6. Una campaña de oración y mortificaciones

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Terminado el retiro se incorporó Josemaría a las tareas del Patronato. Enseguida se puso a buscar almas, con ansias de transmitir por todas partes el mensaje universal de la santidad |# 142|. Repasó la lista de jóvenes que conocía, algunos de ellos estudiantes de la Academia Cicuéndez |# 143|. Uno de los primeros a los que habló de su ideal apostólico fue Pedro Rocamora, al que conoció en 1928. Se lo presentó un estudiante de Arquitectura, José Romeo Rivera, quien, a su vez, había llegado a conocer al sacerdote a través de su hermano Manuel, que había sido compañero de don Josemaría en la Facultad de Derecho de Zaragoza. A ellos se sumó Julián Cortés Cavanillas y algún otro alumno de la Academia.

Rodeado de estos amigos, salía el sacerdote de paseo y, charlando, les exponía sus ambiciones espirituales. Demasiado ambiciosas, en opinión de Pedro Rocamora. Hablaba «como un hombre inspirado, cuenta éste. Nos asombraba, a los que estábamos junto a él, su conciencia plena de que tenía que entregar su vida a aquella idea. Había asumido tal empresa como el que sabe que tiene que cumplir una especie de sino determinado en su vida.

— Pero, ¿tú crees que eso es posible?, le decía yo.

Y él me contestaba:

— Mira, esto no es una invención mía, es una voz de Dios» |# 144|.

No siempre tenían las conversaciones carácter peripatético. A veces buscaba el sacerdote un lugar tranquilo para leer a sus acompañantes, reunidos en torno a una mesa, las anotaciones del cuaderno que llevaba consigo. Si hacía buen tiempo, al salir de las clases de la Academia se iban hasta la Castellana, esquina de la calle de Riscal, a sentarse al aire libre en la terraza de una cervecería. Con mayor frecuencia el grupo iba a parar al "Sotanillo". Este establecimiento —chocolatería, cervecería y cafetería, todo en uno—, estaba situado en lugar muy céntrico: en la calle de Alcalá, entre la Cibeles y la plaza de la Independencia. La entrada del local estaba a ras del suelo y había que bajar unos cuantos escalones, pues ocupaba un semisótano.

Don Josemaría se encontraba muy a gusto en el ambiente del "Sotanillo", rodeado de sus jóvenes amigos. Y Juan, el propietario, y su hijo Ángel se acostumbraron a ver al sacerdote acompañado de estudiantes. Cuando uno de ellos le veía entrar, pasaba en voz alta el santo y seña: «Ya ha llegado con sus discípulos» |# 145|.

Haciendo memoria de amigos, don Josemaría se remontó, nada menos, que a sus años de estudiante en Logroño. En efecto, en carta de 9 de diciembre de 1928 Isidoro Zorzano le pide noticias de su vida |# 146|. Señal de que el sacerdote reanudaba el trato con ese compañero del Instituto de Logroño, que estudió luego en Madrid la carrera de Ingeniería. Vivía ahora en Cádiz y trabajaba en la factoría naval de Matagorda. A esa carta siguió una larga correspondencia, que trajo sorpresas para ambos.

Pronto amplió el campo apostólico tratando con sacerdotes conocidos. Su manifiesto aspecto juvenil no parecía lo más a propósito para predicar en una sociedad en la que no faltaban clérigos exponentes de costumbres y tradiciones multiseculares. Y tampoco podía olvidar su delicada condición de sacerdote extradiocesano en Madrid, que le hacía sentirse como gallina en corral ajeno |# 147|. Así y todo, no se paró en barras. Uno de los primeros sacerdotes a los que trató de entusiasmar apostólicamente fue don Norberto, el otro capellán del Patronato. Sus intenciones, en un primer momento, fueron de puro orden caritativo. Don Norberto iba, por aquellas fechas, camino de los cincuenta y había padecido una enfermedad nerviosa que le impidió ejercer cargos eclesiásticos. Se repuso, pero luego volvió a recaer. De manera que, hasta su muerte, fue hombre enfermo, aunque por lo general de buen celo apostólico y vida interior |# 148|. Las Damas Apostólicas, que le conocían desde 1924, veían crecer la amistad entre los dos capellanes. Sabían lo que significaba verlos juntos en las visitas a enfermos y niños de las escuelas. «Don Josemaría —dice una de ellas— le llevaba para poder ayudarle: para que se sintiera útil y apreciado» |# 149|.

Uno de los primeros sacerdotes a los que habló a fondo de su vocación fue, sin duda alguna, don José Pou de Foxá. El profesor de Derecho Romano de Zaragoza escribía desde Ávila el 4 de marzo de 1929 a don Josemaría, pidiendo que fuera a esperarle a la estación y que le reservase habitación en la fonda. Las líneas de despedida dejan adivinar su impaciencia por verse cara a cara con su antiguo alumno: «Como pronto nos veremos —escribe— nada más te digo, pues pronto te abrazará tu amigo, José» |# 150|.

Pou de Foxá permaneció en Madrid varias semanas, durante las cuales tuvo ocasión de charlar detenidamente con su joven amigo. El profesor Carlos Sánchez del Río, que también se hallaba en Madrid por esos días, con motivo de las oposiciones a una Cátedra de Derecho Romano, refiere que se iban juntos los tres, «casi todas las tardes, hacia última hora, a una "chocolatería" que se llamaba "El Sotanillo", que estaba en la calle de Alcalá. Teníamos allí muy agradables tertulias en las que cambiábamos impresiones sobre toda clase de temas» |# 151|.

Don Josemaría, que no dejaba pasar la ocasión de hacer nuevas amistades con sacerdotes, seguía manteniendo su vieja relación con los residentes de la calle Larra, donde sembraba esperanzas para el futuro. Así conoció, por ejemplo, a don Manuel Ayala, de paso por Madrid en 1929. Don Manuel guardó siempre un grato recuerdo de su breve trato con el capellán del Patronato, que le reveló parte de sus ideales: Yo en aquella época le confié algo de la Obra. Y él la recuerda con cariño, escribirá don Josemaría |# 152|.

En el verano de 1929 se presentó un día a decir misa en el Patronato don Rafael Fernández Claros, joven sacerdote salvadoreño que estudiaba en el Instituto Católico de París. Cuando terminó su acción de gracias se le acercó el capellán. Charlaron un rato. «Me bastaron unos momentos —dice el salvadoreño— para apreciar en todo su altísimo valor el tesoro de santidad que cuidadosamente guardaba aquella delicada alma sacerdotal» |# 153|. Esa intimidad se mantuvo viva durante años y engendró una vinculación de orden más elevado: «¿Cómo corresponderé, padre, a sus bondades?, le escribía don Rafael desde París, 4-XI-1929. No de otra manera que aceptando —como la acepto— sin restricción alguna, su delicada propuesta de pacto espiritual sacerdotal» |# 154|.

Sobre ese pacto de hermandad escribe el salvadoreño en otra de sus cartas: París, 20-III-1930: «Mis reiterados agradecimientos por el fiel cumplimiento de su promesa de recordarme en la Santa Misa. Yo a mi vez lo recuerdo todos los días en el augusto sacrificio» |# 155|.

El capellán del Patronato comenzó a crear una auténtica movilización de almas y plegarias: Desde el año 1928 —cuenta—, procuré acercarme a almas santas, incluso a personas desconocidas, que tenían —como yo solía decir— cara de buenos cristianos: y les pedía oraciones |# 156|.

Un día de 1929 se tropezó en la calle, a las seis de la mañana, con un sacerdote desconocido. Le paró y le pidió que rezase por una intención suya. (El sacerdote era don Casimiro Morcillo, años más tarde arzobispo de Madrid) |# 157|. Y no era caso único, porque Avelino Gómez Ledo, compañero en la residencia de Larra, recuerda bien el celo con que don Josemaría le reclamaba entonces oración y penitencia, «de una manera viva, estimulante». Más tarde, cuando el capellán del Patronato no vivía ya en la residencia, se encontró un día casualmente con don Avelino en la plaza de la Cibeles. Don Josemaría, nos dice éste, «iba envuelto en un manteo y me llamó la atención su especial recogimiento; no cabía duda que iba rezando por la calle. Tuve la impresión como si de pronto se me apareciera una de las almas que viven de manera extraordinaria la unión con Dios, y me habló, de nuevo, de que encomendara su trabajo apostólico, de oración y de mortificación |# 158|.

Pasaban los meses y el sacerdote seguía mendigando ayuda: Sigo pidiendo oración y mortificaciones a mucha gente. ¡Qué miedo le tiene la gente a la expiación! |# 159|, exclama con pena y sorpresa.

También una ayudante de las Damas Apostólicas refiere, con risueña sencillez, que nadie quedaba libre de la campaña de oración promovida por don Josemaría.

— Pide mucho por mí, pide mucho por mí, le decía el capellán.

Y aquella mujer pensaba: «¿qué irá a hacer Don Josemaría que pide tanta oración?» |# 160|.

En Enero de 1929, estando a punto de morir una de las Damas, el capellán le suplicó que intercediera por él desde la otra vida: ¡o santo o muerto!

Recuerdo, a veces con cierto temor —escribirá poco después en sus Apuntes íntimos— por si fue tentar a Dios u orgullo, que, estando moribunda Mercedes Reyna [...], sin haberlo pensado de antemano, me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al Señor, desde el cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes. Después la misma petición he hecho a dos personas seglares —una señorita y un muchacho—, quienes todos los días en la Comunión renuevan ante el buen Jesús esa aspiración |# 161|.

Atendió a la Dama en los últimos días de su enfermedad. Luego don Josemaría buscó su protección, y visitaba con frecuencia su tumba. El 31 de julio comenzó una novena, pidiéndole por sus intenciones, yendo, diariamente, a rezar el rosario de rodillas ante la sepultura de Mercedes |# 162|. La Obra estaba arrancando y el Fundador se sentía movido a darse totalmente, con generosidad, en holocausto, aunque nunca experimentó la menor inclinación a ofrecerse como víctima. El "victimismo" (la elección espectacular del sacrificio, como desdeñando ofrecer a Dios los sufrimientos y pequeñas cruces cotidianas) era algo muy distante de su modo de ser y de pensar; y, en cuanto a no gustarle, ni la palabra misma le agradaba.

Su alma buscaba algo especial que ofrecer, por vía de expiación. Por eso, a los tres días de acabar la novena en el camposanto, por sugerencia espiritual, pidió al Señor, sin titubear, que le despojase de su salud, en acto expiatorio:

El día once de Agosto de 1929, según nota que tomé aquel día en una estampa que llevo en el breviario, mientras daba la bendición con el Santísimo Sacramento en la iglesia del Patronato de Enfermos, sin haberlo pensado de antemano, pedí a Jesús una enfermedad fuerte, dura, para expiación |# 163|.

Creo que el Señor me lo concedió, añade.