Algunas cartas al Director, con motivo del fallecimiento de Javier Echevarría

En los días posteriores al fallecimiento del prelado del Opus Dei muchos periódicos españoles publicaron cartas de lectores que escribieron sus recuerdos. Seleccionamos una pequeña parte de ellas.

Opus Dei - Algunas cartas al Director, con motivo del fallecimiento de Javier Echevarría

En la muerte de un hombre de Dios (Álvaro Domingo Arrieta)

Ha muerto un hombre de Dios y de mundo. No estamos ante un personaje de las dimensiones históricas de Juan Pablo II o Teresa de Calcuta. Quizá por eso el ejemplo de Javier Echevarría (prelado del Opus Dei), parece más alcanzable para el común de los mortales. Un hombre de carisma.

Con una fuerza evangelizadora sostenida por la coherencia de vida y y un sólido carácter que contagiaba su ilusión de vida a los demás.

A mí me visitó cuando estaba en el hospital con una dolencia grave. Le dije: Si Dios quiere que me quede con esta enfermedad, lo acepto». Javier Echevarría me dio un abrazo de ésos que son de verdad y luego me contestó: «Reza por tu curación».

No fue tanto lo que me dijo, sino cómo me lo dijo. Comunicaba una paz serena con una sólida determinación. Y la certeza de que como cristiano Dios me necesitaba aquí, en la tierra, donde desea la respuesta libre y de amor de aquellos a quienes tanto ama y que se alejan de Él.

El tono en que me habló me hizo sentir importante. Esto es algo que he visto ratificado por todos los que hablaban con él. Era una intimidad con Cristo y a la vez arraigada en lo cotidiano, a lo que llenaba de un valor único y trascendente. Eso es lo que daba una fuerza arrolladora a sus palabras más sencillas.

Ahora escribirán biografías sobre él. Pero tan sólo recomiendo ver unos cuantos vídeos que seguro que habrá por Internet. Tan sólo para ver un ejemplo de cómo ser feliz en la tierra con la fuerza del cielo. Lo que él enseñó es que todos podemos alcanzarlo.


En memoria de Javier Echevarría (Conchita Guijarro)

Dejándose llevar por el Espíritu Santo, Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, fue fiel en todo momento y por eso Dios ha hecho obras grandes en él. Sólo citaré una: durante estos 22 años ha comenzado la labor el Opus Dei en 12 países nuevos. Y siempre se mantuvo al servicio de la Iglesia y del Papa, sea el que sea, dijo San Josemaría. Toda su vida ha estado impregnada de generosidad, cercanía y de amor paternal hacia todos

los miembros del Opus Dei y de toda persona de buena voluntad que se acercaba a verlo.


Javier Echevarría (Milú Magdalena Rodríguez)

El lunes 12 de diciembre falleció en Roma el obispo y prelado del Opus Dei, don Javier Echevarría. Un padre para los miembros de la Obra, que trabajaba duramente y se esforzaba día a día por cada uno de nosotros, para ser guía y faro en las enseñanzas de la doctrina de la Iglesia católica. De este modo nos ayudaba a encontrar respuestas ante las incógnitas de la vida, impulsándonos a responder con la gracia de Dios a los requerimientos y alegrías de cada día.

Don Javier también nos enseñó, al igual que sus predecesores –San Josemaría Escrivá y el beato Álvaro del Portillo–, a construir cotidianamente y a reparar con nuestra entrega el edificio espiritual de la Iglesia; estando muy unidos siempre al papa y a los obispos del mundo entero contribuyendo entre todos al bien de la humanidad a través de la comunión de los santos.

El Opus Dei está para servir a la Iglesia, ya que ella nos proporciona “el camino, la verdad y la vida”. Estos días todos damos gracias por haber tenido un “siervo bueno y fiel” que con su vida ha dado testimonio de la de Jesucristo. Ha sido también un ejemplo para todos por su contribución a la santidad de la Iglesia, siendo para ella un hijo sabio, activo y humilde.


Vivir para los demás (Santiago Domínguez)

Hoy martes, Julián López, obispo de León, oficia una misa de funeral por el alma de monseñor Javier Echevarría, obispo y prelado del Opus Dei, fallecido el día 12 en Roma. Entre ambos obispos, como ha dicho en alguna ocasión don Julián, había una especial amistad.

Lo mismo podemos decir miles de personas, que, sin embargo, sólo ocasionalmente tuvimos trato directo con él. Pero es que para que la amistad entre dos personas triunfe no es preciso siempre mucho tiempo de convivencia, sino mucho cariño, al menos por una de las partes. Decía Aristóteles que «el hombre bueno obra no por su interés, sino pensando en el honor y en los proyectos de sus amigos ». Y don Javier pensó desde muy joven únicamente en los demás.

Seguramente la mayoría de los lectores no conocen muchos datos de este prelado, quizá ni siquiera su nombre. Y es que una de las virtudes de don Javier, a mi entender, era saber pasar por la vida haciendo el bien, pero a la vez haciendo el menor ruido posible. Creo que a él se le puede aplicar con toda precisión una célebre sentencia de Séneca, quien afirmaba que «de un gran hombre hay siempre algo que aprender, aunque esté callado».

Desde Roma, donde vivió casi toda su vida, impulsó en todo lo que pudo la recristianización del mundo occidental, siguiendo las indicaciones de Juan Pablo II, Benedicto XVI o Francisco, pero también, con todas sus fuerzas, trató de elevar la dignidad de cientos de miles de personas olvidadas por muchos: así, fomentó la creación o ampliación de hospitales en Kenia, Nigeria o en la República Democrática del Congo, luchó para que se establecieran escuelas para gentes sin recursos en Guatemala, Perú, Brasil, Ecuador o Filipinas, o removió las conciencias para que en Europa Occidental se repartiera cariño, vestido y alimentos a inmigrantes, pobres y desamparados.

Efectivamente, pasó la vida haciendo mucho bien, a todos los niveles, pero siempre con la máxima discreción. Fue sucesor de dos santos, san Josemaría y el beato Álvaro del Portillo, conoció y trató a varios papas, tuvo familiaridad con centenares de personalidades eclesiásticas y también civiles, pero nunca presumió de ello. Sí lo hizo, en cambio, de su amistad con su peluquero, con los albañiles que trabajaban donde vivía, con los jardineros de su barrio o con cualquier persona que le prestaba el más mínimo servicio.

La vida de don Javier parece responder a otra cita clásica, en este caso de Cicerón, «No nacemos para nosotros mismos». Fue feliz precisamente porque se olvidó de sí mismo para servir a los demás. Descanse en paz.


Tarde de chocolate y pasteles (Isabel Pérez Hernández)

En el pueblo de mi padre hay una costumbre que a quien llegue de fuera puede resultar extraña: tras el entierro de un ser querido la familia se reúne para tomar chocolate con pasteles y contar todo tipo de recuerdos entrañables. El pasado lunes nos enteramos del fallecimiento de Monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, o como tantas personas le llamábamos, simplemente, el Padre. Tras la pena inicial poco a poco me han ido viniendo a la cabeza miles de muestras de cariño que tuvo con nosotros en los últimos años, muchos recuerdos que podría contar junto a una taza de chocolate caliente y pasteles.

Ahora me quedo con tres de estos momentos: el primero de ellos hace unos meses, en el Congreso Univ en Roma. Era la primera vez que no le veíamos en una tertulia paseando por el estrado sino sentado por una reciente operación de espalda ¡y supo hacernos reír a propósito de la silla con ruedas que se le había puesto! El segundo de los recuerdos, en agosto, donde volvimos a reunirnos con él conmotivo de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia. Los peregrinos dormíamos en tiendas de campaña y debido a las lluvias estaba todo lleno de barro. Tras la preocupación inicial por que pudiéramos estar pasándolo mal, pasó a hacer alguna broma y a decirnos que pensáramos en cómo hacer que los demás estuvieran bien a pesar de las incomodidades.

El último de los recuerdos hace apenas dos semanas. Tuve la suerte de poder estar de nuevo en Roma con él y en el breve encuentro tampoco dudó en hacernos reír sacando punta de lo que le contábamos. Y así me lo imagino hoy en el Cielo, con San Josemaría Escrivá y el Beato Álvaro del Portillo disfrutando los tres con mucho humor de un buen chocolate con pasteles.


Una vida para Dios (Plácido Cabrera)

Dedicar toda una vida a Dios es admirable. Con 16 años solicitó la admisión en el Opus Dei y ha permanecido fiel hasta la muerte a los 84 años. El pasado 12 de diciembre, festividad de la Virgen de Guadalupe, falleció en Roma el obispo prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, a los 84 años de edad.

Desde hacía unos días se encontraba hospitalizado a causa de una infección pulmonar.

Los doctorados en Derecho Canónico y Derecho Civil los consiguió con 21 y 23 años, respectivamente. A los 23 años recibió la ordenación sacerdotal. Colaboró estrechamente con San Josemaría Escrivá y con el Beato Álvaro del Portillo, al que sucedió al frente del Opus Dei en el año 1994.

En 1995 recibió de manos de San Juan Pablo II la ordenación episcopal. Fue miembro de la Congregación para las Causas de los Santos y de la Signatura Apostólica y participó en cinco sínodos de obispos. Durante su vida tuvo como prioridades la evangelización en los campos de la familia, la juventud y la cultura. En sus 22 años al frente del Opus Dei promovió el inicio de sus actividades formativas en 16 países y alentó la puesta en marcha de numerosas iniciativas a favor de inmigrantes, enfermos y marginados.

Autor de numerosas cartas pastorales y varios libros de espiritualidad, en su ministerio pastoral, fueron temas frecuentes el amor a Jesucristo en la cruz, el amor fraterno, el servicio a los demás, la importancia de la gracia y de la palabra de Dios, la vida familiar y la unión con el Papa. En su última carta pastoral, pedía, como siempre, acompañar al Papa con oraciones por su persona e intenciones.

Como ha expresado Monseñor Ocáriz «se nos ha ido al Cielo una persona buena que sabemos que desde allí nos va a ayudar. Había en él un gran afecto por el Papa -¡por todos!- y un gran sentido de fidelidad. Cuando era recibido por el Papa, siempre sentía una alegría y una emoción muy profundas».

El Papa Francisco al conocer la noticia del fallecimiento de Monseñor Echevarría, ha enviado un telegrama a Mons. Ocáriz, vicario auxiliar del Opus Dei en el que expresa su «más sentido pésame, al mismo tiempo que me uno a vuestra acción de gracias a Dios por su paternal y generoso testimonio de vida sacerdotal y episcopal, a ejemplo de San Josemaría Escrivá y del Beato Álvaro del Portillo, a quienes sucedió al frente de toda esa familia, entregó su vida en un constante servicio de amor a la Iglesia y a las almas».

«Elevo al Señor un ferviente sufragio por este fiel servidor suyo para que lo acoja en su gozo eterno y lo encomiendo con afecto a la protección de nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe, en cuya fiesta entregó su alma a Dios».


En recuerdo y agradecimiento a D. Javier Echevarría, el Padre (Cristina Cercas Rueda)

El otro día, al llegar a casa a las diez, me llega el mensaje de que el Padre ha fallecido. Para las personas del OpusDei, al Prelado lo llamamos Padre y ese aspecto de paternidad es lo que resaltaría de D. Javier Echevarría.

Muchos momentos me vinieron a la cabeza desde que recibí esa noticia. Pedí la admisión al Opus Dei, siendo él el Padre y en 2001 me fui a Roma. Fue en esos años cuando pude comprobar más de cerca su cariño a todas las personas. Me llamaba la atención su preocupación diaria por los enfermos y cómo preguntaba constantemente por su evolución, ya estuvieran viviendo en Roma o en otro país del mundo. También tuve oportunidad de contarle algunas cosas de mi ciudad o de mi familia y siempreme acogía con mucho cariño y atención, como si no tuviera otra cosa que hacer. Gran parte de su horario lo empleaba en leer cartas de sus hijos, atender visitas, dar formación a personas de la Obra o realizar viajes apostólicos… Toda una vida orientada a los demás.

Lo he visto emocionarse muchas veces; resaltaría tres momentos: viví de cerca la enfermedad y el fallecimiento de Dora del Hoyo, la primera numeraria auxiliar, y se preocupó hasta de los más mínimos detalles, lo vi muy conmovido durante el velatorio.

Enlas ordenaciones sacerdotales –con especial cariño recuerdo la de mi hermano José Luis– y, en tercer lugar, cuando hablaba de San Josemaría, fundador del Opus Dei. Especialmente le alegró la noticia de su canonización y continuamente en meditaciones,

homilías o tertulias, nos animaba a imitar la vida del fundador. El Padre, como buen padre, ¿qué es lo que más nos repetía?: “Que os queráis”. Su legado ha sido que cuidemos de esta parte de la Iglesia que es la Obra, rezando los unos por los otros y estando pendientes también de los aspectos más materiales.

Me despido, con mucha pena, del Padre en esta tierra. Muchas gracias por haber sido tan buen Padre.


Gracias, don Javier (Carolina Crespo)

El pasado 12 de diciembre, festividad de la Virgen de Guadalupe, fallecía en Roma monseñor Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, después de una vida gastada en el servicio a las almas.

En su última carta del mes de diciembre, nos invitaba a vivir cristianamente la Navidad y afirmaba que -la iglesia nos anima a acelerar nuestra marcha hacia el Señor-. Pues bien, ese mismo día en que celebramos este acontecimiento celestial, la Morenita lo acogió bajo su manto y lo presentó ante el Padre. A don Javier le ofrecieron acercarle una imagen de la Virgen Morena que estaba cerca, a lo que él, que apenas ya veía, respondió: -No hace falta, ya la veo en el interior siempre~. Gracias por ser un hombre de corazón grande y por su celo sacerdotal.


Tres mosqueteros en el Cielo (Rosa Ciriquián)

Cuenta Alejandro Dumas en su historia la vida y hazañas de tres valientes y un gran amigo llamado D’Artagnan; que luchando a capa y espada, protegían a damiselas, reinas e incluso tronos de las insidias malvadas y triunfaron de pleno recibiendo el aplauso de los más desfavorecidos y palaciegos.

Volando en la historia, ayer recibió el último mosquetero del siglo XXI su laurel, la Eternidad. Se llamaba Javier Echevarría y era un joven simpático, abogado, que se hizo sacerdote por amor a Dios. Ya de sotana en Madrid, tras muchos afanes en las barriadas de la periferia, trabajó con gente adolescente a la que pulió y enseñó varios oficios.

Viajó a Roma y siguió haciendo lo mismo por y para todos de igual manera, creando escuelas de capacitación en los barrios más pobres; luego fue ampliando sus miras en otros países y continentes: Perú, Guatemala, África, China y Japón. Nada frenó su ímpetu tras las huellas de sus predecesores, San Josemaría Escrivá y el Beato Álvaro del Portillo; don Javier con su sempiterna sonrisa y su acento madrileño, atrapó medio mundo en las redes de la bondad, haciendo suyas las palabras de «ahogar el mal en abundancia del bien»: nada le arredró, ni sus operaciones de corazón, ni las intervenciones de columna, que sufrió sin queja alguna.

Los que tuvimos la suerte de conocerle y tratarle, notamos ese aura de paz y serenidad que transmitían sus palabras y sus gestos, era sencillo en su grandeza, sobrio, equilibrado y cercano. Sabía escuchar y entender, sabía disculpar y amar, en resumen, era un gentleman que supo dar lo mejor de sí mismo a los demás.

Tanto regaló, que ayer tarde, el Creador consideró el momento justo para llamarle y premiarle con una Vida Eterna. Estará en un sitio especial, tras sus dos mentores, San Josemaría y el Beato Álvaro; no le gustaba sobresalir en nada. Eso sí, ha dejado una estela imborrable de eficacia y bondad en este mundo que mejoró con su trabajo diario, visitando hospitales, universidades y barrios extremos, sabiendo aunar como nadie a pobres y ricos, a razas y credos como un mosquetero de Dios sacado de la historia, vestido con una sotana de amor y un corazón que puso a los pies de todos.

Bordó con hilo invisible una red de bondad en el mundo envuelto gracias a él, eterno D’Artagnan, el más joven y justo de los mosqueteros, conquistando sin espada con su palabra y su inefable sonrisa de paz, reflejo interior de su alma y cariño, desde mañana seguirá enviando a manos llenas, ese amor, tras las nubes, en el albero azul del Cielo.

Muchas gracias don Javier.


Homenaje a Javier Echevarría (Ángeles Díaz)

Sr. Director:

Hace ya una semana que falleció el Prelado del Opus Dei, Javier Echevarría. Me quedé un poco pegada al conocer la noticia. Le conocí tanto en distancias cortas como en distancias largas.

Mis impresiones fueron siempre las de estar viendo a una persona muy normal, con carácter, gran deportista y, sobre todo, que se involucraba en lo que se le contaba como si fuera suyo.

Por eso pensé que acertaba en los consejos que daba, como quien lo vive. «Si tú aprovechas cada día cinco minutos para rezarle a Dios por esa familia, ese trabajo, esa amiga, ese proyecto..., tarde o temprano se resuelve», le contestó a una joven en un acto en el que estábamos unos 2.000 universitarios de todo el mundo. Han pasado casi 10 años desde ese día. Puse en práctica el consejo y puedo asegurar la eficacia de sus palabras. Por ello, quiero hoy dar las gracias por haberle conocido y escuchado, por haber podido vivir un poquito de su gancho con la gente.