4. Maestro de espiritualidad

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Para mejor contemplar la Humanidad Santísima de Cristo, Dios y Hombre, el Fundador aconsejaba la lectura de la Pasión del Señor:

En los primeros años de mi labor sacerdotal, solía regalar ejemplares del Evangelio o libros donde se narraba la vida de Jesús. Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor |# 123|.

Sentía la emoción de ver la maravilla de un Dios que ama con corazón de hombre |# 124|; y ansiaba tener, a flor de memoria, los padecimientos del Salvador, que ama y sufre por redimir al mundo:

Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace siglos: El cuerpo de Jesús es un retablo de dolores |# 125|.

La tonalidad religiosa de los escritores clásicos, cuyos libros solía regalar don Josemaría, es fuertemente realista. En el Tratado de la oración y meditación de san Pedro de Alcántara, de 1533, se mantiene un estilo terso, jugoso y, en alguna ocasión, patético. Vemos a Jesús coronado de espinas en el Ecce Homo:

«Cuando yo abro los ojos y miro este retablo tan doloroso que aquí se me pone delante, el corazón se me parte de dolor [...]. Ponte tú mismo en el lugar del que padece, y mira lo que sentirías si en una parte tan sensible como es la cabeza te hincasen muchas y muy grandes espinas que penetrasen hasta los huesos: ¿y qué digo espinas?, una sola punzada de un alfiler que fuese apenas lo podrías sufrir» |# 126|.

En 1574 se publica la Vida de Jesucristo de fray Luis de Granada. Pilatos pronuncia el Ecce Homo:

«Mira cuál estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rascuñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrida. [...] tal estaba su figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por mano de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente» |# 127|.

Otro de los libros regalados por el Fundador era la Historia de la Sagrada Pasión del jesuita Luis de la Palma, impreso en Alcalá en 1624. Su estilo barroco es digno, erudito, piadoso, aunque un tanto caudaloso de palabras. Allí las escenas se hacen vivas, elocuentes, echan raíces en la memoria. Al llegar al pasaje de la presentación de Jesús al pueblo, escribe el jesuita:

«Llevaría los ojos llenos de lágrimas que de ellos salían, y de la sangre que destilaba de la cabeza; las mejillas amarillas, sin color y llenas de sangre y afeadas con las salivas que le habían escupido en su faz; las piernas temblando, no menos de frío que de la flaqueza, y todo el cuerpo humillado y encorvado con el peso de la afrenta y el dolor.

Teniendo Pilatos a su lado y cerca de sí este retablo tan lastimoso, que bastaba a mover a compasión a las fieras y enternecer corazones que fueran de pedernal, haciendo silencio, les dijo en voz alta: [...] Ecce Homo» |# 128|.

La tradición de los clásicos, además de realista, es vigorosa. El franciscano San Pedro de Alcántara nos presenta un "retablo" gótico, reciamente tallado por el dolor. Y el dominico Luis de Granada pinta un "retablo" renacentista, colorido por regueros de sangre. En el estilo del Fundador se sobrepone, además, un toque de emotiva intimidad. He aquí representada la condena a muerte de Jesús:

La corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas... Ave Rex judeorum! —Dios te salve, Rey de los judíos. Y, a golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean... y le escupen.

Coronado de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío: Ecce Homo! —Ved aquí al hombre. Y de nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale!, ¡crucifícale!

—Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?

Ya no más, Jesús, ya no más... |# 129|.

Y ésta es la consideración del Ecce Homo::

El corazón se estremece al contemplar la Santísima Humanidad del Señor hecha una llaga [...].

Mira a Jesús. Cada desgarrón es un reproche; cada azote, un motivo de dolor por tus ofensas y las mías |# 130|.

En estas reflexiones, que llevan al arrepentimiento y a propósitos de nueva vida, radica la fuerza del estilo. A veces, una mirada basta en medio de la confusión de las gentes camino del Calvario:

Hay un tumulto de voces; y a intervalos, cortos silencios: tal vez cuando Cristo fija los ojos en alguien:

—Si alguno quiere venir en pos de mí, ...tome su cruz de cada día y sígame |# 131|.

Meditar la Pasión de Cristo hace recio al cristiano, le acerca al Maestro, enciende en su alma la compunción y la gratitud. Sin embargo, hay almas que no estallan en lágrimas de dolor y de amor al pensar en la Pasión de Cristo. ¿No será acaso —se pregunta el Fundador— que tú y yo presenciamos las escenas, pero no las vivimos? |# 132|. Y a continuación nos explica cómo acompañar de cerca a Jesús:

Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas |# 133|.

Una presencia viva significa meterse dentro del Evangelio, considerar que se está físicamente cerca de Cristo, acompañándole. Este método de contemplación lo vivía el Fundador ya en 1931, cuando escribió Santo Rosario, según el camino de infancia espiritual que le había mostrado el Señor, como ha quedado expuesto. Pensaba que todo cristiano debería llevar impresa en la memoria la Pasión, de manera que pudiese reproducirla a voluntad. Más aún, quisiera que esa presencia viva fuese una actuación personal, participación activa en la historia: poner nuestras espaldas cuando le azotan, ofrecer nuestra cabeza a la corona de espinas |# 134|. Mejor todavía, meterse en las llagas del Señor.

Al final, acabado el sacrificio, cuando Jesús pende exánime de la Cruz, cuando todo parece perdido y la soledad envuelve el mundo, Nicodemo y José de Arimatea piden a Pilatos, con valentía, el cuerpo del Señor:

Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., serviam!, os serviré, Señor |# 135|.

* * *

El Fundador tenía en Dios su pensamiento, ya fuese en los ejercicios de piedad, ya en las horas de trabajo. En virtud del principio de "unidad de vida", convertía su trabajo en oración y hacía de sus ocupaciones contemplación espiritual. Habló el Fundador del "materialismo cristiano", del valor divino encerrado en las tareas seculares, y de que para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos:

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales |# 136|.

Éste era su estilo de vida y ésta su enseñanza. En cuanto maestro de espiritualidad, su predicación se orientaba a difundir el mensaje de que se han abierto los caminos divinos de la tierra; y, para poner en marcha la vida contemplativa, solía "materializar" cosas en sí espirituales, dando juego a nuestras potencias y sentidos:

Para facilitar la oración —aconsejaba—, conviene materializar hasta lo más espiritual, acudir a la parábola: la enseñanza es divina. La doctrina ha de llegar a nuestra inteligencia y a nuestro corazón, por los sentidos: ahora no te extrañará que yo sea tan aficionado a hablaros de barcas y de redes |# 137|.

Como fuente de meditación prefería las páginas del Evangelio: la vida del Señor, la de la Virgen y los Apóstoles, y el encuentro de Jesús con personajes secundarios. Acostumbraba siempre a meterse muy dentro de la narración histórica. Un día —cuenta un testigo— leía don Josemaría el evangelio correspondiente de la misa. Era el capítulo IV de san Juan, que recoge la conversación de Cristo con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Leyendo se le escapó al celebrante una exclamación. ¡Qué mujer!; y, al terminar la misa, explicó al que le ayudaba su admiración por aquella mujer que, a pesar de sus miserias, es una de las pocas personas que reconocen al Mesías y se lanza a ser proselitista |# 138|.

Un par de palabras le bastaban para darnos el carácter de las personas que desfilan por los Evangelios; y de cortas referencias extraía largos comentarios, con honda visión sobrenatural y mucho sentido común, como en el caso de san José:

Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José |# 139|.

A fuerza de leer y meditar la vida de Jesús, se movía didácticamente bajo la influencia evangélica de las parábolas, en busca de la sencillez, de lo conocido e inteligible para materializar hasta lo más espiritual. De un hecho vulgar o corriente, por ejemplo, sacaba enseguida una imagen, que interpretaba en términos espirituales. La contemplación de la naturaleza le llevaba inmediatamente a Dios, a la esfera de las cosas divinas, como pone de manifiesto la siguiente anécdota. Paseando en cierta ocasión por una playa del Mediterráneo, cerca de Valencia, vio una hilera de árboles, entre el mar y los campos cultivados. Estaban retorcidos y maltrechos por el viento, y picados de salitre. Así habéis de ser todos vosotros —comentó a quienes le acompañaban—, árboles de primera línea, que se desgastan protegiendo a los demás árboles de la Iglesia |# 140|.

Cualquier suceso de la vida cotidiana que tuviera referencias evangélicas le conmovía hondamente y le disponía a la contemplación. Con una escena del campo comienza una de sus homilías:

Íbamos hace tantos años por una carretera de Castilla y vimos, allá lejos, en el campo, una escena que me removió y que me ha servido en muchas ocasiones para mi oración: varios hombres clavaban con fuerza, en la tierra, las estacas que después utilizaron para tener sujeta verticalmente una red, y formar el redil. Más tarde, se acercaron a aquel lugar los pastores con las ovejas, con los corderos; los llamaban por su nombre, y uno a uno entraban en el aprisco, para estar todos juntos, seguros |# 141|.

Se veía oveja de Cristo y pastor de sus hijos en el Opus Dei:

Tanto me enamora la imagen de Cristo rodeado a derecha e izquierda por sus ovejas, que la mandé poner en el oratorio donde habitualmente celebro la Santa Misa; y en otros lugares he hecho grabar, como despertador de la presencia de Dios, las palabras de Jesús: cognosco oves meas et cognoscunt me meae (Jn. 10, 14), para que consideremos en todo momento que Él nos reprocha, o nos instruye y nos enseña como el pastor a su grey |# 142|.

Despertador de la presencia de Dios era todo aquello que traía a la memoria del Fundador su misión; palabras u objetos que de algún modo le reavivaban interiormente. Esas cosas con las que despertar el afecto, esas industrias humanas —como también las llamaba— no eran únicamente objetos piadosos: crucifijos, imágenes de la Virgen o textos de la Sagrada Escritura. Ahí entraban también los objetos más variados: borricos, mapas, una flor, una foto familiar, un ladrillo... Ya en 1928, en los primeros años de don Josemaría en Madrid, tenía sobre la mesa un plato de cerámica de Talavera, roto y con lañas, en el que contemplaba, por reflejo de conciencia, la imagen de su propia fragilidad, recompuesta por el amor de Dios |# 143|.

(Por tal procedimiento, los objetos más vulgares devenían símbolos y recuerdos que engendraban incitaciones ascéticas o contemplativas. En Villa Tevere se ven por todas partes dibujos, inscripciones, rótulos, escudos... que constituyen un lenguaje vivo de la presencia de Dios en aquella casa.)

La urgencia del Fundador por ver cumplida su misión divina se hacía evidente en su fogosa actividad, y se reflejaba en un estilo condensado de imágenes evangélicas, que se desgranaban dejando tras sí un reguero de brillantez y soltura:

Podemos comprender toda la maravilla de la llamada divina. La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro |# 144|.

* * *

Era el Fundador sacerdote que no hablaba más que de Dios; y así gustaba de ser definido. Su total entrega a la misión apostólica le llevó a predicar el mensaje de la santificación en medio del mundo. En eso centró sus potencias. A eso se dedicó en cuerpo y alma. Su trato con cientos de jóvenes, primero; y luego con mujeres y hombres —sacerdotes y seglares—, le dio tal conocimiento del alma humana, y fue tanta la gracia que acompañó su labor sacerdotal, que difícilmente se hallará director con mayor experiencia. En sus libros —cuya finalidad es hacer hombres y mujeres de oración y de criterio cristiano— nos ofrece algo de aquella experiencia sacerdotal. En primer lugar, porque muchas de sus páginas son autobiográficas; y en ellas nos refiere su lucha y sus debilidades, con las que siempre cuenta Dios para que nos hagamos santos los hombres:

repaso mi conducta, y me asombro ante el cúmulo de mis negligencias. Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que Él me repite despacio: meus es tu! (Is. 43, 1); sabía —y sé— cómo eres, ¡adelante! |# 145|.

El Fundador navega por delante, como un rompehielos, abriendo camino. Nos habla, por propia experiencia, de las dificultades que encontró, de la táctica seguida, y de los medios para superar obstáculos. Y, para no hablar siempre de sí mismo, y salvaguardar su humildad, narra las anécdotas de su vida en tercera persona; y va un ejemplo:

Decía —sin humildad de garabato— aquel amigo nuestro: "no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer" |# 146|.

Son muchas las ocasiones en que, como aquí, los relatos autobiográficos están enmascarados por el estilo literario. Generalmente don Josemaría recurre al procedimiento del anonimato: Cuentan de un alma...; había un pobre sacerdote; soñaba en cierta ocasión un conocido mío; sé de uno que usaba, como registro para los libros... En estos casos se trata casi siempre de actos virtuosos. Pero, al revés, también se destapaba manifestando su flaqueza, para escarmiento del prójimo. Así, por ejemplo, cuando examinando su jornada de trabajo, rodeado a veces de sus hijos, se le escapaba una exclamación contrita: Señor: ¡Josemaría no está contento de Josemaría! |# 147|.

En la predicación, y en los escritos, era característico el uso que hacía del "tú y yo", para que el oyente no se encontrara desamparado, para animarle y tomar juntos las decisiones. De modo que, al examinar la conducta de las personas a quienes dirigía, jamás olvidaba empujarles hacia la santidad, haciendo que formulasen un propósito de mejora, por pequeño que fuese. Pero, en ningún momento pretendía imponerles un método determinado de oración o un camino cualquiera de vida espiritual |# 148|.

Don Josemaría es, indudablemente, maestro de vida interior por su doctrina y por su don de consejo; pero, sobre todo, por haber escalado antes las cumbres que conducen a la santidad. En la dirección espiritual era, a la vez, comprensivo y exigente. Llevaba a las almas como por un plano inclinado, intensificando su vida de piedad, al tiempo que eliminaba defectos e imperfecciones. Sin ir más allá, las delicadas sugerencias de que están llenos sus libros son prueba de que no se trata de conocimientos que le vengan ni de oídas ni del estudio teórico, sino del propio examen y de la lucha ascética consigo mismo.

Déjame —escribe en Surco— que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

—pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;

—querer salirte siempre con la tuya;

—disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera;

—dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;... |# 149|.

Y así hasta una veintena de casos. Las más de las veces, los maestros de vida interior adquieren esta fina perspicacia en el esfuerzo por liberarse de sus propios defectos:

A medida que se avanza en la vida interior, se perciben con más claridad los defectos personales. Sucede que la ayuda de la gracia se transforma como en unos cristales de aumento, y aparecen con dimensiones gigantescas hasta la mota de polvo más minúscula, el granito de arena casi imperceptible, porque el alma adquiere la finura divina, e incluso la sombra más pequeña molesta a la conciencia, que sólo gusta de la limpieza de Dios |# 150|.