4. La salida de Madrid

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Se acercaba ya el final de septiembre cuando José María Albareda recibió una carta de Barcelona. Sabía Albareda que algunos de su familia habían escapado a Francia por los Pirineos. La carta era de un sacerdote amigo, don Pascual Galindo, que consiguió dar con la pista de las personas que les ayudaron a cruzar la frontera. Y, con prudencia y disimulo, enviaba a Madrid la información pertinente |# 80|.

Pusieron al Padre en conocimiento de ello. Estudiaron la viabilidad de emprender esa aventura, con todos sus riesgos, y se lanzaron a tratar de obtener salvoconductos y dinero. Y, precisamente ahora, cuando todos estaban conformes con el plan de evasión, empezaron las vacilaciones del Padre. Un día aceptaba ir con Juan y José María Albareda a Barcelona; y, al siguiente, se echaba atrás. El sacerdote se resistía, pensando en los miembros de la Obra que se quedarían en precaria situación, pensando en su madre y hermanos, expuestos a los peligros de la guerra, o en la grave enfermedad del padre de Álvaro del Portillo, que podía morir de un momento a otro. Al final don Josemaría aceptó salir de Madrid, acompañado de todos los que pudieran arreglar su documentación para el viaje |# 81|.

Gracias a la generosidad de amigos, y hasta de gente no muy conocida, se consiguió una buena cantidad de dinero |# 82|. Para tramitar los salvoconductos era preciso presentar el documento de trabajo y un aval político. Hubo, pues, que hacerse con papeles y recurrir a personajes pintorescos, hábiles y astutos en los enredos del papeleo burocrático |# 83|. Las gestiones se hicieron con sentido de urgencia para poder salir cuanto antes de Madrid, a ser posible, en la primera semana de octubre. Pero de nada valían las previsiones. Todo era cuestión de oportunidad, no de organización. En cada caso particular, el problema de dineros y documentos se resolvía como Dios daba a entender.

El 1 de octubre, víspera del noveno aniversario de la fundación del Opus Dei, el Padre escribía a los de Valencia: Mañana cumple ¡nueve años! mi pequeña: ¡cuántas gracias daré todo el día! Chiquitina, pero se ve que crece robusta |# 84|. Y, a continuación, les anunciaba su visita a Valencia, acompañado de Juan, dentro de pocos días.

En las oficinas del Sindicato Regional de Servicios Públicos de la C.N.T., el "compañero José Escribá" se hizo con un aval político para obtener el salvoconducto de viaje en la Dirección General de Seguridad. Decía así: — «Madrid, 5 de octubre de 1937. Al Negociado de Pasaportes de la Dirección General de Seguridad. — Salud: Compañeros: Esperamos autoricéis y concedáis Salvoconducto para trasladarse a Barcelona y regreso en una plazo de 30 días para solventar asuntos de familia al Compañero de esta "Sección de Abogados" Jose Escriba Albas, con el número de carnet -522—. Vuestros y de la Causa. Por el Comité. — El Secretario. Guillermo Zendón» |# 85|. (Lo de «solventar asuntos de familia» era una de las pocas razones verídicas en aquel formidable enredo de documentos, más falsos que Judas, como bien decía don Josemaría) |# 86|.

A partir de esa fecha se aceleraron los preparativos, fijándose el 8 de octubre como día de partida. Juan saldría dos días antes, camino de Valencia, para preparar allí el alojamiento de la gente del grupo. Mientras tanto, don Josemaría hizo un buen número de visitas, obligadas y urgentes, a las personas que atendía. Dio los últimos sacramentos a don Ramón del Portillo, con dolor anticipado de su alma, pues sabía que no iba a estar a su lado a la hora de morir |# 87|. (Refiriéndose al ajetreo de aquellos días, víspera de salida, decía Isidoro, en carta del 9 de octubre, que, bajo el apremio de las circunstancias, todo había sido «muy precipitado, pues era cuestión de oportunidad») |# 88|.

El 6 de octubre por la tarde salió Juan de Madrid en un camión que transportaba cubas de vino, y que le dejó en Tembleque. La capital era entonces una ciudad sitiada, cuyas comunicaciones por carretera y ferrocarril estaban estranguladas en algunas zonas. En Tembleque tomó Juan el tren para Valencia y en la mañana del día 7 se presentó en casa de Paco Botella. Luego visitaron a Eugenio Sellés, que vivía en la calle Eixarchs, 16, en el piso de un colega de la Facultad de Ciencias; y Eugenio se ofreció a alojar allí al Padre |# 89|.

Para Pedro Casciaro y Paco Botella, las jornadas del 7 y 8 de octubre en compañía de Juan Jiménez Vargas fueron de gran expectación. Hablando y hablando se les pasaban las horas |# 90|. Las noticias y aclaraciones a las cartas que venían recibiendo desde Madrid, del Padre y de Isidoro, cubrían todo un año de aislamiento y estupendos sucesos. Valencia era entonces un hervidero de gentes de fuera: funcionarios del Estado, súbditos extranjeros e inmigrantes de toda España. Al revés que Madrid, era una ciudad de paso, por lo que la aparición del grupo que acompañaba al Padre no resultaría extraña o llamativa.

Pedro estaba destinado en la Remonta militar |# 91|, en un cuartel dentro de Valencia; y Paco, en servicios auxiliares del Ejército, con libertad de movimientos y posibilidad de vivir con su familia. Esa noche del 7, Juan se fue con Pedro, «siempre hablando de cosas ocurridas durante nuestra separación. Cerca de las once —dice—, llegamos a la pensión de Pedro. Él quería seguir enterándose de todo; pero nada más rezar las Preces, me quedo en la cama como un tronco, mientras él hace la oración y reza una parte de rosario» |# 92|.

No sabiendo si los de Madrid llegarían por tren o por coche, los tres se pasaron la mañana yendo y viniendo a la estación. Luego decidieron esperar en casa de Paco. Eran las ocho de la tarde cuando sonó el timbre. Entre la emoción de la espera y el aspecto del Padre, desfigurado y de paisano, Pedro y Paco sintieron un extraño nerviosismo hasta que se encontraron en sus brazos. En la calle esperaban los demás y se les distribuyó conforme habían convenido: el Padre y José María Albareda, en casa de Eugenio Sellés; Manolo Sainz de los Terreros y Tomás Alvira, en la pensión de Pedro; y Juan, en casa de Paco |# 93|. Cenaron todos juntos en la "Hospedería del Comercio", una casa de comidas en la que fueron a caer en la vecindad de unos policías a los que el aspecto de Pedro no inspiraba ninguna confianza. Ante el consiguiente susto de todos los comensales, pidieron la documentación solamente a Pedro, que era el único que la llevaba perfectamente en regla |# 94|.

A la mañana siguiente fueron todos a oír misa en casa de Eugenio Sellés. Enterado el Padre de que el portero de la casa era en realidad un sacerdote, y pensando que podía necesitar su ayuda ministerial, mandó que le avisasen. Los dos sacerdotes se confesaron y ayudaron a misa mutuamente |# 95|.

A este sacerdote, con funciones de portero, le llamaban Pepe. Vivía de milagro, porque cuando le llevaban en coche para pegarle un tiro y tirarlo a una cuneta, por el imperdonable delito de ser sacerdote, un comunista convenció a los revolucionarios de que lo dejasen en sus manos, que él lo entregaría en Gobernación Militar. El comunista, un recién afiliado de buena voluntad, que pronto se dio cuenta de los primitivos instintos asesinos de sus camaradas, consiguió ocultarlo después en Valencia como portero |# 96|.

Para evitar sospechas de terceros o de policías, el Padre pidió a Pedro y a Paco que le tuteasen, llamándole Mariano. Pero, al igual que había ocurrido con Juan, no consiguió otra cosa que evitar el uso expreso del "usted". Aprovechó ese día el Padre para hablarles largamente de fidelidad a su vocación, de confianza ilimitada en nuestro Padre Dios. Les expuso sus deseos ardientes de encontrarse en un clima de libertad, para poder hacer apostolado y recoger a todos aquellos jóvenes que habían pasado por la Residencia de Ferraz y ahora se encontraban en la otra zona. También les pidió generosidad para sacrificar algunos proyectos profesionales, ante la urgencia del apostolado con que se iban a encontrar, tan pronto acabase la guerra |# 97|. Y como el tren para Barcelona no salía hasta las once de la noche, aún tuvo tiempo el Padre de escribir a Isidoro, aunque silenciando los momentos de peligro que habían corrido durante el viaje, cuando tuvieron que pasar varios controles. En el Puerto de Contreras los milicianos, efectivamente, les habían pedido la documentación, rodilla en tierra y encañonando el coche con los fusiles |# 98|.

(Justo es hacer mención aquí de los discretos silencios del Fundador. Pero más aún que su discreción resalta el sentido heroico que se desprende de sus cartas, por el sostenido esfuerzo de infundir a diario optimismo, en pugna contra el cansancio y la mediocridad, y a pesar de los disfraces de la expresión. Sus cartas a los de Valencia habían sido, durante meses, no solamente medio de comunicación de noticias sino una risueña limosna para levantar el ánimo de sus hijos. Por supuesto que no siempre lograba divertir con sus dichos y agudezas. En muchas ocasiones tenía que hacer de tripas corazón. Y en algunas, excepcionalmente, su depósito de buen humor se encontraba tan desfondado, que había de confesar su fracaso, como tiempo atrás a los de Valencia: [...] Quiero empeñarme en gastaros una broma..., y no me sale: se me queda la garganta seca) |# 99|.

Ese 9 de octubre, gracias a Dios, estaba en vena, cuando escribía a Ignacio, nombre de guerra de Isidoro:

Querido Ignacio: Llegamos estupendamente, a las ocho de la noche. Habíamos salido a la una. Paramos, pasado Tarancón, en el primer pueblo: comimos: jamón y carne, que llevaban José Mª y Tomás, y nuestras galletas y turrón. ¡Ah!: y pan de trigo (sí: hay pan de trigo), más unos tomates en ensalada que pesquisó nuestro compañero zaragozano. Durante el camino, cobramos dos piezas: una perdiz, que se golpeó contra el coche al cruzar la carretera volando a baja altura, y un perro, que ascendido a carnero, se habrán comido, hoy sábado, los madrileños ricos.

Mis nietos, muy majos [...].

A todos mis peques y a ti os recordaré, como a Lola y sus hijos, en mis charlas con D. Manuel durante el viaje.

Os abraza

Mariano

Sábado-9-X-37 |# 100|.

A las once de la noche partía el tren para Barcelona. Pedro y Paco despidieron a los viajeros. Si salía bien aquella expedición, organizarían una segunda para los que quedaban en Madrid y Valencia. En el momento de arrancar el tren, recibieron la bendición de viaje. El Padre, con la mano medio oculta sobre el pecho, donde llevaba la cajita metálica con el Santísimo —aquella pitillera con los corporales preparados por Carmen, y la funda con bandera hondureña— hizo el signo de la cruz mientras repetía con leve movimiento de labios: Beata Maria intercedente, bene ambuletis, et Dominus sit in itinere vestro et angeli eius comitentur vobiscum |# 101|. ¿Cuándo volverían a verle? Pedro y Paco se quedaron tristes en el andén. Tristes y alegres, y con la imaginación disparada. «La noche fue de poco dormir para mí», cuenta Paco |# 102|.

Menos durmieron los viajeros. Los coches que componían el tren eran corridos, no tenían compartimentos. Ya al salir de Valencia iban abarrotados. Los asientos de madera estaban rotos y mugrientos. En el pasillo central se hacinaban gentes dispuestas a dormir en el suelo, en su mayor parte milicianos que venían de los frentes con permiso. Se oían con frecuencia blasfemias y palabrotas. El Padre pasó la noche desagraviando al Señor y, ante la posibilidad de un sacrilegio a causa de un registro, decidió, ya de madrugada, consumir las Sagradas Formas, pasándose uno a uno la pitillera en el lavabo del coche, para poder comulgar todos. El domingo 10 de octubre, poco antes del mediodía, entraba el tren en Barcelona. Enseguida puso unas letras a Isidoro para anunciar a los de Madrid su llegada |# 103|.

José María Albareda se fue a vivir a la calle República Argentina, número 60. En esa casa, la viuda de Montagut había acogido a la madre de José María Albareda con sus dos nietos. Una de las hijas de la viuda, ni corta ni perezosa, había puesto un cartel a la puerta de la casa, como si se tratara de una vivienda incautada por la F.A.I., los anarquistas. Al amparo de esta protección todos vivían tranquilos. Hasta se había alojado allí don Pascual Galindo, el sacerdote que envió a Madrid la información para pasar a Francia.

El Padre, con el resto del grupo, se fue al "Centric Hotel", en la Rambla de Estudios, 8. A pesar de la noche de tren pasada en vela, dedicaron la tarde del domingo a pasear por la ciudad, haciendo piernas, por si acaso tenían que salir de un día a otro de Barcelona.

Al día siguiente don Josemaría celebró misa para todos en la casa de la calle República Argentina. Después, doña Pilar, la madre de José María Albareda, les dio los datos con los que encontrar a los intermediarios para el paso de la frontera. Sin perder tiempo siguieron las indicaciones recibidas y fueron a dar a un establecimiento en la Ronda de San Antonio, 84, donde servían comidas y bebidas. Allí preguntaron por Mateo, a secas, que resultó ser el mismo que estaba en el mostrador, un mostrador de mármol blanco, como el de las lecherías. (Más tarde se enteraron de que aquel hombre se llamaba Mateo Molleví Roca, aunque de entrada le bautizaron con el apodo de "Mateo el lechero"). Era una persona de mediana edad, cachazudo y como para inspirar confianza |# 104|.

Después de muchos rodeos para desvanecer sospechas, quedaron en verse al día siguiente. Mateo les explicó entonces que el enlace era un sujeto llamado Vilaró; le encontrarían apostado al día siguiente, miércoles, en la esquina del bar Flora, en la Gran Vía de las Corts. Y el miércoles 13, a la hora convenida, se presentó allí Juan con un periódico partido por la mitad, como contraseña. Pero aquel individuo nunca apareció. Es posible que hubiera encontrado ya otros clientes. Según Mateo, el precio que Vilaró cobraba por persona era de dos mil pesetas |# 105|.