3. Una noche en oración

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Llegaron, por fin, las esperadas cartas de Roma el domingo, 16 de junio |# 59|. Apenas las hubo leído, don Josemaría convocó a quienes formaban parte del Consejo General de la Obra. Se reunieron en el Centro de la calle de Villanueva, en el cuarto de Pedro Casciaro, que se encontraba en cama con fuerte jaqueca. Allí —refiere Francisco Botella— «nos leyó la carta de Álvaro» |# 60|. Porque, antes de decidir nada, quería saber la opinión de los del Consejo |# 61|.

Todos tenían la firme convicción de que don Álvaro no hubiese solicitado, en términos tan tajantes, la ida del Padre a Roma, de no ser absolutamente necesario. Su insistencia ante la Curia tenía ya muy escasa respuesta. Era claro que sus gestiones habían llegado a un punto muerto. No tanto por hallarse —como decía en la carta— desgastado sino porque se hacía preciso tomar decisiones de fondo en materias fundacionales que rebasaban su competencia. Hasta entonces, don Álvaro se orientaba por las respuestas del Fundador a las consultas que por escrito le hacía. Método que no podía mantenerse, por lo delicado de los asuntos y la dificultad de comunicarse. Otra era, sin embargo, la cuestión que preocupaba a los del Consejo: ¿estaba el Fundador en condiciones físicas de soportar la fatiga del viaje y los duros trabajos que le aguardaban en los rigores del verano? Todos ellos sabían que la diabetes diagnosticada en el otoño de 1944, cuando le reventó un ántrax en el cuello, iba de mal en peor. Según la opinión médica de Juan Jiménez Vargas, que seguía de cerca el curso de la enfermedad, «vivía por puro milagro» |# 62|.

No ignoraba don Josemaría que, en lo que se refería a la enfermedad, estaba más en manos de la Providencia que en las de los médicos. Conforme pasaban los meses, y avanzaba la enfermedad, era mayor la incertidumbre sobre su origen, como cuando le rondaban en Burgos aquellos extraños síntomas de tuberculosis y hemorragias de garganta. Nunca he estado en peor disposición física y moral, escribía a don Álvaro el 13 de junio de 1946 |# 63|. Y, ¿no recuerda esta situación lo que sentía en su retiro espiritual en el monasterio de Santo Domingo de Silos, en septiembre de 1938? Me veo —anotaba entonces—, no sólo incapaz de sacar la Obra adelante, sino incapaz de salvarme [...]. ¡No lo entiendo! ¿Vendrá la enfermedad que me purifique? |# 64|.

Probablemente está aquí encerrado el sentido de la misteriosa frase de la carta que, semanas atrás, escribía a Roma, recordando la época de Burgos y buscando allí las raíces de un presentimiento: Algo me recuerda esta situación a aquélla, no sé por qué: sí sé por qué |# 65|.

En vista del malestar que experimentaba, fue a consulta médica. El 19 de mayo de 1946 el Dr. R. Ciancas le hizo unos análisis, observando una fuerte glucosuria. Ese mismo día le examinó un prestigioso internista, el Dr. Rof Carballo, el cual confirmó la naturaleza de la diabetes y encargó que se le practicase una curva de glucemia |# 66|.

Según el parecer unánime de los del Consejo, el viaje a Roma resultaba inevitable. Lo comunicaron al Padre, que se lo agradeció y les explicó que había visto claramente en la presencia de Dios la necesidad de ir a la Ciudad Eterna, cualquiera que hubiera sido la decisión tomada por ellos |# 67|.

El lunes se proveyó de credenciales diplomáticas en la Nunciatura |# 68|, y, para evitar imprevistos, fue de nuevo a ver al Dr. Rof Carballo, quien le desaconsejó el desplazamiento a Roma. Reservadamente, el Dr. Rof Carballo hizo saber a Ricardo Fernández Vallespín que, si a pesar de todo, el enfermo emprendía ese viaje, no respondía de su vida, por el grave peligro a que estaba expuesto |# 69|.

No existía servicio aéreo con Italia y, hallándose cerrada la frontera francesa, la única posibilidad de ir a Roma era el servicio marítimo de Barcelona a Génova. José Orlandis acompañaría al Padre en este viaje. A primera hora de la tarde del miércoles, 19 de junio, salieron en coche de Madrid. El automóvil, un pequeño Lancia, lo conducía Miguel Chorniqué. Esa noche la pasaron en un hotel de Zaragoza.

El día siguiente era la festividad del Corpus Christi. Don Josemaría celebró misa en una capilla lateral de la iglesia de Santa Engracia, a la que asistieron los miembros de la Obra que se hallaban en Zaragoza. Y, como de costumbre, fue a rezar ante la Virgen del Pilar, rememorando los años en que llevaba en su corazón la jaculatoria: Domina, ut sit! De camino para Barcelona se llegó al monasterio de Montserrat a suplicar la protección de la Moreneta y saludar al Abad Escarré, con quien tenía ya amistad muy estrecha. Esa noche durmió en el piso de la calle Muntaner, en La Clínica, como se conocía familiarmente el centro |# 70|.

Por la mañana, antes de decir misa, el Padre dirigió la meditación a sus hijos en el oratorio. De su oración se escapaban dulces afectos de congoja. Fue una larga queja filial, sincera y vibrante de fe, buscando la respuesta del Cielo, confiado en que el Señor no podía dejar a sus seguidores en la estacada. ¿Qué será de nosotros?, decía tomando las palabras de boca de San Pedro: «Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus te; quid ergo erit nobis?» (Mt 19, 27):

¿¡Señor —le decía el Padre— Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación...? Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus te...! Nunca he tenido más voluntad que la de servirte. ¿¡Resultará entonces que soy un trapacero!? |# 71|.

Y exponía machaconamente al Señor, con amorosas razones, que todo lo habían dejado para seguirle:

¿Qué vas a hacer ahora con nosotros? ¡No puedes dejar abandonados a quienes se han fiado de Ti! |# 72|.

Y, al compás y ritmo de media hora de oración suplicante, pedía la intercesión de Nuestra Señora de la Merced |# 73|.

Esa misma mañana visitaron la iglesia de la Merced, próxima al puerto, para encomendar a la Virgen aquel viaje.

* * *

A las once de la mañana el Padre y José Orlandis estaban en el muelle, para embarcar. Pero tuvieron que volverse a La Clínica, porque una lluvia pertinaz retardaba la carga en el barco de una expedición de plátanos y fruta con destino a Suiza. Poco antes de las seis de la tarde, terminadas las operaciones de carga, pasaje, correo y documentación a bordo, comenzó la maniobra de salida del J.J. Sister, buque motor botado en 1896, de mil toneladas y pico. Cuando salieron a la mar hacía marejadilla y viento fresco, con ligeros chubascos.

No había sido fácil obtener un camarote. El único que consiguieron, a última hora, era uno interior, reducidísimo, con dos literas, una encima de otra, sin más luz que unas débiles bombillas y sin otra ventilación que la de un pequeño aparato ventilador, pues no tenía ojo de buey que permitiera entrar aire fresco de la mar. A la hora de la cena comenzaron las sacudidas del barco, que acusaba el fuerte embate de las olas. El Padre se sentía mal y se echó en la litera baja del camarote |# 74|.

De la lectura del Diario de Navegación parece deducirse que nada de particular ocurrió en la primera singladura del viaje Barcelona a Génova. El Capitán, viejo lobo de mar, cierra la hoja de Acaecimientos de la singladura —que acababa a medianoche— con estas líneas: «A 24.00 finaliza la presente sin novedad. —En la mar a 21-6-46. —El Capitán (firmado)» |# 75|.

La hoja de Acaecimientos del 22 de junio, que empieza a cero horas de la susodicha noche, y que el Capitán cierra ya en el puerto de Génova, es otro cantar. Dice así:

«Comenzamos la presente singladura con viento fresquito del NNW y marejada del mismo, que van aumentando de intensidad poco a poco. A medida que navegamos refresca el viento del NNW duro, que levanta mar muy gruesa, obligando al buque a dar grandes bandazos y embarcando continuos golpes de mar sobre cubierta. Llevamos las escotillas cerradas para evitar que entre el agua en las bodegas, pero no podemos impedir que se moje la fruta que llevamos a popa sobre cubierta, por los continuos golpes de mar que hasta allí llegan» |# 76|.

Si seguimos leyendo el Diario de Navegación entenderemos el motivo por el que el Capitán es más explícito en esta singladura:

«Por todo lo cual hago constar la presente protesta contra cargadores, receptores y todo aquel a que hubiere lugar, por las averías que pueda sufrir la carga durante el viaje, y los daños que causa al buque» |# 77|.

Seguramente las averías fueron de importancia, pues por vez primera y única aparece en el libro un protesto, diligenciado a petición del Capitán por las autoridades judiciales, en Génova, el 24 de junio de 1946 |# 78|.

La otra cara de los sucesos, es decir, tal como fueron sufridos por el pasaje, la da José Orlandis en la carta que envió a los de España desde Roma, el 26 de junio. Le encargó el Padre que escribiera largo y tendido, con todo detalle; y comenzó a redactar la carta al día siguiente de llegar, 24 de junio.

«[...] Después de cenar comenzaron a sentirse unos bandazos alarmantes que nos aconsejaron marchar a toda prisa a la cama. Y en buena hora lo hicimos, pues el jaleo que se organizó fue de órdago. El Padre dice que el diablo metió el rabo en el golfo de León y armó la tempestad más formidable que recuerdo haber sufrido a pesar de ser yo isleño y viejo amigo del Mediterráneo. ¡Y pensar que aquello era el bautismo de agua salada del Padre! Pasamos 10 ó 12 horas de verdadero infierno. El mar nos cogía de costado y el barco pasaba de esta posición [aquí unos dibujitos] a ésta. No se oía más que el estruendo de las vajillas que se destrozaban, los muebles corriendo de un sitio a otro, las señoras gritando […]; y las bombas achicando continuamente el agua, que entraba por todas partes: en primera teníamos el "office" inundado; en segunda, en los camarotes, el agua llegaba a las rodillas, la cubierta era materialmente barrida por las olas, y yo que al amanecer subí al puente a ver qué pasaba, volví pitando al camarote para no ver el espectáculo, siguiendo el conocido ejemplo del avestruz. El Padre pasó horas malísimas y no hacía más que decir: Pepe, me parece que vamos a volver a Madrid convertidos en merluza. ¿Qué te apuestas a que Pedro no vuelve a probar pescado en su vida? Finalmente, hacia las 10 o las 11 de la mañana del sábado amainó el temporal, aunque mar muy movida la tuvimos hasta la misma boca del puerto de Génova» |# 79|.

No pegó ojo el Padre en toda la noche. Con el aire enrarecido del camarote, las náuseas del mareo y el desorden general del barco, no fue posible ponerle la inyección de insulina prescrita por el médico. En la mañana del sábado el temporal se fue calmando y la mar, paulatinamente, pasó a una leve marejada. Cesó de llover y, a primera hora de la tarde, lució el sol y hasta pudo distinguirse a babor la costa francesa. El Padre tomó el único alimento de toda la travesía: un café con leche y unas galletas. Luego salió a respirar en cubierta el aire fresco, tras veinte horas encerrado en las entrañas del barco. Muy cerca de ellos pasó una banda de ballenatos. Espectáculo insólito, al decir de la marinería, el de aquellos surtidores en aguas del Mediterráneo. Estaban tomando el aire cuando, desde el puente, los marineros avistaron una mina a la deriva, por la parte de proa. Probablemente llevaba más de un año flotando entre las olas aquel peligroso recuerdo de la pasada guerra |# 80|.

Entraron en el puerto de Génova con seis horas de retraso. A las once y media de la noche desembarcaron. Hicieron rápidamente las diligencias de policía y aduana, mientras don Álvaro y Salvador Canals les esperaban impacientes. El primer saludo del Padre fueron unas cariñosas palabras a don Álvaro: — Aquí me tienes, ladrón: ¡ya te has salido con la tuya! |# 81|.

Se alojaron en el hotel Columbia, sin poder tomar nada, porque ya habían cerrado el comedor. Por toda cena, con el estómago vacío, el Padre aceptó con apetito un pequeño trozo de queso que traía don Álvaro.

Amaneció el domingo, 23 de junio de 1946. El Padre y don Álvaro dijeron misa a las siete y media en una iglesia cercana, saliendo luego para Roma en un coche alquilado. Comieron en Viareggio y, sin percance, llegaron a vista de Roma. Cuando el Padre divisó, recortada en el horizonte, a la luz del crepúsculo, la cúpula de San Pedro, se conmovió visiblemente y recitó el Credo en voz alta |# 82|. El pensamiento de que estaba en Roma, la realidad de ese momento, tan largamente acariciado, iba calando en su mente y levantaba recuerdos de otros tiempos, más o menos lejanos. No terminaba de creérselo. Estaba en Roma. Se sentía en Roma. Unas veces se veía a sí mismo como forastero; y, otras, como ciudadano que regresa a su patria. Bien considerado, el ya te has salido con la tuya, que dirigía a don Álvaro, era la frase con que se saludaba íntimamente a sí mismo.

Las nueve y media serían cuando llegaron a casa, un piso de la Piazza della Città Leonina, n. 9. Enfrente, a pocos metros, estaba el lienzo de muralla que enlaza el palacio Vaticano con el castillo de Sant’Angelo. Por encima de ese muro corre el pasadizo construido por el Papa Alejandro VI. En caso de hallarse sitiado el Vaticano, sus habitantes podían huir y refugiarse en el castillo. Después de firmados los tratados de Letrán, el Vaticano compró los solares colindantes con los palacios pontificios y construyó casas que alquilaba por su cuenta para asegurarse una buena vecindad. El apartamento que había tomado don Álvaro poco antes de llegar el Padre estaba en la planta más alta del edificio y tenía una galería abierta, a modo de terraza resguardada, que dominaba la plaza de San Pedro, por encima de la columnata del Bernini |# 83|. Muy cerca se veía la ventana iluminada de la biblioteca privada del Papa. Esa vista, sin duda, supuso un nuevo golpe en el corazón del Padre y le robó definitivamente el sueño; mientras los demás se retiraban a dormir, rendidos por el cansancio del viaje, el Padre permanecía en la terraza |# 84|.

Durante el viaje, día de lluvia a todo lo largo de Italia, el Padre había venido rezando por el Papa. Ese 23 de junio experimentaba el acuciante deseo de llegar pronto a la Ciudad Eterna. Por eso se emocionó tanto al divisar, en una revuelta de la vía Aurelia, la cúpula de San Pedro. Cuántos años rondándole la esperanza del videre Petrum. En Camino dejó plasmado ese deseo:

Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu "romería", "videre Petrum", para ver a Pedro |# 85|.

Al alcance de su vista estaban las ventanas, todavía iluminadas, de los aposentos pontificios. La imaginación excitaba dentro de su pecho aquel hondo afecto, que también grabó en Camino:

Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón |# 86|.

Qué flujo de emociones no sentiría. Tan intensas eran que su espíritu necesitaba espacio para desahogarse. Pasó el tiempo y fueron apagándose las luces en las estancias de palacio.

Con la vecindad física fácilmente renacía aquella arraigada vinculación de antaño, cuando rezaba diariamente una parte del rosario por las intenciones del Romano Pontífice:

Me ponía con la imaginación —nos cuenta en carta fechada en 1932— junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa, y, al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús Sacramentado |# 87|.

Desde los primeros momentos de la fundación se sintió unido al Vicario de Cristo, en su afán apostólico de congregar las almas en torno a Pedro, para llevarlas a Jesús por medio de María |# 88|.

Unos años más tarde invitará a sus hijos a dar rienda suelta a la imaginación, para captar el hechizo espiritual de aquella noche de junio consumida a la vera del Papa:

Pensad con cuánta confianza recé por el Papa, aquella primera noche romana, en la terraza, contemplando las ventanas de las habitaciones pontificias |# 89|.

No había visto el Fundador a Pío XII; pero, ¿acaso no podía repasar mentalmente los muchos mensajes y bendiciones recibidos a través de terceras personas? Imposible olvidarlos, porque se los había hecho repetir una y otra vez, meditándolos en muchísimas ocasiones.

Le venía prontamente a la memoria el consuelo que le trajo una carta del P. Canal, dominico, al que luego escribiría agradecido:

He releído veinte veces su carta y son muchos los ojos que se nublaron, al oír sus párrafos con la bendición del Santo Padre: para mí han sido dulciora super mel et favum.

Como somos de la Santa Cruz, nunca faltan cruces: por eso, le aseguro que llegó muy providencialmente esa bendición del Padre Santo. Dominus conservet eum!... |# 90|.

A oídos del Santo Padre habían llegado, en los últimos años, noticias directas sobre el espíritu de la Obra y el santo vigor apostólico del Fundador, principalmente por las audiencias concedidas a gente del Opus Dei o a eclesiásticos que conocían bien a don Josemaría |# 91|.

Más reciente aún tenía el Fundador en la memoria la conversación de don Álvaro con el Santo Padre, el 3 de abril de 1946. En una larga carta le contaba don Álvaro pormenores de la audiencia:

«Le recordé que la vez anterior (audiencia del 4 de junio de 1943) me salté las rúbricas y que le había pedido no sólo la Bendición para el Padre, y para toda la Obra, sino que le había rogado que se acordase en sus oraciones de nuestro Padre. El sonrió y dijo: "¿qué quiere Vd.?, ¿que siga pidiendo?" Respondí que desde luego y me contestó que no lo olvidaba y que pedirá todos los días, como lo viene haciendo: y que, además, lo hace con mucha alegría» |# 92|.

* * *

En Roma dominaba el silencio y la ciudad dormía en calma bajo un cielo sembrado de estrellas. Continuaba el Padre absorbido en sus altos pensamientos. ¿Sería verdad que habían llegado con un siglo de anticipación? Y volvió a hacer presa en él una sensación extraña, mezcla de vacilación humana y firmeza sobrenatural. La misma sensación, de penosa incertidumbre y de gozoso abandono en manos de Dios, que había experimentado en Barcelona... Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus te; quid ergo erit nobis? Mira, Señor, todo lo hemos dejado por seguirte; ¿qué será, pues, de nosotros? ¿Es que vas a darnos la espalda?

Con insistencia volvía a reanudar su oración, mientras cruzaba por su mente la historia azarosa de la Obra, que era también la historia de las misericordias divinas |# 93|: la dureza de los comienzos, y la lluvia de gracias, la fidelidad de sus hijos, y la contradicción de los buenos; y los sucesivos pasos jurídicos..., hasta que allí, en Roma, se levantaba un muro, al parecer, insuperable.

Desde la terraza, con los ojos alzados a las habitaciones pontificias —del aposento del Vicario de Cristo sobre la tierra— volvía con insistencia, con tozudez, al meollo de su oración: Ecce nos reliquimus omnia...

Brillaba la luna y resbalaban lentas las constelaciones por el firmamento. El Padre seguía consumiendo la noche en oración incesante, sin retirarse a descansar. Luego vino la suave transición del alba, con un velo de claridades; y pronto rompió el amanecer.

Esa noche de oración marcaba el comienzo de la fundación en Roma.