3. Madurez de un adolescente

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

A las sacudidas experimentadas por la familia siguió una larga serie de sufrimientos morales y de privaciones físicas, que configuraron hondamente el tránsito de su niñez a su adolescencia. Quizá sea éste uno de los períodos más nebulosos de su vida. Acaso la crisis se prolongara por espacio de algunos meses, en los que libró consigo mismo una batalla tenaz y dolorosa. Veladamente, en sus confidencias de adulto, dejará entrever que, por algún tiempo, quedaron en suspenso aquellas charlas amistosas con don José, en las que el hijo abría el corazón al padre pidiéndole consejo.

Desde la muerte de su hermana Chon venía dando vueltas en la cabeza a una idea, punzante como una espina. Era un pensamiento que le hostigaba con persistencia, cuando veía a la desgracia encarnizarse con los inocentes. ¿Por qué, Señor, por qué? Josemaría, niño aún y con un agudo sentido de la justicia, se perdía en penosas meditaciones, tratando de encontrar un rayo de luz que esclareciese lo que para él resultaba incomprensible. Todo era en vano. La exacerbación de sus sentimientos le impedía ver claramente las razones:

Yo, desde chico, he pensado tantas veces sobre el hecho de que hay muchas almas buenas a las que les toca sufrir tanto en la tierra; penas de todo género: reveses de fortuna, hundimiento de la familia, teniendo que dejarse pisotear el legítimo orgullo... Al mismo tiempo, veía otras personas, que no parecían buenas —no digo que no lo fuesen, porque no tenemos derecho a juzgar a nadie—, a las que todo iba de maravilla. Hasta que un buen día me vino la consideración de que también los malos hacen cosas buenas, aunque no las realicen por un motivo sobrenatural; y comprendí que Dios de alguna manera los había de premiar en la tierra, ya que luego no podría premiarlos en la eternidad. Me acordé entonces de la frase: también se ceba el buey que irá al matadero |# 42|.

En Logroño comenzaron el desasosiego y la resistencia de Josemaría a aceptar la nueva situación. Su generosidad, ese impulso para darse sin reservas, abundantemente, a los demás, no se avenía con la mediocridad, ni con la ponderación económica de la familia. El muchacho a duras penas se percataba de que la riqueza moral se halla muy por encima de los bienes materiales.

Su madre, a la que ayudaba Carmen, se afanaba en los mil quehaceres de la casa: cocina, lavado de la ropa y regateos al ir de compras al mercado. Del padre sabemos detalles más íntimos, que posiblemente conociese el hijo. Para ahorrarse la merienda, don José tomaba un caramelo a media tarde, entreteniendo al estómago. Aunque no había dejado de fumar, se impuso una ración diaria de seis pitillos, que él mismo liaba, colocándolos cuidadosamente en una pitillera de plata, recuerdo de tiempos mejores |# 43|. La economía de la casa estaba presidida por el ahorro, y los gastos venían sometidos a una prudente vigilancia, de acuerdo con el dicho de doña Dolores: «no alargar el brazo más que la manga» |# 44|. A los ojos de Josemaría todo en el hogar llevaba el sello de una sufrida pobreza, que resultaba intolerable a su fogosidad. De manera que sentía impulsos de rebelión, que difícilmente lograba reprimir. Magnánimo y dispuesto al sacrificio, le dolía grandemente el callado sufrimiento de sus padres.

Cuando se despejó la borrasca, cuando poco más adelante vio con claridad las cristianas razones de esa pobreza, se sintió orgulloso de lo mismo que, en su muchachez, había considerado un oprobio del hogar; y lo proclamaba gozoso recordándolo ante sus hijos espirituales:

Si me echan en cara la pobreza de mis padres, alegraos y decid que el Señor lo quiso así, para que nuestra Obra, su Obra, se hiciera sin medios humanos: yo así lo veo. De otra parte mis padres, mis padres calladamente heroicos, son mi gran orgullo |# 45|.

Pero por entonces no lo veía. La pobreza, indudablemente, llevaba consigo humillaciones de todo género. Para la amplia parentela de doña Dolores, Logroño era el exilio de los Escrivá; y, según algunos de ellos, un merecido destierro.

La más dura prueba por la que pasó Josemaría, más dolorosa que las privaciones, fue el callado sufrir de los padres, cuya sonrisa y serenidad daban a entender el dominio interior con que aceptaban las adversidades. Pero esa mansa capa de amabilidad dejaba traslucir también las muchas renuncias que encubría. Esto, en lugar de calmar al muchacho, le violentaba. Y el oleaje rompía dolorosamente dentro de su alma. No se atrevía el muchacho a hablar de ello con don José. De momento se habían interrumpido las conversaciones íntimas durante los paseos de los domingos. Charlaban de otros temas. Porque a Josemaría le parecía injusto y poco noble hacer «comentarios que pudiesen herir la sensibilidad de sus padres» |# 46|.

De los felices días de la infancia retuvo Josemaría en su memoria una lámina que, por razones circunstanciales, pasó a formar parte de su almacén espiritual. Eran dos dibujos japoneses; en uno se leía:

El hombre presuntuoso, y representaba una familia reunida alrededor de una mesa, teniendo arriba, en lo alto de un palo, una gran luz. Desde lejos aquella luz atraía, llamaba la atención. Pero si uno se acercaba, veía que la familia estaba fría, sin luz y sin calor de hogar. El otro dibujo se titulaba así: el hombre prudente. Era otra familia, con la luz muy cercana, sobre la mesa, en el centro de todos. No llamaba la atención, no era algo ostentoso. Pero el que se acercaba allí, encontraba ambiente de familia |# 47|.

Quiso Dios que la ayuda salvadora le viniese a través de su familia. Entre los suyos encontró Josemaría el calor del afecto. Luego, el tiempo obró como sedante de inquietudes y arrebatos. Y, más tarde, llegaría el muchacho a descubrir el sentido profundo de aquellos acontecimientos. No sólo se invirtieron los términos en su mente, y lo que había sido causa de vergüenza y humillación se le apareció con resplandores de virtud, sino que vio el orden providencial y la lógica divina encerrados en la secuencia de los hechos:

Dios me ha hecho pasar por todas las humillaciones, por aquello que me parecía una vergüenza, y que ahora veo que eran tantas virtudes de mis padres. Lo digo con alegría. El Señor tenía que prepararme; y como lo que había a mi alrededor era lo que más me dolía, por eso pegaba ahí. Humillaciones de todo estilo, pero a la vez llevadas con señorío cristiano: lo veo ahora, y cada día con más claridad, con más agradecimiento al Señor, a mis padres, a mi hermana Carmen... |# 48|.

Luego, con el desarrollo positivo de la personalidad, el muchacho fue adquiriendo una madurez impropia de sus años. Ante sus amigos se mostraba serio y reflexivo, cualidades no incompatibles con la alegría y un bullicioso sentido del humor. Doña Dolores, de manera muy expresiva, afirmaba que Josemaría «había sido siempre un niño mayor» |# 49|. Nadando contra corriente, sin dejarse arrastrar por la desgracia, se calmó la crisis de su adolescencia. Y, al cabo, su espíritu quedó tempranamente abierto a los ideales de la juventud. Por lo que, al revisar esta removida etapa de su vida, tendría para todos palabras de perdón y de reconocimiento: El Señor —nos dice— iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente |# 50|.

* * *

Aisladamente considerados, los datos que se recogen en el expediente escolar de Josemaría poco nos ilustran sobre su persona, sirviendo solamente de indicio con el que valorar sus aptitudes intelectuales. Aún así, el expediente suministra, de modo indirecto, informaciones no despreciables sobre el carácter y gustos del muchacho |# 51|.

En los exámenes del cuarto año de bachillerato (1915-1916), obtuvo la calificación de Sobresaliente con Premio (también llamada Matrícula de Honor), en Preceptiva Literaria y Composición. El Premio no era simplemente honorífico sino que eximía del pago de la tasa escolar de una asignatura al curso siguiente; además, el alumno podía elegir, a su gusto y conveniencia, la asignatura a la que aplicar la Matrícula de Honor. Haciendo uso de ese derecho, Josemaría, con fecha 1 de septiembre de 1916, dirigió una instancia al Director del Instituto para aplicar a la Historia General de la Literatura el Premio que se le había concedido en Preceptiva y Composición |# 52|.

El catedrático de Literatura era don Luis Arnaiz, hombre de tierna sensibilidad literaria y propenso a la emoción estética |# 53|. Al decir de Josemaría, se emocionaba al leer en voz alta a Cervantes, lo cual suscitaba en el muchacho otros recuerdos lejanos. Porque entre los libros traídos de Barbastro por los Escrivá, la mayor parte de ellos clásicos, había una bella y antigua edición de El Quijote, en seis volúmenes. A ellos acudía de muy niño a leer y repasar las láminas.

En las clases de literatura pudo Josemaría saborear a placer los clásicos, desde los escritores medievales a los del Siglo de Oro español |# 54|. Pasados los años, las anécdotas literarias e históricas, en prosa o en verso, surgirán frescas y espontáneas, a la par de la cristiana doctrina.

Un jueves santo, haciendo en voz alta su oración personal, traía a ella noticias de su muchachez:

Desde chico, Señor, desde la primera vez que yo pude hojear esa poesía gallega de Alfonso el Sabio, me ha conmovido el recuerdo de alguna de sus estrofas.

Me removía con esas cantigas, como la de aquel monje que pidió en su simplicidad a Santa María contemplar el cielo. Se marchó al cielo en su oración —esto lo entendemos todos nosotros, lo entienden todos mis hijos, todos, porque somos almas contemplativas—, y cuando volvió de su oración no reconocía a ningún monje del monasterio. ¡Habían pasado tres siglos! Ahora lo entiendo también de una manera particular, cuando considero que Tú te has quedado en el Sagrario desde hace dos mil años para que yo te pueda adorar y amar y poseer; para que yo pueda comerte y alimentarme de Ti, sentarme a tu mesa, ¡endiosarme! ¿Qué son tres siglos para un alma que ama? ¿Qué son tres siglos de dolor, tres siglos de amor, para un alma enamorada?: ¡un instante! |# 55|.

Las lecturas juveniles prendieron en el fondo de su alma, empapándola de belleza. En muchas ocasiones echará mano de recuerdos literarios, como recurso para exponer sus proyectos o sus ideas; como se ve, por ejemplo, en carta fechada en Roma, 7-VI-1965, medio siglo después de su paso por el Instituto de Logroño:

Ahora reverdezco mis aficiones de la juventud, leyendo vieja literatura castellana, de la que también se sirve el Señor para confirmarme en su paz. Me explicaré, con un ejemplo: tú sabes cuántas veces he dicho, cuando a mí, que soy un pecador, me atribuyen con demasiada frecuencia ¡revelaciones y profecías! —nada menos— que todo eso no es verdad. A lo más, ante la fe de la gente, concedo —porque me parece de justicia— que, si acaso, si eso que dicen es verdad, será fruto de la bondad de Dios, que les premia la fe y las otras virtudes que tienen los interesados. Pero que io non c'entro per niente.

Pues, bien: leyendo a Gonzalo de Berceo, en su Vida de Santo Domingo de Silos —a gusto le concedo lo que allí dice: "Bien valdrá, como creo un buen vaso de vino"— y teniendo en cuenta lo que va del 200 al 900, y aún más lo que va de un santo a un pecador, me ha consolado como una gran luz de Dios leer: "Profetaba la cosa que a venir avie,/ Maguer la profetaba, el non lo entendie". ¿No es una bendición del cielo que, hasta de las distracciones, saquemos sabiduría divina, vertida por un buen clérigo que vivió hace más de setecientos años?

Y, para seguir divirtiéndote, te voy a contar otra anécdota —por decirlo así— literaria: debería decir de mi confusión literaria.

En no pocas ocasiones, me gustaba recordar —al hablar de cosas espirituales— un verso que atribuía al Cantar del mío Cid: "y la oración al cielo cabalgaba". No me dirás que no es expresivo. Releo en estos días el cantar, y he tenido que reconocer que mi memoria de viejo ha cometido de buena fe un error, que casi se puede llamar imperdonable. Porque el original, pensándolo bien, es más realista y tiene más teología nuestra. Dice así: "la oraçión fecha luego cavalgava". Primero, rezar; después, cabalgar: que es trabajar, pelear —disponerse a pelear—; y trabajar y pelear, para un cristiano, es orar: entiendo que este verso, del Cantar de gesta, va muy bien para nuestra gesta de cristianos corrientes y contemplativos. Mejor que el otro, que salía —entre nieblas— de la herida que quedó en mi imaginación de adolescente |# 56|.

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Carmen tenía al hermano por «un muchacho normal, de carácter abierto» |# 57|; pero, a la hora de divertirse, si había chicas presentes, Josemaría se sentía un tanto cohibido. No asistía a bailes; entre otras razones porque no se había propuesto aprender a bailar. El padre, en cambio, sí; había sido un excelente bailarín. «Tu padre —le contaba doña Dolores— era capaz de bailar sobre la punta de un espadín» |# 58|. De todos modos, la madre deseaba adelantarse a lo que era normalmente previsible: que el hijo se enamorara, pronto o tarde, de una chica. No tardó, pues, en darle un sano consejo, emparedado en un dicho popular: — «Si te has de casar, búscate mujer; ni tan guapa que encante, ni tan fea que espante» |# 59|.

Su primera adolescencia le despojó de muchos retraimientos y melancolías, poniendo al descubierto un fondo de vehemencias juveniles. Extremadamente ordenado y puntual, Josemaría no soportaba el desorden, dando muestras de impaciencia, de nerviosismo o de brusquedad |# 60|. Esa disconformidad intolerante por los pequeños descuidos en cuestiones de orden, bien pudiera tener secretas comunicaciones con su gusto por la geometría o las matemáticas; pero, claro está que las ciencias exactas no eran responsables de su fuerte carácter.

Durante toda su vida Josemaría tuvo que luchar contra la natural impetuosidad de su temperamento, para someter aquel torrente de sana energía, convirtiéndolo en fuerza dominada y en fortaleza de ánimo para arrostrar obstáculos |# 61|.

Existía además otro aspecto de su carácter, que denunciaba, aunque de distinto modo, el enardecimiento juvenil. Era éste su romántico idealismo. Vena vaporosa que desfogaba ya por el lado poético ya por el fervor patriótico; o bien se traducía en exaltados sentimientos de libertad y de justicia, como le ocurrió con el caso de la independencia de Irlanda |# 62|. Semanalmente recibía la familia la revista "Blanco y Negro", ilustrada con extensos reportajes fotográficos de las vicisitudes de la primera Guerra Mundial. Toda España, aún manteniéndose neutral, estaba dividida en sus simpatías por unos u otros combatientes. Don José tenía marcadas tendencias germanófilas, tal vez por la enemistad que pervivió en el Alto Aragón, durante un siglo, en recuerdo de la invasión y de los excesos de las tropas napoleónicas.

Pero lo que, realmente, soliviantó al hijo en el caso irlandés, fue el tema de la libertad religiosa: Entonces —cuenta— tenía unos quince años, y leía con avidez en los periódicos las incidencias de la Primera Guerra... Pero sobre todo rezaba mucho por Irlanda. No iba en contra de Inglaterra, sino a favor de la libertad religiosa |# 63|.

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Ese verano de 1917, otra vez juntos padre e hijo en sus largos paseos, conversaban sobre las ilusiones profesionales de Josemaría. El próximo curso terminaría el bachillerato, y era preciso decidir de antemano qué rumbo profesional emprendería. El muchacho no tenía dudas. Lo había decidido. Pensaba hacerse arquitecto, pues estaba dotado de excelentes aptitudes para las matemáticas y el dibujo. Don José trató suavemente de encaminarle hacia la abogacía, porque tenía facilidad de palabra, le gustaba la historia y la literatura; y no le faltaba don de gentes.

Josemaría no se dejó convencer. En el dicho del padre, de que el hijo deseaba ser un «albañil distinguido», hay que ver algo más que una suave punta de ironía |# 64|. El empeño del muchacho por seguir la carrera de Arquitectura, cara y larga, supondría para la familia un pesado sacrificio económico, del que tal vez no se percataba entonces el estudiante, aunque luego, muchos años más tarde, habría de reconocerlo: En casa continuaron mi educación, para darme una carrera universitaria, a pesar de la ruina familiar, cuando muy bien pudieron, en justicia, haberme puesto a trabajar en cualquier cosa |# 65|.

Todavía quedaban algunos meses de espera. Una tregua que iba prensando el ánimo de don José conforme pasaba el tiempo. Pero Dios diría. Y Dios tuvo la última palabra, comprobándose, una vez más, que los caminos del Señor son inescrutables.

En 1934, desde la perspectiva de su vocación sacerdotal, meditaba Josemaría en qué hubiesen parado las ilusiones profesionales de 1917:

¡La vocación sacerdotal! ¿Dónde estaría yo ahora, si no me hubieras llamado? Sería, probablemente un abogado presuntuoso, un literatillo engreído, o un arquitecto pagado de mis obras (en todo esto se pensó, allá por el año 1917 ó 1918) |# 66|.