3. Las sinrazones de los santos

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

¿Qué es un santo? Santo es el hombre metido en Dios, atento al cumplimiento amoroso de su Voluntad y dispuesto a servirle con todas sus fuerzas. Santo es quien quema su vida con el anhelo de intimar más y más con Dios, en quien centra mente y corazón, y a quien entrega apasionadamente su existencia. El comportamiento de este hombre por fuerza ha de resultar fuera del común obrar de las gentes. Acaso algunos interpreten su extremosidad como desequilibrio, como falta de mesura, como actitud extraña, anormal e irrazonable. Sin duda que el santo, al igual que el enamorado, es persona absorbida por las cosas del amado; en este caso, por Dios. Por consiguiente, ¿qué tiene de particular que sufra "chifladuras de enamorado", enajenamientos y "locuras de amor"? |# 79|. Lo natural es que, mirándole con ojos profanos, veamos en él un hombre de juicio desvariado. Será, pues, un eterno incomprendido en sociedad mientras no se le juzgue teniendo en cuenta a Dios, que es quien causa sus "locuras", como sabiamente puntualiza el Fundador:

las locuras —las sinrazones— de los santos, ni son locuras ni anormalidades: son modos razonables de obrar Dios en las almas, según el tiempo, según las circunstancias sociales de cada época, según las peculiares necesidades de su Iglesia y de la humanidad en cada momento de la historia |# 80|.

Los santos de gran talla suelen ser hombres ungidos con una misión divina en servicio de la humanidad. Estos hombres, llamados a convertir pueblos, implantar el mensaje evangélico o cambiar el rumbo de la historia, tienen que ser instrumentos de Dios, niños dóciles en sus manos, que obran como colosos de gran potencia. Porque de Dios les viene su energía, y Dios los utiliza como instrumentos de colaboración —profetas, apóstoles, reformadores o fundadores—, acompañándolos con su gracia. Los grandes santos son, en efecto, palancas que, manejadas por Dios, sirven para remover el mundo. No es sorprendente, por lo tanto, que choquen sin remedio con el ambiente que los circunda, calificándoles la gente de soñadores e ilusos; incluso de locos, herejes y visionarios. En fin, ¿qué podrán esperar del mundo sino ultrajes, rechazos y persecuciones?

Hemos de convencernos de que los santos —nosotros no nos creemos unos santos, pero queremos serlo— resultan necesariamente unas personas incómodas, escribía el Fundador en 1932, porque con su ejemplo y con su palabra son un continuo motivo de desasosiego, para las conciencias comprometidas con el pecado |# 81|.

Una de las primeras cosas que le vinieron a la mente a don Josemaría fue que la tarea de quien lucha por ser santo constituye un obstáculo molesto para la sociedad en que vive. Seguramente preveía cuál iba a ser el destino suyo y el de sus hijos en cuanto tratase de poner en marcha los proyectos de apostolado universal |# 82|. Su primer paso fue formar a quienes le seguían, exigiéndoles santidad. (Lo raro sería que no se la pidiese, cuando el mensaje que predicaba era el aspirar a la santidad en medio del mundo.) El que no esté decidido a ser santo de verdad, que se marche |# 83|, les decía. El santo es incómodo; pero eso no significa que haya de ser insoportable. Su celo nunca debe ser un celo amargo; su corrección nunca debe ser hiriente; su ejemplo nunca debe ser una bofetada moral, dada en la cara de sus enemigos |# 84|.

A la vuelta de los años, enriquecido con múltiples y amargas experiencias, habiendo sufrido en su carne la contradicción, el Fundador continuaba repitiendo, no sin una gota de humor, lo de que los santos resultan molestos:

Muchas veces pienso que Dios, Nuestro Señor, se divierte también con nosotros: mete en nuestro corazón deseos de santidad... y resulta que los santos han sido siempre o casi siempre un estorbo, personas... incómodas, tozudas |# 85|.

La búsqueda de la santidad y la generosa actuación de la gracia a través de la persona del Fundador hizo que las gentes le concediesen fama de persona milagrera. Allá, por los años cuarenta, antes de ir a Roma, se le conocía como "el cura de los milagros". Por su modo de ser, nada podía resultarle más aborrecible. Nada más contrario al ocultarme y desaparecer que el ser considerado rareza pública; como "bicho" de caseta de feria —decía—; y se desahogaba indignado y dolorido:

Yo no sé por qué vienen a verme, si soy un cura gordo e insignificante. Vienen a ver al bicho, a ver si hago milagros: ¡qué voy a hacer milagros! ¡qué historia es ésta de que hago milagros! Ocurren cosas que la gente estima que salen de lo normal; pero son cosas corrientes. Y si el Señor quiere hacer algo fuera de lo normal, es el Señor quien lo hace; no yo, no este cura |# 86|.

Poniéndose como ejemplo en el modo de vivir el espíritu del Opus Dei, el Fundador pedía a Dios que no le sacase de la Providencia ordinaria, que para él era suficientemente extraordinaria, y que la lucha de sus hijos por la santidad, y la suya propia, pasase inadvertida. De manera que no tuviera que aplicárseles lo de que para aguantar a un santo, se necesitan dos |# 87|. El milagro de lo ordinario le bastaba, ¿para qué más? Soy enemigo de lo que se sale de la normalidad |# 88|, les aseguraba. Ya sabéis que no me gusta vivir de la imaginación. ¡Las cuatro patitas en el suelo!, para servir a Dios de veras, bien pendientes de Él por otra parte |# 89|. El Padre era realista, sin duda. Cortaba las alas a toda fantasía. Enseñaba a sus hijos que muy raramente tropezarían en su vida con ocasiones de lucimiento heroico o de hazañas sonadas. Su base de santificación se asentaba en el fluir constante de la vida; situaciones y sucesos repetidos; lo normal, lo diario, lo corriente y cotidiano.

Son los pequeños sinsabores de cada día, las dificultades que se presentan a diario y vencemos con amor de Dios, lo que contribuye a santificarnos, explicaba a sus hijos:

¡Justamente suceden estas pequeñas cosas, que luego se superan con caridad —in omnibus caritas!— y que son las que nos han de hacer santos! Si no fuera así, esta vida de los hijos de Dios en su Opus Dei en la tierra, sería ya un cielo. Y no puede ser: el cielo nos lo tenemos que ganar aquí, a fuerza de esas pequeñas cosas de la vida diaria. ¿Quién nos va a santificar, el Preste Juan de las Indias? |# 90|.

En sus tareas habituales el Padre se esforzaba en poner amor, afinando cada día un poquito. Era ésta una pelea ardorosa consigo mismo para crecer más y más en caridad. De ello tomaba nota algunas veces Mons. Javier Echevarría, así como de sus comentarios. He aquí una de las observaciones del Fundador sobre el hilar fino en cuestiones de amor:

Se puede hacer un regalo a una persona dando el encargo a la tienda, por teléfono; a través de otra persona, o yendo personalmente a comprarlo. Aquel que recibe el regalo, quizá no sabrá qué procedimiento se ha seguido, pero evidentemente el afecto y el interés del que regala es distinto, según esas circunstancias. Dios ve nuestras intenciones: ¡no se trata de cumplir, sino de amar! |# 91|.

Era claro que un amor íntimo y esforzado quemaba calladamente su vida. Ese fuego tenía, además, un toque muy particular. Era expresión de un estilo personal. Porque así como el pintor deja en la tela algo propio, que diferencia su pincelada de la de otros artistas, así también cada santo. El acento del Padre tenía timbre y hechura de enamorado. De enamorado era su lenguaje; y de enamorado sus sueños y gestos. Hablaba de "rondar" y "hacer la corte" al Señor; de entonar canciones de amor humano a lo divino; de "mimos" y "caricias" |# 92|.

Deseaba vivamente que llegase el día en que sus hijas preparasen la materia para celebrar misa —pan y vino— cultivando vides y trigales. Se trata —les explicaba— de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él baje |# 93|. Y en una ocasión, al pasar por delante del Sagrario y hacer una de esas genuflexiones suyas, profundas y pausadas, se acercó luego al Tabernáculo a pedir perdón en voz alta, por no haber acompañado el gesto con el pensamiento. Perdóname, Jesús, porque no te había saludado con el corazón |# 94|.

Sus escritos y predicación están sembrados de estallidos de amor: recios y místicos, tiernos e inflamados:

Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos...

Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!— tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía |# 95|.

Toda la predicación del Padre —y predicaba con el ejemplo— conducía derechamente a Dios, antes de desparramarse en acción apostólica por el mundo. Su programa se reducía a una palabra: endiosarse |# 96|. Para ello aconsejaba tomar una ruta divina, acercarse a Dios por el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo:

Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos [...].

Pero no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios |# 97|.

Enamorado e identificado con Cristo, el Fundador del Opus Dei invitaba a descubrir las riquezas de la filiación divina, fundamento de la vida del cristiano, que para los fieles del Opus Dei se traduce —son palabras suyas— en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios. Filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad |# 98|.

* * *

La vida interior del Padre se alimentaba y crecía con la riqueza encerrada en la Humanidad de Cristo. Y, en caso de preguntarle en qué podía servir de ejemplo, su respuesta era ésta:

De pocas cosas puedo ponerme de ejemplo. Sin embargo, en medio de todos mis errores personales pienso que puedo ponerme como ejemplo de hombre que sabe querer |# 99|.

Peculiar de aquel hombre de Dios era su acento de enamorado, que arrastraba consigo el trasvase de afectos humanos a la esfera sobrenatural y mística. Propio de la vida interior del Padre era su empeño en hallar el quid divinum que, como una perla preciosa, se esconde en todo suceso histórico, grande o pequeño. Su espiritualidad se nutría del considerar la filiación divina que nos ha ganado Jesucristo. En fin, era hombre que sabía amar, transformando así trabajo y descanso en vida contemplativa, convirtiéndolos en oración |# 100|.

Otra nota particular de su persona era la fineza de espíritu en el trato familiar y social. Volcaba generosamente todo su corazón, y su buena educación, en los actos más corrientes y ordinarios: procuraba conocer los gustos de una persona y lo que le era desagradable; esperaba la ocasión oportuna para dar una noticia, o quizás callarla; en la conversación sabía escuchar, no interrumpía sin necesidad, moderaba la impaciencia; evitaba las discusiones, mostraba respeto y amabilidad con todas las personas, luchaba contra el ocio; en casa cuidaba de la ropa, miraba el orden, no se desentendía de los arreglos. Todos estos detalles —que, por cierto, provenían de las enseñanzas recibidas en el hogar de sus padres— formaban parte de una serie de virtudes que van de la cortesía a la abnegación |# 101|. En todas las tareas ponía amor de Dios, integrándolas así en su vida contemplativa.

Su comportamiento, hasta en servicios mínimos, venía realzado sobrenaturalmente por el amor a Dios con que los ejecutaba. Por este motivo no concebía que se olvidaran o desdeñasen las virtudes humanas, porque sobre ellas viene tejida en gran parte nuestra vida, como dice, con una pizca de donaire, en Camino:

No pensemos que valdrá de algo nuestra aparente virtud de santos, si no va unida a las corrientes virtudes de cristianos.

—Esto sería adornarse con espléndidas joyas sobre los paños menores |# 102|.

El cortejo de virtudes humanas y civiles que deben acompañar al apóstol que vive en medio de la sociedad no constituye un capricho sino que viene a ser fundamento de las virtudes sobrenaturales, si nos esforzamos en elevarlo al orden sobrenatural. Es verdad que nadie se salva sin la gracia de Cristo. Pero si el individuo conserva y cultiva un principio de rectitud, Dios le allanará el camino; y podrá ser santo porque ha sabido vivir como hombre de bien |# 103|. Este resello de carácter laical que pone el Fundador en la vida contemplativa se hace patente cuando escribe, pongo por caso: Todo el mundo ha sufrido en esta vida. Es de mal gusto que una persona hable de sus sufrimientos, y puede perder el mérito espiritual, si lo tuviera |# 104|. En la pluma de un hombre que tanto había sufrido por amor a Cristo, ¿no sería acaso más lógico que el pensamiento rigiese una consideración de mayor altura que no la pérdida de mérito sobrenatural? Así lo expone, por ejemplo, en otras ocasiones: me basta tener delante de mí un Crucifijo, para no atreverme a hablar de mis sufrimientos |# 105|.

Sin embargo, no es ése el factor sorprendente de la frase sino el que se apele a un sentimiento de urbanidad y buena crianza. Es decir, a un sentimiento convencional que considera de "mal gusto", y poco elegante, el hablar de uno mismo, constituyéndose en centro de la conversación o afligiendo a los demás con sus pesares.

Todo acto de piedad del Fundador llevaba impreso de algún modo rasgos propios del espíritu del Opus Dei. Así, por ejemplo, su trato con los Ángeles, que estaba lleno de confianza, naturalidad y deferencia. Esta devoción nació al pie de la cuna, cuando recitaba aquella oración infantil: «Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día» |# 106|. Nunca decayó. Con el trato frecuente llegaría a convertirse en auténtica amistad. Luego, siendo ya un joven sacerdote, comenzó a invocar también a su Arcángel ministerial |# 107|. Tan fuerte era su fe que en los Apuntes íntimos recogió un buen número de favores obtenidos por intercesión angélica, hasta el punto de que se sintió impulsado a aclarar lo que decía en esas notas: yo no tengo la pretensión de que los Ángeles me obedecen —escribe—. Pero tengo la absoluta seguridad de que los Santos Ángeles me oyen siempre |# 108|.

Acerca de lo cual, Mons. Álvaro del Portillo refiere que el Padre solía tener por la noche un rato de tertulia con sus hijos. Llegada la hora de retirarse a descansar, al salir de la habitación, antes de cruzar el umbral de la puerta, se detenía un brevísimo instante para dejar pasar a sus dos ángeles |# 109|. Detalle que no advertían quienes no estaban en el secreto. Es un leve gesto de deferencia, pero ¿no muestra acaso, por sí solo, la viva fe del Fundador y la naturalidad con que trataba a sus ángeles? Y, ¿no nos recuerda también sus finos modales cediendo el paso a otras personas?

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El Fundador ejercitó todas las virtudes cristianas. Pero, si hubiera que señalar una virtud humana de modo especial, tal vez podría mencionarse la magnanimidad. Entre otros motivos porque en su grandeza se compendian un buen grupo de virtudes naturales; y porque conduce directa y rápidamente a una entrega total, poniendo a la persona en disposición de darse a Dios. Josemaría, muchacho, tenía ya en su pecho esta potencia moral cuando un día de invierno se rindió de golpe, y sin condiciones, al ver las huellas de unos pies desnudos sobre la nieve. Al describir esta virtud, don Josemaría parece remover todo el pasado de su juventud:

Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios |# 110|.

En ningún período de su vida perdió esa grandeza de ánimo, tan necesaria para que el carisma fundacional obrase conforme lo exigía la naturaleza del Opus Dei, que era empresa universal y de origen divino. Pero al tiempo de ser elegido como Fundador, Dios le concedió el tener siempre ante la conciencia que en ello no había mérito alguno por su parte. De forma que la vida espiritual del Padre descansaba en el conocimiento radical de que nada valía y nada era. Con frecuencia se calificaba a sí mismo de "burrito sarnoso", de "trapo sucio", de "instrumento inepto y sordo", de "saco de miserias", de "nada y menos que nada". Se veía, en la presencia de Dios, como "fundador sin fundamento", como "fragilidad, más gracia de Dios", como "un bobo muy grande". Era, en suma "una pobre fuente de miseria y de amor", "un pecador que ama con locura a Jesucristo". Esto quería que grabasen sobre su tumba: Peccator; y añadía sus razones: porque eso soy y eso es lo que siento |# 111|. Estas definiciones le venían instantáneas a los labios. No necesitaba rebuscar vocablos con que definirse. Así se movía, entre la grandeza y la pequeñez, entre la magnanimidad y la humildad.

El Fundador desempeñó su misión generosamente, con prontitud de ánimo, al paso de Dios, hasta agotarse. Era hombre de oración ininterrumpida, y gracias a ella sacó adelante el Opus Dei. Javi —recordó en una ocasión a don Javier Echevarría— ¡acuérdate toda la vida!: el único medio que hemos tenido en el Opus Dei, y que tendremos siempre, es la oración. ¡Rezar!, ¡rezar siempre!, porque aunque parezca en algún momento que contamos con todos los medios humanos, ¡no los tenemos! Ésta es la única esencia del Opus Dei: la oración |# 112|.

Verdaderamente era hombre de oración; pero, en cuanto Fundador de una gran empresa apostólica, estaba llamado a la acción. Su vida contemplativa absorbía aquellos dos aspectos de la existencia, y, con el ejemplo y con la palabra, enseñaba a sus hijos a fundir ambos en unidad de vida. Continuamente, y de cien maneras distintas, les repetía que habían de ser contemplativos en medio del mundo.

Una tarde de verano, estando el Padre de tertulia con sus hijos en Castelgandolfo, como llegase la hora que habían previsto para hacer un rato de oración y el director se lo indicara, le replicó: Pues lo que estamos haciendo ahora, ¿qué es sino oración? |# 113|. Y cuenta una hija suya que un día, en que el Padre había estado trabajando entre papeles unos tres cuartos de hora, al terminar comentó: Yo, mientras he estado con estos papeles, he tenido mi mente y mi corazón junto al sagrario; y esto es lo que hago habitualmente desde mi lugar de trabajo |# 114|.

Su programa era muy simple: hemos de divinizar nuestra vida, hemos de endiosarnos, meternos enteramente en el amor de Dios, para que actúe a través de cada uno de nosotros |# 115|. Unos segundos —el aleteo de un pensamiento, una jaculatoria— le bastaban para zambullirse en Dios. Luego trasladaba el fuego que interiormente le consumía a sus ocupaciones; y trabajaba con ardor, dándose, gastándose, porque hacer las obras de Dios no es un bonito juego de palabras, sino una invitación a gastarse por Amor |# 116|. Pensando en la mucha gente que ha perdido el sentido de lo sobrenatural, y se olvida de servir a Dios, el Padre ambicionaba trabajar en el lugar más escondido, calladamente, eficazmente. Consideraba maravilloso y envidiable «gastarse en el último rincón, por el bien de las almas» |# 117|.

Con la gracia de Dios, el Fundador, a los veintiséis años de edad, daba ya la talla para llevar a cabo su misión. Lo que escribe en una carta de 1964 es exactamente lo que podía haber dicho cualquier otro día en el pasado o en el futuro, hasta el final de su vida:

tengo mucho trabajo —el trabajo, en nuestro Opus Dei, es una enfermedad endémica e incurable— y necesito que recéis por mí, para que pueda sacar toda la labor adelante con garbo; y ser bueno, fiel y alegre |# 118|.

En una palabra, dio su vida haciendo el Opus Dei con fidelidad, a conciencia. Sobraba tarea y faltaban brazos para trabajar de sol a sol en la viña evangélica. Y quisiera Dios que no fallasen los que había:

En la Obra no nos podemos permitir el lujo de estar enfermos, y suelo pedirle al Señor que me conserve sano hasta media hora antes de morir. Hay mucho que hacer, y necesitamos estar bien, para poder trabajar por Dios. Tenéis, por eso, que cuidaros, para morir viejos, muy viejos, exprimidos como un limón, aceptando desde ahora la Voluntad del Señor |# 119|.

Cuando moría uno de sus hijos, el Padre no podía reprimir su dolor; y se iba a conversar con Jesús en el Sagrario, y a quejarse filialmente. Luego venían las consideraciones: Dios sabe más, no es un cazador furtivo al acecho; es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras |# 120|. Le faltaba entonces pie para quejarse. Pero, no dejaba de ser una pena el que Dios se los llevase, porque esos hijos podrían haber rendido todavía mucho en esta vida |# 121|.

El Fundador abrió rutas nuevas a las almas, levantó las aspiraciones religiosas de millones de cristianos y señaló nuevos destinos a la sociedad. ¿Podemos hacernos cargo, por ejemplo, del alcance histórico de aquella declaración suya: recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración? |# 122|.