6. Domina, ut sit!

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

A orillas del Ebro se levanta en Zaragoza la espléndida basílica del Pilar, en el sitio donde, en época musulmana, hubo un templo dedicado a Santa María. Comienza su construcción en tiempos del Renacimiento, atraviesa el barroco y remata, en pleno siglo XVIII, con soluciones neoclásicas. Dentro de la basílica está la Santa Capilla de Nuestra Señora del Pilar, magnífico estuche que encierra la columna en donde, según cuenta la tradición, posó sus plantas la Virgen. Ese pilar está forrado de bronce y plata, y sostiene una estatuilla que representa a una Virgen de abultado manto con el Niño en brazos.

Desde su llegada a Zaragoza, Josemaría se impuso la grata costumbre de visitar el Pilar, recortando los ratos libres entre clases. Y, mientras estuvo en Zaragoza, como refiere, vivió esa costumbre a diario:

La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias |# 139|.

Luego, siendo ya Inspector, llevaba allí a los seminaristas a rezar una "Salve Regina". De todos modos, aunque la devoción empapaba toda su vida interior, el recuerdo que le quedó de esos años era el de un mediocre esfuerzo por corresponder a la llamada divina, trabajando sólo con mediana intensidad |# 140|. (Tal vez porque hacía memoria de un pasado libre aún de las terribles luchas ascéticas que siguieron). Sus prácticas de piedad estaban avaladas por la mortificación —desaires, insultos, groserías—, sin que faltase la penitencia corporal, pues usaba cilicio |# 141|. Cercado de tinieblas, continuaba clamando incansable por la claridad de su llamada:

Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y —mientras— decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: Domine, ut videam! Domine, ut sit,! he repetido durante años: que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino |# 142|.

Más que cualquiera otra de las ventajas anejas a su cargo, agradecía el Inspector la libertad de tiempo y movimientos, porque le permitían conversar con el Amigo. Josemaría, asiduo y aficionado lector de Teresa de Ávila, acogería con una sonrisa lo que cuenta la Santa: que «habíala el Señor dado tan viva fe, que cuando oía a algunas personas decir que quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo nuestro Bien en el mundo, se reía entre sí, pareciéndole que, teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como entonces, que ¿qué más se les daba?» |# 143|.

Ya en Logroño solía quedarse Josemaría largos ratos en oración, por las tardes, junto al tabernáculo de La Redonda. Y continuó esas visitas en la iglesia del San Carlos, aunque sus obligaciones como Superior del seminario no le dejaban mucho tiempo libre. Pero tales eran sus ansias de tratar con el Señor —el amor siempre halla recursos—, que muy pronto descubrió un apetecible rincón cerca del altar mayor, donde se encontraba el sagrario.

Apenas se habían apagado las luces en el seminario, Josemaría pasaba desde la segunda planta del edificio a la zona residencial de los sacerdotes y, de ahí, a la parte alta de la iglesia de San Carlos. Descansaba este piso sobre las bóvedas de las capillas laterales; tenía amplias tribunas, instaladas entre los contrafuertes del templo, a la altura de donde partían los nervios que se entrecruzaban en lo alto de la nave. En una de esas tribunas, a la derecha de la cabecera de la iglesia, dominando el presbiterio, se arrodillaba Josemaría. Saludaba al Señor con esa viva fe de que habla la Santa, y fijaba los ojos en el tabernáculo, a través de la celosía, mientras el parpadeo de la lamparilla del sagrario encendía en momentáneo destello el oro del retablo, o hacía bailar las sombras entre la profusión barroca de nichos, estatuas y medallones |# 144|.

Con la noche por delante, sin interrupciones, y con la soledad llenando el resto del templo, el seminarista desde la tribuna y el Señor presente en el sagrario, entablaban una larga conversación; siempre igual y siempre diferente. Josemaría había cultivado intensamente el trato con el Señor en los últimos años. Sabía desenvolverse con confianza y sencillez, en largo diálogo, sin ruido de palabras. Charlaban con soltura, con la intimidad con que se hablan los amigos.

Los pensamientos de Josemaría se agolparían unas veces en súplica y, otras, se le encendería el alma en afectos. De su oración sabemos, con certeza, que era constante y que llevaba ya varios años repitiendo la misma petición: Domine, ut videam!, Domina, ut sit! Y sabemos que esa petición no había sido concedida; y que, no por ello, cesaba de pedir lo mismo, día y noche. Esa briosa y heroica perseverancia no estaba empañada por dudas o desfallecimientos. No se trataba siquiera de una promesa sino de unos barruntos de Amor. Y el lenguaje y penas de los enamorados los entendía Josemaría perfectamente.

En aquellas vigilias pedía fuerza en la lucha ascética, luces en su tarea de gobierno y prontitud en su correspondencia a la gracia. Hasta los pormenores de las anotaciones que hacía sobre los progresos de los seminaristas, le servían —nos dice— de diálogo con el Señor.

Las visitas nocturnas a la iglesia menudeaban, se iba haciendo más y más frecuente aquel rondar al Señor. A partir de entonces, cuando su alma, por el motivo que fuera, necesitaba hablar largo y tendido con Jesús después de una dura jornada de trabajo, sabía cuándo y dónde Le tenía a su disposición. De suerte que, poniendo por delante el Evangelio, podrá hacernos, con conocimiento de causa, como director espiritual, un callado reproche:

— "Pernoctans in oratione Dei" — pasó la noche en oración. — Esto nos dice San Lucas, del Señor. Tú, ¿cuántas veces has perseverado así? — Entonces... |# 145|.

* * *

El 14 de mayo de 1924 dirigió una instancia al Vicario Capitular de la archidiócesis, todavía vacante por el asesinato del Cardenal, en la que exponía su deseo de recibir el subdiaconado, por sentirse llamado al estado sacerdotal |# 146|. El Vicario, como era su obligación, pidió informes al Rector, quien contesta que el aspirante ha observado «buena conducta moral y religiosa, recibiendo con frecuencia el Sacramento de la Penitencia y diariamente el de la Comunión» |# 147|.

El Subdiaconado se lo confirió don Miguel de los Santos el 14 de junio, en la iglesia del San Carlos |# 148|.

Poco antes se había examinado de las asignaturas del quinto curso de Teología, obteniendo en todas ellas la nota de "meritissimus". En su expediente académico, ya completo, aparecen veinte asignaturas: dieciséis con la máxima calificación ("meritissimus"); dos con "benemeritus"; y "meritus" en Griego y Hebreo |# 149|.

Ahora que era subdiácono, «se sentía ya ministro de Dios» |# 150|. La cercanía al sacerdocio le llenaba de alegría. Pero, probablemente con este motivo, comenzaron a deteriorarse las relaciones del subdiácono con su tío Carlos. En un principio el arcediano le había acogido bajo su protección, ayudándole a ingresar en el San Carlos con media beca, invitándole con frecuencia a su casa, y prestándole otros pequeños servicios. Sin embargo, como advierte uno de los amigos íntimos de Josemaría, el sobrino «no pudo tener nunca unas relaciones muy cordiales con su tío» |# 151|. Era éste uno de los parientes que criticaron el gesto heroico de don José, al desprenderse cristianamente, a raíz de la quiebra, de unos bienes familiares, colocando así a los Escrivá al borde de la pobreza. Al correr los años, el trato entre el arcediano y el seminarista se fue haciendo cada vez más difícil, porque Josemaría nunca se avino a secundar los planes que, respecto a su futura carrera, se había trazado mentalmente don Carlos.

Sixta Cermeño, casada con un primo de Josemaría por entonces residente en Zaragoza, explica que el arcediano, «conocedor de la importancia de su cargo en la diócesis, se consideraba un poco figura de relieve dentro de la familia y responsable de ella» |# 152|. A esta figura de protector y consejero unía una concepción sobre la carrera eclesiástica muy dispar de la idea que el sobrino tenía del sacerdocio. El uno creía «haber llegado a la cumbre»; el otro «no tenía el menor interés en hacer carrera con el sacerdocio» |# 153|.

En las vacaciones de verano preparó Josemaría los exámenes de la Facultad de Derecho. Era un buen puñado de asignaturas. El profesor Sánchez del Río relata los pormenores:

«Sería en el mes de septiembre del año 1923 ó 1924 cuando formé parte de los Tribunales que le examinaron de Derecho Canónico y de Derecho Romano (los exámenes de alumnos libres eran siempre con Tribunal). Ambos Tribunales los formamos D. Juan Moneva, D. José Pou de Foxá y yo. Recuerdo que, al empezar el examen de Canónico, D. Juan Moneva, catedrático de esa asignatura, se dirigió a él en latín preguntándole si quería hacer el examen en ese idioma; sin vacilar le contestó que sí y así lo hizo: sus contestaciones estuvieron muy bien, eran concretas y concisas; en un latín correcto respondía con rapidez, de forma breve y clara; fue un examen brillante. El examen de Romano puso de manifiesto la afición especial que tenía por esta disciplina» |# 154|.

* * *

Al ir de visita a la basílica del Pilar tendría, frecuentemente, que guardar cola con los demás fieles, antes de besar el trozo de la columna al descubierto, desgastado por los labios de generaciones y generaciones de cristianos. Allí, en la Santa Capilla, repetía sus insistentes jaculatorias: Domine, ut sit!, ¡que sea eso que Tú quieres, que yo no sé qué es! Y lo mismo a la Santísima Virgen: Domina, ut sit! |# 155|.

No contento con besar la columna, deseaba acercarse a la imagen. Según cuenta, meses antes se había valido de una treta para conseguirlo, porque no estaba permitido besar el manto con que revestían a la imagen nada más que a los niños o a las autoridades:

Como tenía buena amistad con varios de los clérigos que cuidaban de la Basílica, pude un día quedarme en la iglesia después de cerradas las puertas. Me dirigí hacia la Virgen, con la complicidad de uno de aquellos buenos sacerdotes ya difunto, subí las pocas escaleras que tan bien conocen los infanticos y, acercándome, besé la imagen de nuestra Madre |# 156|.

En su habitación, en San Carlos, tenía el Inspector una reproducción en yeso de dicha imagen. No valía gran cosa. Provenía del familiar del cardenal Soldevila, y a ella acudía pidiendo, de manera incesante, su mediación para que se realizara cuanto antes la Voluntad divina:

A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. Domina! —le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño—, ut sit!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea |# 157|.

Tan machacona era su oración, que terminó grabando la jaculatoria con la punta de un clavo en la base de la estatuilla. En Zaragoza quedó aquella imagen cuando Josemaría tuvo que salir de allí. Y no la volvió a ver hasta 1960, en Roma, cuando una de sus hijas en el Opus Dei le enseñó una estatua de la Virgen del Pilar, que había estado hasta entonces en casa de unos parientes suyos de Zaragoza. Se la enviaban porque había sido suya:

Padre, ha llegado aquí una imagen de la Virgen del Pilar, que tenía usted en Zaragoza. Le respondí: no, no me acuerdo. Y ella: sí, mírela; hay una cosa escrita por usted. Era una imagen tan horrible, que no me pareció posible que hubiese sido mía. Me la mostró y, debajo de la imagen, con un clavo, estaba escrito sobre el yeso: Domina, ut sit!, con una admiración, como suelo poner siempre las jaculatorias que escribo en latín. ¡Señora, que sea! Y una fecha: 24-5-924.

Y es que muchas veces, hijos míos, el Señor me humilla. Mientras a menudo me da claridad abundante, otras muchas veces me la quita, para que no tenga ninguna seguridad en mí. Entonces viene, y me ofrece una dedada de miel.

Yo os había hablado de esos barruntos muchas veces, aunque en ocasiones pensaba: Josemaría, eres un engañador, un mentiroso... Aquella imagen era la materialización de mi oración de años, de lo que os había contado tantas veces |# 158|.