4. Tres amores: Cristo, María, el Papa

Extraído del libro "Apuntes" sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo. Madrid, 29‑V‑33 . Don Ricardo Fernández Vallespín con­serva un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión del P. Luis de la Palma, con esta dedicatoria del Fundador del Opus Dei.

Desde su juventud, y hasta su muerte, podría decirse que Mons. Escrivá de Balaguer no hizo otra cosa que poner almas delante de Cristo, de ese Cristo que es herí et hodie, ipse et in saecula, "el mismo ayer y hoy y por los siglos" (Heb. 13,8). Cristo, que es la única Víctima, el único Modelo. Cristo, que no es un personaje histórico, sino que vive, y espera a cada uno de los cristianos desde hace veinte siglos.

Probablemente un teólogo que analice con calma sus escritos se verá obligado a reconocer que su doctrina, ante todo, es ne­tamente cristológica. Pero, sin entrar en profundidades teológicas ‑otros lo harán‑ es claro que su sentido cristocéntrico va inse­parablemente unido a su devoción mariana y a su afecto incon­dicionado hacia el Papa, el Vicecristo, el dulce Cristo en la tierra, como gustaba repetir con Santa Catalina de Siena.

Bastaba un rato de conversación ‑por breve que fuera­para darse cuenta enseguida de que todo en su vida giraba alre­dedor de Cristo, de María y del Papa. Lo comprobó don Alfonso

Casas, chantre de la catedral de Túy, a quien el obispo de aquella diócesis presentó al Fundador del Opus Dei en 1945: "No sé si fue entonces (o posteriormente, a través de sus escritos) cuando pude apreciar su profundísima devoción a la Santísima Virgen, a San José, y su incesante e intenso amor al Papa".

"Tres grandes fuerzas ‑ha bosquejado en el diario ABC don Marcelo González, Cardenal Primado de España‑ animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la Esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particularmente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la Humanidad de Cristo, niño, hombre, muerto y resucitado (sentido de encarna­ción de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen María, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a sí motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María)".

Efectivamente, su devoción a Santa María era inseparable de San José. Lo llevaba hasta el extremo, si se quiere anecdótico, pero altamente significativo, de unir en una sola palabra su nom­bre de pila, Josemaría. Como relataba el canónigo don Mariano A. Taberna en el Diario de Ávila (28 de junio de 1975), a raíz de su muerte: "Escribo el nombre completo, porque no toleraba nunca que se le llamara sólo don José . Por favor, no me quite a la Virgen, decía inmediatamente".

Otro sacerdote, don Ramón Cermeño, repasa unos ejercicios espirituales en el Seminario de Ávila, poco después de terminada la guerra de España: insistía en la importancia de fomentar durante el día la presencia de Dios, llamaba a la Virgen "la Señora" y "Santa María", y recomendaba invocarla antes de comenzar el estudio con la jaculatoria Sancta María, Mater Dei et Sedes sapientiae, ora pro me, "costumbre que en cuanto a mi se refiere llegó a ser connatural". Y concluye: "Inculcó también tener gran devoción al `Señor San José', cosa que se notaba él vivía".

El Fundador del Opus Dei vivía lo que decía, hablaba de lo que vivía. A propósito de aspectos diversos de la vida cristiana, todos los que le conocieron lo anotan. No hay excepción tam­poco, cuando se trata de San José y de Santa María. Afirma el P. Sancho, O.P.: "Era muy devoto de la Virgen, mucho, mucho. Conservo su libro sobre el Santo Rosario, que es todo él una prueba viva de su devoción mariana; si no la hubiera tenido, no hubiera escrito ese libro lleno de una gran ternura con nuestra Madre".

Diversas manifestaciones de cariño a la Virgen, llenas de delicadeza hacia la que es Madre de Dios y Madre nuestra ‑así le gustaba reiterar‑, se han incorporado a la vida diaria de los socios del Opus Dei, por él recogidas del tesoro de las recias y seculares tradiciones cristianas: el Santo Rosario, el Ángelus, el Acordaos, las tres Avemarías de la noche, el escapulario del Carmen, las imágenes de Santa María que presiden tantos luga­res de trabajo y de oración.

Y junto a la devoción a Santa María ‑inseparable‑, recurrió siempre a San José, a quien muy pronto invocó como Padre y Señor. A él se encomendó siempre, como maestro de vida interior. Sobre San José ha dejado páginas espléndidas que glosan su vida de trabajo, su docilidad a los planes divinos, su humilde sentido de responsabilidad, su amor y delicadeza hacia María y Jesús. Del Santo Patriarca tenían que aprender los socios de la Obra a tratar ‑a contemplar‑ a Jesucristo y a la Virgen.

En los últimos años de su vida, la presencia de la trinidad de la tierra ‑Jesús, María y José‑ que desde que era sacerdote joven fue connatural al Fundador del Opus Dei, se hace de día en día más intensa, más entrañable. Y en esos años finales de su caminar terreno, proclama con ímpetu su amor a San José, al que reserva un trato especial que lo penetra todo. Cabe destacar dos ideas, que el Fundador del Opus Dei invocará con ocasión y sin ella y que, sin duda, están en el centro de su última predicación sobre el Santo Patriarca. Tienen enjundia teológica y, sobre todo, un inextinguible despliegue de consecuencias prácticas. Bien grabadas quedaron a un socio del Opus Dei brasileño, en mayo de 1974, que iba con el Padre en el avión que le llevaba de Río de Janeiro a Sáo Paulo. Durante aquel viaje, comenzó a hablar de San José y de su propósito, para aquel mes de mayo, de meter a San José en todo. Esas dos ideas, que enmarcaban todo un programa de vida contemplativa, y que esbozó brevemente durante el vuelo, eran:

‑Después de Santa María, es la criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios; yo estoy seguro.

‑Pensad que podría aplicarse a San José lo que dicen los teólogos de Santa María: que Dios Nuestro Señor podía llenarla con su gracia, y si pudo, lo hizo...

Con San José, su Esposa está presente en los momentos deci­sivos de la vida de Mons. Escrivá de Balaguer y de la historia del Opus Dei. Antes de su fundación, en la súplica confiada a la Virgen del Pilar. El 2 de octubre de 1928, en las campanas de la iglesia madrileña de Nuestra Señora de los Ángeles, que festeja­ban a su Patrona, y oyó mientras hacía oración. En la primera aprobación que el Opus Dei recibió de la Santa Sede, el 11 de octubre de 1943, día de la Maternidad de la Virgen. El 2 de fe­brero de 1947, Fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, cuando Pío XII promulgó la Constitución Apostólica Provida Mater Ecc1esia, mediante cuya aplicación el Opus Dei obtendría la aprobación solemne de la Iglesia. El 15 de agosto de 1951, cuando en la Santa Casa de Loreto ‑en momentos muy difíci­les‑ hizo la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Hasta la hora del Ángelus del 26 de junio de 1975, en que sintió el delicado beso de Santa María, camino de la presencia eterna ante su Hijo.

El recurso filial a Nuestra Señora fue constante: acudía a Ella para lo grande, y para lo aparentemente más pequeño. Y tenía afecto a todas las advocaciones de la Virgen.

Lorenzo Martín Nieto, arquitecto de Sevilla, coincidió con Mons. Escrivá de Balaguer, por los años cuarenta, un día de Jueves Santo. El Fundador del Opus Dei había llegado a Sevilla el día anterior. Se veía la necesidad de encontrar un sitio donde pudieran vivir algunos socios de la Obra, y desde allí desarrollar la labor en aquella ciudad:

Rezad para que pronto tengamos una casa, pues aquí estamos de prestado ‑les confió‑. Se lo he pedido a vuestra Patrona, la Virgen de los Reyes, y le he dicho que, si nos prepara pronto una residencia de estudiantes en esta tierra, su imagen presidirá el oratorio que allí se instale.

El 15 de noviembre de 1972 consagró el altar del oratorio del Colegio Mayor Guadaira, instalado pocos años antes en un edificio de nueva planta. El oratorio está presidido por una imagen de la Virgen de los Reyes, en una talla distinta, mejor acabada, que la que estuvo en la primera sede de Guadaira, desde los años cuarenta.

Aquel día, después de consagrar el altar, se quedó un buen rato con los residentes, en el salón de actos. Y resaltando cómo Cristo perdonaba desde la Cruz, vino a su mente la primera vez que había estado en Sevilla, durante una Semana Santa. Se puso a hacer oración delante de un paso, de una imagen de la Virgen:

Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan pre­ciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo: ‑Padre cura, ésta no vale na; la nuestra es la que vale! De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: ‑Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aun­que me gustan todos, también digo: éste, éste es el bueno. ;Qué amor tenéis a la Virgen aquí, hijos míos! Que Ella os bendiga y os guarde. Que os haga limpios, que os haga rectos, que os haga alegres ‑lo sois‑, que os haga felices en la tierra; aunque tengáis algún pecadillo que otro... Jesucristo os perdona­rá, porque cuando volvéis a Ella, volvéis a su Hijo. Además, somos tan débiles todos... Ya rezaréis para que también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que le tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender. Y quiero a la Virgen en todas vuestras imágenes, que son tan ma­ravillosas. Precisamente me decían ayer: ‑¿No irá usted a ver..., tal imagen de la Virgen? Y yo les contesté: ‑Mira, a mí me gustan todas las imágenes de Nuestra Se‑ ñora. Tendría que ir a verlas todas, y eso no es posible; así que no podré ver esa imagen que me dices. En un rincón de Aragón estamos levantando un gran santua­rio a la Virgen. Amo tanto a Nuestra Señora, que no haré ninguna propaganda de la Virgen de Torreciudad, ninguna (...). Porque amo todos los retratos de mi Madre, todas las imágenes de la Virgen:

En los primeros años de su vida, ermitas y santuarios de toda España habían conocido los piropos ‑el Santo Rosario‑ del Fundador del Opus Dei. Luego serían del mundo entero: Lourdes, Fátima, Loreto, Einsiedeln, Guadalupe (México), Nues­tra Señora Aparecida (Brasil), Luján (Argentina), Lo Vázquez (Chile). O cualquier imagen de Santa María escondida en los rin­cones de una calle madrileña o romana, o en iglesias ‑católicas o no‑ de media Europa.

Pedro Casciaro, que había conocido a don Josemaría en los comienzos de 1935, quiso tenerlo como director espiritual. Bajo su guía fue aprendiendo a hacer oración, a estar en la presencia de Dios en todo momento, también por la calle. Para ayudarle de modo práctico, le preguntó un día cuál era el camino habitual desde su casa ‑en la calle de Castelló‑ hasta la Escuela de Ar­quitectura ‑tenía él clases en el edificio de Areneros que el gobierno había incautado a la Compañía de Jesús‑ o la Facultad de Ciencias, aún en San Bernardo. Y entonces le fue enumerando las imágenes de la Virgen que podía encontrar en su camino:

En la calle de Goya ‑más o menos fueron éstas sus pala­bras‑ hay una pastelería apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón, en el cruce con el paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares...

Pedro Casciaro quedó sorprendido al comprobar su poca capacidad de observación, él ‑estudiante de Arquitectura‑ que tanto solía fijarse en los detalles ornamentales. En realidad ‑apostilla‑, "sólo un alma enamorada de la Virgen habría podido detectarlas. Desde entonces mis horas de trabajo fueron adquiriendo un nuevo sentido de santificación, y mis andanzas por las calles de Madrid, nuevas perspectivas contemplativas".

Y, por fin, el Papa, el dulce Cristo en la tierra.

Encarnación Ortega ilustra con muchos detalles su llegada a Roma el 27 de diciembre de 1946, con otras tres asociadas de la Obra, las primeras que iban a quedarse en Italia. En el recorrido del aeropuerto romano al pequeño piso, instalado en Piazza Cittá Leonina, quiso el Fundador que pasaran por el Colosseo y que allí rezaran, despacio, un Credo, pidiendo a los mártires ‑que en aquel lugar dieron su vida‑ fe y fortaleza para ser buenos instrumentos en servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice. A la mañana siguiente, ante el sepulcro del primer Papa, reno­varon su petición con amor filial, y rezaron intensamente por el Romano Pontífice que en aquel momento ocupaba la sede de Pedro.

No fue una excepción. Más bien al contrario: el Fundador del Opus Dei siempre enseñó a las almas a querer y a orar por el Santo Padre, viendo en él al representante ‑al Vicecristo ‑ de Dios en la tierra. Por eso quería que toda persona del Opus Dei que llegase á Roma fuese inmediatamente a la Basílica de San Pedro para renovar su fe y rendir homenaje al Pontífice reinante.

Su amor, su veneración por el Papa ‑quienquiera que fuese­era patente. No hacía falta, ni mucho menos, ser socio del Opus Dei para advertirlo. El 27 de agosto de 1972 ‑y es un ejemplo entre muchos‑ el Cardenal Frings predicaba en Colonia con motivo de la primera Misa solemne de un nuevo sacerdote del Opus Dei: "Para ser sacerdote en la Iglesia Católica hay que estar firmemente convencido ‑convencido, diría yo, con una divina certeza‑ de que la Iglesia es dirigida en su cúspide por Pedro y por su sucesor, el Papa. Mons. Escrivá lo ha captado desde hace tiempo. Y él ha ido por delante de los suyos en su fiel lealtad al Papa, y ha permanecido siempre en fidelidad incon­movible al Papa".

El Consiliario del Opus Dei en España, don Florencio Sánchez Bella, pronunció la homilía en el funeral por el alma de Mons. Escrivá de Balaguer que se celebró en los primeros días de julio de 1975 en la madrileña Basílica de San Miguel. En un momento dado, contempló su amor apasionado por la Iglesia: "Sus últimas palabras ‑lo habéis leído en la prensa‑ fueron de amor a la Iglesia y al Papa".

"Permitidme una expansión de amigo. Quiero contaros una anécdota bien reciente, del sábado pasado. Estábamos haciendo oración por la mañana, temprano, en el oratorio del Consejo Ge­neral del Opus Dei en Roma. Hacía pocas horas que habíamos dado sepultura al cuerpo de Monseñor Escrivá de Balaguer. Am­biente de paz, de serenidad, mientras el sacerdote, sentado en una pequeña mesa, leía un libro de meditaciones compuesto hace bastantes años. Hasta que llegó a una cita del Padre, allí recogida. Os la leeré : Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuentas a Dios, vosotros diréis (...) cómo el Padre amaba al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas.

"Brotaron aquí sollozos que subrayaban cómo iba ya prepa­rándonos nuestro Padre en caminos de fe, de esperanza y de amor, unidos inseparablemente a la Iglesia y al Papa'".

Este espíritu del Fundador del Opus Dei se compendiaba en un adjetivo: "romano". El cardenal Poletti, Vicario de la diócesis de Roma, escribía a don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general del Opus Dei, el día 27 de junio de 1975:

"La Diócesis de Roma debe mucho a tantos

Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones, y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Mons. Escrivá de Balaguer, per­sonalidad se suma a esta admirable serie de hombres de Dios.

"El ‑que vivía en Roma desde 1946‑ se preciaba de ser “muy romano” y ha inculcado a sus hijos e hijas, repartidas por el mundo, este amor suyo a Roma, la diócesis del Papa. (...) Como Vicario General del Santo Padre, al recordar la figura del Fun­dador del Opus Dei, deseo expresar mi agradecimiento por el celo suyo y el de sus hijos, que ha sido un fermento de vida apostólica en los más variados ambientes de la vida romana”.

El texto íntegro de esta carta apareció en el número de la Rívista Diocesana di Roma correspondiente a julio‑agosto de 1975. En ese mismo número Francesco Angelicchio publicaba un artículo con el expresivo título Un sacerdote español “muy romano”. En él se preguntaba: “¿Por qué quiso Mons. Escrivá de Balaguer ser “muy romano”? ¿Cuál ha sido la razón para que quisiera con todas sus fuerzas, como repetía a sus hijos, “romanizar” la obra que ha fundado? Sin duda, para tener él mismo y para dar a la nueva fundación idéntico aire con el que Cristo quiso dar a su Iglesia y a su Vicario estableciéndolo en Roma. Para el fundador del Opus Dei, romanidad es sinónimo a la vez de unidad y de universalidad, es manifestación de amor y obediencia al Papa, obispo de Roma, es expresión de docilidad y de servicio a la sede apostólica, es deseo de impregnarse en el espíritu de la primitiva cristiandad y de la Iglesia de los mártires que en Roma aportaron la mayor contribución a la salvación y al incremento de la fidelidad a la Esposa de Cristo y al Primado de Pedro".

El Fundador del Opus Dei quería grabar en los socios de la Obra ‑en todos los fieles‑ el amor hacia el Vicario de Cristo que rebosaba dentro de su corazón de cristiano. Una vez más, decía y enseñaba lo que vivía. Su primer viaje a Roma fue en 1946. Tras una difícil travesía por mar de Barcelona a Génova ‑donde Mons. Escrivá de Balaguer celebró su primera Misa en tierra italiana, en una iglesia medio destruida por los bombar­deos de la guerra‑, hizo el camino de Génova a Roma en coche, junto con don Álvaro del Portillo y don Salvador Canals, que habían ido a recibirles a Génova. También viajaba don José Orlandis, que narra así la llegada a la Ciudad Eterna:

"Había todavía luz en el cielo, en el crepúsculo de uno de los días más largos del año, cuando por la Vía Aurelia llegamos a las cercanías de la Urbe. En cierto momento, y tras una revuelta del camino, apareció ante nuestros ojos la cúpula de San Pedro. El Padre se emocionó visiblemente y rezó en voz alta un Credo. Pocos minutos después, nos deteníamos en Piazza delta Cittá Leonina, donde estaba el piso recién alquilado, que fue el primer domicilio de Monseñor Escrivá de Balaguer en Roma. Una terra­za de esta casa se abría sobre la Plaza de San Pedro, y a la derecha se alzaba la mole del Palacio Vaticano, con la ventana ilumi­nada donde trabajaba el Romano Pontífice. Nuestro Padre estaba lógicamente fatigado tras aquel largo y duro viaje. Mas, a pesar de nuestros ruegos, no quiso retirarse a descansar y pasó la noche entera en oración en esa terraza, teniendo enfrente la casa del Vicario de Cristo en la tierra.

"Quiero, todavía, dejar constancia de un detalle que, sin duda, constituyó para nuestro Fundador una heroica y silenciosa mortificación. La gran ilusión de toda su vida había sido hacer su `romería' y videre Petrum. Se dio la circunstancia de que la pri­mera residencia a donde fue a vivir a su llegada a Roma se hallaba a un paso de la Plaza de San Pedro. Pero nuestro Padre debió de resolver entonces ofrecer a Dios lo que para él repre­sentaba el más costoso sacrificio. Y dejó pasar un día, y otro, y otro, hasta seis, sin cruzar la Plaza y postrarse ante la tumba de San Pedro. Por fin ‑nosotros veníamos observando estas cosas con silencioso respeto‑ el día 29, Fiesta del Apóstol, dijo:

Vamos a San Pedro

Algo semejante relata Francesco Angelicchio, en el artículo citado poco más arriba: "Le gustaba mucho ‑en algunas épocas durante muchos días seguidos‑ acercarse hasta la Plaza de San Pedro para rezar el Credo y la oración `pro Pontifice'. Al llegar a las palabras `creo en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica', hacía una pequeña variación, que rezaba con gran intensidad: creo en mi Madre la Iglesia Romana, repitiendo tres veces este acto de fe. A continuación, proseguía: `una, santa, católica, apostólica'. Veíamos cómo las meditaba y procuraba grabarlas a fuego en la cabeza y en el corazón incluso de las personas que le acompañaban".

Mons. Escrivá de Balaguer rezó e hizo rezar, todos los días, en todos los Centros de la Obra, y a todos los socios, por la persona y las intenciones del Papa. Lo subrayó el Consiliario del Opus Dei en Italia, Mario Lantini, en los funerales celebrados el 28 de junio de 1975 en la Basílica romana de San Eugenio:

"Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica? Mons. Escrivá de Balaguer, el Padre, había escrito estas palabras en 1934, cuando tenía treinta y dos años y el Opus Dei no contaba más que seis. Estas tres palabras componen un programa que ha guiado su vida entera, la de todos los socios del Opus Dei y la de cientos de miles de personas de todo el mundo".