Actividad agotadora del Padre

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

Durante aquel curso 1940-41, el Padre desplegó una actividad sacerdotal muy intensa en Madrid y en muchos otros lugares de España. Además de atender a sus hijos, extendidos por diversas ciudades, y de impulsar la labor del Opus Dei con mujeres, continuó la dirección espiritual con toda clase de personas, a las que encauzaba por caminos de santidad. Los obispos de muchas diócesis, conocedores de que la predicación de don Josemaría producía gran bien en sacerdotes y seminaristas, le invitaban a dar a los suyos ejercicios espirituales. No era raro que los mismos obispos asistieran a esos ejercicios. El Padre dirigió también retiros para religiosos y, por supuesto, para muchos laicos, hombres o mujeres, sobre todo jóvenes. Viajaba en trenes y autobuses o en algún viejo coche que solía conducir Ricardo. A veces le coincidían dos tandas de ejercicios a la vez, y tenía que ir de un lado a otro para predicar en el mismo día un buen número de meditaciones.

Nos contaba que le daba gran vergüenza dirigir cursos de retiro a sacerdotes, muchos de ellos de mayor edad que él. Y les decía que tenía la sensación de ir a vender miel al colmenero, pues era él quien quería aprender. En alguno de esos años llegó a dar curso de retiro de siete días de duración a muchos centenares de sacerdotes. Esto le suponía intenso trabajo y prolongadas ausencias de Madrid, pero entendía que al atender esas peticiones de los obispos prestaba un servicio a la Iglesia. Por otra parte, era fiel al propósito que se había hecho tiempo antes -a pesar de las grandes dificultades económicas- de no aceptar nunca dinero por su predicación, ni estipendio alguno por las misas que celebraba. Ni siquiera dejaba que le abonaran los viajes.

Ninguna ocupación o dificultad apartaba al Padre de su firme convicción, fruto de la fe, de que el principal servicio que él podía y debía prestar a la Iglesia consistía en hacer realidad el Opus Dei y extenderlo lo más posible. Y en esa misión reclamaban su atención muchos frentes: la formación y atención espiritual de sus hijas e hijos, el impulso de la expansión por España, la redacción de nuevos documentos sobre la Obra y las labores apostólicas, la tarea de explicar en los ámbitos eclesiásticos la naturaleza del Opus Dei y la secularidad de sus miembros. Nada de eso resultaba sencillo. Pero como el Padre nos solía recordar, del Salmo 103, las aguas pasarán a través de los montes. Nada le detenía: ni la extrema penuria económica, ni los problemas de la vida española, ni la incomprensión de quienes no acertaban a entender la novedad de la Obra.

Aunque contara con cierta ayuda de sus hijos mayores, sobre todo con la de Álvaro, la responsabilidad recaía por completo en él, como es fácil de entender. Y, sin dejar de satisfacer las peticiones de los obispos y de atender otras actividades pastorales, se desvivía y gastaba de modo incansable, hasta el agotamiento físico. Por si esa extenuante dedicación fuera poco, aún aceptó añadir la tarea de colaborar durante ese año 1940-41 en los Cursos de Especialización para Periodistas, antecedente inmediato de la Escuela Oficial de Periodismo, en Madrid, como Profesor de Ética y Deontología, enseñanza que dejó en sus alumnos un recuerdo inolvidable.