Campanas de fiesta

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando se camina por la gran explanada de Torreciudad para llegar a los escalones que suben hasta el atrio del Santuario, se ve, a la izquierda, una reproducción de la imagen de Nuestra Señora de los Angeles, en gesto de bienvenida. Tiene delante un altar al aire libre y, a la derecha, en una espadaña, la campana de bronce. Sobre la pared de ladrillo, una cartela perpetúa el siguiente texto en latín:

«Durante la mañana del día 2 de octubre de 1928, mientras volteaban ésta y las demás campanas del templo madrileño de Nuestra Señora de los Angeles y subían al Cielo sus tañidos de alabanza, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer recibió en su corazón y en su mente la semilla divina del Opus Dei. En el mes de octubre de 1972 esta campana fue ofrecida a nuestro Padre, y dispuso que se colocara en este lugar para que su repique de júbilo acompañe al Señor siempre que en este lugar se celebre el Santo Sacrificio de la Misa. Gloria a Dios y a su Madre la Virgen»(1).

En las primeras fechas del mes de octubre de 1928, don Josemaría está haciendo unos días de retiro espiritual. Es la pausa necesaria en el ritmo de su vida, el mismo trato íntimo con Dios, pero al margen de la actividad incesante que lleva a cabo en su oficio diario de sacerdote. La ciudad conoce sus pasos en cualquier mañana, al filo del alba o en caminatas nocturnas, en busca de un ser humano que solicita apoyo material y moral. Mucho tiempo después, sus hijos del mundo entero sabrán que la primera raíz del Opus Dei creció sobre la humildad, la oración, la expiación y el sacrificio constante del Fundador. Todos los interrogantes han vuelto a planteársele aquí, en el convento de los PP. Paúles, donde tiene lugar este retiro. Su respuesta es de entrega incondicional, pero sigue pidiendo luz, claridad para esa llamada a un quehacer cuyas líneas maestras desconoce todavía. El ruego de tantos años: “ Domine, ut videam !”, y la pasión de llevar por todos los caminos el fuego de Jesucristo, han acompañado sus jornadas andariegas.

El día 2 de octubre celebra la Santa Misa. Se acerca al altar de Dios y recita las oraciones del introito; eleva la ofrenda del pan y del vino; extiende sus manos sobre las especies y pronuncia las palabras de la Consagración que harán presentes, una vez más, el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Después, se retira a su habitación para continuar rezando y trabajando. Desde muy joven, está acostumbrado a concentrar las potencias del alma y escuchar todo aquello que Dios le insinúa, sin palabras, de modo candente e indeleble. Esta comunicación interior, que es el aguijón de su fortaleza, se le graba a fuego en la memoria. Pero, no obstante, acostumbra a escribir estas inspiraciones en fichas que conserva y rememora cuidadosamente.

En esta tranquila mañana del otoño madrileño, don Josemaría está leyendo, despacio, estas pinceladas que el Espíritu Santo ha ido marcando en las horas de su vida. Continúa su oración hasta que, de pronto, en la soledad de su retiro, se le inundan las puertas del corazón y del entendimiento por la visión clara, inconfundible, de lo que Dios quiere realizar con el concurso de su existencia. Don Josemaría Escrivá de Balaguer ve abiertos a la santidad, en medio del mundo, todos los caminos de la tierra. Acaba de llegar para los hombres el espíritu -«viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo»- del Opus Dei.

Siempre que hable de este momento de gracia, el Fundador dirá que vio la Obra tal y como había de ser a través de los siglos. Le estremeció el horizonte sin límites de este panorama, en el que se dieron cita todos los interrogantes, la oración y el sufrimiento de los años anteriores. La luz indecible vino a iluminar la razón última de su misión en la tierra.

Casi a un kilómetro de distancia, la iglesia de Nuestra Señora de los Angeles, junto a la Glorieta de Cuatro Caminos, celebra su día patronal. Don Josemaría oye, con la misma nitidez que si repicaran dentro de su alma, las voces limpias, alegres y multiformes de las campanas. Nunca olvidará este momento sublime, en medio de una emoción indescriptible, al conocer por fin lo que Dios quiere. En los últimos meses de su vida escribirá a sus hijos recordando la alegría y vigilia de espíritu «que dejaron en mi alma -ha transcurrido ya casi medio siglo- aquellas campanas de Nuestra Señora de los Angeles»(2).

Sólo un bronce de la iglesia de Cuatro Caminos sobrevivirá a la destrucción de la guerra civil. Es el que campea sobre la explanada de “Torreciudad”. Cada vez que su sonido redobla, parece recordar que el Opus Dei vino a la tierra acompañado de un toque festivo en honor de estos amables compañeros de los hombres: los Angeles Custodios.