Agradeciendo, agradeciendo

Francisco Corazón: comienzos del trabajo apostólico en el medio agrario

Córdoba, España, 1916

Nací en Córdoba hace ya algunos años, el 10 de junio de 1916. Estudié en la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Madrid. Durante aquellos años, además de estudiar, conocí la pobreza de las gentes que malvivían en los suburbios de la ciudad. Con frecuencia eran campesinos desarraigados que habían tenido que dejar su trabajo en el campo porque no les daba para vivir. Iba de vez en cuando a atender a aquellas personas necesitadas y me preguntaba qué más podría hacer por ellas, sin encontrar respuesta.

La guerra me sorprendió en la capital, con veinte años recién cumplidos. Pasé numerosas penalidades durante aquel tiempo, como tantos hombres y mujeres de mi generación; pero, por los llamados “azares del destino” -que no son otra cosa que la Providencia de Dios-, logré salvar la vida.

Tras la contienda me casé con Lola, mi mujer, y comencé a trabajar en Jaén como funcionario del Instituto Nacional de Colonización. Allí nacieron nuestros dos primeros hijos. 

Gracias a Dios, como había recibido de mis padres una buena formación cristiana, vivía algunas prácticas de piedad y cada seis meses venía a Córdoba para hablar con un sacerdote amigo mío que me orientaba espiritualmente. Una vez le dije que tenía deseos de entrega a Dios que no sabía como concretar.

-No te preocupes –me tranquilizó-: ya te lo dirá Dios a su debido tiempo.

Poco después me trasladé a Córdoba y estuve trabajando en algunas empresas privadas, hasta que empecé a compatibilizar mi trabajo con la enseñanza; primero como profesor en la Escuela de Peritos Industriales y más tarde, en la cátedra de Fitotecnia de la Escuela de Ingenieros Agrónomos que se creó en Córdoba en 1963 y comenzó a funcionar en 1968.

  Isidoro

A comienzos de los años cincuenta yo conocía muy poco del Opus Dei. Sólo me habían llegado algunas noticias sueltas sobre Isidoro Zorzano, del que sabía tres cosas: que era ingeniero como yo –quizá por eso su figura me llamó la atención-; que había trabajado en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces; y que se había abierto su Proceso de Canonización. 

Durante ese tiempo, a comienzos de 1954, pensé que me vendría muy bien hacer unos Ejercicios Espirituales en la Semana de Pasión, y reservé plaza en San Antonio, una casa de retiros de la Diócesis que está al pie de la sierra cordobesa, en la falda sur. Me dijeron que iba a dirigir los Ejercicios un sacerdote del Opus Dei. “Estupendo –pensé-: ahora voy a saber en qué consiste”.

El Opus Dei

Y para San Antonio me fui. El predicador nos recibió poco antes de cenar y la primera impresión fue… decepcionante. En vez del sacerdote mayor de aspecto venerable que todos esperábamos, nos encontramos con un sacerdote joven, de veinticuatro años, recién ordenado y sonriente. “¿Y éste nos va a predicar? –pensé para mis adentros, lo mismo que los demás, porque luego lo comentamos-. ¡Pues estamos apañados!” Yo me dije: ¡Mañana mismo me vuelvo a Córdoba!”.

Bien. Después de cenar nos fuimos a la capilla y tuvimos la primera meditación. Me quedé asombrado. Estaba ante un espíritu nuevo, que desconocía. Al día siguiente fui a hablar personalmente con aquel sacerdote. Se llamaba Emilio Bonell.

Durante aquellos días de Ejercicios don Emilio no se refirió para nada al Opus Dei; pero yo entendí, gracias a Dios, que tras aquella predicación vibrante latía algo muy especial.

D. Emilio Bonell

Esto que voy contando puede sorprender al que no lo haya experimentado. Así, calladamente, va creciendo el trigo en el seno de la tierra. Son mociones que el Señor va sembrando en lo hondo del alma, poco a poco. En términos técnicos, esto se llama vocación.

Empecé a intuir que aquello iba a ser importante para mí, sin saber, por supuesto, qué era aquello, ya que don Emilio no me habló de la Obra hasta varias semanas después.

-Si quieres –me dijo un día, cuando nos despedíamos-, la próxima vez que vengas te hablo del Opus Dei, y así, cuando te pregunten sobre la Obra, podrás hablar con conocimiento de causa.

La semana siguiente estuvimos charlando, y como no aludía al asunto, le pregunté:

-Pero don Emilio: ¿no me había dicho que me iba a hablar del Opus Dei?

Fue entonces cuando oí hablar por primera vez de la santificación del trabajo y de buscar la santidad en medio del mundo.

Aquello me entusiasmó. Mi vida cristiana y mi trabajo profesional se llenó de nuevas dimensiones. Mi esposa, Lola, se dio cuenta de mi cambio interior, y comenzó a preguntarme sobre la Obra. Yo le iba explicando lo que iba conociendo: la filiación divina, el amor a la libertad, la unidad de vida... Había un rasgo que me inspiraba una profunda confianza: la profunda devoción mariana del fundador.

Le pedí consejo al sacerdote amigo mío, y le dije que aquel espíritu me estaba atrayendo cada vez más.

-¿Qué quieres que te diga? –me comentó-. Yo no te puedo aconsejar, porque no lo conozco. Actúa con libertad.

El paso

Y actué. Lo recuerdo como si fuera ahora. Fue una tarde de junio de 1954. Estábamos en la sierra, en el chalet, y hacía un calor tremendo. Reinaba cierta tranquilidad en casa porque los cinco niños estaban en la cama con sarampión. Después de atenderlos, estuve rezando un rato en mi cuarto de trabajo y decidí pedir la admisión.

Fue muy sencillo. Nadie me propuso ser del Opus Dei. Sabía que la petición de admisión se hacía por escrito. Fui a mi escritorio y le expresé en una carta mi deseo de formar parte de la Obra. Al día siguiente fui al centro, la entregué y… me la aceptaron. Y aquí estoy, más de medio siglo después, dándole gracias al Señor constantemente por la gracia de la vocación, que ha sido la gran alegría de mi vida.

San Josemaría

Tuve la fortuna, además, de conocer a San Josemaría en octubre de 1960, con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Zaragoza. Aquel viaje, por las carreteras de entonces, fue una aventura: llegamos como pudimos en un dos caballos que se nos averiaba cada dos por tres. Aquella noche, después de aquel viaje agotador, soñé que al día siguiente nos recibía personalmente el Padre… y así fue. Era algo que no esperábamos. Nos preguntó a Lola y a mí por nuestros hijos, le enseñamos una fotografía y los fue bendiciendo uno a uno.

Decía San Josemaría que nos pasaríamos los últimos años de nuestra vida agradeciendo, agradeciendo. Yo le doy gracias a Dios por todo: por Lola, una mujer buena y santa, que falleció hace dieciocho años, tras una generosa entrega como supernumeraria en el Opus Dei. Acercó a muchas personas a Dios, y con frecuencia me encuentro a amigas y conocidas suyas en las que dejó una gran huella cristiana.

Le doy gracias también por mis ocho hijos: algunos han recibido la vocación al Opus Dei. Y por mis diez nietos. Y por el crecimiento de la labor apostólica en todo el mundo y en concreto, en mi patria chica, Córdoba.

Todo nace pequeño

Aquel encuentro con San Josemaría me removió profundamente por dentro. Me planteé: ¿qué más puedo hacer yo, con mi profesión, en mi vida corriente, por el Señor? Sabía que desde los comienzos de la Obra San Josemaría soñaba con iniciativas para elevar el nivel de formación de los campesinos en todos los aspectos: humano, profesional, espiritual; y tuve la fortuna –mejor dicho, la gracia de Dios- de dar los primeros pasos para que aquel sueño –humano, profesional y cristiano- se convirtiera en realidad.

Se me ocurrió la idea de poner en marcha una Granja Escuela de Capataces Agrícolas. Deseaba que se convirtiese en el futuro en una labor apostólica del Opus Dei. Pero en aquellos momentos era una simple idea, un proyecto personal profundamente unido con mis aspiraciones humanas y con mi profesión. Y me puse a trabajar para que aquella idea se convirtiese en realidad, sabiendo bien que la responsabilidad de todo aquello caía enteramente sobre mis hombros.

Ningún comienzo resulta fácil y aquel no fue una excepción a la regla. Además, con ocho hijos y muchas horas de trabajo para sacarlos adelante, no es que me sobrara el tiempo precisamente. Pero poco a poco fui dando los primeros pasos, con la ayuda de algunos amigos y conocidos que se fueron sumando a la idea. Hablé con el Gobernador Civil; viajé a Granada para hablar con unos especialistas en el cultivo del olivo; y como deseaba que la Granja Escuela tuviera un oratorio, le pedí permiso al Obispo, que me lo dio encantado. Luego vino la tarea de instalarlo, y tuve que pedirlo todo prestado: el cáliz, la patena, el misal…

El problema más arduo, como de costumbre, fue el económico. Pensé que el proyecto se podía poner en marcha con treinta personas dispuestas a hacer un donativo de treinta mil pesetas cada una y con un equipo de profesores que dieran las clases... gratis. Y la respuesta fue tan generosa como variada. Un amigo, Bernardo López Baena, me dijo que le pidiese cualquier cosa menos colaborar directamente, porque estaba enormemente ocupado y no tenía tiempo para nada. Y añadió:

-Ah, y por el dinero no te preocupes: toma, treinta mil pesetas.

En aquel tiempo treinta mil pesetas eran una cifra bastante considerable. Otro amigo, Juan Lobera, nos dejó la finca de San Eduardo, donde veraneaba con su familia, para que sirviera de sede de la futura Granja Escuela. Y ellos se fueron a veranear a otra parte. Y así fueron sumándose, una tras otra, numerosas personas al proyecto, como Pepe Guerrero –que tenía muchas amistades en Córdoba- y su primo Andrés, que era Jefe del Servicio de Trigo.

De la Granja Escuela a las EFA

Así, con mucha confianza en Dios y muchas horas de trabajo por nuestra parte, dando primero un paso y luego otro, sin medios, sin recursos, pero con empeño, fue saliendo el proyecto. Yo fui el primer director de la Granja Escuela, en el curso 1962-63.

Al principio pensábamos sólo en la promoción humana de los campesinos andaluces, y en concreto, de los cordobeses. Pero San Josemaría tenía unas miras mucho más universales, y cuando Andrés Guerrero le habló de nuestro proyecto en el Valle del Guadalquivir, le dijo:

-No, hijo mío: tenéis que pensar... ¡en todo el mundo!

Y así ha sido. Con el paso de los años, el proyecto de promoción de la gente del medio agrario fue madurando, perfeccionándose y adaptándose a las circunstancias. José Manuel Gil de Antuñano remodeló la idea inicial, y gracias a la ayuda de muchas personas, como Manolo Verdejo, fue tomando cuerpo.

Tiempo después, apoyándose en esta experiencia y en otras que se habían llevado a cabo en otros países, nacieron las Escuelas Familiares Agrarias, con el mismo deseo de ayudar a las personas del campo, pero con otro planteamiento. Uno de sus impulsores fue Joaquín Herreros, que había conocido en Francia el modelo de Les Maisons Familiares.

Ahora estas iniciativas para las personas del medio rural –con el modelo de las Escuelas Familiares Agrarias o con fórmulas similares- se han multiplicado por los cinco continentes, y miles de campesinos de todo el mundo se forman en ellas humana, profesional y espiritualmente. Es un motivo más para dar gracias a Dios, continuamente, sin cesar.