7. Escritos de formación

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

El Padre se dedicó con empeño a cumplir su función de maestro y guía de santos. En sus hijos —por entonces una docena escasa—, veía almas llamadas a la santidad, diamantes en bruto, a los que había de tallar, uno a uno, para lograr de ellos el máximo brillo, conforme a sus dotes y cualidades. Los socios —reseñaba en sus Apuntes— no deben ser formados en serie, sino que, sin detrimento de la unidad y de la disciplina, ha de procurarse que cada hombre de Dios desarrolle su personalidad, su carácter |# 210|.

Periódicamente mantenía con cada uno de ellos una charla confidencial, guiándoles en su vida interior. En la dirección espiritual el Padre se mostraba exigente, convencido de que torpeza insigne es que el Director se conforme con que un alma dé cuatro, cuando puede dar doce |# 211|. Y, de acuerdo con el mensaje que venía predicando, no se daba por satisfecho con menos que hacer de sus hijos santos de altar. En estos cálculos entraban, naturalmente, también las mujeres, como refiere Felisa Alcolea: — «nos decía con fuerza: Tenéis que ser santas, pero santas de altar; yo no me conformo con otra cosa» |# 212|.

Desde un principio, como se ha visto, el Fundador utilizó sus notas y los cuadernos de sus Apuntes íntimos para ir dando a conocer la Obra y su espíritu. Pero, con independencia de las Catalinas, fue escribiendo aparte otros documentos. Entre ellos unas Cartas colectivas, que podríamos llamar fundacionales, en las que desarrollaba puntos esenciales de la Obra y de su espiritualidad, recogiendo "ideas-madres" y principios valederos para el futuro, por encima de las circunstancias históricas |# 213|.

En la formación de los miembros del Opus Dei, ya desde 1931, había establecido el principio rector de que en esa tarea era preciso atenerse a la unidad y a la variedad: — los socios serán tan varios, como variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales y especialísimas: y tan conformes entre sí también como los santos, que no serían santos si cada uno de ellos no se hubiera identificado con Cristo |# 214|. Así, pues, si en la charla personal periódica se ocupaba de lo que cada uno tenía de particular, en las Cartas atendía a la unidad de formación. La primera de estas Cartas fundacionales está datada el 24-III-1930. En esta carta exponía la llamada universal a la santidad y cómo habían de practicar sus hijos las virtudes que conducen a la perfección cristiana. Porque la santidad no es cosa para privilegiados |# 215|.

Al año siguiente, y con la misma fecha, terminó de escribir su segunda Carta, — Madrid, 24 de marzo de 1931. Por su medio centenar largo de páginas corren los consejos espirituales para navegar seguros en un mar revuelto por las pasiones y los errores humanos |# 216|. El Fundador señala a sus hijos, con solicitud de Padre y maestro, los obstáculos con que pueden tropezar en el camino, y cómo luchar en tiempo de bonanza o en tiempo de tormenta; y los medios humanos y sobrenaturales para superar desalientos y flaquezas: fidelidad a la vocación, alegría en la lucha, humildad, sinceridad, piedad, esperanza, descanso en la filiación divina, recurso a la Virgen...

La Obra no viene a innovar nada, ni mucho menos a reformar nada de la Iglesia, advierte en una tercera Carta, del 9-I-1932. Y cierra sus consideraciones recordando una vieja novedad: — A la vuelta de tantos siglos, quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria —del trabajo profesional— y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia.

Quiere Jesús, Señor Nuestro, que proclamemos hoy en mil lenguas —y con don de lenguas, para que todos sepan aplicárselo a sus propias vidas—, en todos los rincones del mundo, ese mensaje viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo |# 217|.

Y, ¿cómo llevar esa doctrina a todos los rincones del mundo, para abrir los caminos divinos de la tierra |# 218|? Ese es el tema de otra de sus Cartas, la del 16-VII-1933, en la que da respuesta a esa pregunta: hacer un apostolado de amistad y de confidencia, disculpar, comprender, ahogar el mal en abundancia de bien, practicar la santa transigencia con las personas y la santa intransigencia con el error, ser sembradores de paz y de alegría, amigos de la libertad, de la convivencia y del diálogo con quienes no comparten nuestras ideas.

* * *

Tiempo atrás, el 30 de octubre de 1931, para ser precisos, le había asaltado a don Josemaría una duda inquietante acerca de las Catalinas que recogía con gusto en un cuaderno: el cuarto cuaderno, que estaba a punto de llenar. Y la incertidumbre que le tenía en vilo era ésta: ¿no es soberbia o por lo menos algo inútil escribir estas catalinas? |# 219|.

(La pregunta no era vana. En 1930 se había enfrentado con una duda semejante; y el resultado fue la quema del primer cuaderno de sus Apuntes; un gesto de auténtica humildad, para que no le creyesen un santo).

Una vez desaparecido todo rastro de lo escrito en las fechas fundacionales -2 de octubre de 1928 y 14 de febrero de 1930—, se contesta a sí mismo: — Desde luego, para la O. de D. serán aprovechables muchas de estas notas. Además creo firmemente que son mociones divinas. Para mi alma, son útiles también |# 220|.

De modo que la respuesta, ahora, en 1931, es conservar sus Apuntes; por humildad, para no creerse un santo; y porque se percata de que pertenecen al acervo de la Obra. Pero, ¿no habrá en todo esto una leve sombra de soberbia?

¿Soberbia?: No: Desde el punto de vista espiritual quedan patentes tan sólo motivos de humillación, porque se ve clara la bondad de Dios y mi resistencia a la gracia: desde el punto de vista literario —lo he dicho otras veces— estos apuntes deshilvanados son más grande humillación para mí también |# 221|.

(Sin embargo, la tentación —reprimida— de cultivar sus dotes literarias le rondaba por aquellos días, pues la semana anterior observa de pasada: — Cada día escribo peor. En fin: adelante, que esto no es para un concurso literario) |# 222|. Las exigencias apostólicas no le permitían fomentar tales inclinaciones. Le faltaba tiempo para escribir. A veces le faltaban ganas; en ocasiones, hasta las fuerzas |# 223|.

Claro es que se percataba de la utilidad de sus Apuntes. Esas notas que tomaba en trozos de papel —donde le cogiera la inspiración—, y que pasaba después a limpio en unas cuartillas, para trasladarlas finalmente a los cuadernos, eran una riquísima cantera espiritual. Allí había registradas dulces efusiones de Amor, ásperos pensamientos ascéticos, iniciativas prácticas, iluminaciones fundacionales, e "ideas-madres" preñadas de soluciones, pero que, de momento, eran —como advierte en una catalina— un germen que se parecerá al ser completo, quizá, lo mismo que un huevo al arrogante pollo que saldrá de su cáscara |# 224|.

En diciembre de 1932, con el fin de facilitar método y temas de meditación a sus hijos y a las demás personas que acudían a su dirección espiritual, don Josemaría recopiló 246 pensamientos extraídos de sus Catalinas, los copió a máquina y los imprimió después a velógrafo, en forma de fascículos. Esta primera recopilación de "Consideraciones espirituales" se conocía también como "Consejos" |# 225|.

Más tarde, en 1934, decidió imprimir esas "Consideraciones", añadiendo a los anteriores puntos nuevos pensamientos sacados de sus Catalinas, hasta un total de 438 |# 226|. Por carta de don Sebastián Cirac, canónigo de Cuenca, sabemos que en el mes de abril ya estaban en marcha las gestiones para su publicación. Don Sebastián había asistido en Madrid a alguna de las reuniones de los lunes con otros sacerdotes, y gustosamente se encargó de pedir presupuestos en la "Imprenta Moderna". (Trescientas diez pesetas le pedían por quinientos ejemplares). Además, para facilitar la gestión, don Sebastián había sido nombrado censor del libro |# 227|. Todo iba viento en popa.

Hasta que, por lo que se desprende de una anotación de don Josemaría del 18 de mayo, empezaron a soplar vientos contrarios:

Envié a Cuenca las "Consideraciones" y resulta que se escandalizan —no digo bien— que parece que les asustan algunas palabras, que desde luego nada envuelven de error o de irrespetuoso; por ejemplo, la frase "santa desvergüenza". Protesté ayer, por carta a Cirac, y, cediendo en todo lo demás, espero que saldrá el folleto con "desvergüenza". El caso es que salga, aunque sea con colaboración (!): ya llegará la hora de publicarlo sin retoques |# 228|.

A vuelta de correo le contestaba el canónigo: «Recibida la tuya y leída por mí, se la he leído al Sr. Obispo, a quien no ha gustado tu actitud sobre la palabra desvergüenza. Dice que no puede él conceder autorización al libro donde se recomiende una palabra que suena mal y que tiene mal sentido en el lenguaje usual; y que te recomienda que la cambies por otra —resolución, decisión, valentía... [...]. Te ruego que pienses en los consejos del Sr. Obispo, que aquí y en su Iglesia es oráculo divino» |# 229|.

Para el bueno de don Cruz Laplana aquella era una palabra torpe en pluma de un clérigo, por más que don Josemaría la santificase poniéndola al servicio de la vida de infancia espiritual. Como aquello llevaba camino de convertirse en discusión bizantina y como, por otra parte, no era cosa de llevar la contraria al Prelado, que además era buen amigo y pariente de los Escrivá, y quien, en última instancia, había de refrendar al censor, y tenía voz y voto en la "Imprenta Moderna" (antes "Imprenta del Seminario"), don Josemaría cedió. Cedió, no sin dejar constancia de su disconformidad, escribiendo en aquella misma carta recibida de don Sebastián:

¡Vaya por Dios, con mi desvergüenza! Diremos (por ahora) atrevimiento |# 230|.

El biógrafo bien quisiera mantenerse al margen de este curioso incidente, pero no puede por menos de dar su opinión. A su entender no se trataba de una mera cuestión filológica. Es de suponer que el problema, más que de léxico, era de comedimiento eclesiástico y de convencionalismo civil. De ese estilo era la precaución de los predicadores, que evitaban pronunciar desde el púlpito la malsonante palabra "cerdo", usando hábiles perífrasis, como: "los animales de la vista baja", o "los animales inmundos"; o, caso de pronunciarla, se apresuraban a pedir excusas al auditorio. Pero don Josemaría no se paraba en semejantes puerilidades; y esto es una nota a su favor en cuanto a la valentía de su estilo literario. (Afortunadamente, algún que otro lector, sin tener acceso a los Apuntes íntimos, se ha ahorrado sobresaltos a causa del estilo literario, porque allí, en una catalina de agosto de 1931, se lee: Margaritas ad porcos! El manjar más delicado y selecto, si lo come un cerdo (que así se llaman, sin perdón), o sale del inmundo animal convertido en excremento repugnante o se convierte, a lo más, ¡en carne de cerdo! Seamos ángeles, para dignificar las ideas, al asimilarlas. Cuando menos, seamos hombres: para convertir los alimentos, siquiera, en músculos nobles y bellos o quizá en cerebro potente... capaz de entender y adorar a Dios. Pero... ¡no seamos bestias, como tantos y tantos!) |# 231|.

Hay, por cierto, una particular circunstancia en este asunto, que es conveniente explicar. El autor de los Apuntes recoge máximas y consideraciones conforme le vienen inspiradas. De suerte que las anotaciones sobre la "santa desvergüenza" aparecen diseminadas por las páginas del Cuaderno V, correspondientes a la primera mitad de 1932 |# 232|. Pero, a la hora de espigar los Apuntes, en diciembre de ese año, cuando don Josemaría ordenó las materias, colocando cada oveja con su pareja, todas las consideraciones sobre ese tema vinieron a quedar reunidas y hermanadas en una misma página y en números consecutivos, del 90 en adelante. Al enviar las nuevas "Consideraciones Espirituales" a Cuenca en 1934, don Josemaría respetó la distribución de algunas de las antiguas páginas de 1932. De modo que, bajo el epígrafe "El plano de tu santidad", pudo leer el Prelado:

El plano de santidad, que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza.

Una cosa es la santa desvergüenza y otra la frescura laica.

La santa desvergüenza es una característica de la vida de infancia. [...] Esa desvergüenza llevada a la vida sobrenatural..., etc., etc. |# 233|.

(Así hasta seis "santas desvergüenzas". ¿Es de extrañar la intranquilidad del Obispo? ¿Se entiende ahora mejor su sobresalto?)

Tornando, pues, al hilo de la historia, la decisión tomada por don Josemaría quitó un peso de encima al Prelado, que quedó plenamente satisfecho, según dice don Sebastián en carta del 28 de mayo: «Querido José Mª: Tu última carta me alegró muchísimo por la confianza que ponías en el Sr. Obispo, a quien también agradó mucho tu conducta y sumisión a su parecer» |# 234|.

Se imprimió el librito en junio |# 235|. En él aparecía la repetida expresión de "santa osadía". El autor, fiel a su inspiración, y velando por la integridad del texto, se mantuvo a la espera. Dejó correr el tiempo. Cuando llegó la hora de publicarlo sin retoques, al editarse Camino, repuso la "santa desvergüenza" |# 236|. En ocasiones más graves de su existencia, y de la historia del Opus Dei, el Fundador ejercitaría esa misma santa tozudez, de conceder sin ceder, con ánimo de recuperar |# 237|.

Como se decía en la advertencia preliminar del libro, esas "Consideraciones espirituales" respondían a necesidades de jóvenes seglares universitarios dirigidos por el autor; y, como éste explica: son notas que empleo, para ayudarme en la dirección y formación de los jóvenes |# 238|. Se tocaban temas como la práctica de la oración mental; tema que, para un estudiante universitario era como descubrir un nuevo mediterráneo:

¿Que no sabes orar? Ponte en la presencia de Dios y, en cuanto comiences a decir: Señor ¡que no sé hacer oración!..., está seguro de que has empezado a hacerla |# 239|.

Y de mil diversos modos recalcaba don Josemaría a los universitarios que el camino del apostolado pasaba, previamente, por la santificación de los deberes profesionales:

Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de apostolado |# 240|.

* * *

Algunos domingos por la tarde, cuenta Francisco Botella, «el Padre nos hacía pasar a su cuarto, nos sentábamos frente a él, alrededor de su mesa de trabajo, y tomando frases de la "Instrucción sobre el espíritu sobrenatural de la Obra", o de la "Instrucción de San Rafael", iba hablándonos de la Obra» |# 241|.

Esas Instrucciones las había escrito el Fundador para beneficio de sus hijos, fijando y exponiendo puntos esenciales de la historia, espíritu y apostolado del Opus Dei |# 242|. En la "Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios", por ejemplo, les hacía considerar que el designio apostólico que estaban realizando no era empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural. Divina en su origen y naturaleza, porque: La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931 |# 243|.

El propósito claro del Padre en esta Instrucción era grabar a fuego en el alma de sus hijos tres consideraciones:

1) La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice.

2) Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes.

3) Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice |# 244|.

Ideas contundentes y afiladas, que «se apretujan en el pensamiento y en el corazón», dice Francisco Botella. De manera que su lectura —según manifiesta Ricardo F. Vallespín en nombre de todos— «hizo un enorme bien a nuestras almas y aumentó nuestros deseos de santidad y de dar hasta la vida para que se realizara la Obra, cumpliendo así la Voluntad de Dios» |# 245|.

Y para extender la Obra de Dios por todas partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre, sería preciso arrastrar con celo de apóstol a otros compañeros. Esta idea constituye el tema central de otra de las Instrucciones, en que el Fundador habla del proselitismo |# 246|. En esa Instrucción expone los medios, humanos y divinos de que han de servirse; los obstáculos que podrán hallar; las cualidades de los hombres, buenas y malas; y quiénes reúnen condiciones y quienes carecen de ellas y no caben en el Opus Dei:

—No caben: los egoístas, ni los cobardes, ni los indiscretos, ni los pesimistas, ni los tibios, ni los tontos, ni los vagos, ni los tímidos, ni los frívolos. —Caben: los enfermos, predilectos de Dios, y todos los que tengan el corazón grande, aunque hayan sido mayores sus flaquezas |# 247|.

La tercera de las Instrucciones —"para la Obra de San Rafael"—, lleva fecha del 9-I-1935. Escrita, probablemente, en el otoño de 1934, después de la revolución de Asturias, con la casa vacía por falta de residentes, con críticas y pesimismos por parte de algunos colaboradores...; a pesar de lo cual, el tono del documento, desde sus líneas de introducción, respira paz y optimismo, y el anuncio de un venturoso futuro:

Queridísimos: Desde hace tiempo, se va notando la necesidad de una Instrucción, que señale las normas generales, que han de seguir los formadores, para encajar en la Obra las almas de los nuevos, que el Señor envía.

Yo no puedo llegar a todo |# 248|.