Bautizo en la Catedral

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El nuevo día se ha echado frío y despejado sobre Barbastro. Los árboles del Coso apuntan sus guías desnudas hacia lo alto. A don José Escrivá no le arredran la estación ni la temperatura, porque el recién nacido es sano y fuerte. Abriga a este niño con el calor de su protección, y quiere, además, que Dios tome posesión del pequeño que ha confiado a su tutela. Por eso acuerda, con doña Dolores, que el bautizo se celebre cuanto antes.

La noticia ha cundido entre las numerosas amistades de la familia y los clientes que frecuentan habitualmente la tienda de Juncosa y Escrivá, situada allí donde se dan la mano las calles de Río Ancho y del Romero. Don José es hombre muy conocido en la ciudad. Es oriundo de Fonz, como sus hermanos, Mosén Teodoro, Constancia, Josefa, Silverio y el menor, Jorge. Algunos ya han fallecido. Pero, desde el abuelo José María hasta lejanos antepasados que se remontan al siglo XVI, han vivido en Balaguer, a orillas del Segre.

Doña Dolores Albás posee, como su marido, una noble ascendencia. Es de Barbastro, aunque su segundo apellido, Blanc, se sabe originario de franceses. Forman una gran familia: catorce hermanos ha tenido doña Dolores; los que viven, con seguridad van a prestarse para servir de comitiva en el bautizo.

Como sucede en estas ocasiones, no falta la numerosa chiquillería que corretea por la fiesta. El matrimonio Escrivá tiene ya una hija, Carmen, que cuenta dos años de edad. Se trata de una niña extrovertida y simpática que empieza a compartir sus juegos con los Corrales, los Martí, los Esteban... Con los hijos de un vecindario industrioso y hogareño, que constituye la población afincada en este duro y bello Somontano. Los pequeños saben que este día irán a la iglesia con sus mejores galas, y que el afecto de los Escrivá se traducirá, para ellos, en una espléndida merienda.

Doña Dolores, desde la cama, se informa y dirige los preparativos: ya está, sobre un sofá, el traje de «cristianar», bien planchado. Es un faldón de encaje fino, de «Valencienne», con cintas en el cuello, la cintura y las mangas. Tiene el color del hilo antiguo, de un blanco marfileño. Aparte, una capa para evitar el frío del recién nacido.

Los padrinos están ya apalabrados. Se trata de doña Florencia Albás y Blanc, hermana de doña Dolores, y de don Mariano Albás y Blanc, su primo hermano, viudo, que más tarde será ordenado sacerdote. El bautizo se celebra en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, que tiene su sede en la Catedral.

La aguda pirámide de la torre catedralicia emerge sobre la ciudad de Barbastro. Cada hora, las campanas golpean el tiempo desde el siglo XVI. La mejor puerta se encuentra a sus espaldas, con un plateresco delicado y de buen mérito. Sin embargo, la sobriedad externa de sus muros no presupone la sorpresa luminosa de las naves. Seis columnas blancas hacen su esbeltísima escalada, de quince metros de altura, y se expanden en la cúpula en una mística y aérea fusión de nervaduras. Todas han sido cinceladas, aligeradas de volumen, dejando un apoyo elemental sobre las losas, un mínimo de gravedad para la bellísima unión de luz y piedras.

Soporta el retablo un basamento que es obra del más grande escultor del Renacimiento español: Damián Forment. Una agrupación grácil y solemne en columnas de alabastro, escolta el altorrelieve de la Virgen de la Asunción, bajo cuya advocación se nombra la Catedral.

A la entrada, en una capilla, se encuentra la pila bautismal. De tamaño grande y de piedra, tiene una gran copa decorada con estrías matadas en todo su contorno.

Es el 13 de enero. Un monaguillo ha encendido las recias lámparas de hierro. La luz penetra por las ventanas de la ojiva. Y en medio del cariño expectante de esta gran familia, don Angel Malo, Regente de la Vicaría Catedralicia de Barbastro, impone los nombres de José, María, Julián, Mariano, a un niño nacido a las veintidós horas del día 9 de enero de 1902, hijo legítimo de don José Escrivá y de doña Dolores Albás(2). Años más tarde -hacia 1935- unirá sus dos primeros nombres -Josemaría-, porque será igualmente inseparable su único amor a la Virgen María y a San José.

En la casa de los Escrivá, doña Dolores imagina el desarrollo de la ceremonia. Sobre la cabecera de su cama hay colgado un cuadro que ha de acompañar grandes acontecimientos de su vida: la Virgen, con manto azul plegado hacia los hombros, cierra los ojos en un éxtasis de afecto. El Niño, que la abraza, va a coger una rosa que la Señora le tiende con la mano. Pero, antes, lanza en derredor una mirada de orgulloso y seguro bienestar, desde la acogida de su Madre.

Mientras tanto, bajo el cielo pétreo de la Catedral, José-María Escrivá y Albás entra en la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Hasta el fin de sus días su vida será una búsqueda incesante, una penetración de amor, hacia el encuentro con las Tres Divinas Personas.

Sólo unos meses más tarde, el 23 de abril de 1902, recibirá también en la Catedral y del Ilustrísimo Administrador Apostólico de Barbastro, el Obispo don Juan Antonio Ruano y Martín, la fortaleza del Espíritu Santo a través de la Confirmación(3). Es costumbre piadosa de la época en España, administrar los dos Sacramentos en muy breve intervalo de tiempo.

Algunos objetos entrañables que han rodeado el nacimiento y bautizo de Josemaría Escrivá, especialmente la pila bautismal, serán rescatados al tiempo y las vicisitudes. Y un día, que hoy parece muy lejano, serán guardados con la veneración de una reliquia.