6. Expansión por provincias |# 175|

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Una vez hecho el nombramiento de Álvaro del Portillo como Secretario General del Opus Dei, el Fundador fue descargando en él parte de su trabajo de correspondencia y algunos otros encargos. Paulatinamente empezó el Secretario General a recibir visitas en nombre del Padre, a charlar con los recién venidos a la Obra y a dar consejo cuando don Josemaría se hallaba de viaje. De esta suerte, a la vuelta de pocas semanas, llevaba personalmente la tarea de formación y dirección espiritual de mucha gente en la Obra.

A cambio de ello, el Padre dispuso de más holgura de tiempo, pudiendo acceder a las peticiones que le hacían los Obispos para predicar en sus diócesis. Sobre él recayó, en el espacio que media entre 1939 y 1944, el abrumador trabajo de elevar el nivel espiritual de buena parte del clero español. Y, por más que decidiera frenar esta generosa aportación pastoral, lo cierto es que continuó atendiendo las peticiones de los Prelados. No solamente en beneficio del clero diocesano sino también de diversas Comunidades de religiosos y religiosas, y de los miembros de Acción Católica, a la que «prestó un apoyo decidido, dirigiendo infinidad de cursos de retiro, siempre gratuitamente, y sobre todo siendo el confesor y director espiritual de los seglares que mayor empuje dieron a esta asociación en España» |# 176|.

Su amor a la Obra estaba muy dentro de su amor a la Iglesia, inseparable y seguro. Así, cuando preguntaba a uno de los suyos: — Hijo mío: ¿amas mucho a la Obra?

Enseguida le aclaraba el sentido de esa pregunta: — Ese amor es la seguridad de que amas a Jesucristo y a su Iglesia |# 177|.

En medio de la labor con las almas de sus hermanos en el sacerdocio, el Fundador se sentía muy cerca de Cristo. Se sabía haciendo la voluntad de Dios. Experimentaba tangiblemente ser conducido por el Espíritu Santo. Vuestro Padre toca al Espíritu Santo, decía a sus hijos, declarándoles aquellos sentimientos. ¡Cómo ayuda, cómo empuja, cómo urge! Ayudadme a ser santo |# 178|.

Anticipadamente, aunque no con el relieve y riqueza de la actualidad vivida, había entrevisto don Josemaría el trabajo apostólico que le esperaba al terminar la guerra, según anota en una catalina:

En Burgos, antes de tomar Madrid vi detalles de lo que allí íbamos a encontrar. Es como un sueño, pero despierto. Así supe que daría tandas de ejercicios a Sacerdotes, como ha sucedido |# 179|.

Pues bien, esa información por vía sobrenatural era algo más que un simple anticipo de los acontecimientos. Significaba, en primer lugar, un apoyo al optimismo y esperanzas del Fundador. Suponía, asimismo, una manera divina de refrendar su abandono en las manos del Señor. Solamente así puede entenderse la actitud del sacerdote, que, llevado del Espíritu Santo, se lanzaba a recorrer las diócesis dejando a sus hijos como abandonados. Realmente no era ése el caso. El Padre se acordaba de ellos muchas veces al día. Estaba pendiente de sus necesidades espirituales y mantenía con sus almas una permanente transfusión, en virtud de la Comunión de los Santos. Les escribía con frecuencia. A los que no vivían en Madrid, les visitaba de vez en cuando. En suma, si el Padre estaba tranquilo era porque sabía a las recientes vocaciones en buenas manos, como se desprende de los encargos que hacía a Álvaro del Portillo desde Ávila:

¡Jesús me guarde a mis hijos!

Tengo tu carta delante, Álvaro, y voy a contestarla punto por punto. Rectifica la fecha del cumpleaños de D. Santos Moro, que es el 1º de junio. Escribiré al Sr. Obispo de Barcelona, en su fiesta.

Esos pequeñines —el batallón infantil, les llama Ignacio— son las niñas de mis ojos. Cuando pienso en ellos, veo de modo particularísimo la mano paternal de Dios, que nos bendice. ¡Dedícales todos tus afanes! |# 180|.

Fue en agosto de 1940, dando una tanda de ejercicios espirituales al clero leonés, cuando recibió luces especiales sobre el trabajo inmediato en la Obra |# 181|. Era un aviso claro del Señor sobre el desarrollo del Opus Dei. Intentó, pues, don Josemaría disminuir un tanto sus actividades diocesanas, pero no siempre era factible el cortar compromisos. Y esto explica que en el verano de 1941 se hallase tan atareado como en el anterior. Porque si a veces conseguía negarse a las peticiones de los Obispos era en virtud de la humana limitación de no poder estar presente en dos lugares al mismo tiempo. Entonces no cabía otro recurso que el dar prolijas explicaciones. El 1 de octubre de 1941 contestaba en estos términos al Vicario de la diócesis de Huesca:

Muy estimado señor y amigo: Recibí hoy sus letras, y no sabe cómo agradezco su ofrecimiento. Pero, llevo, en este verano, once tandas de ejercicios; y he recibido una paternal indicación (estoy muy gordo y con poca salud) prohibiéndome aceptar ningún trabajo de predicación hasta que descanse algo después de los ejercicios que he de dar a ese clero de su Diócesis.

No sabe cuánto siento perderme ese triduo, en el que tanta gloria se dará a Cristo Rey. A mí me cuesta, pero obedeciendo sé que a Él le doy gusto |# 182|.

Finalmente no le quedó otro remedio que refugiarse en la autoridad de don Leopoldo, resolución que puso por escrito, para hacerse más fuerza: Debo apartarme de toda labor ajena a la Obra. Para esto, pedir ayuda a mi Padre el Señor Obispo de Madrid; así me escudaré en su autoridad, negándome a dar tandas de ejercicios, etc. |# 183|.

* * *

Una vez en funcionamiento la Residencia de Jenner, don Josemaría animó a los suyos a hacer apostolado en los fines de semana, fuera de Madrid. (Los demás días hacían apostolado con sus compañeros de estudio o de profesión). Fueron salidas esporádicas, pero por la Navidad ya se había consolidado la idea de viajar a las ciudades universitarias cerca de Madrid y a algunas capitales de provincia, para ir conociendo y tratando personas que pudieran recibir la llamada divina a la Obra. En Valencia, con las visitas de don Josemaría en junio y en septiembre de 1939 y los ejercicios espirituales que había dado a sendos grupos de universitarios en Burjasot, la labor estaba iniciada, y en vías de crecimiento. El Padre, naturalmente, no se contentaba con que los valencianos tuviesen un par de habitaciones en El Cubil. Buena prueba de ello era que, apenas acabado de medio instalar aquel paupérrimo entresuelo de la calle Samaniego, donde había pasado un ataque de fiebre en un miserable catre, ya les exigía una nueva meta. Antes de comenzar el curso 1940-1941 debía estar en funcionamiento una Residencia de estudiantes.

Del empuje del Fundador para sacar adelante su "negocio" espiritual son buen indicio las urgencias que despertaba a su alrededor. Medidos y sopesados los medios humanos de que disponía, de dinero y gente, aquella empresa parecía una loca aventura condenada al fracaso. Pero, era tal la seguridad y optimismo que imprimía en sus colaboradores, que nadie se paraba a pensar en posibles fallos. Y, más que caminar deprisa, pudiera decirse que iban al galope. En el verano de 1939 el Fundador había dado a los de Valencia un consejo para su gobierno particular: tres cosas estorban, porque no me las explicaría en vosotros: la duda, la vacilación, la inconstancia |# 184|. El Fundador tenía siempre puesta la confianza en sus hijos, es decir, en su espíritu de oración, de sacrificio y de trabajo. Pero —volvía a urgir a los de Valencia—, sin dejar las cosas para después, ni para mañana. Después y mañana son dos palabras molestas, síntomas de pesimismo y de derrota, que, con esta otra: imposible, hemos borrado definitivamente de nuestro diccionario. ¡Hoy y ahora! |# 185|.

La salida a provincias fue simultánea al trabajo apostólico que se realizaba en Madrid. Los fines de semana eran entonces cortos, porque los sábados por la mañana y por la tarde se trabajaba en todas partes. Por lo tanto, no podían partir de la capital hasta después de comer. Solían coger los trenes de la tarde con destino a Salamanca, Valladolid, Zaragoza, Bilbao o Valencia. Los trenes de aquellos años habían cumplido sobradamente su edad de servicio. Los vagones eran viejos y destartalados. Y las locomotoras resoplaban sin fuerza, por la mala calidad de los carbones. Por esta razón, no era infrecuente que se pasasen la noche viajando.

El domingo lo empleaban en visitas y en charlar con los amigos a quienes habían conocido anteriormente, y a los amigos que éstos, a su vez, les presentaban. A última hora de la tarde del domingo, o ya de noche, regresaban a Madrid, para llegar a casa con las primeras luces del lunes |# 186|.

El Norte de España estaba resultando un pañuelo para aquellos viajantes de fin de semana, que algunas veces se encontraban en las estaciones de enlace —en Venta de Baños, Valladolid o Medina del Campo— con los de otra expedición. En Medina del Campo coincidían algunas veces con los que regresaban de Salamanca, como refiere Paco Botella, que no olvidó aquellas largas esperas en la cantina de la estación, hacia las tres de la madrugada. Pedían algo de beber y así justificaban el sentarse en una de las mesas, a la débil luz de una bombilla, para aprovechar el tiempo estudiando y sin probar un sorbo del vaso que tenían delante |# 187|. (Para poder comulgar a su llegada a Madrid, era necesario entonces comenzar el ayuno desde la medianoche antecedente).

Después de sus visitas a Valencia, don Josemaría decidió romper el fuego por Valladolid. El jueves, 30 de noviembre de 1939, salió en tren acompañado de Álvaro del Portillo y de Ricardo Fernández Vallespín. Eran las cuatro de la tarde, pero no llegaron a Valladolid hasta hora avanzada. De noche, con frío intenso y niebla espesa, cargaron con las maletas hasta encontrar hotel. Se alojaron en el Hotel Español. A la mañana siguiente el Padre dio la meditación a sus acompañantes: Nos encontramos en Valladolid para trabajar por Cristo. Si no nos encontramos con nadie no por eso nos consideraríamos fracasados, les dijo |# 188|.

Evidentemente, estaba seguro de hallarse haciendo el negocio de Dios, y no el suyo. De Madrid traían consigo una lista de nombres y direcciones de estudiantes. Esa misma mañana les pasaron aviso a sus domicilios citándolos para verse por la tarde en el hotel. Don Josemaría habló con todos ellos, entusiasmándoles con su celo apostólico y haciéndoles descubrir ideales de santidad naciente en sus corazones. Tan pendientes estaban de las palabras del sacerdote que ninguno de ellos daba muestras de querer retirarse a última hora de la tarde. Cuando se despidieron, don Josemaría les prometió hacer otros viajes, en los que esperaba que le presentasen a aquellos de sus amigos que pudieran entender el apostolado característico del Opus Dei. El sábado, 2 de diciembre, regresaron de Valladolid.

A veces el Padre no se encontraba bien de salud. Difícil era saberlo, porque no se quejaba. Sufría de dolores reumáticos. Y para evitar los viajes en los trenes de la noche, sin calefacción, y sin poder dar una cabezada, se hicieron con un auto de segunda mano. Era un viejo Citroën, cuyo destino apropiado, en tiempos normales, hubiera sido un cementerio de chatarra. El 26 de diciembre de 1939, con el coche recién arreglado y luego de invocar a San Rafael y a los Ángeles Custodios, el Padre, Álvaro del Portillo y José María Albareda, salieron de Madrid camino de Zaragoza. A los pocos kilómetros, una avería les obligó a volver a la capital. Y el Padre, que ya antes de salir iba con una fuerte fiebre, se metió en la cama |# 189|. Dos días más tarde reemprendió el viaje a Zaragoza; esta vez en tren, acompañado de Álvaro. Pasaron un día en Zaragoza y otro en Barcelona; y los días primeros de año, en Valencia.

Ese mismo mes, el 31 de enero de 1940, el Padre, con Pedro Casciaro y con Ricardo Fernández Vallespín, éste al volante del viejo Citroën, partieron de Madrid para volver a hacer una visita a los de Valencia. Salieron con retraso, y no con mucha confianza en el vehículo, porque, antes de dejar la capital, compraron un cable por si tenían que remolcarles. De salida, el coche se portó estupendamente hasta el kilómetro 70 de la carretera general de Valencia. Luego rehusó ir adelante. Se rompió una pieza cuando intentaban desatornillar otra. Se incendió la gasolina. «El Padre —narra Pedro Casciaro— que venía rezando el Breviario desde la salida, nos animó diciéndonos que había que seguir como se pudiera hasta Valencia, porque empezaba a verse claro que nuestra estancia en aquella ciudad tenía que ser muy eficaz puesto que el demonio empezaba a impedirnos que se realizase» |# 190|.

A los dos días de averías y peripecias consiguieron llegar a Valencia, donde les esperaba un buen grupo de jóvenes. Los obstáculos no amilanaban al Padre, que, como decía a sus hijos, tocaba al Espíritu Santo. Sentía y palpaba el efecto de la gracia y cómo su palabra llevaba a la gente a entregarse por completo a Dios, renunciando de golpe a proyectos acariciados durante años. Todos los testimonios concuerdan en que la santidad transparente del sacerdote atraía de cuajo a las almas. Porque, dócil a las mociones divinas, don Josemaría se dejaba calar por la gracia para ser utilizado por el Señor como instrumento eficaz.

Un día, a orillas del mar, el Fundador vio su esfuerzo apostólico hecho imagen alegórica:

En 1940, en la playa de Valencia —recordaba—, pude ver cómo unos pescadores —recios, robustos— arrastraban la red hasta la arena. Un niño pequeño se había metido entre ellos, y tratando de imitarles, tiraba también de las redes. Era un estorbo: pero observé que la rudeza de aquellos hombres de mar se enternecía, y no apartaban al pequeñín, dejándole en su ilusión de ayudar en el esfuerzo.

Os he contado muchas veces esta anécdota, porque a mí me conmueve pensar que Dios Nuestro Señor nos deja a nosotros también poner la mano en sus obras, y nos mira con ternura, al ver nuestro empeño en colaborar con Él |# 191|.

¿Era lógico que aquellos jóvenes estudiantes, algunos de ellos con la carrera terminada, se entregaran a una empresa de la que no veían nada tangible, excepto la figura del Fundador y de quienes le acompañaban? Frecuentemente, de un par de conversaciones en la habitación de un hotel, o dando un paseo por la ciudad o por el campo, brotaba un cambio radical de vida. Era evidente que el Señor prodigaba su gracia a manos llenas. Consciente de ello, y del carácter excepcional de los tiempos, el Padre colocaba, para hacer cabeza y formar a las primeras vocaciones, a personas muy jóvenes y con escasísimo tiempo en la Obra; pero que «mostraban una madurez de criterio y un sentido sobrenatural que entonces quizá no nos llamaba mucho la atención —cuenta uno de ellos—, pero que era algo verdaderamente prodigioso» |# 192|.

El resultado de los viajes apostólicos era un crecimiento en vocaciones y, en consecuencia, la aparición de nuevos problemas. «¿Aumentará mucho la familia? —se preguntaba Isidoro en la primavera de 1940—. Las impresiones de todos los sitios son formidables. Se precisa, pues, insistir y machacar en lo de la casa; es fundamentalísimo para el desarrollo de la labor. ¿Qué se va a hacer con la familia si no se la puede cobijar? No se puede crear ambiente de hogar sin casa» |# 193|.

Llevaba por entonces el Fundador más de tres meses sin apuntar una sola catalina, cuando se le ocurrió coger la pluma a este efecto:

Miércoles, 8 de mayo de 1940: Se han pasado unos meses sin escribir Catalinas. No es extraño, porque llevo una vida de ajetreo que no da tiempo a nada. Pero lo siento. —¿Novedades? Muchas. Es imposible hacer una selección, para anotarlas. Sólo esto, externo: hay una casa en Valencia, en Valladolid, en Barcelona (la casa de Barcelona todavía no está en marcha, porque no se pudo hacer el contrato de alquiler) y —pronto— en Zaragoza |# 194|.

El mes anterior estaba ya amueblado un piso en Valladolid, al que bautizaron con el nombre de El Rincón. En Valencia se encontró una casa en el número 16 de la calle Samaniego. Se acondicionó durante el verano y en octubre funcionaba como Residencia de estudiantes |# 195|. No hallaron piso en Zaragoza, pero sí en Barcelona, en la calle Balmes, número 62. Le dieron la noticia al Fundador el primero de julio y ese mismo día escribía desde Ávila a Barcelona, con palabras que, a muy corto plazo, resultarían proféticas:

Jesús me guarde a mis hijos.

¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo —"¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!", dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí—, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar "el Palau" tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás —es nuestro espíritu— de la autoridad eclesiástica ordinaria.

Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios |# 196|.

A mitad del otoño de 1940, esto es, poco más de año y medio después de la entrada en Madrid, el Fundador soñaba con la expansión de la Obra. Contaba con tres centros en provincias y otros tres en Madrid: la Residencia de Jenner, un piso para gente profesional en la calle Martínez Campos y la casa de la calle Diego de León, que funcionaría como Centro de Estudios.