3. Un monumento de fe y de amor

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Don Josemaría podía haberse ahorrado, muy fácilmente, los quebraderos de cabeza y el sinfín de apuros que le estaba costando el sacar adelante los edificios de la futura Sede Central del Opus Dei. Cualquier otro hubiera desistido ya de llevar a cabo el proyecto o, en el mejor de los casos, recurrido a demoras y aplazamientos. Pero no; desde un principio el Fundador acometió las obras con gallardía. Y después de varios años de muchas y heroicas tentativas, no había resuelto aún el modo de financiar su coste. Tiempo tenía para reconsiderar que aquella empresa romana |# 82| emprendida con tanto ardor, era una empresa imposible, una auténtica locura. Que esto era así, lo demostraban los hechos. Había puesto don Josemaría los medios humanos a su alcance, hasta el extremo de ir pidiendo limosna a sus hijos, para que éstos la pidiesen, a su vez, en otras puertas. Por desgracia, las amistades e instituciones de quienes podía obtener dinero le daban ya corteses y razonadas excusas. De manera que a los tres años de haber comenzado las obras en Villa Tevere, el Padre, en agosto de 1952, definía la situación y su futuro en dos breves palabras: Estamos económicamente agotados... y hay que terminar esas casas |# 83|.

No es sólo que careciera de dinero y que se hubieran secado sus fuentes de financiamento. Algo más quería expresar el Fundador: en primer lugar que la empresa romana había consumido todas sus energías; y que, sin embargo, por encima de ello, seguía imperando la voluntad de Dios. Por tanto, la decisión tomada en un primer momento continuaba en pie. Las obras se llevarían a cabo |# 84|. (No olvidemos, sin embargo, que aunque de momento se insista particularmente en este punto, las exigencias del Padre en la formación teológica y apostólica de sus hijos no era menor que el empeño por terminar aquellos edificios).

Transcurría el tiempo y aumentaban las dificultades. Pero no faltaba el milagro de cada día, y las obras seguían adelante, como escribía a Odón Moles en 1954:

Seguimos saliendo adelante, cada día, de milagro: es una pena que no aparezca el alma grande que nos proporcione los medios, para acabar este instrumento divino que es el Colegio de la Santa Cruz |# 85|.

Primordialmente, se trataba de una empresa de almas, para gloria de Dios y servicio de la Iglesia. Suponía, además, un fuerte impulso, a escala mundial, del apostolado de la Obra. En 1950 esa visión del Fundador estaba ya avalada por los primeros frutos; y así lo manifiesta a Pedro Casciaro:

Este año vienen trece o catorce más, que con los que hay serán veintiséis o veintisiete, para hacer su doctorado en facultades eclesiásticas. Y pronto podremos enviar profesores y directores de Centros de Estudios a cada Región, con láurea en filosofía escolástica, en Derecho canónico y en Teología. ¡Un gran paso, para la formación de todos y para facilitar la elección de gente que vaya al Sacerdocio! ¿Entiendes ahora mi preocupación? Pídele al Señor y a Nuestra Madre de Guadalupe dinero, para esta casa y para sostener a los estudiantes. Vale la pena |# 86|.

Del choque violento entre los contratiempos de la pobreza y la decisión de hacerles cara saltaban, en el corazón del Padre, chispas de amor y de fe, y la paz de quien se abandona en los brazos del Señor. Porque, como cuenta a Pedro Casciaro: El Señor no nos dejará. Cada día tengo la fe más viva |# 87|.

La marcha de las obras en Villa Tevere fue, desde muy temprano, azarosa y, al poco tiempo, insostenible. En enero de 1950 el Padre hacía balance de los medios humanos y de los sobrenaturales:

Muy apurados de dinero. Días de no saber cómo pagar —ni un resquicio humano se ve—, para poder continuar estas obras de Villa Tevere: con operaciones bancarias, vamos saliendo. Todo, menos dejar sin terminar estos edificios; y luego el Colegio Romano y lo de Castello. Son —serán pronto— maravillosos instrumentos [...]. Encomendad al Señor y obrad siempre santamente, que esto es también muy buena oración |# 88|.

Todavía en 1952 seguía preguntándose: ¿Vendrá la solución de América? |# 89|; y ¿cuándo encontraremos la persona providencial, con el suficiente amor a Cristo, que nos ayude sin ruido a pagar todo esto? |# 90|.

Crecía la Obra y se extendía por otros países de Sudamérica: Argentina, Chile, Colombia, Perú, Ecuador...; y el Padre continuaba con sus viejas peticiones, con sus antiguas y renovadas esperanzas y con sus mismos sueños providenciales, sin perder la confianza en Dios:

Contento —escribe a los de Perú en 1954—, por el empeño que ponéis en ayudar al Colegio Romano de la Santa Cruz: ¡ojalá encontrarais la persona providencial, que fuera instrumento para poder terminar estas casas rápidamente! No imagináis cuánto sufrimiento en estos seis años |# 91|.

Como se ve, el Fundador no desesperaba de hallar un millonario providencial que en un dos por tres resolviese todo; pero no fundamentaba sus esperanzas en personajes de pura fantasía ni en milagros ruidosos. Llevaba a cuestas la carga principal y animaba a sus hijos para que todos, sin excepción, echasen una mano |# 92|.

* * *

Narrar paso a paso la epopeya de Villa Tevere es algo a lo que la pluma se resiste. La enumeración de los obstáculos que había que superar y los milagros de cada día resultaría terriblemente fatigosa al lector, por no decir agobiante y hasta depresiva. Además de que un estudio, aun somero, de los centenares de cartas y notas de los diarios, que abarcan dos lustros, dañaría la claridad expositiva, impidiendo una visión de conjunto. El proceder del Fundador durante el período de obras en la Sede Central del Opus Dei, y en los edificios anejos, es coherente y lleva impreso su cuño biográfico. Es de notar también que, aunque se ocupa frecuentísimamente de este asunto de las obras en su correspondencia, jamás se sirve del papel como si fuera un paño de lágrimas con el que enjugar sus preocupaciones y temores.

Don Josemaría, como buen escritor y pedagogo, tenía el don de encerrar en dichos populares o familiares altos pensamientos. Un delicado consejo espiritual, o una situación económica en este caso, quedaban definidos en dos o tres palabras, de tal modo, que no eran necesarias mayores explicaciones para hacerse cargo de lo que quería decir el Padre. Pues bien, basta comparar el puñado de expresiones con que describe la situación económica de la Obra en 1949, con las que emplea en la correspondencia de 1952, para apreciar hasta qué punto habían empeorado en breve plazo los recursos económicos mientras, por el contrario, se fortalecían su fe y su esperanza |# 93|.

El punto de partida de los grandes agobios fue el verano de 1949, a poco de acabar las obras en el Pensionato y comenzar las de Villa Tevere. El 31 de julio de 1949 el Padre envió a los del Consejo General unas líneas que son como el manifiesto de los principios a los que heroicamente se aferró por diez años, día a día:

Que Jesús me guarde a esos hijos.

Queridísimos: Ante las dificultades económicas que vivimos, no hay más remedio que poner los medios sobrenaturales y agotar los humanos. Por eso, si el viernes no se ha resuelto favorablemente lo de los ocho millones, procuraremos que Álvaro vuelva a España el sábado para continuar las gestiones con vosotros.

No sé si os dais cuenta exacta de lo que supone, para toda la Obra, sacar adelante estos empeños de Roma; [...] y, finalmente, que hacer o no hacer esto de Villa Tevere es empujar o detener la labor de nuestro Instituto medio siglo |# 94|.

Empieza hablando, en sus primeras cartas, de problemas económicos, que le obligan a escatimar pagos y mordisquear el dinero |# 95|, para que durase un poco más. Enseguida le vinieron las preocupaciones económicas; y, casi sin darse cuenta, se vieron con el agua al cuello |# 96| y ahogadísimos de dinero |# 97|, pero confiando en que Dios no les dejaría en la estacada |# 98|.

Los apuros económicos parecían humanamente insuperables |# 99|; y si no supiéramos por experiencia qué paternal es con nosotros la Providencia del Señor —escribe don Josemaría a los de Estados Unidos— te diría que nos encontramos al borde de la catástrofe |# 100|.

A pesar de todo, seguían adelante, cada día con una mayor abnegación y con más fe en la Providencia |# 101|. Presentía el Padre que iba a quedarse solo, sin otra compañía que la de don Álvaro: Álvaro y yo —escribe a Pedro Casciaro— estamos dejando media vida entre estos muros |# 102|. Ante la inminencia humana de una catástrofe |# 103|, sabiéndose en las últimas, suplica, ruega y clama a voz en grito a sus hijos: ¡Ayudadnos, poco o mucho! |# 104|.

Corría el mes de septiembre de 1952.