3. La capellanía de San Pedro Nolasco

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

El ideal que perseguía don Josemaría en sus actividades sacerdotales, mientras esperaba una decisión de lo alto, le estaba costando muchas privaciones. Los barruntos de la escondida llamada iban alargándose. Habiendo respondido con prontitud a la intimación divina, allá en Logroño, al iniciarse el año 1918, aquel muchacho, ahora sacerdote, continuaba preguntándose en 1925 por su misteriosa vocación. Ahora bien, la expectación de algo sublime le ayudaba a remontarse sobre la cruda realidad cotidiana, una de cuyas ineludibles exigencias era el pan de cada día, para el sostenimiento de su familia.

Si la Providencia hubiese dispuesto las cosas de otro modo, don Josemaría, con la ayuda del cardenal Soldevila o de alguno de sus parientes, estaría disfrutando un beneficio eclesiástico, o en otro puesto bien remunerado. Pero, ¿para qué lamentarse? El cardenal había muerto y sus tíos —canónigos y prebendados— parecían haber renegado de él. Por lo que respecta a las licencias ministeriales, el mismo día de su ordenación sacerdotal las tenía concedidas por seis meses, por don José Pellicer, vicario de Zaragoza |# 45|. La siguiente prórroga y renovación de licencias "para celebrar y absolver" se las concedió mons. Rigoberto Doménech |# 46|.

El nuevo prelado había sido consagrado obispo en 1916, y desarrollado su labor pastoral en Mallorca durante ocho años. En 1926, recién establecido en Zaragoza se dedicó a la reforma del seminario y a la renovación de puestos en la curia diocesana. También los nombramientos eclesiásticos estaban sujetos a las humanas vicisitudes de la historia. Tal vez fuera con ocasión de estas remociones, cuando un clérigo experimentado aleccionó, con la más recta de las intenciones, a don Josemaría para que evitase todo exceso en el trabajo y, ante todo, el escribir sobre temas que pudieran comprometerle por chocar con la opinión ajena, porque le sería muy difícil dar marcha atrás |# 47|.

El ajetreo a que le sometió la vida permitiría a don Josemaría comprobar lo que de cierto encerraba dicho consejo. Porque está visto que quienes trabajan renovando la sociedad suscitan, pronto o tarde, enemistades y obstáculos que acabarán cruzándose en su camino. De momento, la suerte del joven sacerdote no era objeto de envidia por parte de nadie; si acaso, de lástima.

Como va dicho, al regresar de Perdiguera, se puso a buscar una labor ministerial y no encontró otra que la capellanía de la iglesia de San Pedro Nolasco. Y, según certificará más adelante el padre Celestino Moner, S. J., desempeñó el encargo a satisfacción de todo el mundo:

«Certifico: que el Pbro. D. José Mª Escrivá, desde Abril o Mayo de 1925 hasta Marzo de 1927, sirvió en la iglesia de S. Pedro Nolasco, en calidad de Capellán adjunto, para celebrar la Sta. Misa, administrar la Sda. Comunión, exponer y reservar el Santísimo Sacramento; y siempre con edificación de todos y sin dar motivo alguno de queja en el desempeño de su cargo» |# 48|.

Era tal su afán espiritual por celebrar el Santo Sacrificio, que daba por bien empleada toda una vida de dedicación y trabajos, si eso fuera necesario, para ordenarse sacerdote y decir misa. Sus buenas disposiciones pastorales, y la diligencia que desplegó, fueron positivamente valoradas por el Rector de la iglesia. En el mes de septiembre le ofreció un contrato en términos provisionales, pues el acuerdo no establecía una vinculación duradera, ni satisfacía enteramente las necesidades económicas del capellán. Don Josemaría aceptó, porque no tenía otro asidero al que agarrarse, si quería desempeñar una función sacerdotal retribuida. He aquí lo estipulado:

Obligaciones y derechos del Sr. Capellán que está al servicio de la iglesia de San Pedro Nolasco.

Los días de fiesta, primeros viernes de mes y demás días solemnes estará al servicio de la iglesia desde las seis de la mañana hasta las 10'30.

Los demás días de 7 a 9'30 ó 10 de la mañana.

Cuando hubiese Misa Cantada o en Semana Santa estará para revestirse si hiciese falta.

Los primeros viernes de mes, en las Cuarenta Horas, en el mes de Junio y siempre que hubiere función por la tarde con exposición del S.S. estará puntual a la hora de la función para exponer y ayudar en lo que convenga.

Cuando fuese necesario lavará los purificadores.

Dirá la Santa Misa a la hora que se le señale.

Tendrá limosna fija de la Misa, que será de 3 pesetas.

Para los servicios arriba apuntados recibirá 2 pesetas diarias.

Los días de fiesta desayunará en la sacristía.

El día que por cualquier razón no cumpliese con las cargas dejará de recibir ambas limosnas, si no enviase sustituto, que en todo lo supla.

El P. Superior de la Iglesia podrá cuando lo juzgue oportuno elegir a otro capellán, avisando al interesado que ha de cesar, 8 días antes.

Conforme con las condiciones las acepto en

Zaragoza a 10 de septiembre de 1925

José María Escrivá Pbro. |# 49|.

(Si se siente curiosidad por saber a cuánto ascendían los estipendios mensuales del capellán, se conserva una octavilla correspondiente a misas y otros servicios en el mes de octubre, por un total de 155 pesetas) |# 50|.

La iglesia estaba situada en un viejo barrio de Zaragoza, no lejos del San Carlos. Arquitectónicamente considerada, nada tenía de particular. En cambio, era iglesia muy concurrida; por lo cual los jesuitas requirieron la ayuda de algunos sacerdotes seculares. Las actividades eran numerosas y variadas: sabatinas y ejercicios mensuales de las Hijas de María; misas los terceros domingos de mes de las Madres Cristianas; ejercicios mensuales, los terceros viernes, de la Asociación de la Buena Muerte; Instrucción Dogmática, todos los domingos, en la misa de nueve; Conferencias de San Vicente de Paúl para señoras; Primeros Domingos para caballeros; misa dominical de los Congregantes de la Anunciación y de San Luis Gonzaga; fiesta mensual de los Congregantes de San Estanislao; misa los primeros domingos de mes para las empleadas del hogar de la Congregación de las Hijas de María y Santa Zita, y por la tarde rosario y plática. Finalmente, para completar el cuadro de servicios de San Pedro Nolasco, añádanse los Ejercicios espirituales para obreros, para caballeros, para gentes de las Conferencias de San Vicente de Paúl, para maestras asociadas... |# 51|.

De toda esa hirviente actividad apostólica derivaban otros muchos servicios, no especificados en el contrato de la capellanía, que el sacerdote se echaba con alegría sobre sus espaldas: catequesis, atención a los enfermos, sustituciones imprevistas, y el amplio capítulo de las confesiones. Al igual que en Perdiguera, don Josemaría se sentaba horas y horas en el confesonario, cuando no le llamaban fuera de la iglesia |# 52|. Ya antes de ordenarse sentía una honda veneración por el sacramento de la Penitencia:

Cuando yo era estudiante de la Universidad de Zaragoza, —cuenta de aquel entonces— tenía un amigo que llevaba una vida desarreglada, y entre varios logramos que fuera a confesarse.

Han pasado tantos años que puedo hablar con libertad, porque es imposible localizar al sacerdote, que además sería bueno. Pues este amigo se fue al Pilar, se confesó y volvió muy contento. Pero su comentario fue:

— Este sacerdote ha debido ser guardavías.

— ¿Por qué?, le preguntamos.

— Me ha puesto como penitencia hacer siete estaciones durante siete días |# 53|.

Hubo que aclarar al estudiante en qué consistían las "estaciones"; y don Josemaría aprendió a imponer penitencias fáciles, que él completaba luego con oraciones y mortificaciones personales |# 54|.

Su prevención en el trato con las mujeres no le impedía ir conociendo y calando la psicología femenina, a través de sus penitentes. Desde su confesonario dirigió muchas conciencias. Parece ser que, por algún tiempo, confesó a monjas, según informa un amigo |# 55|.

Aparte las actividades litúrgicas y otras propias de su ministerio, siempre hallaba tiempo para conocer e intimar con quienes tenía a su alrededor. El círculo universitario en que se movía el joven sacerdote era muy amplio, ya que brindaba su amistad con los brazos abiertos, sin pararse en diferencias de carácter o en diversidad de ideologías. «Recuerdo aún nombres de algunos que por entonces girábamos y teníamos amistad con Josemaría —refiere Luis Palos—. Por ejemplo, Pascual Galbe de los Huertos, que tenía fama de no creyente; Juan Antonio Iranzo, aunque era de los cursos inferiores; los hermanos Jiménez Arnau: José Antonio, embajador, escritor y director de la Escuela Diplomática después, y su hermano Enrique, hoy notario en Madrid...» |# 56|.

A su simpatía, y a su modo de ser, condescendiente y comunicativo, añadía otras cualidades, muy valoradas por aquellos estudiantes. «Recuerdo su alegría constante: sonreía siempre. Tenía muy buen humor y era muy generoso con los amigos», declara Domingo Fumanal |# 57|. Siempre estaba dispuesto a hacer servicios. En la primera etapa de su asistencia a las aulas de la Facultad, un grupo de alumnos de don Juan Moneva, el catedrático de Derecho Canónico, le pidió que les diese clase de latín. Deseaban saber el suficiente para traducir los cánones. Tres días a la semana les daba clase don Josemaría. Se lo agradecieron, porque, además, las clases fueron gratis |# 58|.

Su innato don de gentes, lo enfocaba el "curilla" por el lado apostólico. Como dice David Mainar: «Tomaba parte en nuestras tertulias, tal vez porque ya llevaba la idea de algún plan, su plan» |# 59|. Pero sus intenciones, que no eran otras que las de acercar aquellas almas a Cristo, resultaban tan manifiestas como su sotana, cuya presencia física y representativa señala otro compañero: «en las conversaciones entre nosotros Josemaría no desentonaba y respetaba nuestro modo de ser» |# 60|, aunque tuvo que aprender a guardar la compostura debida a las ropas clericales y saber hasta qué extremos podía llegar una conversación. Lo cual no impedía que al salir de clase fuera con sus amigos al bar Abdón, en el paseo de la Independencia, invitado por ellos a tomar unas tapas. En la barra del bar, o en la calle, continuaban charlando de lo divino y de lo humano |# 61|.

Cuando en el curso 1925-1926, ya ordenado sacerdote, apareció don Josemaría por la plaza de la Magdalena, esas relaciones adquirieron un tono espiritual más subido. Sin chocar, como la cosa más natural del mundo, valiéndose de su prestigio y de su amistad, fue metiendo en las almas de sus compañeros la práctica de algunas devociones, tales como la visita diaria a la Virgen del Pilar. Y, para alguno de ellos, además de amigo confidente, fue también confesor y director espiritual |# 62|. En aquel sacerdote, lleno de optimismo y vibración, veían los universitarios, dice Domingo Fumanal, «un "romántico" de Cristo: un enamorado de Cristo; un hombre de fe total en el Evangelio» |# 63|. Porque su ideal de juventud continuaba vivo, intenso y redoblado. Estaba hecho de amor, de substancia de amor, que se pegaba y encendía a cuantos le trataban. La existencia de don Josemaría, más que una devoción, era una entrega radical, empapada de amor.

Como dice uno de sus íntimos, Francisco Moreno, el amigo de Teruel, Josemaría «se puso en relación con profesores de gran talla intelectual, con los que mantuvo una sincera amistad toda su vida» |# 64|. Aunque lo realmente extraordinario de las relaciones que el joven clérigo mantuvo con profesores del prestigio de Juan Moneva, José Pou de Foxá o Miguel Sancho Izquierdo, fue que su trato subió hasta el punto de hacer amistad con ellos en pie de igualdad. El genial don Juan Moneva profesaba a su alumno un afecto doblemente amistoso y paternal |# 65|. El profesor de Derecho Natural, don Miguel Sancho Izquierdo, sentía por él «una gran veneración, a pesar de la diferencia de edad»; y dejó un cálido testimonio de la personalidad del alumno |# 66|. A la lista hay que agregar otros maestros: el profesor de Derecho Penal, Inocencio Jiménez Vicente; y el catedrático de Historia del Derecho, Salvador Minguijón |# 67|. Y, de modo muy especial, intimó con el sacerdote don José Pou de Foxá. Amigo leal y noble y bueno |# 68|, le apellidó en conciencia don Josemaría; pues fue, al correr de los años, consejero y apoyo moral del joven alumno en diversas ocasiones.

Por ley de vida, aquellas promociones de estudiantes de Zaragoza acabaron dispersándose. Unos se casaron. Otros se fueron a lejanas provincias; ocuparon variados puestos profesionales o desaparecieron durante la guerra. En las encrucijadas de la historia, el joven sacerdote se los tropezó de nuevo: a fray José López Ortiz, a Juan Antonio Iranzo, a Luis Palos, a los hermanos Jiménez Arnau... Y, en circunstancias altamente azarosas, en el otoño de 1937, preparándose para pasar clandestinamente los Pirineos durante la guerra civil, volvió a encontrarse en Barcelona con uno de sus profesores y con uno de sus condiscípulos. En efecto, en plena persecución religiosa se lanzó a buscar por la ciudad catalana, con grandes riesgos, al sacerdote don José Pou de Foxá, para charlar con su viejo amigo y recibir de él la gracia del sacramento de la Penitencia |# 69|.

Por esos mismos días tuvo también lugar su encuentro con otro antiguo amigo, a quien sus compañeros de Universidad habían colgado fama de ateo, porque no practicaba. Se entrevistó con él y trató de reavivar una fe medio extinguida, apoyándose en el afecto mutuo que sacerdote e incrédulo se tenían desde Zaragoza. Acabada la guerra, don Josemaría se hallaba en Madrid; y el otro, emigrado en Francia, donde sus desvíos le empujaron a la melancolía y, finalmente, le precipitaron en la desesperación y el suicidio. Los juicios de Dios son inescrutables. El sacerdote ejercitó con su antiguo compañero la caridad de sus oraciones y luego, con carácter póstumo, el único acto de amistad posible: «le encomendaba, pensando en la misericordia de Dios» |# 70|.

* * *

Recordando tal vez las catequesis de Logroño y Perdiguera, don Josemaría hacía apostolado con gente humilde. El joven capellán consiguió reunir un pequeño grupo de muchachos que, en las horas libres de los domingos, iban a enseñar la doctrina cristiana a los niños pobres del barrio de Casablanca, a la salida de Zaragoza por la vieja carretera de Teruel. La mayoría de los acompañantes eran jóvenes universitarios de las congregaciones marianas o estudiantes que asistían a los actos religiosos en la iglesia de San Pedro Nolasco |# 71|.