4. El "forjador" de futuros sacerdotes

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Junto con la buena presencia, piedad y cultura del seminarista de Logroño, vinieron a conocimiento del Presidente y demás sacerdotes del Real Seminario las burlas con que algunos saludaban a Josemaría. Lo cual contribuyó a extender, aún más, su fama fuera del San Carlos. No era de esperar que de un mal suceso saliese cosa buena. Sin embargo se cumplía el refrán de que "no hay mal que por bien no venga". (Esta paradójica verdad, dicho sea entre paréntesis, presidió la vida de Josemaría. En distintas épocas, un sinfín de lamentables episodios —en el fondo, providenciales— acabaron siempre tornándose en gozo, por lo que tradujo cristianamente sus experiencias con un Dios escribe derecho con renglones torcidos) |# 82|.

Fuese por los comentarios del Presidente, o por las charlas con el Rector del San Carlos, convertido ya en defensor acérrimo del seminarista, su nombre llegó a oídos del Cardenal. Desde las ventanas del palacio veía éste a diario desfilar a los colegiales a la entrada de la Universidad. Interesado por Josemaría, le mandó llamar aparte. En otras ocasiones, al toparse con las filas del San Carlos en la calle o en el templo, preguntaba al seminarista por su vida y estudios. Una vez —refiere un compañero—, oí que le decía: «Ven a verme cuando tengas un rato» |# 83|.

Con su larga experiencia eclesiástica no tardó el Cardenal en descubrir en el seminarista excepcionales dotes de piedad, madurez de juicio y gobierno. De otro modo no se explica que, antes de las vacaciones del verano de 1922, expusiera al Rector su decisión de nombrar a Josemaría Inspector del San Carlos, cubriendo así una de las vacantes que iban a producirse. Al comunicarle su deseo de que aceptase el cargo al comienzo del curso próximo, se lo propuso con una punta de buen humor, aludiendo discretamente a uno de los apodos del seminarista: «Te voy a dar la tonsura —le dijo—, porque no quiero que los seminaristas te vean vestido de señorito» |# 84|. (No siendo todavía clérigo, podía usar trajes civiles y vestir de señorito).

El 28 de septiembre se inauguró el curso académico 1922-1923. Ese mismo día le fue conferida a Josemaría la tonsura, a él sólo, en una capilla de palacio. Y en esa misma fecha tomó posesión como Inspector del San Carlos, puesto que mantuvo hasta su ordenación de presbítero, el 28 de marzo de 1925 |# 85|.

Pasados los años rememora el suceso —la tonsura clerical recibida de manos del Cardenal don Juan Soldevila, en un recogido oratorio del Palacio Arzobispal— |# 86|, como uno de los hitos principales del camino hacia el sacerdocio.

Los Inspectores del Seminario Conciliar eran todos sacerdotes. En el San Carlos solían serlo un diácono y un ordenado de menores. Estos Inspectores —también llamados Directores o Superiores—, tenían como encargo velar por el Reglamento, cuidando la disciplina; presidían, en nombre del Rector, los actos de comunidad; o desempeñaban las funciones por éste delegadas. Eran dos los Inspectores del San Carlos. El Inspector Primero hacía cabeza en ausencia del Rector. Este puesto correspondía a Josemaría, a quien ayudaba el Inspector Segundo, Juan José Jimeno |# 87|.

El hecho de que un seminarista, que no había recibido siquiera las órdenes menores, ocupara el puesto de Director, sin otra autoridad por encima que la del Rector, da idea de la audacia del Cardenal. En primer lugar porque tuvo que adelantarle la tonsura, para que el cargo recayese en un clérigo. Y también por la ilimitada confianza puesta en el recién tonsurado, guardián de disciplina entre quienes habían dificultado su estancia en el seminario meses atrás. Muy seguro estaba el prelado de su nombramiento.

El cargo de Director tenía adjuntas ventajas materiales, tales como el disponer de un fámulo, de comida y habitación especial, y estar exento del pago de pensión, percibiendo una gratificación de cincuenta pesetas por curso. Además, las tasas por derecho de examen en la Universidad corrían a cargo del seminario |# 88|. A todos los sacerdotes del San Carlos se les asignaba un fámulo, cuyas prestaciones domésticas no tenían carácter servil; eran el medio de costearse estudios y estancia algunos seminaristas. Respetando esta costumbre, el Inspector aceptó los servicios del fámulo que le asignaron, aunque siempre que podía prescindía de él, por resultarle engorroso tener a un compañero de criado. El fámulo se llamaba José María Román Cuartero, y del comportamiento de su Director nos refiere algunas noticias:

«Me impresionó siempre su bondad y su paciencia en el trato que tenía conmigo. Recuerdo, por ejemplo, cuando él se daba cuenta de que yo estaba enfadado por la manera de extender las sábanas sobre el colchón, sin detenerme en otros preparativos, cuando le hacía la cama, y cómo entonces me decía alguna frase cariñosa o me hacía una broma. También recuerdo cómo compartía su comida conmigo, porque los directores tenían una comida especial, sin echármelo en cara. Me doy cuenta ahora de que hacía estas mortificaciones sin que se notase, de manera natural» |# 89|.

Ahora tenía Josemaría mayor libertad de movimientos, para cumplir sus prácticas de piedad y para entrar y salir en el seminario. Su puesto como Director le permitía el trato con los sacerdotes del San Carlos, que residían en otra planta del edificio. Y con el Presidente, don Miguel de los Santos, llegó a tener tan estrecha confianza, que este Obispo conservó hasta su muerte la correspondencia y las notas de conversaciones mantenidas con su joven amigo |# 90|.

Algunos sábados o domingos por la tarde se daba cita Josemaría con sus amigos, los sobrinos de don Antonio Moreno, Vicepresidente del San Carlos, en el cuarto de este buen sacerdote. De nuevo coincidían allí los jóvenes contertulios de los veranos de Villel |# 91|.

Don Antonio llevaba muchos años en el San Carlos. En el manuscrito de la "Historia de la fundación del Seminario de pobres de San Francisco de Paula" aparece su nombre como predicador de ejercicios espirituales a los seminaristas en el curso 1892-1893, todavía en vida del cardenal Benavides |# 92|. A su avanzada edad, gozaba de naturaleza robusta, abundante experiencia sacerdotal y algunas pequeñas manías. Buscaba la compañía del Inspector, que oía con gusto su charla y se dejaba ganar habilidosamente cuando jugaban al dominó, para no avinagrar el fuerte humor de don Antonio, que era de los que no saben perder. Luego, para festejarlo, el clérigo extraía de su armario algo que comer, a lo que Josemaría, caritativamente, no hacía ningún asco.

El Vicepresidente había corrido mundo y, como todos los viejos, gustaba de recordar sucesos memorables de su gesta. En particular, sabrosas anécdotas de las visitas pastorales del Arzobispo de Zaragoza a los pueblos de la diócesis. Casos, algunos de ellos, como para pasmar a un seminarista. Aunque, a la hora de sacar moralejas, le decía Don Antonio: Josemaría, no hay que fiarse de nada, de nada |# 93|.

Josemaría asimiló tempranamente cristianas advertencias, extraídas de enseñanzas mundanales. Más vale cortar a tiempo y huir de las ocasiones, fue una de ellas. Y un compañero del San Carlos refiere a este propósito que, yendo un día por las callejas del centro de la ciudad camino de las aulas, las filas de los seminaristas se cruzaron con dos chicas que intentaron atraer las miradas de Josemaría. Al día siguiente estaban plantadas en el mismo sitio, esperando al seminarista y provocándolo con procacidad. Y, al tercero, viendo que no les hacía maldito caso, le echaron en cara su desdén:

— ¿Tan feas somos que no nos miras?

Y Josemaría, sin mirarlas siquiera, les replicó contundente:

— ¡Lo que sois es sinvergüenzas! |# 94|.

Parece ser que este suceso llegó también a oídos del padre en Logroño |# 95|.

* * *

El Cardenal había conferido la tonsura a Josemaría porque resultaba inconcebible que alguien, sin ser clérigo y vestido aún de "señorito", fuese Director del seminario. La primera oportunidad que se le presentaba al seminarista para ordenarse de menores eran las Témporas de Adviento, poco antes de Navidad. El 20 de noviembre de 1922 dirigió, pues, una instancia al Cardenal en la que humildemente suplica se digne admitirle, en las próximas Témporas de Santo Tomás Apóstol, a las Sagradas Órdenes Menores |# 96|.

Se hicieron, con la natural reserva, las oportunas investigaciones sobre varios extremos de la vida, estudios y conducta de los solicitantes; entre ellos el de si el seminarista «ha manifestado decidida vocación al estado eclesiástico».

En la respuesta del Rector, valedera para todos los solicitantes de Órdenes del San Carlos, se manifestaba, con fecha de 23 de noviembre, que:

«Los Señores, anteriormente descritos, sin excepción, han observado buena conducta moral y religiosa [...] acreditando en su porte exterior la vocación sacerdotal, sin que a mi juicio hayan incurrido en nota alguna desfavorable sobre los extremos que se me pregunta» |# 97|.

Las Órdenes de Ostiario y Lector le fueron conferidas a Josemaría por el cardenal Soldevila el 17 de diciembre; y las de Exorcista y Acólito, cuatro días más tarde |# 98|.

* * *

La principal preocupación de los Inspectores, por no decir la única que les importaba, era el mantenimiento de la disciplina. En el Seminario de San Carlos, a diferencia del Conciliar, que estaba regido por sacerdotes, los directores eran todavía estudiantes. De modo que, frecuentemente, se veían colocados, a causa de sus funciones, entre la espada y la pared. El papel del Inspector «no era nada fácil porque era a la vez director y alumno y los seminaristas, por su juventud, se comportaban conforme a su edad» |# 99|. Josemaría tuvo que aprender a guardar el justo equilibrio entre las exigencias del Reglamento, que le obligaban a reprimir expansiones juveniles, y la amistad que le unía con sus compañeros. Quienes le sucedieron como Inspectores en 1925 y 1926, Agustín Callejas y Jesús Val, testimonian que su espíritu de compañerismo con todos «era tan fuerte como el de su responsabilidad en el cumplimiento del encargo: nunca dejó en mal lugar a ningún seminarista»; y que «usaba de su autoridad con afabilidad, sin intemperancias. No se imponía arbitrariamente como puede ser frecuente en el que manda» |# 100|.

Se esforzó Josemaría en obrar con tacto, sin llevar a punta de lanza las prohibiciones del Reglamento en cuestiones de poca monta, para poder exigir luego en puntos más importantes. Toleraba, por ejemplo, el que fumasen los mayores; procuraba que las lecturas en el refectorio fuesen cortas, dando permiso para hablar; o, si había arrepentimiento, levantaba fácilmente el castigo.

Un día halló un trozo de cartón, polvoriento y abandonado, en el que, con letras doradas sobre fondo rojo, se leían aquellas tres palabras del cántico de San Pablo a la caridad: «Caritas omnia suffert». Probablemente había servido de adorno en los festejos de San Francisco de Paula. Ese era también el emblema que los seminaristas llevaban en la beca: un sol con rayos, y en el centro la palabra «Charitas».

Sobre mi mesa de trabajo —rememoraba el joven Inspector del San Carlos—, me puse este recordatorio: caritas omnia suffert. Quería aprender a hacer todo por amor, y enseñarlo con el ejemplo a los seminaristas |# 101|.

En él recaía, juntamente con el Rector, la tarea de formar humana y espiritualmente a los seminaristas, pues no había por entonces en el San Carlos un director espiritual. Cada semana venían de fuera unos confesores y, si alguien lo deseaba, los sacerdotes de San Carlos estaban disponibles en los confesonarios de la iglesia, mientras don Miguel de los Santos celebraba la misa por la mañana |# 102|.

En cuanto Director, Josemaría se encargaba de hacer en la sala de estudio unas breves alocuciones a los seminaristas, acerca de las fiestas que se celebraban o sobre la práctica de algún culto divino. El fue quien inició la costumbre de salir todos los sábados por la tarde con los del San Carlos, en visita a la Virgen del Pilar |# 103|.

El Rector que, con frase lapidaria, le define como «forjador de jóvenes aspirantes al sacerdocio», continúa diciendo que «su lema era ganar a todos para Cristo, que todos fueran uno en Cristo» |# 104|. Por la caridad se guió el Inspector en todas sus acciones, tratando de hacer de sus hermanos sacerdotes auténticos hombres de caridad:

Esta preocupación mía no es cosa de ahora; desde los 21 años lo he venido predicando y lo he procurado vivir con todas mis fuerzas. Es posible que en el Seminario de San Carlos se conserven papeles míos —porque siempre he sido amigo de poner las cosas por escrito—, de cuando era Superior, con observaciones llenas de comprensión, alabando los cambios a mejor de los seminaristas, hablando de caridad y de la necesidad de dar ejemplo de caridad |# 105|.

Los escritos a que hace referencia se hallaron, después de su muerte, en el archivo del Real Seminario de San Carlos |# 106|. Se trata de los Informes mensuales que, como Inspector, entregaba a don José López Sierra. Cubren el período de octubre de 1922 a marzo de 1925, con continuidad, excepto los meses de vacaciones estivales. Lo que más llama la atención es que no hay en ellos formalismos rutinarios. En el apartado de la hoja mensual correspondiente a "Conducta", que los demás Inspectores solían dejar en blanco, o a lo sumo rellenaban un par de veces al año con adjetivos incoloros y nada comprometedores, porque en esa columna entraba también la "Vocación", Josemaría seguía de cerca a cada seminarista. Y si otros, para no meterse en honduras, despachaban su conciencia con un "bien" o un "regular", el nuevo Inspector sopesaba religiosamente sus juicios con claras expresiones. Detrás de sus palabras hay siempre un latido cordial. En los nombres de los seminaristas veía almas para el sacerdocio.

En el reverso de las hojas de los Informes era corriente anotar los "Castigos impuestos por el Inspector" y los "Castigos del Sr. Rector", registrando los hechos a secas; por ejemplo: "fulano un día de rodillas en el refectorio por fumar y por mentir al Rector". Josemaría solía hacer informes más completos, añadiendo antecedentes, causas y circunstancias. Así cuando escribe:

El Sr. R.P., desde que fue castigado (el día 12) por el Sr. Rector hasta terminar el mes, se ha portado de modo que parece otro: está obediente, respetuoso y con deseos de cumplir |# 107|.

Como era previsible, el primer escollo que tuvo que superar fue el imponerse como Director, haciendo valer el peso de su autoridad. Surgieron las resistencias. Enseguida se produjeron, por un grupo de rebeldes, escaramuzas y desafíos. En el Informe de noviembre de 1922, refiriéndose a cuatro seminaristas ariscos, escribe Josemaría:

Tienen en muy poco el respeto debido al Superior y siempre que se les reprende, por cariñosa que sea la reprensión, responden de mal modo, y algunos, como el Sr. C., haciendo muecas para que se ría la Comunidad |# 108|.

Los revoltosos tardaron en desbravarse, pero al fin se impuso la paciencia del Director, que informa en febrero de 1923:

En los cinco meses que llevamos de curso, no puedo menos de alegrarme al reconocer que los Srs. A. y C., de díscolos, se han hecho colegiales docilísimos y cumplidores. Lo mismo va sucediendo con el Sr. L. |# 109|.

Buscaba generosamente excusas para todos. En las hojas se encuentran consideraciones como las siguientes:

le fue levantado el castigo, porque, llorando, prometió enmienda; o: los Sres. M. y L. muchas veces, las más, faltan sin darse cuenta de que faltan |# 110|.

Esta comprensión no impedía, sobre todo tratándose de la vocación al sacerdocio, que sus juicios fuesen claros y desapasionados:

En cambio —escribe en aquel mismo Informe de febrero de 1923—, no sé qué decir de la vocación de estos otros Señores: M.M., P.R. y C.M.: Los dos primeros, como puede verse en las hojas de los meses anteriores, desde el principio de curso han hecho de las suyas: Siempre me inclino, al juzgar, en favor, por eso dije que daban señales de tenerla; hoy me creo obligado a manifestar, sin pasión, mi modo de sentir. El Sr. C.M. ha ido cada vez peor, desde principio de curso, siendo su gran defecto la falta de respeto al Superior. Finalmente, advierto que todos estos señores son de comunión diaria o casi diaria

Un año más tarde, en febrero de 1924, tanto habían cambiado los seminaristas del San Carlos, que Josemaría escribe con satisfacción:

Quiero hacer constar, porque da alta y precisa idea del espíritu actual del Seminario, que, cuando castigué en común a los colegiales, no sólo no hubo protesta, sino que aceptaron de buena gana la reprensión, calificándola de muy justa |# 111|.

Don José López Sierra llegó a tener tal confianza en su Director que «de hecho, le fue delegando sus propias funciones», hasta el punto que «dejó el Seminario prácticamente en manos de Josemaría» |# 112|.

El progreso de los seminaristas refleja la vida de oración del Inspector, que les acompañaba de cerca: ¡Con qué gozo anotaba yo los progresos de aquellos chicos! Y me servían de diálogo con el Señor, pidiéndole a El, con su Madre, que los cuidase |# 113|.

El «forjador de jóvenes aspirantes al sacerdocio», como decía de modo altisonante el Rector, era ya subdiácono cuando hace en noviembre de 1924 el siguiente comentario:

No me atreví a consignarlo el año pasado, por si se trataba tan solo de un cambio pasajero; pero, como, gracias a Dios, no es así, lo quiero hacer constar. Particularmente desde la Purísima de 1923, cuya devota novena se hizo por todos con gran fervor, se nota un cambio admirable en todos los antiguos colegiales; cambio que repercute en los pequeños que vienen. La Señora sin duda lo ha hecho, y —lo repito— ya que seguramente es el último año que estoy en este querido seminario, no puedo resistirme a hacer un brevísimo resumen.

Cita el nombre de algunos seminaristas, antes desviados de la piedad y ahora mansos y piadosos: están cambiadísimos, son otros, dice con incontenible alegría. ¿Tenía el presentimiento de que era la última vez que tomaba el pulso al seminario y que era preciso hacer un breve resumen de despedida?:

En conjunto —anota—: mucho fervor: ¡ése ponerle una corona al Crucifijo del cuarto piso que estaba sin ella!, las misiones, el adorno de nuestro Oratorio, los cánticos de los primeros viernes, de los diecinueves, de las Sabatinas... Un detalle: más de una vez se me ha pedido permiso para quitar tiempo de recreo y así estar más rato en el Oratorio en el ejercicio del Sagrado Corazón, y en la novena de la Inmaculada del año pasado; se ha aumentado la cuota mensual del Apostolado. En el trato mutuo se ve que no en vano S. Fco. de Paula es el Padre de la Casa: caridad, caridad siempre: si alguno falta, se reconoce y acepta la oportuna reprensión; por cierto que, ahora, al ser reprendidos, no replican y aceptan ¡hasta con gusto! —de verdad— la medicina del castigo. Diría más cosas, pero creo que esto basta: Conste que, en saliendo algún mal elemento, obró María Inmaculada: Todo sea a mayor honra de Dios y suya. —No quiero decir, con lo escrito, que nuestros chicos sean ángeles, pues que son chicos lo indican los castigos mensuales: todos aquí tenemos faltas |# 114|.

El cartoncillo que tenía en su despacho de Inspector, el "Caritas omnia suffert", le servía de recordatorio en su esfuerzo por dar unidad en Cristo a todos aquellos seminaristas. Durante los dos años y medio en que se ocupó de formarlos, Josemaría sintió sobre sí, en todo momento, la carga gozosa de preparar futuros ministros del Señor, entregándose a una tarea que era casi un desafío para un joven seminarista, como él. Y no tanto por los años como por su corta experiencia de los ambientes eclesiásticos. Pero se empeñó de lleno en ese encargo, confirmando una vez más la advertencia que, en algunas ocasiones, le hacía doña Dolores: — «Josemaría —le decía—, vas a sufrir mucho en la vida, porque pones todo el corazón en lo que haces» |# 115|.

(Así era, ponía cuerpo y alma en lo que traía entre manos. Por esa época de Zaragoza se entregaba también a la inspiración poética. Escribía unos versos muy malos —refiere—, y los firmaba, poniendo en mi firma todas las vibraciones de mi vida, así: "El clérigo Corazón") |# 116|.

Con semejante temperamento no le fue necesario trazarse un programa de acción. Le bastó seguir al pie de la letra el de San Pablo:

Recuerdo siempre con emoción —nos dirá despertando su memoria— aquellas palabras de la primera carta de San Pablo a los de Corinto, que tuve tanto tiempo delante de mi vista, cuando estuve de superior en el Seminario de San Carlos, en Zaragoza: la caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa; no se jacta, no se hincha; no es descortés; no es interesada, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera |# 117|.

Del largo proceso de forjar a sus hermanos en el Seminario salió él mismo transformado, al esforzarse en practicar aquel rosario de virtudes humanas y sobrenaturales: paciencia, prudencia, cortesía, sacrificio, caridad..., desplegadas por más de dos años como Inspector del San Carlos. Respaldando las virtudes de los seminaristas estaban siempre el ejemplo, los buenos modales, el consejo y el afecto, y la vida de piedad de Josemaría. De suerte que, al cabo de tan trabajoso proceso, había enriquecido su persona con valiosas experiencias en el campo de la dirección espiritual, en el uso recto de la autoridad y en el arte del gobierno.

Acaso el título de Superior o Inspector del Seminario, que oficialmente detentaba Josemaría, suene grandilocuente y exagerado cuando se aplica a un joven seminarista todavía con varios años de estudio por delante. Pero, a los hechos hay que atenerse. Nadie puede dar lo que no tiene; axioma que es aún más evidente en las labores de formación. De manera que, guiándonos por la transformación llevada a cabo entre los seminaristas del San Carlos, es innegable que la madurez alcanzada por Josemaría era resultado directo de la superabundancia de su vida interior y del ejercicio de las virtudes de gobierno.