Hace tres años, cuatro amigos —Juanjo, Eduardo, Boro y otro Juanjo— decidieron poner en marcha en Sevilla una iniciativa para quienes, ya jubilados, disponen de más tiempo: el Club Maior.
La idea era sencilla: seguir «dando guerra», hacer de la amistad un punto de encuentro semanal y aprovechar esos años para seguir ayudando a los demás. Y detrás de ella hay algo que no se ve a primera vista: para ellos, que llevan gran parte de su vida formando parte del Opus Dei, la fe no es una etapa que se cierra con la jubilación, sino algo que se sigue viviendo y compartiendo cada.
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Eduardo lleva cuarenta y siete años formando parte del Opus Dei. Médico de familia, padre de once hijos junto a su mujer Pilar, mira el Centenario con ilusión: «serán tiempos de emprender nuevos proyectos o de renovar y dar nuevo brío a los que acabamos de empezar, como este del Club Maior».
Juanjo suma cincuenta y un años en el Opus Dei. Padre de seis hijos y antiguo director general de una empresa de enseñanza, sigue asesorando a otras instituciones educativas y resume así lo que le mueve: «hoy mucha gente necesita que la escuchen, y eso es lo que voy a seguir procurando hacer en estos años de camino al Centenario y en los que me queden».
El club se reúne una mañana a la semana en un local situado junto al Guadalquivir. La sesión empieza con la Misa, sigue con un café «para calentar motores» y continúa con una tertulia sobre los temas más variados: actualidad, historia, arte, tecnología, deporte.
Con frecuencia invitan a algún especialista: un marino que trató de cerca al escritor José María Pemán, un profesor de arquitectura que explicó cómo se trazaron los barrios de Sevilla, un psicólogo dedicado a la atención de mayores, un médico especialista en medicina tropical recién llegado de sus proyectos en África, un profesor y pintor que les anima a coger los pinceles. Otras veces hacen manualidades, o simplemente charlan entre ellos.
Cada mes y medio o dos meses organizan además una salida cultural: una visita a un museo, un viaje a algún pueblo con interés histórico, una romería. La más reciente les llevó, en mayo, hasta el Rocío, sin que faltara el almuerzo compartido al final del día —en otra ocasión, entre bromas, pidieron para todos huevos fritos con chorizo y pimientos... «Nos sentaron de maravilla» aseguran.
Detrás de toda esta agenda hay algo más simple: no dejar que la edad encierre a nadie en casa. Algunos, como Josemaría, llegan en silla de ruedas; otros vienen acompañados por su familia, que valora mucho que sus mayores tengan un sitio así al que acudir.
Y los que llevan décadas viviendo su fe en el día a día siguen, semana tras semana, poniendo su granito de arena, camino del Centenario.
