas que acudían a las charlas de formación cristiana que se daban en el centro del Opus Dei. Entre ellos pronto hice amistad con un chico de Paraguay que estudiaba en Birmingham.

Vivía la fe con naturalidad y transmitía mucha serenidad. Era supernumerario, es decir, pertenecía al Opus Dei y estaba casado.

También era una gran persona el primer numerario que conocí. Los numerarios son las personas del Opus Dei que no se casan para poder dedicar todo su tiempo a Dios y a la Obra. No era alguien alejado del mundo, sino que sabía perfectamente a qué problemas se enfrenta una persona que todos los días pisa la calle para acudir a su oficina. Cuando me explicaron cómo podía servir a Dios desde mi mesa de trabajo, descubrí un mundo.

Enconces comencé a acudir a los encuentros de retiro espiritual que se organizan en los centros del Opus Dei, primero en Oxford y luego en Manchester. Allí me decidí a seguir un ‘plan de vida’, es decir, a ‘sembrar’ el día de pequeños encuentros con Dios: ofrecerle el día al despertarme, hacer unos minutos de oración antes de trabajar, leer el evangelio tras la comida, rezar el rosario de camino a casa...

Cuando terminé mis estudios me trasladé a trabajar en Stoke-on-Trent. Allí pude acudir a la Misa a diario, pues la Iglesia estaba muy cerca. También conversaba periódicamente con un sacerdote del Opus Dei y acudía a los medios de formación en los centros de la Obra. Fui a un campo de trabajo con chicos de mi edad a Polonia, donde pusimos los cimientos de un nuevo colegio. Fue el mejor verano de mi vida.

MI VOCACIÓN

En 1990 llevaba ya 4 años en contacto con el Opus Dei. Aquel año, fui a la Jornada Mundial de la Juventud que se celebró en Polonia, con Juan Pablo II. Por aquellos años, el comunismo se estaba ya derrumbando.

Aún recuerdo aquel viaje... el Papa pedía al Espíritu Santo que descendiera sobre los jóvenes allí reunidos, y nos dijo: “Vosotros, jóvenes, hacéis mucho ruido. ¡Seguid así!”. Aquel día, en el santuario de la Virgen de Jasna Gora, cambió mi vida: tenía que comprometerme con Dios.

Seis meses más tarde, el 1 de enero de 1991 solicité la admisión en el Opus Dei.

MI FAMILIA

Llevo 11 años casado. Mi mujer y yo hemos sido bendecidos con 5 niños (¿¿¡¡tantos!!??). Mi familia y mi relación con Dios son mis dos prioridades absolutas.

Como todo profesional joven, a veces el trabajo me exige mucho tiempo, pero procuro que ni Dios ni mi familia sufran las consecuencias. Al fin y al cabo ¿quién en su lecho de muerte desea haber dedicado más tiempo a su trabajo?

No descubro ningún secreto si digo que educar a los niños no es nada sencillo actualmente (bueno, supongo que nunca lo ha sido). Pero, con la ayuda de Dios, es un gozo formar una familia. Junto con mi mujer, educo a los niños en la fe católica, enseñándoles a respetar a las personas de otras creencias. Me gustaría que también ellos respondieran a la vocación a la que Dios les llame, pero eso es algo que dejo ente Dios y ellos.

MI TRABAJO

Como todo el mundo, tengo mis momentos buenos y malos, desilusiones y triunfos... y creo que todos tienen un sentido, un porqué, por eso todos se los puedo ofrecer a Dios, los triunfos y los fracasos.

Pienso que Dios no quiere perfeccionistas, sino que desea que le amemos. ¿Y cómo le demostramos ese cariño? Haciendo las cosas lo mejor que sepamos. Esto no quiere decir que a veces no me salga una queja o una protesta. Pero luego, cuando recupero la calma, le digo: “Señor, contigo, nada tengo que perder. ¡Cuida de nosotros!”.

Esta dimensión ‘sobrenatural’ del trabajo me ayuda a ver las cosas con otros ojos, incluso en las épocas en las que nada parece salir bien (todos las tenemos, ¿no es así?). Confío en que todo acaba saliendo bien cuando se procura hacer el trabajo bien, con esfuerzo y sirviendo a los demás (si lo logro o no... habrá que preguntárselo a ellos).

EL OPUS DEI EN EL MUNDO

El mundo necesita a Dios, la gente necesita a Dios. La fe cristiana nos enseña que podemos tener un trato muy íntimo con las tres personas que hay en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Saber que soy hijo de Dios es una liberación para mí. Él siempre está ahí, al lado, y siempre podemos acudir a Él, pedirle consejo e inspiración.

El Opus Dei, que me ha enseñado todo esto, está aún poco extendido en Inglaterra. Pero este país necesita de hombres y mujeres dispuestos a mejorar la sociedad. En la Obra pensamos que eso puede lograrse a través de pequeñas acciones, hechas con amor y ofrecidas a Dios. Aunque sean acciones insignificantes, Dios les da 100 veces más valor.

Entregarse a Dios no es nada insignificante, porque Él es capaz de hacer maravillas. A diario recuerdo que el Opus Dei es “obra de Dios”, es algo que Él ha querido. Nosotros le hemos dado nuestras vidas, y Él hace lo demás.

Tenemos que preguntarnos: ¿Cómo puedo cambiar el mundo desde el lugar donde vivo? San Josemaría nos aconsejaba abandonarnos en las manos de Dios, para recibir paz y poder darla a los demás. Y enconces “soñad, y os quedaréis cortos” (San Josemaría).